miércoles, 31 de julio de 2024

Historia de la universidad en Barcelona (ss. XV-XX), parte 11

 


Felix Ribas: proyecto de la Universidad Literaria de Barcelona, 1852

 

El Estudio General volvió de Cervera a Barcelona, o mejor dicho, regresó a Barcelona sin tener que abandonar Cervera, la importancia de cuyo Estudio, sin embargo, quedó debilitado tras la reapertura del Estudio en Barcelona.

El Estudio volvía a abrirse en Barcelona. Pero no tenía donde instalarse. Ya comentamos el trasiego de sede en sede, de convento en convento, hasta parar en el convento de nuestra señora del Carmen: un convento en ruinas. La penúltima sede, en el oratorio de San Felipe Neri, tuvo que mantenerse y no cerró hasta la inauguración de la universidad Literaria de Barcelona treinta años después.

Entretanto, el Ministerio y el Ayuntamiento no cesaban de invertir en el convento del Carmrn para evitar su hundimiento. Las reparaciones, las consolidaciones, eran un pozo sin fondo económico.

Pero hubo que esperar la muerte de un operario que participaba en un remiendo del convento  para que la necesidad de un edificio en condiciones se hiciera patente a mitad del siglo XIX.

¿Dónde ubicarlo? Barcelona era una ciudad aún amurallada, sin solares libres suficientemente extensos. Solo cabía utilizar los jardines del convento del Carmen y el espacio obtenido tras el derribo de una parte del convento imposible de mantener para ubicar un nuevo Estudio. Y no solo un edificio, sino varios, o uno más extenso de lo que exigía la universidad, para dar cabida a un Instituto de secundaria y una biblioteca popular. Se pensaba también en ubicar la facultad de medicina, idea finalmente desechada por imposible.

El consistorio no veía con buenos ojos la implantación de la universidad entre las ruinas del convento el Carmen, ruinas agravadas por el bombardeo de Barcelona en 1842 que afectó gravemente a lo que quedaba del convento . 

El bombardeo ordenado por el gobierno castigaba una revuelta popular. Este levantamiento se oponía a un acuerdo comercial entre los reinos de España y de Inglaterra. Dicho acuerdo reduciría los impuestos sobre los tejidos ingleses facilitando su venta en España, compitiendo así en igualdad de condiciones con los tejidos fabricados en el principado.

La altura inevitable del nuevo edificio universitario , junto con las calles angostas del barrio, atestadas de tráfico (carros y personas) podía colapsar aún más una parte de la ciudad. Eso inquietaba y hacía que no se viere con buenos ojos la proyectada nueva universidad.

Pero la urgencia de una solución definitiva al problema de la inexistencia de un edificio en condiciones llevó al Ministerio a encargar al arquitecto Félix Ribas un nueva sede, junto con la restauración temporal de las ruinas, parte de las cuales debían mantenerse e incluirse en el proyecto, para no impedir que el Estudio General siguiera abierto durante las obras.

Félix Ribas era un arquitecto y político reformista (fue diputado en las Cortes) de familia acomodada. Estudió arquitectura en la Lonja de Mar y se tituló en la Academia de San Fernando en Madrid como era preceptivo. Aunque realizó numerosos proyectos públicos de gran escala -el ayuntamiento de Tiana, por ejemplo-, pocos llegaron a buen puerto. 

De hecho, se presentaba como un teórico.Tomó partido en el enfrentamiento entre ingenieros y arquitectos. Defendía que los ingenieros se limitaran a proyectar y construir puentes y caminos, y no participaran del embellecimiento de los edificios (ya que no sabían de ornamento), mientras que los arquitectos, por el contrario, no tenían que tener vetada ninguna  atribución.. Es posible que esta defensa de la teoría y del saber frente a la ciega práctica le costará más de un proyecto. Como, por ejemplo…

Félix Ribas realizó varios proyectos para la sede universitaria. La Academia de San Fernando iba señalando errores, siempre subsanables, a los que un nuevo proyecto respondía favorablemente. El tiempo, los años pasaban.

Los fondos escaseaban. Aunque Ministerio y ayuntamiento debían repartirse los gastos, el Ministerio incumplía, y el ayuntamiento buscaba fondos ajenos.

Las obras no empezaban. Por varias razones: entre éstas, la pérdida o el extravío del  proyecto -nunca recuperado- en dependencias ministeriales y la academia de San Fernando. Félix Ribas tuvo que repetir todo el proyecto cuatro años más tarde.

Mientras, Félix Ribas tuvo que proyectar la rehabilitación del deteriorado claustro del convento del Carmen, cerrándolo y cubriéndolo con placas de vidrio y estructura metálica, dándole un aire de invernadero. 

Poco tiempo después, se inauguraba el célebre Palacio de Cristal de la primera Exposición Universal, en Londres, en 1851. La universidad del Carmen hubiera sido el primer recinto de vidrio y hierro construido. Pero los conocimientos técnicos del teórico Félix Ribas eran aproximados, también por la novedad de las técnicas constructivas necesarias para trabajar con estos nuevos materiales . Dichos defectos fueron señalados por los académicos de la academia San Fernando. No parecía que fuera ya posible un cambio de proyecto.

