Fotos: Tocho
Quizá una de las efigies más hermosas del dios griego Apolo se halle en el recientemente inaugurado Museo de la Romanidad en la ciudad sureña francesa de Nïmes (ciudad de origen romano).
Se trata de una testa de bronce de tamaño ligeramente superior al natural. Formaba parte de una estatua de bronce de unos dos metros de alto. La cabeza ha perdido las incrustaciones de los ojos y la corona de laurel.
La estatua está, sin duda, ligada al emperador Augusto. Quizá provenga de un santuario dedicado al emperador, o del templo, que aún hoy existe en perfecto estado en el centro de la ciudad -que sigue el modelo de un templo dedicado a esta divinidad en Roma-, y que estuvo dedicado al culto imperial. Augusto sentía una particular devoción por esta divinidad que le habría llevado a la victoria en la batalla de Accio (Actium) donde se dirimió la suerte del naciente imperio, a finales del siglo I aC.
Lo singular de esta cabeza es la capacidad de sugerir tanto la humanidad cuanto la divinidad de Apolo aunque, a diferencia de una efigie cristiana, el dios no parece manifestar interés alguno por los hombres. Se muestra ensimismado, o mejor dicho, distante, desapegado de la humanidad. Sin embargo, el modelado sugiere bien que el dios está "encarnado". Se percibe la carnosidad de las mejillas, la sensualidad de los labios, el pliegue a lado y lado de la nariz que sugiere bien la presencia de la piel, la blandura de la cara, ligeramente pesada, cargada, en absoluto libre del peso de la material. Los ojos son más grandes de lo habitual. Sugieren una capacidad superior para mirar, por encima de los problemas mundanos. La posición levemente inclinada a un lado de la cabeza puede evocar retraimiento pero también la conciencia de que es consciente de hallarse frente a los humanos, o entre ellos. No puede evitar esta confrontación. Se muestra porque los hombres están junto a él. Este encuentro, por otra parte, no es extraño. Apolo siempre fue el guía de la humanidad, a la que le trazó la senda de la vida y le evitó obstáculos insalvables. Este carácter explica porque la figura de Cristo se modeló, en parte, a partir de la de Apolo, mucho más humano y complejo, casi dubitativo, en su versión romana, de lo que los griegos pensaban.




























































