
Las armerías me aburren tanto como los museos de ciencia o los de arte contemporáneo. Vislumbrar la sucesión de salas llenas de armaduras, espadas y crespones, a veces con maniquíes emplumados, dar media vuelta y salir corriendo, son todo uno.
Que cierren el Museo Militar de Montjuich en Barcelona no me produce, pues, ningún desgarro. Pero, ¿por qué se cierra?
Si he visitado, creo, una sola vez, el museo militar, no he ido nunca al de perfumes, el calzado o las carrozas funerarias (que de todo hay en Barcelona), y no por eso creo que tengan que ser cerrados.
Es cierto que el ayuntamiento tiene una política de ir clausurando museos. Tras los de las artes decorativas, textil o Clará, le ha llegado el turno al militar. Los argumentos, empero, no son los mismos. Y son turbadores.
Una de las explicaciones aduce que la colección tiene escaso valor. Sin duda es cierto. Con este argumento se deberían cerrar la mayoría de los museos de Barcelona, el MNAC o el MACBA, por citar dos ejemplos. La mediocridad de muchas de las piezas es a veces flagrante. Pero siguen abiertos. Por otra parte, comprar obras puede ayudar a mejorar las colecciones. Es lo que se ha hecho, por ejemplo, con el MNAC, recientemente. Creo que se ha enriquecido con alguna figurita.
Se destaca también, como un mantra, que el museo lo inauguró Franco. La pena es que el Museo Picasso también. O su representante Porcioles, tan condecorado por el ayuntamiento.
No, las autoridades sostienen que el museo militar no es compatible con la nuevo función del castillo de Monjuich y con el recién creado Centro Internacional por la Paz, cuya invención huele a justificación apresurada, salida de la chistera, para compensar por la pérdida del museo. Recuerda la creación del Forum, tras el patinazo que supuso el anuncio imprudente de una Exposición Universal.
Turba la visión angelical de la paz. Si se tuvieran que cerrar todas las instituciones y las obras que evocan la guerra y la violencia, se debería empezar por tapiar el ayuntamiento y la Generalidad que autorizaron (o ¿promovieron?) los pogromos contra los judíos (los primeros de la historia moderna en Europa, por cierto) en el siglo XIII, creo. Cerrar los templos cristianos, luego, símbolo de la imposición de una religión y una visión del mundo particularmente cruel. ¡Pero si Barcelona "disfruta" de un "templo expiatorio"!
Los museos de arte y arqueología no deberían escapar a este afán purificador: las vitrinas polvorientas están llenas de sílex tallados, de puntas de flecha (que no servían para apuntar al cielo, precisamente), arcos, hachas, cuchillos, lanzas, proyectiles; de cruces, como en una sala agotadora del museo Marés, que, recordemos, no es un símbolo de paz, sino un instrumento de tortura particularmente refinado. Y ¿qué decir de los retablos medievales, la pintura religiosa cristiana, en las que no puede sino percibirse un cierto regusto morboso, un placer en la mutilación, el espellejamiento, el descuartizamiento, en los peores suplicios y humillaciones que el hombre ha podido inventar? ¿Prohibiremos la representación de esas escenas? ¿las tragedias griegas? ¿el deporte, la acción más violenta y humillante que cabe imaginar?
Las colecciones de soldaditos de plomo, tan bien formados, del museo militar, son como belenes o casitas de muñecas ante el descarnado, impúdico muestrario de horrores de la pintura cristiana, y católica en particular.
El propio nombre de Montjuich evoca la violencia cristiana contra los judíos. Espero que las autoridades no decidan cambiar el nombre del peñasco. Como si las palabras tuvieran la capacidad de torcer, de enderezar los hechos, o de disimular los que no nos gustan.
Por otra parte, una parte de la mansiones decimonónicas y de principios del siglo XX, hoy consideradas como obras maestras de la arquitectura y promovidas como objetivos turísticos, se construyeron con las fortunas que amasaron los grandes empresarios y comerciantes, negreros casi todos. ¿Cómo se hubiera podido edificar La Pedrera si no es con el trabajo de los esclavos? Después de todo, Barcelona debe ser una de las pocas ciudades con una plaza y un monumento a un esclavista notorio, Antonio López. Que yo sepa, no se ha encargado a ningún arquitecto moderno que acabe con este umbrío enclave.
Lo que más sorprende, sin embargo, es el desconocimiento de lo que la civilización implica, es decir de la que constituye, que funda y define el género humano. Civilizar implica el establecimiento de límites y de normas. Se trazan fronteras, se ordena el espacio, se edictan leyes. Ordenar (poner orden, pero también mandar) conlleva ejercer la violencia, someter la naturaleza y los entes vivientes. Una edicto es un mando. De obligado cumplimiento. Lo que implica la definición de castigos si la orden se transgrede. Educar, formar, edificar, son acciones que requieren el ceñimiento, por tanto un acto impositivo, sobre lo que debe ser extraído de su condición bruta, salvaje, que debe, lo quiera o no, abandonar. El humano se hizo humano cuando tomó el control del mundo. Y cuando fundó el sacrificio (necesariamente violento) para santificar su dominio, y obtener el beneplácito, o el perdón, de los dioses. En el paraíso, no se distinguía de los animales. El conocimiento le estaba vetado. Obtenerlo implicó una transgresión. Y un castigo. Que aún hoy se paga. Con sudor y lágrimas. Y solo la divinidad pudo controlar con la palabra (coercitiva, también). El resto de los vivientes tuvieron que recurrir a la fuerza, física. Al imperio de la ley. Los animales no tienen armas. Por eso se devoran entre ellos.
¡Acaso los republicanos han olvidado cómo se ha impuesto dicho sistema político? En el imperio ateniense, saqueando los pequeños estados vecinos, y gracias a los esclavos; en Francia, en el siglo XVIII, por medio de la guillotina y el terror. ¿Cómo, sino?
¿Gracias al diálogo? Pero el dia-logos es la palabra compartida, partida (dia) en dos; fragmentada. El diálogo es una justa, una contienda verbal donde se acaba imponiendo un punto de vista, rindiendo uno de los contendientes. Un diálogo sin vencedor es palabra muerta. Para Sócrates la conversación se acababa cuando el otro se sometía, aceptando el punto de vista del filósofo.
La orden de cierre del museo porque éste no entra en la visión de las autoridades, ¿no es un acto violento? Se ordena cerrar, en contra de la opinión, del deseo de otras, muchas o pocas, personas. Y la orden se lleva a cabo.
La visión beatífica de la paz que obvia la realidad de la guerra, de la violencia, no solo es simplista, sino que denota ignorancia, error. Y máxima hipocresía. Barcelona se hizo, como cualquier ciudad, con violencia. Y no solo hoy que goza de una de las policias más violentas de Europa. Se creó, se impuso y se defendió con las armas. Y obviar la existencia y el uso de las armas, es olvidar que ése debe ser regulado. No querer ver las armas implica creer que el ser humano es angelical. Y ya sabemos lo qué ocurre cuando los hombres se creen unos seres superiores.