La situación devino insostenible. Las clases inaugurales ya no podían siquiera impartirse en el convento del Carmen. Tenían lugar en el oratorio de San Felipe Neri, en las salas nobles del consejo de ciento en el consistorio de Barcelona, o en la Diputación.

La llegada de un nuevo rector, conservador, desbloqueó la situación. Un joven arquitecto, también conservador, muy alejado del carácter reformista de Félix Ribas, recibió discretamente el encargo de una nueva sede para el Estudio General.

Poco tiempo después, el joven arquitecto Elías Rogent presentaba su propuesta, aceptada inmediatamente. 

Los herederos de Félix Ribas pleitearon durante decenios para cobrar lo que el arquitecto nunca recibió . Su proyecto y su figura cayeron en el olvido. Silenciados.

El cambio de proyecto significó un cambio simbólica y políticamente decisivo que ha marcado la vida de Barcelona. A un arquitecto teórico y reformista le sustituía un arquitecto práctico y conservador. 

Este cambio, y el ideario que lo sustentaba, se hicieron evidentes. Feliz Ribas había proyectado un templo clásico, racional, libre de connotaciones religiosas, coronado por divinidades griegas ligadas a las artes. Su proyecto estaba bajo la advocación de la diosa de las artes romana, la diosa Minerva. 

Elías Rogent, en cambio, proyectó una fortaleza neo-medieval bajo la protección de la Inmaculada Concepción. Si el proyecto de Ribas era el reflejo de la pasada ilustración, la fortaleza de Rogent apuntaba a los nuevos tiempos, que miraban a un nebuloso origen medieval, un tiempo de héroes creadores de cerradas patrias dedicadas a una raza, una religión y una lengua propias y exclusivas, una concepción política muy distinta del universalismo al que aspiraba el siglo de las luces y la arquitectura clásica. Los nuevos tiempos exaltaban el arte y la arquitectura románicos presentados como un arte propio, étnico, nacional, en los orígenes de la “nación”.

La nueva sede de la Universidad Literaria de Barcelona debía ocupar el solar del derribado  convento del Carmen, de las ruinas y de los jardines transformados en un jardín botánico.

Quizá por la falta de espacio, finalmente se optó por un nuevo solar, tras  el derribo de las murallas. Este terreno se ubicaba fuera de la ciudad “antigua”, pero conectada visualmente con la antigua sede del Estudio General , derribado tras su conversión en cuartel. Su desaparición permitió abrir una nueva puerta en la muralla, la puerta de Isabel II, en 1847,  al final de las Ramblas. Esta puerta, largamente requerida, facilitaba la conexión real y visual  entre la ciudad antigua, los caminos que conectaban con los pueblos cercanos, y la nueva trama urbana, el Ensanche, en ciernes. Una trama defendida por Félix Ribas, una trama cuadriculada, racional, no dependiente de localismos, y obviamente denostada por Rogent. En este caso, la razón se impuso a la leyenda. 

La errática historia de la universidad en Barcelona ¿había llegado a su fin a finales del siglo XIX

(continuará)






martes, 30 de julio de 2024

¿Qué es el arte? (según Azorín)

 “El arte es triste. El arte sintetiza el desencanto de esfuerzo baldío… ó el más terrible desencanto del esfuerzo realizado…del deseo satisfecho”

(Azorin: La voluntad, XXV)


NB: La voluntad, de 1904, es la primera y admirable novela moderna española, sin historia y múltiples puntos de vista, voces y géneros literarios sobre la nada, tema de la obra.

lunes, 29 de julio de 2024

Historia de la universidad en Barcelona (ss. XV-XX), parte 10

 



Monasterio de Sant Pere de la Portella (última sede del Estudio General de Cervera) , y Convento de San Francisco y Panteón Real en Barcelona, sede temporal del Estudio General de Barcelona a la vuelta de Cervera


Fuera el Estudio General de Cervera provinciano o un centro educativo de excelencia en el que se formaron Narcis de Monturiol, inventor del submarino, o el filósofo Jaime Balmes, ls reapertura del Estudio General de Barcelona -con el cierre o no del Estudio General de Cervera- se planteó tras las guerras napoleónicas, a principios del siglo XIX. 

Pese a la oposición del consistorio de Cervera, el Estudio General se trasladó una primera vez a Barcelona entre 1821 y 1823. Se ubicó en el convento San Francisco, cuya ábside daba la espalda al mar cercano. Mientras, el Estudio General de Cervera siguió abierto. El principado de Cataluña poseyó más de un Estudio General  durante tres años, por vez primera desde 1717.

El período corresponde al Trienio Liberal, durante el cual el rey Fernando VII, tras haber recuperado el trono tras la caída de José I Bonaparte, impuesto por su hermano, el emperador francés Napoleón I. 

El gobierno obligó al rey Fernando VII a asumir la Constitución liberal de Cádiz, inspirada en los ideales de la Revolución francesa, y que sucedía al Estatuto de Bayona, de 1808, que impuso el emperador francés. Ambos, constitución y estatuto, conllevaban la disminución del poder religioso sobre el civil, y el fin del absolutismo. La derrota del partido liberal canceló dicha constitución, y el Estudio General de Barcelona volvió a cerrarse.

