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viernes, 14 de marzo de 2014
Arquitectura y poesía en la Grecia antigua
(Resumen de la brillante conferencia impartida por la dra. arquitecta y poetisa griega Phoebe Giannisi, profesora titular de proyectos en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Tesalia, en Volos, ayer, jueves 13 de marzo de 2014, de 19.30 a 21 horas, en Caixaforum de Barcelona)
Los santuarios, en la Grecia antigua, eran complejos arquitectónicos. Se desmarcaban del resto de los asentamientos. Poseían su propio recinto. Comprendían una serie de equipamientos cultuales: estatuas, monumentos votivos, templos, altares, sagrarios, tesoros, tumbas, etc. Éstos se disponían según un itinerario que conducía desde la entrada del recinto -amurallado o no- hasta el templo principal, cuyo acceso estaba vetado a los profanos. Los santuarios apolíneos de Delos y de Delfos constituyen buenos ejemplos de la organización espacial sagrada griega.
Dichos recientos no fueron planificados de un solo golpe, contrariamente a los santuarios del Egipto faraónico, y de los helenísticos. No respondían a un plan unitario. Sin embargo sí poseían un "arquitecto" o encargado de supervisar la ubicación de las nuevas construcciones. A medida de popularidad del santuario, y de la importancia y el tamaño de las ofrendas -en ocasiones aportadas por ciudades-, tales como grandes monumentos o grupos escultóricos, estos se ubicaban según un itinerario, siempre teniendo en cuenta la relación que establecerían con equipamentos previos.
Templos, monumentos y estatuas -sobre basamentos o podio, o depositadas directanmente sobre la tierra- poseían inscripciones: poemas, himnos, plegarias o datos sobre los donantes y las razones de la ofrenda; textos que se referían tanto a quien había encargado la ofrenda -nombre, cargo y razones- cuanto a qué divinidad héroe estaba dedicada.
Quienes acudían a los santuarios recorrían el camino en el interior del santuario, camino que se abría paso entre monumentos, y que al mismo tiempo los unía, dando sentido, orden a su presencia. Avanzaban lentamente entre la multitud de edificios, altares y estatuas. Las inscripciones estaban presentadas de tal modo que apelaban al paseante. Éste se detenía y las leía en voz alta. Los monumentos y las estatuas eran signos que evocaban a los seres y a los héroes del pasado. La lectura y las imágenes esculpidas o pintadas devolvían a la vida a los seres perdidos u olvidados. Por un momento, éstos se manifestaban. De este modo, el recorrido invitaba a reencontrarse con el pasado; la contemplación de los monumentos, que se describían a medida del trayecto procesional, y la lectura de las inscripciones ponían en contacto a los mortales y los inmortales, a los seres del presente y del pasado, a los vivos y a los muertos.
La disposición o planificación del santuario, que constituía algo así como una sucesión de estaciones en las que se evocaba a los antepasados -a los personajes de otro tiempo-, y que articulaba, en un recorrido complejo y coherente, compuesto de pasos rápidos y lentos, de paradas y desplazamientos, edificios, monumentos, altares y estatuas, que evocaban la vida de un héroe o una divinidad -o un grupo de divinidades bien relacionadas-, se asemejaba a la composición de un relato épico o mítico. Éste narraba un viaje. Los distintos escenarios -en la tierra, el cielo o el mundo infernal, compuestos por tumbas, templos, palacios y parajes sagrados- eran recorridos tanto por el héroe cuanto por el poeta -el narrador- y el oyente. La lectura, en voz alta, del poema o del relato mítico, recordaba y evocaba el viaje narrado. El vate y el oyente ocupaban el lugar del héroe y vivían lo que éste vivió, en los mismos sitios por lo que transitó.
