¿Puede la educación casar con una falta de educación? ¿Se puede saber y ser malhablado?
Curiosamente, la palabra educación, en latín, no significa lo que hoy significa dicha palabra, pero los dos sentidos del verbo latino educo (educare) permiten entender bien lo que la educación implica para nosotros.
La educación, en latín, no se aplica a los humanos , sino a los animales (y a las plantas). La metáfora cristiana (latina) del buen pastor quien guía por el “buen” camino a los fieles que les siguen, y evita que se pierdan, proviene de lo que educar, en latín, significa, y de quien ejerce dicha tarea. Un educador es un pastor (o un jardinero). Cuida de su rebaño -o del jardín, limpiándolo de las malas hierbas, regándolo y enderezando los tallos que se tuercen, se desvían de su recto crecimiento. El jardinero, el cultivador o agricultor, por fin, recoge las semillas y siembra, dando vida así al jardín, al campo cultivado, es decir, tratado con cuidado por la mano del hombre, que lo dispone para que la vida prenda).
El pastor protege de las alimañas. Evita que ningún animal se pierda. Vela por su bienestar. Los lleva a pastorear y los devuelve al establo, evite al fin que queden a la intemperie. Gracias a sus cuidados, los animales crecen y llegan a la edad adulta. Se desarrollan sin problemas y llegan a “ser” lo que tienen que “ser”. Su completa transformación se alcanza gracias a los cuidados del pastor, a sus desvelos, su función educativa.
Educar, en latín, tenía un segundo significado, que despliega matices latentes en las funciones del pastor. En este segundo significado, el educador es una comadrona: la persona que ayuda a alumbrar, y facilita la entrada de un nuevo ser a la vida. La vida de éste está en buenas manos -el gesto, y no solo la palabra, educa y orienta- depende de la presencia, y del buen hacer de la comadrona, la parturienta, más precisamente. Recordemos la para nosotros excéntrica comparación que Sócrates, en su trato con sus discípulos, establecía con una parturienta. Dicha relación no era antinatural o forzada, ni una burda metáfora, sino que emanaba de la función del educador, en latín y en griego. Un educador facilita la vida. Educatrix, en latín, es una educadora en el sentido fuerte de la palabra: es una nodriza. Gracias a ella, el educado adquiere lo que necesita, un alimento vital. Y el sustento, para Cicerón, en Leyes, es la sabiduría que alienta el educator.
Pero fue Platón quien mejor desarrolló la metáfora de la parturienta. Según Platón, el docente no da o no brinda la sabiduría, que el estudiante recibe desde fuera, sino que, mediante una serie de preguntas adecuadas, logra que aquél descubra por sí mismo la respuesta. Se trata de un conocimiento que poseía en su interior, que sabía sin ser consciente que lo sabía. El educador, como una parturienta, conseguía extraer dicho conocimiento -que exponía ante los ojos del estudiante quien lo veía, desde entonces, con claridad. El educador no brinda conocimiento, sino que trabaja para que éste, oculto, salga a la luz, un conocimiento que difícilmente caerá en el olvido.
Mas, su tarea no concluía con el parto. Educar es una palabra compuesta a partir de la partícula adverbial o prefijo ex-, que significa fuera, y del verbo latino duco (ducere), que significa conducir. Con lo que regresamos al primer significado del latín educo. Un educador es, además de una parturienta, un guía. Su labor es necesaria para que quien entra y transita por la vida no se confunda (confundir viene de la palabra fosco, oscuridad). El educador, a la cabeza del grupo (la clase), aporta luz. Explica -es decir despliega lo que está plegado, cerrado, para que la luz llegue a lo que, por estar plegado, estaba oculto, fuera del alcance de la vista y de su conocimiento-, y señala qué caminos u opciones son seguras. El educador, desde luego, no sigue necesariamente caminos trillados. Explora nuevas vías, a fin de hallar lo que facilitará el tránsito de quienes les siguen, ofreciéndoles el viaje más enriquecedor. Educar es invitar a un viaje por la vida, descubriendo la compleja orografía, los obstáculos, y los lugares más altos desde los cuales se percibe mejor el mundo. Advierte, señala, aconseja, pero deja entera libertad a quien desea proseguir haciendo caso o no de las advertencias o explicaciones. Educar es animar con buenas palabras -la mala educación no conduce a nada, en el sentido literal: lleva al vacío, a un vacío de contenido, nada aporta- a emprender el viaje, siendo conscientes que no siempre se llegará a buen puerto y se deberá buscar una nueva senda, sin miedo ni desánimo.