Este primer regreso del Estudio General a Barcelona se enfrentaba a un problema: la falta de espacio. La antigua sede del Estudio General en lo alto de las Ramblas había sido convertida en un cuartel en 1717, y había sufrido durante las guerras napoleónicas. Tras una breve ocupación, el Estudio General se instaló en el Colegio Tridentino ( llamado posteriormente Casa de la Caridad, aún existente). 

El cierre del Estudio General de Barcelona fue temporal, empero. Duró hasta 1837 cuando, de nuevo pese a la oposición del consistorio de Cervera y sus súplicas ante el Rey, se planteó y ejecutó un traslado aún provisional del Estudio General a Barcelona. El problema de la falta de sede seguía presente y perduraría durante treinta años.

Durante este periodo el Estudio General de Barcelona se desplazó de convento en convento, todos vacíos y abandonados tras la cancelación de los bienes eclesiásticos y de las órdenes religiosas con muy poco personal por orden del gobierno liberal de Mendizabal. Fernando VII había muerto y la jefatura del Estado estaba en manos de su esposa, la reina regente María Cristina de Borbón, a la espera de la mayoría de edad de la futura reina, Isabel II.

El número de conventos disponibles, en más o menos buen estado, era considerable. Los conventos de San Francisco, Santa Catalina -que había acogido dos siglos antes la Academia de Santo Tomás-, San Cayetano (Sant Gaietà), San Felipe (Sant Felip) Neri y de la Virgen del Carmen, vieron desfilar el Estudio General migrante, debido al creciente mal estado de aquéllos  y el creciente número de estudiantes. El coste de la permanente restauración del degradado convento de la virgen del Carmen, la caída de un techo y la muerte de un albañil que trabajaba en ls consolidación del edificio  -amén de las heridas de cuatro obreros más- llevaron a que el gobierno central y el consistorio decidieran que el Estudio General necesitaba de una sede propia en condiciones y encargaron un primer proyecto -que tardaría en ver la luz.

Mientras tanto, las llamadas guerras carlistas entre quienes no aceptaban a una reina sino a un rey, y los defensores de Isabel II, entre liberales y conservadores, entre el campo y la ciudad, asolaron la península hasta el siglo XX, y tuvieron un particular impacto en el principado. El campo defendía al pretendiente varón, el infante don Carlos, hermano de Fernando VII. La sucesión real no pasaba por los hermanos sino por los hijos. Por tanto, el infante don Carlos no podía ocupar el trono ya que Fernando VII tuvo descendencia, si bien era una mujer, no un varón. Los conservadores (el campo en el principado, entre éstos) se oponían a la heredera directa, Isabel, herencia  legal tras el cambio de la Constitución a fin de permitir que una reina fuera jefa de Estado. 

La inseguridad en el territorio debido a la guerra civil  era tal que apenas se salía del perímetro amurallado de la ciudad, ambos bandos, carlistas e isabelinos, asaltaban, retenían y secuestraban a los viajeros. En estas circunstancias, desplazarse desde Barcelona a Cervera para estudiar era tan peligroso, que los consistorios de Barcelona y Cervera acordaron crear una delegación de Cervera en Barcelona, que se instaló en el desaparecido (como casi todos) convento de San Cayetano (Sant Gaietà).

El regreso de 1937 devino definitivo en 1842. La lección inaugural del Estudio General de Barcelona, ubicado en el ruinoso convento de la Virgen del Carmen, tuvo lugar, sin embargo, en la llamada Rambla de los estudios, muy cerca de donde se había ubicado el Estudio General entre los siglos XVI y XVIII. Se trataba de la academia de ciencias naturales o academia de ciencias y artes, emplazada donde se había situado el desaparecido Imperial y Real Colegio de los Cordellas gestionado por les jesuitas. 

Los jesuitas habían sido expulsados del reino por el rey Carlos III, en el siglo XVIII, acusados de fomentar una revuelta popular en Madrid a causa de la carestía del pan. Regresarían  medio siglo más tarde, por mediación de Fernando VII tras su vuelta  al trono en 1815. Los jesuitas serían expulsados del reino tres veces más, durante gobiernos liberales, la  última vez durante la Segunda República en 1934.

La vuelta del Estudio General a Barcelona no conllevó el cierre inmediato del Estudio de Cervera, gracias al empuje del consistorio de la ciudad.

Mas, Cervera, a diferencia de Barcelona, estaba a favor del príncipe Carlos. No obstante, si el campo era carlista, las tropas carlistas no controlaban Cervera y  no podían asegurar la protección de la ciudad, lo que impedía que profesores y estudiantes pudieran desplazarse a Cervera desde Barcelona y otras ciudades. Se inició entonces un sucesivo desplazamiento del Estudio General de Cervera a ciudades más seguras bajo la protección efectiva de  las tropas carlistas primeramente en Solsona, luego en Vic, para acabar, entre 1838 y 1840, en el monasterio de Sant Pere de la Portella en el Berguedà, ya con la pérdida casi completa de docentes y estudiantes, donde el Estudio de Cervera se extinguío

Mientras, en Barcelona, tras el derrumbe de la sede del Estudio General en el convento de la virgen del Csrmen…,

 (Seguirá) 

domingo, 28 de julio de 2024

Babia

 Babia es un pueblo al que no conviene ir, en el que mejor es no estar, pues uno se pierde.