Un santuario tenía la misma función que un poema: permitía vivir otras vidas, una vida plena: la vida de un dios o un héroe. Quien acudía a Delfos, por ejemplo, seguía los pasos del mismo Apolo cuando descubrió y recorrió este paraje antes de fundar el santuario. Este viaje procesional era el mismo por el que pasaba mental y sensiblemente tanto el vate cuanto el oyente de la recitación o interpretación del Himno homérico a Apolo. En ambos casos, el desplazamiento físico por el espacio real, y el viaje mental o imaginado por los lugares recordados, evocados por el poeta, transportaba al ser humano a otro mundo, y le ponía en contacto con los héroes, a fin que tomara conciencia de su mortal condición y la reconociera y asumiera.
La similitud entre ambos viajes se acrecentaba toda vez que el paseante leía en voz alta las inscripciones que encontraba en los monumentos a medida que se adentraba en el santuario. Estos textos podían ser los mismos que componían las distintas escenas de un relato. En ambos casos, en el santuario y en el poema, el relato, o su enunciado en voz alto, rememoraba y, por tanto, devolvía a la vida, a un héroe con el que el viajante o el oyente se encontraba.
Un héroe cuya vida estaba en manos del visitante o el narrador. Éstos podían no detenerse, podían no leer los textos. Podían también leerlo de un determinado modo, con una u otra entonación, midiendo qué énfasis creían o querían poner. De este modo, el visitante y el oyente, el arquitecto y el poeta, se sentían creadores. La vida de los seres del pasado estaba en sus manos. Se descubrían mortales, sin duda, pero también responsables: humanos plenamente. Bien sabían que este momento de gloria, cuando la vida de un héroe dependía de la voluntad o el deseo del oyente o el artista, no duraba: duraba lo que dura un paseo y una lectura. Duraba, como máximo, una vida: la vida, un viaje que componía, a veces sin orden ni concierto, o con un orden incomprensible, que solo se descubría al final, una serie de escenas o vivencias. El viaje y la lectura permitían descubrían la lógica de la vida; vivir y comprender, otras vidas, modélicas, que echaban luz sobre la propia vida. Una vida que adquiría, así, sentido. El viaje y la lectura daban sentido a la vida: creaban una vida nueva. Convertían a quien componía y a quien escuchaba en el creador de su vida, y le permitía hacer de su vida un viaje que merecía ser emprendido, en sueños al menos.
El santuario y el poema escenificaban las condiciones, el espacio para y en el que emprender otras sendas, sendas que la vida diaria no ofrecía; permitía salirse de los caminos habituales. Invitaban al sueño. Las palabras y las piedras constituían estaciones, puertas hacia otros recorridos; facilitaban encuentros inesperados, pero no menos deseados. Invitaban a una vida plena. Que tal es la función de la arquitectura y la poesía: delimitar un espacio donde la vida prende con plenitud -antes del olvido o el abandono.
Los santuarios, en la Grecia antigua, eran complejos arquitectónicos. Se desmarcaban del resto de los asentamientos. Poseían su propio recinto. Comprendían una serie de equipamientos cultuales: estatuas, monumentos votivos, templos, altares, sagrarios, tesoros, tumbas, etc. Éstos se disponían según un itinerario que conducía desde la entrada del recinto -amurallado o no- hasta el templo principal, cuyo acceso estaba vetado a los profanos. Los santuarios apolíneos de Delos y de Delfos constituyen buenos ejemplos de la organización espacial sagrada griega.
Dichos recientos no fueron planificados de un solo golpe, contrariamente a los santuarios del Egipto faraónico, y de los helenísticos. No respondían a un plan unitario. Sin embargo sí poseían un "arquitecto" o encargado de supervisar la ubicación de las nuevas construcciones. A medida de popularidad del santuario, y de la importancia y el tamaño de las ofrendas -en ocasiones aportadas por ciudades-, tales como grandes monumentos o grupos escultóricos, estos se ubicaban según un itinerario, siempre teniendo en cuenta la relación que establecerían con equipamentos previos.
Templos, monumentos y estatuas -sobre basamentos o podio, o depositadas directanmente sobre la tierra- poseían inscripciones: poemas, himnos, plegarias o datos sobre los donantes y las razones de la ofrenda; textos que se referían tanto a quien había encargado la ofrenda -nombre, cargo y razones- cuanto a qué divinidad héroe estaba dedicada.
