lunes, 3 de mayo de 2010

domingo, 2 de mayo de 2010

Morton Feldman (1926-1987): Rothko Chapel (1971) y Piano three Hands (1957)





Dos obras maestras de Morton Feldman, discípulo y amigo de John Cage.

Véase:

http://www.scribd.com/doc/17676881/Rothko-Chapel-La-obra-de-arte-total-del-siglo-XX

sábado, 1 de mayo de 2010

Patti Smith: Dead City (1997)



this dead city longs to be
this dead city longs to be free
seven screaming horses
melt down in the sun
building scenes on empty dreams
and smoking them one by one

this dead city longs to be
this dead city longs to be living
is it any wonder there's squalor in the sun
with their broken schemes and their lotteries
they never get nowhere

is it any wonder they're spitting at the sun
god's parasites in abandoned sites
and they never have much fun

if I was a blind man
would you see for me
or would you confuse
the nature of my blues
and refuse a hand to me

is it any wonder crying in the sun
is it any wonder I'm crying in the sun
well I built my dreams on your empty scenes
now I'm burning them one by one

this damn city this dead city
immortal city
motor city
suck-cess city
longs to be
longs to be
free
free
free

Miquel Navarro: Ciudades

Miquel Navarro: Fluido en la urbe

Miquel Navarro: Sota la lluna

Miquel Navarro: Solar II


Nota: Reseña inicial sobre las esculturas de temática urbana de Miquel Navarro para el catálogo del IVAM

La ciudad bajo la luna, frente a la ciudad solar: dos extensos grupos escultóricos de Miguel Navarro que muestran –o son- ciudades bajo la luz.

Sota la lluna (1987), forjada con un metal plateado –o plomizo-, se compone de una serie de monolitos de formas irregulares verticales y de diversas alturas, dispuestos desordenadamente a los pies de una pieza central mucho más alta. Los perfiles se alzan y se estrechan; algunos son rectos, otros se hinchan levemente, se inclinan o se disponen de forma escalonada. Solo los remates (romos, escalonados, inclinados, vaciados) personalizan los elementos, y desdibujan, como los terrados de los bloques, invisibles desde abajo, que introducen la fantasía y la libertad coartada a la altura de la calle. Todos empalidecen y empequeñecen ante la altura de un elemento descomunal, compuesto por dos elementos, un paralelepípedo coronado por un estrecho cilindro que se inclina para soportar a un objeto cuyo alzado principal tiene el perfil de una semi-circunferencia.

Solar II (1996) se asemeja también a una (maqueta) de ciudad contemporánea (la ciudad norteamericana –o china, recientemente-, o el sueño europeo de una ciudad moderna) . Se trata igualmente de una obra escultórica de gran tamaño creada para ser dispuesta directamente sobre el suelo. El color sigue siendo frío, pero el sol impone un orden y cincela las formas de un modo que la desvaída luna no puede hacer: tres grandes bloques, más altos, más anchos, más gruesos, a cuyos pies, piezas diminutas se disponen en fila india, cuadrícula o falange, como si formaran o desfilaran bajo la atenta presencia de los altos prismas convertidas en faros o guardianes. La ciudad adquiere un aire militar. Los grupos están perfectamente definidos; cada elemento, idéntico a los otros que forman parte de su centuria (la cual dibuja agrupaciones cuadradas o rectangulares, como los asientos de un teatro), está a igual distancia de los que tiene delante, detrás y a los lados. El sol que todo lo ve no tolera la menor desviación, quiebro alguno.

Las ciudades parecen vacías; en todo caso, solo parecen habitarlas vehículos mecánicos (Fluido en la urbe, 2003). Pero como explica el mismo artista, el ser humano está presente, aunque de forma latente o, mejor dicho, encarnado en los monolitos: éstos no son sino la petrificación de cuerpos humanos, siempre erectos, cuya articulación de los miembros y el tronco –que dibujan los tres directrices principales con las que el espacio se crea y se ordena, lo que permite que el ser humano se oriente y se asiente- constituye el razón por la que Miguel Navarro se interesa por el cuerpo en tanto que organismo, y por la ciudad compuesta de cuerpos bien formados. Las “ciudades” como “los cuerpos” de Miguel Navarro, que constituyen la mayor parte de sus obras dibujadas, pintadas y esculpidas, son variaciones sobre un mismo tema: el cuerpo (humano, urbano) como un organismo dispuesto para entrar en contacto (mediante la lucha o la unión) con los demás.