 O quizá sí sea aconsejable hacer las maletas y enfilar la carretera. 

Babia no existe (aunque Babia sea el nombre de un pueblo leonés). Pero Babia sí existe, pero en sueños, allí donde se emplazan los lugares memorables.

A Babia no conviene estar, porque estar en Babia conlleva perder la atención. Uno se distrae -se abstrae de la realidad, pierde contacto con ella- cuando se encuentra en Babia. Se diría que Babia es un lugar más atractivo, capaz de hacer perder la cabeza, que cualquier aglomeración “real”. Babia tiene algo mágico -y quizá peligroso. Babia debe evitarse.

El nombre de este pueblo fantasioso deriva de lo que acontece cuando uno se encuentra allí: de baba, que cae en Babia. 

La baba nos cae cuando estamos embobados ante lo que nos lleva a olvidarnos de lo que nos rodea. Nos quedamos boquiabiertos ante el lugar que no es de este mundo. El asombro, la admiración, y la abstracción de lo que nos envuelve son los sentimientos que nos invaden y que nos llevan a perder el control de nuestros gestos. En Babia nos comportamos de manera distinta. Los músculos se relajan y nos dejamos ir.

Algunos pocos objetos tienen un poder semejante al de Babia; unos objetos tan fantásticos cuyo magnetismo influye en el mundo y en la percepción del mismo; objetos que nos arrastran y nos llevan a sentir temor y compasión, gracias a los cuáles nos armamos ante la vida y sabremos reaccionar ante lo que no debiera ser, ante lo que se opone a la vida.

Las obras de arte ocupen el lugar de Babia, o lo representan. La célebre imagen de Madeleine, sentada ante un retrato barroco de pie, de gran tamaño, en una sala del museo de San Francisco, absorta en la contemplación de aquel, cruzando su mirada con la de la figura retratada, que el cineasta Hitchcock compusiera en la película Vértigo (De entre los muertos) documenta bien los efectos casuales o buscados que algunas (pocas) obras de arte ejercen sobre nosotros. Madeleine da la espalda a la cámara, al lugar que ocupamos, al mundo “real” y profano. Sentada, tiesa, tensa, en silencio, se diría que petrificada, convertida en una estatua de sal, parece haber abandonado el mundo, hipnotizada por la mujer retratada que la arrastra con su mirada y su pose zalameros, irónicos, insistentes y sin embargo. distantes, ubicados a tal distancia que son inalcanzables. 

Cuando Madeleine vuelve a sí, se gira, se alza y sale de sala, como si fuera otra persona que no reconociera lo que la envuelve. Se ha vuelto otra persona. El retrato la ha cambiado. Su percepción del mundo ya no es la misma. Ella ya no es la misma. Ya no es. Ha cruzado el telón. Mentalmente se encuentra tras aquel, en el espacio donde mira la figura que ha atrapado la atención y las fuerzas de Madelaine. Madeleine ha dejado de ser (Madeleine). A partir de entonces, la historia que Hitchcock narra seguirá por unos derroteros muy distintos. Madelaine desaparece.

El sueño y la muerte son sensaciones o situaciones equivalentes en el mundo antiguo. Quien duerme no se halla entre los vivos. Intuimos que vive, por un leve parpadeo, acaso un movimiento involuntario, pero no podemos saber dónde se ha ido, aunque su cuerpo se encuentra ante nosotros, a nuestro lado. Nos ha dejado. Y no sabríamos dónde buscarla. Tendríamos que acceder a sus sueños (a los que no tenemos que tener acceso pues los sueños son siempre personales, propios, secretos, y así deben permanecer, lo único que poseemos verdaderamente), o cruzar el umbral del mundo de los sueños. 

Algunas obras de arte, que nos abren a una renovada percepción del mundo y nos ponen ante los ojos lo que no sabemos o queremos ver, que nos dan qué pensar acerca de dónde nos encontramos, lo que hacemos y aceptamos, algunas obras de arte, decimos, nos hacen soñar (o nos causan pesadillas). 

Ante ellas, desde luego, estamos (como) en Babia. Atolondrados, en apariencia, con una agudeza singular, en verdad, viendo más, más lejos, con más precisión, viendo lo que ocurrirá, acercándonos al más allá, dejando así muy atrás el pueblo donde nos encontramos físicamente, que ha dejado de tener interés para nosotros; un pueblo que ya no nos dice nada, o porque no tenemos oídos para escucharle. Otras voces, silenciosas, unos cantos de sirena, más encantadores y reveladores, como unas profecías, nos advierten de lo que acontece a nuestro alrededor, de lo que ocurrirá.  