Quienes acudían a los santuarios recorrían el camino en el interior del santuario, camino que se abría paso entre monumentos, y que al mismo tiempo los unía, dando sentido, orden a su presencia. Avanzaban lentamente entre la multitud de edificios, altares y estatuas. Las inscripciones estaban presentadas de tal modo que apelaban al paseante. Éste se detenía y las leía en voz alta. Los monumentos y las estatuas eran signos que evocaban a los seres y a los héroes del pasado. La lectura y las imágenes esculpidas o pintadas devolvían a la vida a los seres perdidos u olvidados. Por un momento, éstos se manifestaban. De este modo, el recorrido invitaba a reencontrarse con el pasado; la contemplación de los monumentos, que se describían a medida del trayecto procesional, y la lectura de las inscripciones ponían en contacto a los mortales y los inmortales, a los seres del presente y del pasado, a los vivos y a los muertos.
La disposición o planificación del santuario, que constituía algo así como una sucesión de estaciones en las que se evocaba a los antepasados -a los personajes de otro tiempo-, y que articulaba, en un recorrido complejo y coherente, compuesto de pasos rápidos y lentos, de paradas y desplazamientos, edificios, monumentos, altares y estatuas, que evocaban la vida de un héroe o una divinidad -o un grupo de divinidades bien relacionadas-, se asemejaba a la composición de un relato épico o mítico. Éste narraba un viaje. Los distintos escenarios -en la tierra, el cielo o el mundo infernal, compuestos por tumbas, templos, palacios y parajes sagrados- eran recorridos tanto por el héroe cuanto por el poeta -el narrador- y el oyente. La lectura, en voz alta, del poema o del relato mítico, recordaba y evocaba el viaje narrado. El vate y el oyente ocupaban el lugar del héroe y vivían lo que éste vivió, en los mismos sitios por lo que transitó.
Un santuario tenía la misma función que un poema: permitía vivir otras vidas, una vida plena: la vida de un dios o un héroe. Quien acudía a Delfos, por ejemplo, seguía los pasos del mismo Apolo cuando descubrió y recorrió este paraje antes de fundar el santuario. Este viaje procesional era el mismo por el que pasaba mental y sensiblemente tanto el vate cuanto el oyente de la recitación o interpretación del Himno homérico a Apolo. En ambos casos, el desplazamiento físico por el espacio real, y el viaje mental o imaginado por los lugares recordados, evocados por el poeta, transportaba al ser humano a otro mundo, y le ponía en contacto con los héroes, a fin que tomara conciencia de su mortal condición y la reconociera y asumiera.
La similitud entre ambos viajes se acrecentaba toda vez que el paseante leía en voz alta las inscripciones que encontraba en los monumentos a medida que se adentraba en el santuario. Estos textos podían ser los mismos que componían las distintas escenas de un relato. En ambos casos, en el santuario y en el poema, el relato, o su enunciado en voz alto, rememoraba y, por tanto, devolvía a la vida, a un héroe con el que el viajante o el oyente se encontraba.
Un héroe cuya vida estaba en manos del visitante o el narrador. Éstos podían no detenerse, podían no leer los textos. Podían también leerlo de un determinado modo, con una u otra entonación, midiendo qué énfasis creían o querían poner. De este modo, el visitante y el oyente, el arquitecto y el poeta, se sentían creadores. La vida de los seres del pasado estaba en sus manos. Se descubrían mortales, sin duda, pero también responsables: humanos plenamente. Bien sabían que este momento de gloria, cuando la vida de un héroe dependía de la voluntad o el deseo del oyente o el artista, no duraba: duraba lo que dura un paseo y una lectura. Duraba, como máximo, una vida: la vida, un viaje que componía, a veces sin orden ni concierto, o con un orden incomprensible, que solo se descubría al final, una serie de escenas o vivencias. El viaje y la lectura permitían descubrían la lógica de la vida; vivir y comprender, otras vidas, modélicas, que echaban luz sobre la propia vida. Una vida que adquiría, así, sentido. El viaje y la lectura daban sentido a la vida: creaban una vida nueva. Convertían a quien componía y a quien escuchaba en el creador de su vida, y le permitía hacer de su vida un viaje que merecía ser emprendido, en sueños al menos.
