miércoles, 14 de abril de 2010

Sonic Youth: Free City Rhymes (2000)



In a free lane
Ghosts passing time
Heat rises
Lights thru the town
Blown soundscapes
Blue city eyes
Black lightning
New angel flies

Make a free line
To the northern sky
Holy rain falls
Ghosts burn to shine
Elevator
Reach for the light
Intuition
Free city rhymes

martes, 13 de abril de 2010

......y sobre esta piedra

Hermes crioforo, Museo del Louvre




El tema y la iconografías de Cristo portando una oveja sobre sus espaldas deriva de Hermes crioforo: el joven dios griego protector de los caminos y guía de los viajeros, buen pastor (los rebaños se desplazan seguros bajo su mando), representado con un cordero a los hombros.



A su vez, la iconografía griega deriva de un modelo oriental: un juvenil dios mesopotámico, sumerio en concreto, un ternero o un carnero a hombros: la imagen del perfecto cuidador, cuyos animales no se pierden gracias a sus desvelos.



Los orígenes iconográficos greco-orientales de Cristo portador del animal parecen evidentes.



La relación de Cristo con un cordero es más intensa si cabe: Cristo es representado como un cordero, es un cordero, el cordero pascual que se sacrifica o es sacrificado para la redención o salvación de la humanidad, como lo muestra, por ejemplo, un conocido cuadro de Zurbarán.



Dicha relación no sigue los modelos paganos: no se trata de una representación teriomorfa de la animal (un dios-animal, como ocurre en Egipto), ni de que el cordero sea un atributo o símbolo de la divinidad habitualmente antropomórfica, sino de que Cristo, en tanto que divinidad que se ofrece para ser sacrificada, se muestra como un cordero (o es percibido como tal), asume las virtudes del cordero que acepta su suerte. Cristo es un cordero en tanto que divinidad sacrificial. Por otra parte, la diferencia abismal entre el animal y la divinidad acentua el misterio del sacrificio divino.



Esta relación entre Cristo y el cordero o, mejor dicho, el transvase de los valores o virtudes del cordero sacrificial a la divinidad que entrega su vida, no es extraña en el Próximo Oriente, ya que, mientras en Grecia y Roma, las víctimas sacrificadas en honor de los dioses eran sobre todo bóvidos, los mesopotámicos ofrendaban principalmente carneros, corderos y ovejas bien alimentados -como se descubre en detallada enumeración de ovejas carnosas, gruesos corderos y grasos carneros destinados al sacrificio del rito fundacional del templo de Ningirsu, el dios de la ciudad de Lagash (Cilindro A de Gudea, VIII, 8)-.



Sin embargo, es posible que la relación entre Cristo y el animal tenga un entronque con Oriente más profundo y al mismo tiempo más sencillo.



Un signo cuneiforme compuesto por un cuadrado en cuyo centro se inscribe una cruz se leía lu y significaba udu: cordero.

Un signo muy distinto, en el que se reconoce la figura erguida de un hombre de pie, se leía y significaba lú: hombre.

Lu y lú eran, muy posiblemente (pues no se sabe a fe cierta cómo se pronunciaba el sumerio) términos homófonos. Se escribían con signos distintos, se referían a entidades que en principio nada tenían que ver, pero que sonaban probablemente igual.

Los sumerios gustaban de los juegos de palabras. La homofonía entre términos establecía conexiones o correspondencias entre realidades inconexas, y desvelaba posibles misteriores relaciones que no se podían detectar ni siquiera imaginar a simple vista, Las palabras evidenciaban la compleja estructura del mundo y el juego de miradas entre los entes.
Así, la autobiografía del rey Gudea recurre reiteradamente a un juego entre el sustantivo o nombre propio gù-dé-a (el rey Gudea) y la expresión gù-dé-a-ni (su voz fuerte, su grito), como si la voz fuera una metonimia del rey, si su verbo lo representara (Cil. A de Gudea, II, 17).

Hacía dos mil años que el sumerio ya no hablaba en tiempos de Cristo. Seguramente tampoco se escribía ni se leía ya. Por otra parte, el sumerio nunca se habló en la franja mediterrénea oriental, aunquer sí llegó el imaginario que aquél vehiculaba. Sin embargo, es posible que algunas relaciones que la homofonía había establecido (o desvelado) hubieran cruzado el tiempo y el espacio, y que, por ejemplo, hombres y corderos fueran entes sustancialmente idénticos (aunque formalmente diversos) -una relación, por otra parte, que no era extraña, dada la unidad que un pastor y su rebaño constituían. Eran o tenían que ser mansos; civilizados.

Jesús fue una gran figura literaria. Los milagros -literalmente, maravillas dignas de verse-, las apariciones, ocultaciones y desapariciones, y la confusión entre el deus ex máquina y la figura protagonista que acontece al final de su vida cuando Cristo asciende apoteósicamente, revelan que Jesús era un complejo personaje en las cuatro tragedias que constituyen los Evangelios.

Al mismo tiempo, Jesús gustaba del humor, de los juegos verbales. Recurría a parábolas, a metáforas -"he aquí mi carne", mientras alzaba un mendrugo, quizá cargada de ironía, o de distanciamiento-, a cortas frases enigmáticas y cortantes, magistralmente esculpidas -"tú lo has dicho", "dad al César lo que pertenece al César...", "Padre, por qué me has abandonado", "perdónalos porque no saben lo que hacen", "noli me tangere"-, a atrevidas comparaciones -"soy un templo", "los que me siguen son santuarios"-, a irónicos juegos de palabras -"tú eres Pedro, y sobre esta piedra...". Los evangelios son la más gran obra barroca, un verdadero auto sacramental

Concedía la primacía a la palabra; una palabra creadora que componía el mundo y mostraba sus múltiples facetas, los más recónditos y absurdos aspectos, la fluidez de la materia y las formas (el agua deviene vino, el pán ácimo carne, y la muerte, vida), los juegos de espejos que iluminaban el mundo y a los humanos y los deslumbraban. La primero era el Verbo, y el mundo, un complejo mundo propio que legó a los humanos, fue creado por la palabra.