Babia es un imán, una fuente. Un pueblo mágico que existe donde soñamos que se encuentra. No tiene lugar; verdadera utopía, ocupa todos los lugares, a los que accedemos cuando nos quedamos en él, cuando Babia nos seduce, Babia, mucho más seductora que los lugares prosaicos en les que no nos queda más que vivir, aceptado vivir en ellos, porque siempre, aunque se halle lejos, podremos acceder, en cuanto entornamos los ojos, a Babia, el pueblo al que solo la imaginación conduce.

“… porque cuando fue colocado el hombre en el paraiso de Eden, fué para labrarle, ut operaretur eum, lo qual prueba que no nació para el sosiego. Trabajemos pues sin argumentar (…),  que es el medio único de que sea la ida tolerable.” (Voltaire, Cándido)

Babia nos hace la vida soportable, porque podemos refugiarnos en él cuento las cosas vienen mal dadas, e insoportable, porque en Babia nos damos cuenta de dónde nos hallamos “realmente” cuando abandonamos Babia -o Babia nos cierra la puerta ante las narices

Babia llega y nos lleva cuendo menos nos lo esperamos. Nos toma por sorpresa. Alcanzaba a Sócrates, mientras debatía al tiempo que paseaba; y se detenía, enmudecía, y ponía los ojos en blanco; ya no estaba donde estaba. La voluntad ni la razón, el día a día, por el contrario,  nos apartan de la senda que lleva a la ciudad anhelada (que anhelamos porque sabemos que no encontraremos lo que amuebla este mundo; una ciudad extraña y familiar, reconocida aunque no conocida, que exploramos por vez primera con la sensación que una vez ya estuvimos y que quizá ya no volvamos a estar más; una ciudad preciosa, en suma, del que una voz profana que no quisiéramos oír, un detalle desagradable o inoportuno, un recuerdo de lo que tenemos que hacer, una “obligación” nos apartan, devolviéndonos al lugar del que, por un momento, nos hemos apartado, no sabemos cómo ni porqué).

Babia, siempre lejos; a lo lejos. Pero al alcance de los sueños.


PS: Lejos de Babia, título de un posible nuevo libro de ediciones Asimétricas, quizá a final de año.

sábado, 27 de julio de 2024

Clase

 ¿Por qué la palabra clase tiene significados tan distintos e inconexos a primera vista?

Una clase es un aula (un contenedor); es su contenido (una lección en particular, o las lecciones en su conjunto impartidas); designa igualmente a un colectivo que posee cualidades o propiedades comunes que los agrupan; mas, por el contrario, clase se refiere a lo que distingue y separa a un colectivo exclusivo de los demás, a una clase social -con “clase”. Clase, en este último sentido, se refiere a una cualidad que eleva a un ser o un ente por encima de los demás. La clase, así, une -pero también divide- a seres o componentes horizontal y verticalmente. Clase es tanto un sustantivo cuanto un calificativo.

¿Algún elemento en común?

Clase y exclamación o aclamación son palabras relacionadas . Clasificar y exclamar son acciones parecidas. Una ordena (impone o halla un orden); otra pone de relieve las cualidades, positivas o negativas, de un ente, un ser o un colectivo -previamente ordenado.

En ambos casos, la palabra es el medio a través del cual se incide en el mundo, para armonizarlo, cantarlo o demonizarlo.

La palabra no es gratuita. No se pronuncia en vano. Es efectiva. Pone el foco en lo que pasa desapercibido, en lo que no está compuesto, como si algo le faltara para ser. La palabra completa y colma. 

Una clase , una lección es el reino de la palabra oral. Palabra que expone, comunica, muestra, detalla, y emite un juicio -que requieren el uso de la palabra hablada o escrita. Sin palabras no existe el mundo. Requiere el verbo para manifestarse, ordenarse y cobrar vida. La palabra funda el mundo. Para siempre: lo clásico perdura, no le afectan los vaivenes del tiempo, nuestros juicios volubles, y en tanto que ente modélico, “lo” clásico alumbra nuevos seres, que pese a su novedad, a su nueva presencia en el mundo, a su vez, pueden transmitir vida.. 


Un orador, un crítico, un poeta, un profesor crea un mundo intangible, que sería fugaz y concluiría cuando la voz se acallase, si no quedara en el recuerdo de los asistentes -profesor, alumno- a una clase. 

La clase, el aula, es el lugar de la palabra; el lugar donde las cosas cobran vida y sentido. La palabra sentida brinda o destaca el sentido de lo que importante. Lo que se calla queda en la oscuridad. Solo lo que se dice adquiere entidad.

 La callada por respuesta niega la existencia de lo afirmado previamente. El mundo nace del diálogo. La palabra en el vacío, pronunciada en un aula, un teatro vacíos, sin la atención y recepción de los oyentes, no tiene, literalmente sentido. No dice, no comunica nada. 

Del mismo modo, si hacemos oídos sordos, si no prestamos abstención, lo que se nos cuenta va en saco vacío, y no despierta la imaginación, la percepción u descubrimiento del mundo, no nos despierta y pone en disposición de descubrir y recibir el mundo y a los demás. Sin clase el verbo no es, y sin verbo, el ser, el ser tangible, el ser en el mundo, queda como una entelequia, un no ser.

Una clase, en suma, es un mecanismo creador que funda o abre un universo. Dota de clase al mundo. Lo engendra y lo cualifica. Lo convierte en sensible. Nos lo acerca. 

