Fotos: Tocho, enero 2023
Una estrecha y maltrecha carretera mal asfaltada, entre talleres destartalados cubiertos de grasa de máquina, barracas y barracones, basura y perros famélicos, desemboca en un reciento casi abandonado, en cuyo centro se alza, hasta cincuenta y cinco metros de altura, el núcleo central del Zigurat de la ciudad mesopotámica de Dur -Kurigalzu, construido en 1400 aC, que se alzaba en el centro de santuario del dios de los aires y las aguas del cielo, el dios Enlil, hijo del dios del cielo An. Originariamente dominaba, desde sus setenta metros de altura, un conjunto de santuarios y palacios, de los que nada queda salva reconstrucciones modernas. El primer nivel del Zigurat, en cambio, fue reforzado y restaurado en los años ochenta, pero conserva aún todas sus filas de ladrillos de adobe, de grandes dimensiones, entre los que se van insertando, alternándose, cada metro y medio, capas de alquitrán, de cal y de esteras vegetales, que impedían que las aguas festivas ascendieran entre los ladrillos de adobe y los disolvieran, y que las cargas mal repartidas provocaran el colapse de este enorme montaña artificial, cuya función solo se puede especular: quizá la base de un santuario en el que se renovaba anualmente el pacto entre el cielo y la tierra.
Aún hoy, se enmudece ante la altiva presencia dominante del Zigurat , en medio del insólito silencio circundante. En los alrededores montículos de adobe dejan intuir la desvanecida presencia de los santuarios cercanos, hoy reducidos a lodo. El Zigurat, el más majestuoso del mundo mesopotámico, conserva, pese a las mutilaciones causadas por los elementos, todo el mundo. Solo cabe, encogido, alzar la vista.