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miércoles, 3 de junio de 2026

La isla de las siete ciudades





La isla de las siete ciudades acogía a trescientas urbes. Todas estaban bien planificadas; seguían el culto católico.

La isla se ubicaba en el océano proceloso.

Éste se abría pasadas las columnas de Hércules: un mar brumoso, salpicado de islas, unas fijas y otras a la deriva, unas visibles y otras de las que solo se conocía el nombre, existentes pero invisibles, unas islas con el mismo nombre, como si fueren gemelas, aunque distintas entre sí, unas pobladas de dragones y otras de humanos que habían escapado de los males que arrasaban la lejana tierra firme. Se conocía incluso una isla que no se conocía: la isla No-Hallada.

Solo los marineros más encallecidos, a partir de la baja Edad Media y el Renacimiento, se aventuraron por el océano proceloso , atraídos a menudo por estas islas de las que se contaban maravillas aunque su ubicación era incierta. Estaban y no estaban. Deslumbraban,  pero nadie quería regresar a ellas. Islas peligrosas por la fascinación y el miedo que suscitaban.

Con el avance de los árabes, en el siglo VIII, siete obispos de la península ibérica reunieron a sus familias y sus bienes, sus rebaños y la servidumbre, y se refugiaron en la ciudad de Porto. Las noticias sobre el trato que los cristianos recibían por parte de los infieles, les impulsaron a embarcarse, en busca de una isla donde poder refugiarse. La hallaron: una isla rectangular, con siete bahías. Recibió el enigmático nombre de Antilia, o de la Isla de las Siete Ciudades, que los siete obispos fundaron.

¿Dónde se ubicaba esta isla? ¿En Terra Nova, cerca de las Indias -de ahí quizá su nombre-, o en las Antillas? En verdad, estaba emplazada, amén de hallarse en los recuerdos de los navegantes, y en los rumores de las tabernas,  en las cartas marítimas compuestas en los siglos XV y XVI: cartas en las que se conjugaba lo real y lo imaginario, sin que se pudiera discernir qué  era real y qué no, ya que todo lo que quedaba registrado en los mapas adquiría verosimilitud; atestiguaban que todo lo existía mostraban y nombraban, aunque nadie lo hubiera visto, solo escuchado o leído, en relatos orales o escritos. Eran tiempos en los que la realidad era el fruto del acto creativo humano, que daba crédito y nombre a sus temores y sus ensoñaciones -como hoy, aunque las ansias y los miedos susciten realidades más o menos creíbles, más banales o más oscuras. 

La isla de las siete ciudades empezó a perderse en la bruma a principios del siglo XVII. Su crédito disminuyó, sobre todo porque, en contra de lo que se había pronosticado, seguía siendo una ciudad invisible -poblada por cuarenta veces más ciudades que las siete originarias-, pese a que los infieles habían sido echados de la península ibérica. Se perdieron. Y no han vuelto a ser halladas.

Aunque una maravillosa exposición sobre cartas de tierras imaginarias en la Biblioteca nacional de París ha devuelto a la vida a las isla de las siete ciudades, así como a…..

(seguirá)

https://www.bnf.fr/fr/agenda/cartes-imaginaires


A HelenaTatay, doctora, por su espléndida tesis doctoral -Cum Laude- sobre el poder creador de los mapas, que no solo dan cuenta de lo que ya existe, sino que fundan el mundo y lo abren al conocimiento. 




miércoles, 27 de mayo de 2026

MYR MURATET (1959): L’ APPARTEMENT (EL APARTAMENTO, 2026)





 




































 
Nota: las tres primeras fotos se exponen impresas en papel, las siguientes se proyectan en pantalla.

Nanterre, una ciudad al noroeste de París, cruzado el anillo periférico, en prolongación del distrito financiero y de oficinas de La Défense, asaetado de torres de vidrio aisladas, como en una ciudad inexistente, y que acoge una conocida universidad pública, apenas existía en los años cuarenta del pasado siglo. Era tan solo un pueblo rural y una extensa área de tierras baldías.

La periferia se componía de pequeñas aglomeraciones aisladas. Algunas acogían industrias o eran nudos y talleres ferroviarios.