Mas, el orador, el profesor, el poeta tienen que tener el fin de la palabra, que es el fin de la vida. Sino, es mejor que se callen, porque no tienen nada que contar, solo cuentan naderías, que apagan, como un chorro de agua fría, el interés y la curiosidad por el mundo.

 Una mala clase, en este sentido, es una puerta que se cierra. Malas clases nos cierran el mundo y al mundo. Lo desclasan, nos desclasan. Nos rebajan, ningunean. Una mala clase es una hora perdida, en mala hora. Solo la palabra justa suspende el tiempo. Y viendo el tiempo no corre, por unos instantes, podemos creer en la inmortalidad. La clase suprema.


La Historia de la universidad en Barcelona (ss.XV-XIX), parte 9



Lonja (Llotja) de Mar, sede de los estudios superiores técnicos, ss. XVIII-XIX)


 El cierre del Estudio General de Barcelona -salvo los Estudios de Medicina y de Artes-, y su traslado a Cervera, tras una primero propuesta de traslado a Granollers, ¿fue un maleficio, o una oportunidad?

El Estudio General de Cervera ¿fue mediocre o rivalizó con el Estudio General hispano más prestigioso de Salamanca?

Las opiniones y juicios fundados divergen. Textos ya del siglo XIX apuntan en direcciones contrarias.

Lo cierto es que la vida académica de Barcelona, presidida por las recién fundadas academias, por el prestigio del Estudio de Medicina y la Academia Matemática Militar -la única del reino, tras el cierre de la fracasada academia de Madrid y el trasvase de la academia de Bruselas desplazada a Barcelona, que comprendía la primera escuela de arquitectura del reino (tras el también fracaso de la escuela que planeó el arquitecto Juan Herrera, a petición de Felipe II, dos siglos antes)- se acrecentó con una singular decisión de la Real Junta Particular de Comercio, una institución en defensa del comercio, que sustituía al Consulado del Mar, un organismo medieval, similar a la de otros puertos mediterráneos, que legislaba sobre el comercio marítimo, que no fue disuelta por los Decretos de Nueva Planta, y que a partir de los inicios del siglo XVIII, con la llegada de un nuevo linaje real, reorganizaron política, administrativa y culturalmente los territorios del antiguo reino de Castilla y el Principado de Cataluña.

 La pérdida de la importancia del comercio mediterráneo, en favor del oceánico, llevó al cese del Consulado en favor de la Junta de Comercio, centrada en la naciente industria textil en el Principado, favorecida por los aranceles reales sobre los tejidos ingleses, apoyada en el comercio de esclavos, el cultivo del algodón en plantaciones caribeñas, la producción fabril de tejidos aprovechando los cursos fluviales, llamados -significativamente- indianas, y su comercio con las colonias y virreinatos ( denominadas Indias asiáticas -Filipinas- y americanas), y el aún existente comercio mediterráneo. 

La Junta fue creada con aprobación real a mitad de siglo. Diez años más tarde, en 1769, la Junta, con la autorización real, instauró catorce estudios superiores técnicos al servicio de la cada vez más potente industria textil. 

Los primeros estudios superiores, y los más importantes, fueron los Navales. Siguieron, entre otros, Estudios superiores de taquigrafía, economía, idiomas (árabe, en beneficio del comercio con África del Norte), química (útil para la composición y el manejo de tintes), diseño (necesario para los motivos que se estampaban, y precedente de la academia de bellas artes, con estudios de arquitectura, estampación,  arquitectura, independiente del Diseño aunque compartiendo asignaturas, a principios del siglo XIX (la multiplicación de las colonias textiles requería destreza en la planificación y la construcción de talleres, casas patricias, viviendas obreras e iglesias, uniendo salubridad física y espiritual ), física, mecánica y botánica.

Esta multiplicación de estudios, focalizados no en la teoría y los saberes clásicos, sino en la experimentación y la práctica, unos de los más importantes de Europa, para los que la lengua universitaria que seguía siendo el latín tenía escasa utilidad, se ubicaron en el palacio de la Lonja (Llotja) de Mar, un amplio espacio medieval que había acogido transacciones mercantiles medievales y el Consulado del Mar medieval y renacentista, obra de varios arquitectos, entre éstos, el brillante Marc Safont (que aunaba a su trabajo de arquitecto el de comerciante de esclavos, cuya fortuna vino de la obtención de bienes judíos tras los pogromos de finales del siglo XIV), y que fue engrandecido para la ocasión. 

La creciente falta de espacio en el edifico de la Lonja -que hasta acogió representaciones de ópera en el siglo XVIII- llevó a la búsqueda de nuevas sedes.

Barcelona contaba, en la primera mitad del siglo XIX, con un singular patrimonio arquitectónico: decenas de amplios conventos, algunos incluso cenotafios reales, como el convento de San Francisco, dotados de claustros, templos y estancias, vacíos y abandonados, en más o menos buen estado, tras las sucesivas oleadas de peste, mortíferas, y  tras la llamada desamortización de Mendizabal, una operación que llevó a la expropiación de bienes eclesiásticos, inspirada en el Trienio Liberal, que en pleno gobierno absolutista del rey Fernando VII, logró imponer, por poco tiempo, la napoleónica constitución de Cádiz, que ponía freno al poder eclesiástico en favor del poder civil, y creaba instituciones inspiradas en la República romana -aunque Napoleón Bonaparte se hiciera coronar como emperador, Napoleón I, a imagen de los emperadores carolingios, imitadores a su vez de los emperadores romanos. 