Fue la palabra la que estableció que un hombre (que era un dios: es hombre, y lugal, señor, un término con el que el rey Gudea nombra a su dios protector Ningirsu) era también un cordero. El cordero de dios. Un hombre entregado.

viernes, 9 de abril de 2010

John Cale & Lou Reed: Berlin (1972)

La mujer, en la cocina (según Balay)

Mientras el abnegado hombre de la casa está fuera, la esposa... (o la estructura del hogar, según Balay)

Si el grano no muere (o la primera casa europea)








Un pequeño museo de finales de los años setenta (cuyo volumen y cuyos detalles revelan la tardía influencia de la capilla de Rochamp de Le Corbusier) -The Museum of Neolithic Dwellings-, alberga y protege, en lo alto de un montículo ralo de la decaída ciudad de Stara Zagora en Bulgaria, una obra fundamental para la arquitectura en Europa: los restos de lo que se considera el primer hogar europeo conocido, construido hace unos ocho mil años, estructurado a partir de un esquema que no ha variado desde entonces: un espacio comunitario alrededor de -o frente a- un hogar.

El edificio fue incendiado. El fuego endureció la tierra y derribó la cubierta vegetal cuyas cenizas recubrieron y protegieron el interior y los enseres.

Se trata de dos viviendas, de distinto tamaño, unidas por una pared medianera, que conforman un único volumen. La planta es rectangular, y está orientada según un eje norte-sur. Las aperturas, puertas y quizá ventanas, miran al este.

El edificio está compuesto por una empalizada perimetral hecha de pilares de madera hincados en el suelo que soportan elementos vegetales (ramas, hojas) entrelazados, sobre los que se dispone una gruesa capa de arcilla por ambas caras.

En el interior de cada una de las viviendas, el horno se sitúa en la cara norte, las grandes jarras con grano se adosan a la pared oeste, mientras que otros recipientes, más hondos y más bajos, se apoyan contra el muro este.

Las paredes soportaban también estantes con un gran número de vasijas, cuyos restos se hallaron esparcidos por el suelo de la vivienda.

Las esquinas de las viviendas son curvas, y abrazan a grandes jarras. Del mismo modo, la cara interior el muro perimetral ondula para amoldarse a las formas convexas de las vasijas adosadas. Así pues, ambas viviendas están íntimamente unidas a los recipientes cerámicos que contienen. Se diría que aquéllos refuerzan los muros, o que éstos se pliegan u ondulan buscando el contacto con las vasijas. Este refuerzo no es (solo) físico sino quizá también simbólico. Las vasijas aparecen como símbolos del hogar. Del mismo modo que los recipientes almacenan granos, las viviendas protegen a los grandes cuencos. El hogar, entonces, no está dedicado a dar cobijo a los humanos sino a unos útiles que también son contenedores. Los granos de cereales, doblemente contenidos, por las vasijas, y por los hogares, son metáforas de los seres humanos. Al igual que los granos, aquéllos están envueltos, y protegidos, por las paredes y el techo, que delimitan un interior que un hogar ilumina y anima.

Las grandes cerámicas, de algún modo, dan sentido a las viviendas. Ejemplifican los valores protectores del hogar. Establecen, al mismo tiempo, la íntima relación entre la alimentación, el hogar y el ser humano, entre la arquitectura y la agricultura. El hogar solo se entiende si cubre a humanos y a los cereales, si los pone en relación. Los muros cumplen con su función delimitadora y protectora precisamente porque están en contacto, porque abrazan a las vasijas, que son grávidas promesas de vida. Los muros avanzan o retroceden buscando el contacto con las vasijas abombadas, unirse a ellas. Muros y recipientes están hechos con el mismo material: con barro, la materia con la que dioses de la arquitectura, como el mesopotámico Enki, y el griego Prometeo, modelaron a los humanos. Casas y jarras (que son contenedores de vida similares) asientan al hombre en la tierra y simbolizan su enraizamiento, su íntima unión con ésta.

Estas viviendas no son almacenes: no guardan recipientes puestos al azar, sino que forman una unidad, un modelo de convivencia para los humanos. La forma y disposición de los muros vienen determinadas por la presencia y la ubicación de los grandes recipientes, los cuales ayudan, junto con el fuego, a que el ocupante se oriente, a que se centre y se ubique, sabiendo dónde se halla. Para que pueda permanecer, estar. Sabiendo cual es su lugar en el mundo. Teniendo a mano, de manera ordenada, todo lo que necesita: un espacio ordenado, en sintonía con los ejes del mundo.

Estas dos modestas viviendas de los inicios del neolítico, milagrosamente conservadas en un altozano, cabe una fuente, encierran todo lo que la arquitectura, desde entonces, aporta y significa: un espacio donde sentirse vivo y protegido, unido a la tierra y al cielo.


PS: agradecemos a Gregorio Luri (http://www.elcafedeocata.blogspot.es/) la organización, animación y dirección del viaje a Bulgaria, en pos de los tracios, sin cuyos contactos y empeño casi nada hubiéramos podido visitar.

Love: A House is not a Motel (1967) -concierto de 2005