Nanterre nace por orden del ministro y escritor André Malraux cuando, en la primera mitad de los años sesenta del siglo pasado, encarga a Le Corbusier una ciudad lineal que prolongara el eje de los campos elíseos que cruzan la ciudad otrora entre murallas (derribadas parcialmente en la segunda mitad del siglo XIX) y se erigiera como un nuevo distrito cultural. Le Corbusier proyectó un museo del siglo XX, repitiendo propuestas anteriores, pero su muerte accidental, un año más tarde, puso un freno a este extenso proyecto urbanístico y arquitectónico.

El proyecto fue retomado por un discípulo de Le Corbusier, André Wogenscky, y enteramente revisado. Los días de las pasarelas y de plazas elevadas para peatones cabalgando sobre vías rápidas de automóviles, que tanto excitaban a Le Corbusier, habían concluido. Se volvía a vías a nivel de calle. La olvidada calle, que logra que edificios enfrentados se miren y se relacionen, fue rescatada como guía de la planificación urbana.  

Un estudiante de este último, el arquitecto brutalista polaco emigrado en Francia en los años treinta, Jacques Kalisz, proyectó, amén de la conocida sede de la escuela de arquitectura de Nanterre, desmesurados bloques escalonados de viviendas sociales, semejantes a zigurats mesopotámicos, dispuestos alrededor de un extenso parque central.

Una hermosa exposición actual en un centro cultural de Nanterre, muestra, a través de las fotografías de interiores, con la presencia fugaz o insistentes de los usuarios, del francés Myr Muratet, sin ironía, desprecio o zalamería, cómo estos intimidantes cenotafios de hormigón han sido amueblados por los usuarios, que han proyectados sus sueños palaciegos, de talleres, de casas de campo, o de interiores que evocan la película La naranja mecánica, hasta configurar sus apartamentos, que a menudo remiten a interiores familiares del pasado de los que se han rescatado muebles y fotografías de un naufragio.

Un trabajo emocionante que puede actuar de espejo de cómo componemos nuestros propios interiores.   

https://www.caue92.fr/expositions/l-appartement

https://www.myrmuratet.com/

domingo, 17 de mayo de 2026

TSUYOSHI TANE (1979): MEMORYSCAPE (MEMORIA DEL PAISAJE, MUSEO LUISIANA, COPENHAGUE, 2026)













Fotos: Tocho, Atelier Tsuyoshi Tane Architects (Paris), Louisiana Museum of Art, Copenhague (Dinamarca), mayo de 2026


Memoryscape es una exposición dedicada a la manera de pensar y de proyectar del estudio de arquitectura japonés de Tsuyoshi Tane, afincado en París.

El estudio parte del presupuesto que la tabula rasa no es deseable -ni siquiera existe-, así como la invención a toda costa. 

El futuro se sustenta sobre el pasado. Son las soluciones y la aproximación ética al entorno del pasado que pueden alumbrar y guiar las maneras de obrar del futuro. Las referencias no son corsés, ni imposiciones, sino modelos positivos o negativos de lo que se quiso hacer con acierto o no. El pasado abre vías por las que se puede circular. No se tiene porque tomarlas, como se tiene que avanzar con los ojos abiertos y la mente abierta. Quienes niegan las lecciones del pasado pueden solventar problemas, pero a qué precio. La humanidad y el hacer humano se alzan sobre los logros y los fracasos del pasado y, sobre todo, sobre el temple de los seres del pasado que supieron abrir los ojos y nunca se negaron a bajar la vista.

La exposición despliega un sin número de referencias que cubren suelo y paredes sobre las que se apoyan pequeños soportes horizontales en delgados soportes verticales, a modo de atriles, que sustenten pequeñas maquetas, prototipos y libros abiertos, de tal modo que no se impongan, sino que parecen brotar de las soluciones que el pasado brinda: un fértil suelo que alimenta las propuestas del estudio de arquitectura, siempre generosas en el reconocimiento de las luces del pasado -que no se siguen ciegamente. La discreción rima con el discernimiento sobre las lecciones de la historia. En arte como en arquitectura no existe el progreso que cancela el pasado, sino que se da una permanente actualización de lo que se llevó a cabo, y la realización de lo que se quiso materializar sin lograrlo.

Una lección -que no da lecciones sino que brinda ejemplos- de cómo abordar la articulación del pasado y del futuro sin cancelar ni lo que se logró ni lo que se podría y debería mejorar -a partir de lo que se intentó.

https://louisiana.dk/en/exhibition/memoryscapes/