La exclaustración y la disolución de las órdenes religiosas, ordenadas por el presidente del Consejo de Ministros, Juan Álvarez Mendizabal, en 1835, durante el Trienio Liberal, bajo el reinado de la regente María Cristina de Borbón, a la espera de la mayoría de edad de la futura reina Isabel  II -lo que desencadenaría las llamadas guerras carlistas, cuyos rescoldos llegaron hasta finales del siglo XX- dejó en estado de abandono, al que sucedió la privatización, a grandes construcciones monásticas. 

El convento de San Sebastián, en Barcelona, sirvió de acomodo a varios estudios superiores que ya no tenían cabida. El traslado duró hasta principios del siglo XX. La ruina minaba el convento. 

La Junta de Comercio había mutado. Se había creado el Fomento de Trabajo, fundado por los patronos de las grandes industrias textiles. El comercio del hilado y el tejido del algodón seguía pautando la moderna vida económica y cultural de Barcelona.

Las revueltas obreras y las guerras carlistas habían arruinado a la descomunal fábrica  de hilos de Can Batllo, que quebró y cerró a finales del siglo XIX. Obra del arquitecto Rafael Guastavino, ocupaba seis manzanas de la trama urbana. 

El cierre de ls fábrica y la necesidad de más técnicos medios y superiores, que no doctores en ciencias, necesarios para la aún potente industria textil, basada ahora en la máquina de vapor, a costa de la mano de obra, llevó a la compra de los locales y la instauración de la llamada Universidad Industrial (hoy Escuela Industrial) que recogía los estudios creados en la lonja de Mar, a los que se sumaron nuevos equipamientos como una Residencia Universitaria, aunque no se aceptaron los estudios de arquitectura que se ubicaron en la recién universidad literaria de Barcelona -sobre la que aún no hemos escrito nada.

Se estaba cerrando un capítulo de más de cinco siglos, presididos por las escuelas catedralicias, las escuelas mayores, y el Estudio General y sus vaivenes políticos y geográficos.


(continuará)

jueves, 25 de julio de 2024

La historia de la universidad en Barcelona (ss. XV-XVIII), parte 8



Emblema de la Academia de los Desconfiados, Barcelona, principios del siglo XVIII: explorando el tumultuoso e ignoto mar, aún con el riesgo de un naufragio 


 La ciudad griega de Atenas y, a continuación y por eso mismo, la civilización occidental, deben su supervivencia y su vida hasta hoy a un héroe: Akademos.

El rapto de la espartana princesa Helena, casada con el rey de Esparta, Menelao, por el príncipe troyano Pâris, desencadenó la guerra más mortífera que jamás se produjera: la guerra de Troya, con la que los dioses quisieron diezmar a los ruidosos humanos que turbaban el placido sueño divino.

Mas, este rapto no fue el primero que la bella Helena sufrió. Cuando apenas era una adolescente, el príncipe ateniense Teseo se fijó en ella y se la llevó a Atenas.

Los hermanos de Helena, Castor y Pólux, partieron de inmediato en su búsqueda y rescate. Llegados a Atenas amenazaron con arrasar la ciudad (lo que no les hubiera costado: eran los Dioscuros, los hijos favoritos de dios, el Dios-padre Zeus); ante la inminencia del ataque, un ateniense, llamado Akademos, les reveló el nombre de la isla donde Teseo había encerrado a Helena. Los Dioscuros perdonaron a Atenas.

A la muerte de Akademos, los atenienses rodearon su tumba con olivos y cipreses, que acabaron por confirmar un bosque tan sagrado que en las sucesivas guerras que Atenas emprendió y sufrió, pese a las destrucciones padecidas, el bosque nunca fue arrasado.

Ya en la historia, cuando en el mundo los humanos sustituyeron a los héroes, Platón fundó un centro de estudios en el que impartía y debatía cabe la arbolada tumba de Akademos. Nacía la Academia que sobreviviría ocho siglos, con las enseñanzas de discípulos platónicos y neoplatónicos,  hasta su cierre en el siglo VI dC, a manos cristianas.

El nombre propio Academia devino un nombre común a finales del Renacimiento en la Europa occidental.

Una academia era el nombre de una institución de educación superior opuesta a la universidad. La oposición estaba causada por los temas o las enseñanzas impartidos. Todas las especialidades no tratadas o mal tratadas por la universidad, marcada por el peso de la religión cristiana, católica en particular, devinieron objetos de estudio de las academias.

Existía otra razón, no ya intelectual, sino clasista. Las academia fueron fundaciones aristocráticas, frente al carácter más plebeyo de las universidades (o Estudios Generales). En las academias, los nobles podían discutir, libres de la tutela eclesiástica, toda vez que los estudiantes universitarios solían ser clérigos y que la Santa Inquisición y la iglesia controlaban los contenidos de las especialidades universitarias, que comprendían teología y derecho canónico. 