El animador da vida a un grupo, le abre los ojos, y les descubre un mundo. El educador cuida, eleva (un significa del verbo latino educare: enderezar, ayudar a reencontrarse con el recto camino, dotando a la labor educador de un contenido ética: se busca el bien de quienes siguen, y se les desea el mejor de los viajes), rectifica y recupera a quien se ha desorientado o se ha dejado caer.
Y recibe el premio más gratificante, cuando cede el paso a quienes le seguían y descubre que podrán llegar hasta donde no pudo llegar -desde donde le contarán lo que no alcanzó a ver cuando, siguiendo a su propio educador, emprendió el camino. El educador, en fin, es una cadena de transmisión, y forma parte de esta cadena, es decir, mantiene unido al grupo, con el que está unido, evitando, resolviendo conflictos, desavenencias, desuniones. consciente que pronto, quienes le siguen tomaran el relevo y le sustituirán.
Es entonces cuando sabrá que ha llegado a buen puerto, puede retirarse, cumplida la misión. Si, un docente es, literalmente, un misionero, es decir un liberador, que ayuda o invita a romper las cadenas de la ignorancia y la ceguera que entorpecen o impiden el recorrido, que eviten andar a ciegas y dar golpes de ciego: un enviado, en resumen -que tal es, en efecto, uno de los significados del latín missio, con lo que regresamos a la tarea del buen pastor y a unas imágenes que asociamos a las tareas pastorales, que no son religiosas , o lo son en sentido literal: tareas que permiten religar o unir los miembros de una miens comunidad para que juntos, emprendan la exploración y los cuidados del mundo-.
Con la duda de si hemos cumplido con la tarea encomendada….
Buen domingo. La palabra esperpento viene de desperpentar, arrancar un árbol o una rama de cuajo. En inglés sería "train wreck".
ResponderEliminarEl esperpento español de Valle Inclán que tanto cuesta erradicar, es en España como la higiene en la India: macho, esto es lo que hay. Si quieres emprender aquí algo, cuenta con que partes de eso.
Quizá cabría introducir una pequeña torsión en esta hermosa concepción del educador como pastor, jardinero, comadrona y guía. Educar no consistiría exactamente en hacer salir un saber completo que el alumno ya llevaría dentro, ni en conducirlo hacia aquello que supuestamente «tiene que ser». Hay en cada sujeto algo que no está dado de antemano y que solo puede aparecer en su encuentro con las palabras, con los otros y con aquello que todavía ignora de sí mismo.
ResponderEliminarTambién habría que desconfiar un poco del educador que conoce previamente el buen camino, las malas hierbas que deben arrancarse o el puerto al que conviene llegar. Quizá su tarea más difícil no sea llenar el vacío de la ignorancia, sino preservar cierto vacío para que pueda nacer el deseo de saber. Una educación que lo explicase, guiase y corrigiese todo correría el riesgo de producir únicamente obediencia o repetición.
El educador no liberaría entonces al estudiante de todas sus cadenas ni lo conduciría hasta un destino ya trazado. Más modestamente —y quizá más radicalmente— podría ayudarlo a encontrar su propia pregunta, aceptando que llegue a un lugar que ninguno de los dos conocía de antemano.
Muchas gracias por su hermoso y esclarecedor texto.