Todas las obras: Colección IVAM, Valencia

Kadim Al Sahir: Baghdad (2005)



Enviado por Caecilia Pieri.

http://en.wikipedia.org/wiki/Kathem_Al_Saher

viernes, 30 de abril de 2010

El arte, entre la ventana y la mirilla


Kant distinguió cuidadosamente entre el acto de mirar y el "acto" del mirón. En el primer caso, se trataba de mirar desapasionadamente, con indiferencia o indolencia (Kant utilizaba el adverbio desinteresadamente); en el segundo, con avidez y fruición. Quienes miraban lo hacían desganados -miraban sin ver, sin tener necesidades-, mientras que los mirones fruncían los labios de gusto y achinaban los ojos.

Hasta entonces, salvo en épocas de temor ante el arte (en Bizancio, bajo el influjo del temeroso islam ante las seducciones idolátricas, en el siglo VIII, y en paises calvinistas y luteranos, en el XVI, como reacción a la voluptuosa seducción del arte católico en el que las santas torturadas por las flechas de los ángeles tenían orgasmos) el arte había sido una ventana: una apertura hacia otro mundo, mucho más atractivo que el habitual. Un mundo transfigurado, poblado de ninfas y héroes -que ocasionalmente guiñaban el ojo a los espectadores-, en paisajes idílicos.

Pero Kant puso fin a tanta turbación. Y sentenció: el arte tenía que ser lo que no despertaba pasiones; la contemplación estética debía ser tibia, sin estar motivada por (o sin revelar, al menos) intereses particulares. Como si el arte no fuera verdaderamente con nosotros -aunque matizó algo esta ducha fría: las impresiones tenían que elevar el espíritu y hacer pensar (sin pretenderlo) a quienes no se disponían a reflexionar. La reflexión surgía de improvisto. Una manera, en el fondo, de seguir enfriando el entusiasmo casi físico que una obra de arte pudiera suscitar.

La vía para el arte moderno estaba abierta. Aunque el Romanticismo apareciera como una airada y pasional reacción a la tibieza kantiana (el arte tenía que sacudir, y era de buen gusto ponerse trágico ante las obras de arte), el arte, como fuente de placer, fue decayendo.

La abstracción, el arte sin cualidades -como Duchamp lo definió astutamente, que simbolizó el arte con una "Fuente", precisamente, consistente en un urinario público- por un lado, y el arte que no actúa como señuelo seductor (para llevar al espectador a otra parte, para arrebatarle los sentidos), que solo es lo que se ve en el lienzo (pigmentos y una tela, nada más), estaban cantados. El arte del siglo XX estaba marcado. La puritana anunciación kantiana -el arte que turba o que satisface tenía que cesar- se cumplió poco más de un siglo tras la Ilustración.

Sin embargo, en los años sesenta, algunos artistas (pop, principalmente) se rebelaron contra esta orden moral; donde se produjo una revolución pasional (e irónica, a lo Wilde, siguiendo el modelo de los relatos cortos decimonónicos -que se burlaban, aveces cruelmente, de las reacciones en boquita de piñón ante el arte de la sociedad victoriana-, Alicia en el País de las Maravillas y, sobre todo, A través del espejo, de Lewis Carroll) fue en la fotografía y el cine.
De esta época son películas como Peeping Tom -1960- o Blow Up -1966-, en las que un observador mira fascinado y obsesionado -hasta llegar a donde sea-, a través de no de una amplia ventana -la pintura como una ventana al mundo había dejado de ser creíble-, sino de un agujero, que le obliga a forzar la vista (y no solo la vista) para ver lo que no debería mirar pero que se escenifica para su gusto -culpable o no.

El arte recuperó temporalmente su caracter feriante: obra de un juego de manos, de prestidigitadores, de totiriteros ambulantes (que plantan sus bártulos en la plaza pública, y atraer y turban el orden público, según Platón), capaces de hacer creer en la existencia de cortinas de humo.

Entre estas obras de los años sesenta (1968) destaca una semi-olvidada (aunque premiada en Cannes) película de Joe Massot, Wonderwall (el Muro de las Maravillas), según un guión de Guillermo Cabrera Infante, con la nínfula Jane Birkin, y la extraña o "exótica" -de "otro" lugar- música de Georges Harrison (lo que dió lugar al primer disco en solitario de un miembro de los Beatles). Tras la recuperación y restauración de la película, en 1998, incluyó una canción -la "última" canción de los Beatles publicada-, "In the First Place", -en el primer lugar, el lugar donde se situa el protagonista para otear, a través de un agujero en el muro de las maravillas de su apartamento, lo que acontece y se despliega ante su ávida -y vergonzante- mirada "detrás de la pared -o el espejo".































A una vela


Tocho ha cumplido un año. ¿Seguirá?