Por otra parte, las universidades estaban dedicadas al estudio de enseñanzas humanísticas y teológicas. Las ciencias experimentales quedaban fuera de sus objetivos, ciencias juzgadas sospechosas porque hurgaban en el origen de las cosas, un origen divino que no podía ser cuestionado.

No es casual que la segunda academia de Barcelona, fundada a principios del siglo XVIII, cerrada al concluir la guerra de sucesión europea, se llamará la academia de los desconfiados: la duda, el cuestionamiento de las afirmaciones no demostradas sino tan solo apoyadas en dogmas de fe supuestamente irrefutables, intocables, eran los acicates de las preguntas acerca del mundo que los académicos trataban, de las fundadas dudas acerca de las verdades irrefutables basadas en la tradición que planteaban..

La cierta libertad religiosa de la que las academias gozaron desde sus inicios contrastaba con la dependencia real, especialmente en el reino de Francia -y en el reino de España, con la llegada de un rey emparentado con la casa real francesa-: las academias, a través del estudios del lenguaje, de la depuración de la gramática, de las enseñanzas en el hablar y el escribir con corrección, prudencia y precisión, favorecían las cuidadas alabanzas del buen gobierno monárquico, de las luces del rey que permitía, que invitaba incluso, a los académicos en explorar, a través del lenguaje, la correcta denominación de las cosas, sometidas entonces a estudios y experimentos para descubrir sus causas y sus funciones: las letras y las ciencias, ambas al servicio del cuestionamiento de las cosas terrenales (y no celestiales, más propicias de las enseñanzas universitarias), eran los pilares de los estudios académicos.

Las academias fueron particularmente importantes en Barcelona en el siglo XVIII: suplieron el cierre del Estudio General (un centro, por otra parte, desfasado en el naciente siglo de las luces, luces que las academia aportaban en contra del oscurantismo religioso que la universidad respetaba o fomentaba).

 Las academias fueron espacios acotados de saber propiamente científico, liberado en parte de presupuestos incuestionables. Espacios cultos, aristocráticos, exclusivos, en los que cierta nobleza ilustrada se atrevía a plantear cuestiones que la universidad pública no podía abordar.

Cinco fueron las academias que la ciudad de Barcelona, poseyó, a imitación de las de París (y las principales ciudades provincianas del reino de Francia), Madrid (una corte francesa y afrancesada) y ciudades italianas como Roma y Turín.

Ya citamos que la primera academia de los reinos de Portugal y de España, fue la academia de Santo Tomás, fundada en el siglo XVII, una academia de eruditos, marcada por la lectura reaccionaria tomista del mundo, pero abierta sin embargo a la creación literaria y poética “profana”.

Las academias canónicas se fundaron un siglo más tarde. A la ya mencionada Academia de los Desconfiados, se sumaron la Academia Matemática Militar -sin duda la más importante y liberal, como veremos-, la Academia de Buenas Letras -sustituta de la Academia de los Desconfiados, cerrada debido a su apuesta por el archiduque Carlos de Habsburgo, frente a Felipe de Borbón, pese a que el archiduque renunció al trono de España en favor del trono del Sacro Imperio Germánico que le fue ofrecido-, la Academia de Ciencias Naturales (o de Artes y Ciencias), la Academia de Medicina y la Academia de Nobles Artes. 

Fundadas por aristócratas, en las que el acceso de plebeyos fue, tras discusiones, aceptado ocasionalmente, cuyos centros inicialmente fueron casas nobles o palaciegas, pronto obtuvieron el calificativo o título de Real. 

Se trataba de centros, al igual que en el resto de las ciudades europeas, dedicados a la teoría y del experimento, en contra de la ciega, incuestionada, reiterativa práctica artesanal. La teoría planteaba preguntas, abría vías de conocimiento que los gremios -la antítesis de las academias- y las mismas universidades no necesitaban o no se atrevían a afrontar. 

La experimentación o los modelos teóricos requerían la superación las prácticas probadas. Se trataba de abordar nuevos enfoques y nuevos temas que la costumbre no concebía.

La mayoría de dichas academias, aunque sin el lustre que tuvieron en el siglo de las luces, han sobrevivido hasta hoy. Nuevas academias, como la Academia o Instituto de Estudios Catalanes, fundado en el siglo XX, con la necesaria o normativa misión  de depurar y fijar el correcto uso de la lengua -una función propiamente académica, que estuvo en el origen de la academia francesa, y de la real academia española-, fueron ocasionalmente creadas modernamente.

Las academias barcelonesas gozaron de una ventaja imprevista: el cierre del Estudio general y el desplazamiento de las enseñanzas teologales e incuestionadas, basadas en la letra ya sabida, memorizada, a Cervera. Una nueva mirada era posible sin las trabas que hoy calificaríamos de académicas.

Otras instituciones también se beneficiaron del destierro del Estudio General, de incierta suerte en el árido páramo, geográfico y cultural, de Cervera….


….como comentaron en un nuevo “capítulo”.