El santuario y el poema escenificaban las condiciones, el espacio para y en el que emprender otras sendas, sendas que la vida diaria no ofrecía; permitía salirse de los caminos habituales. Invitaban al sueño. Las palabras y las piedras constituían estaciones, puertas hacia otros recorridos; facilitaban encuentros inesperados, pero no menos deseados. Invitaban a una vida plena. Que tal es la función de la arquitectura y la poesía: delimitar un espacio donde la vida prende con plenitud -antes del olvido o el abandono.
jueves, 13 de marzo de 2014
Hécate, diosa de las encrucijadas
El cuidado del espacio, en la Grecia antigua, estaba a cargo de las divinidades Hermes y Hestia. Mientras Hermes vigilaba el espacio abierto, controlando las vías de comunicación, y ayudando a los viajeros a encontrar el camino sin perderse, Hestia no salía del espacio doméstico, cuidando siempre que el fuego del hogar, señal de la vitalidad de la casa, no se extinguiera, y cuidando también, desde el interior de un templo que no abandonaba nunca, ubicado en el ágora de toda ciudad, que el fuego de la misma estuviera siempre encendido. Cualquier mengua de las llamas era un indicio que la ciudad estaba en peligro.
Los fuegos y las vías que Hermes y Hestia presidían habían sido previamente trazadas y prendidos por Apolo. Éste, desde su isla natal, Delos, donde prendió fuego en una pira, por vez primera, en honor de su padre Zeus, había recorrido el orbe entero,. es decir Grecia, antes de instalarse en el corazón del mundo conocido, en Delfos, desde dónde organizaría el mundo y encendería el primer fuego, en el interior de su templo, al cuidado del cual colocaría a Hestia que, desde entonces, no abandonaría nunca esta enclave. El enraizamiento de Hestia en Delfos era tan fuerte que estaba incluso en contacto con las profundidades de Gea, la tierra -diosa-madre que poseyó, en los inicios, Delfos, desde donde predicaba, como la voz grave de la tierra que era- .
La pareja de Hermes y Hestia, y la figura solitaria de Apolo (relacionada también con Hestia -Apolo también estaba relacionado con su primo Hermes, ya que fueron los inventores de la música-), se complementaban con una nueva divinidad que poseía rasgos propios de aquéllas.
Se llamaba Hécate. Este nombre era un apodo de Apolo; también de la hermana gemela de éste: Ártemis: divinidades familiarizadas con la espesura de los bosques que recorrían, abriendo vías, que trazaban, que cortaban en la maleza.
Según cantaba Hesíodo en un largo poema integrado en la Teogonía, Hécate era una diosa ancestral, anterior a Zeus, y tan poderosa como el padre de los dioses, más incluso. Pertenecía a la antigua legión de los Titanes. Fue la única titánida cuyos privilegios Zeus respectó. Suyos eran los tres niveles del cosmos: el éter, la tierra y los abismos marinos. Maneja la luz y la oscuridad: era hija de la misma Noche. La vida dependía de su buen querer. La prosperidad, la abundancia de vidas y bienes estaban a merced suya. Los campos y los establos -cuyos rebaños también obedecían a Hermes, su esposo- estaban llenos de vida, y eran dadores de vida, solo con la aquiescencia de esta diosa.
Hécate se representaba como una mujer con tres rostros, o como un trío de figuras juntas, que miraban en tres direcciones distintas -la cuarta dirección, que el eje vertical traza, estaba al cuidado del pilar que las divinidades -o las tres personas de una misma divinidad- formaban o al que estaban adosadas.
