El encanto no se basa en milagros tecnológicos, masas de figurantes, despliegue de medios y músicas ensordecedoras, junto con las miradas torvas y las caras serias de los actores como si quisieran manifestar claramente que la Odisea no debe tomarse a la ligera; se sustenta, por el contrario, en la sencillez y la claridad -por compleja que sea la trama y la manera de organizarla, como así es en el mito escrito: un relato sobre un personaje, Ulises, que no aparece hasta la mitad del relato, precedido por rumores, y falsas pistas o pistas que no conducen a nada, que hacen dudar de su existencia- y en la falta de pretensiones, lo que es una señal de la importancia del relato, que pasa volando, y deja un recuerdo imperecedero: el relato, no de un héroe, sino de un mortal, que lucha consigo mismo, con sus limitaciones, y acepta sus debilidades, sin quejarse. Un héroe que lo es porque no se considera así, y que esta primera versión cinematográfica trasmite bien -aunque hoy nos rindamos más ante la furia y la fanfarria.

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