EliminarCreo que sinteticé mal lo que Platón cuenta acerca de la pedagogía de Sócrates. Éste no respondía, sino que pretendía que el estudiante descubriera la respuesta, y se diera cuenta que, en el fondo, sabía la respuesta sin ser consciente de lo que sabía quizá intuitiva pero razonadamente. Mediante una serie de preguntas, el estudiante acababa por dar con la respuesta adecuada por si mismo, como si lo que hubiera hecho Sócrates hubiera sido tan solo ayudar o invitar a reflexionar y permitir que el es-tu cayera en que la respuesta correcta la tenía en la punta de la lengua.
Durante años he organizado viajes de estudio. Durante el recorrido comentaba algún tema con motivo de un objetivo, casi siempre un yacimiento, un museo, una obra. Trataba, no de impartir una clase, sino de aportar unos datos que ayudaran a los estudiantes a proponer puntos de vista enriquecedores, innovadoras incluso, de motu propio, con una voz, una reflexión personales, como si la introducción que enunciaba actuara como acicate que activara observaciones casi siempre reveladoras. (Otro tema es que haya conseguido este propósito).
También es cierto que los profesores podemos, involuntariamente, abocar a los estudiantes a un sinsentido, cuyo absurdo o cuyo vacío casi siempre el estudiante desvela y denuncia.
Un hermoso y enriquecedor intercambio en que ambos, estudiantes y docente, aprenden de sí mismos -cuando comentan, critican, matizan o amplían lo que el docente ha enunciado- y de los demás.
Bellas y lacanianas palabras: "preservar cierto vacío para que pueda nacer el deseo de saber"
ResponderEliminarEn efecto, muy buen comentario. No sabía que entroncaba con Lacan del que poco sé -al menos conscientemente….;-)
EliminarAlgo que aprendí del autor de este blog, y que distinguía claramente su manera de enseñar de otras prácticas docentes, era la importancia de poder decir «no lo sé». Y, en efecto, hay algo profundamente lacaniano en ese gesto: no renunciar al saber, sino negarse a presentarlo como completo y a ocupar ante el estudiante el lugar de quien tendría todas las respuestas.
EliminarQuizá esa sea, de hecho, una de las lecciones más valiosas que aprendí como estudiante suyo: que enseñar no consiste en disimular los límites del propio saber, sino en reconocerlos y convertirlos en el punto de partida de una pregunta compartida. Para mi, ese «no lo sé» no disminuía la autoridad del docente, sino que la situaba en un lugar más honesto y, a mi juicio, mucho más fértil.
Muchas gracias por sus palabras.
ResponderEliminarCuando empecé a dar clases y durante muchos años, el miedo, la angustia al subir a la tarima, además de temer no tener suficiente materia que contar, y de perderme en las explicaciones o de quedarme en blanco, con horas muertas por delante, lo causaban las posibles preguntas de los estudiantes que no entendería y a las que no sabría responder. La angustia no cesaba hasta el último minuto.
Hasta que….
Un día surgió una pregunta. Respondí. Otro estudiante intervino. Y un tercero. Y nos pasamos, no solo esta clase, hablando, sino parte de la siguiente.
Y descubrí el placer de escuchar y de tratar de responder, en un juego emocionante y esclarecedor. Y cuando no sabía qué decir, aclaraba que me documentaría y trataría de responder en la clase siguiente. Aprendí mucho. En ocasiones, los estudiantes enviaban un mensaje al que contestaba desde casa, teniendo la bibliografía necesaria, y en otras, era yo que les respondía por escrito a su dirección de correos electrónica, ya que había encontrado la respuesta o una respuesta a sus preguntas.
A veces, me olvidada de responder. Me lo recordaban. Me excusaba y me prometía no olvidarme más. Creo que respondí siempre, aunque a veces la respuesta era que no sabía ni lograba hallar una respuesta.
No siempre respondía, sino que escuchaba la solución que un segundo estudiante aportaba al primero. Y muchas respuestas abrían perspectivas que nunca se me habrían ocurrido, o ponían en duda, matizaban o contradecían, con razón, lo que había dicho.
Y nunca las clases (un momento o una hora) fueron tan vivas y apasionantes para mí.