Hécate se ubicaba en las encrucijadas. Vigilaba los caminos. Ayudada a quienes dudaban a tomar la correcta dirección para dirigirse sin dificultades por el territorio, o por la vida. Hécate regulaba la vida. Por este motivo, su imagen también se ubicaba, no en el corazón del hogar, como Hestia, sino en el exterior, cabe la puerta de entrada, a fin de evitar que las parturientas no pudieran alumbrar: el fuego o la luz, de la vida y de la casa, estaba en manos de Hécate. Este fuego aseguraba el linaje. En tanto que diosa de los infiernos -Hecate se asemejaba o se confundía con Perséfone-, Hécate aseguraba que la comunicación entre muertos y mortales no se interrumpiera y que, así, una casa pudiera perdurar más allá de la muerte. Aunque ambas diosas, Hestia y Hécate, tenían buenas conexiones con los infiernos, Hestia controlaba el hogar desde el centro, mientras que Hécate supervisaba, desde fuera, sus límites, asegurando, sobre todo, la defensa del umbral.
La buena vecindad con el mundo de las tinieblas explicaba que Hécate fuera una guía excelente. Del mismo modo, Hermes, un dios psicopompo -es decir, guía de las almas a las que conducía de la tierra al mundo de los muertos, dado que podía cruzar, en ambas direcciones, sin perderse ni ser detenido, la barrera infranqueable que separa el mundo de los vivos del de los muertos- orientaba a los perdidos porque estaba familiarizado con la noche, y podía ver sin problemas allí donde no se veía nada, los ojos de Hécate, dirigidos hacia todas las direcciones preveían los peligros. Guiaba, pero también podía llevar a quien no le rendía culto a la perdición. Tenía armas poderosas: sus hijas Escila, un monstruo marino, de cuyo poderoso cuerpo serpenteante emergía una multitud de perros rabiosos, y la temible maga Medea.
Eso explica también que tanto Hermes cuanto Hécate fueran divinidades ligadas a la magia; a la magia negra, incluso. Guiaban almas y espectros; circulaban por la selva, la noche y los infiernos,. Controlaban luces y alumbramientos. Tenían buenas conexiones con el mundo de los muertos, pero -precisamente por dichas conexiones- podían proteger a los seres vivos. Y los protegían porque controlaban el espacio vital, tanto el espacio en el que los humanos se recogían, cuanto el que cruzaban, de hogar en hogar, gracias a las luces y los consejos que Hécate, Hermes o Apolo brindaban. Gracias a esta triada, los seres humanos han, hemos sobrevivido. Hasta hoy.
JOANA SERRAT (1983): PLACE CALLED HOME (UN LUGAR LLAMADO HOGAR, 2014)
https://soundcloud.com/el-segell-del-primavera/place-called-home?in=el-segell-del-primavera/sets/joana-serrat-dear-great-canyon
...y -parece imposible- Joana Serrat (Vic) no suena como Manel y derivados.
...y -parece imposible- Joana Serrat (Vic) no suena como Manel y derivados.
miércoles, 12 de marzo de 2014
SBTRKT: KYOTO (2014)
)
Véase la página web de este grupo (o este intérprete de música electrónica): http://www.sbtrkt.com/
Véase la página web de este grupo (o este intérprete de música electrónica): http://www.sbtrkt.com/
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CHARLES MARVILLE (CHARLES FRANÇOIS BOSSU, 1813-1879): PARIS BAJO HAUSSMANN (1862-1864)
El Museo Metropolitano de Arte de Nueva York dedica una muestra antológica al fotógrafo francés Charles Marville quien, en la segunda mitad del siglo XIX, antes incluso de ser nombrado fotógrafo oficial de la ciudad, retrató, siempre al alba, cuando las calles estaban desiertas, los derribos implacables de barrios enteros que Georges-Eugène Haussmann, prefecto de la ciudad, llevó a cabo, con el apoyo del emperador Napoleón III, para reurbanizar la capital. La ciudad medieval desapareció casi enteramente (/han sobrevivido algunas callejuelas en la Rive Gauche, cerca de la catedral de Notre-Dame).
Las fotos, compuestas ortogonalmente, "ordenan", "encuadran" las callejuelas que Haussmann estaba a punto de enderezar, y pone en perspectiva las casas de distintas alturas, que el prefecto también cortaría por el mismo patrón.
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