jueves, 27 de abril de 2017

YASMINE HAMDAN (1976): BEIRUT (2013)



Sobre esta cantante y música electrónica libanesa, véase su página web

(Cultura y naturaleza, II): Qué son las culturas antiguas


Nota: este texto continua la entrada anterior titulada Naturaleza y Cultura I. 
Se trata de una versión de una charla en el XXXIX Curso sobre Jornadas Internacionales sobre la Intervención en el Patrimonio Arquitectónico, Iberia, Roma y el Al-Ándalus, organizado por el Colegio de Arquitectos de Cataluña a finales de 2016, cuyos textos se publican próximamente.


Las fronteras que permiten clasificar el mundo, pueblos y culturas, eran necesarias, so pena de volver a la confusión, a la indistinción originaria, pero aquéllas no respondían siempre a nuestras líneas de demarcación. Los condenados a muerte, los chivos expiatorios, los desterrados perdían la condición humana y se veían relegados al mismo nivel que los bárbaros: seres humanos que no vivían en ciudades (griegas), ciudades al mando de asambleas representativas y no de autócratas (como en Oriente, según Grecia, o incluso en Esparta –desde la óptica ateniense).
La tan distinta concepción de la religión en la antigüedad y la modernidad también afecta la concepción de la cultura. Las sociedades antiguas occidentales y orientales eran politeístas. Asumían la existencia de múltiples divinidades, propias y ajenas. Todos eran equivalentes. Ninguna se imponía. No se exigía la creencia en una en detrimento de otra. Pero pocos o nadie eran ateos: la religión –si es que se puede hablar de religión, en vez de rituales- no era cuestión de fe. No existía la noción de creencia. Los dioses existían, no cabía duda, pero no se exigía creer en ellos ni tampoco se esperaba nada de ellos. Se les interrogaba, se les imploraba, se les respetaba, sabiendo, sin embargo, que bien podían no responder a súplicas y requerimientos. Los rituales eran necesarios, no porque se creyera en la “bondad” de los dioses, sino tan solo para evitar que, enfurecidos por la indiferencia humana, dejaran caer rayos sobre los hombres. Los ritos se practicaban porque siempre se habían llevado a cabo. La costumbre –y el temor- y no la fe regían la relación entre mortales e inmorales.
Los dioses, por otra parte, tenían una “personalidad” poliédrica. No eran de una solo pieza. Estaban ligados a determinados lugares que les eran propios: ciudades, santuarios –espacios sagrados, construidos o no, pero bien delimitados-, marcados, a menudo, por hitos naturales (montañas, cuevas, piedras, ríos, fuentes, árboles o bosques). Una misma divinidad podía tener características muy distintas en función del lugar al que estaba adscrito, donde se materializaba y se manifestaba. El espacio continuo no existía, del mismo modo que no era concebible una cultura uniforme. Ciudades y santuarios, espacios profanos y sagrados, parcelaban, caracterizaban y distinguían un mismo espacio. Los puntos de vista, la visión del mundo dependían, por tanto, de las propiedades de un lugar marcadas y simbolizadas por determinadas facetas de una divinidad. Esparta y Atenas eran tan distintas como Atenas y Babilonia, pese a ser ciudades cercanas pertenecientes, supuestamente, a una misma cultura, hablando el mismo lenguaje.
Pese al creciente rechazo del emigrante, hoy, la ciudad contemporánea acoge culturas y creencias diversas. La separación entre nacidos en una ciudad y venidos de fuera no es absoluta. Sin embargo, antes de la Roma imperial, la ciudad –el derecho a la ciudadanía-, en Grecia, al menos, solo estaba al alcance de los varones adultos libres (lo que excluía a mujeres, niños y esclavos) cuyos antecesores ya eran ciudadanos. Esta segregación, que conllevaba la posesión de derechos o el abandono a la suerte y a la amenaza del destierro o de la condena a muerte, distinguía a los llamados autóctonos –o nacidos de las entrañas de la tierra (ctonos)- de los emigrantes. El espacio, y la cultura, se dividían, en los propios de quienes tenían todos los derechos, entre éstos el de imponer sus leyes, costumbres y visiones, y los ajenos, que nada tenían, salvo la obligación de ser sometidos –a la voluntad de los defensores, los poseedores, los nacidos de la tierra. La noción de autoctonía, que tan peligrosamente marca la cultura de los nacionalismos europeos, tiene sus raíces en el racismo de la Atenas y de la Esparta antiguas, que conllevaba el repudio –cuando no la muerte- de todos aquellos que se atrevían a buscar refugio en la ciudad sin tener “raíces” en ella. Una gran parte de la Europa mediterránea antigua no contaba pues. No tenían derecho a asentarse en las ciudades. Eran considerados como bárbaros, es decir como no-humanos. La ciudad que humanizaba también desclasaba, anulaba a quienes no podían demostrar su adscripción inmemorial a aquélla.
Solo podemos referirnos a culturas antiguas homogéneas de un modo muy general. La época no es solo el índice que introduce variaciones sustanciales en una cultura dada. Los dioses ligados a espacios dados, los cultos generados entorno a éstos, tiñen la visión del mundo de un modo tan peculiar que, si bien es cierto que los griegos compartían una misma lengua, poseían mitos parecidos, leían o escuchaban unos mismos textos canónicos y creían en la importancia de determinados santuarios panhelénicos, la cultura de cada ciudad-estado griega poseía suficientes rasgos propios para que sea difícil aceptar la existencia de una única cultura griega. Ocurre que, a veces, confundimos el siglo –los decenios- de Pericles, en la Atenas del siglo V aC, con la historia de la Grecia antigua, y extrapolamos rasgos de la Atenas en su máximo esplendor –y pronto declinando- a toda Grecia. Estas consideraciones, aplicadas a la Grecia antigua, son extensibles a todas las culturas antiguas. Son culturas urbanas, centradas en la presencia de dioses y héroes ligados a esas ciudades-estado, que, no solo se distinguen las unas de las otras, sino que ostensiblemente querían desmarcarse las unas de las otras, destacando, no lo que las unía, sino en que se diferenciaban, en qué superaban a las culturas vecinas. Entre Atenas y Eleusis medían unos pocos quilómetros. Existían procesiones que las conectaban. Y, sin embargo, todo separaba ambas ciudades, deudoras de visiones del mundo contrapuestas, para las que el inframundo en un caso, y el empíreo, en otro, aparecían como el espacio primigenio, de donde emanaban bienes y males.
Esas notas, aplicadas sobre todo a la Grecia antigua, también son válidas en gran parte, cuando se estudia la cultura íbera. Ésta es, principalmente, una cultura determinada a finales del siglo XIX, cuando los nacionalismos, precisamente, exigían la posesión de raíces autóctonas propias. La España finisecular no podía ser deudora de Grecia y de Roma. Tenía que singularizarse. Esta creencia en la  existencia de una cultura íbera única llevó, hace pocos años, a que un director del Museo Arqueológico de Cataluña en Barcelona concibiera la retirada de todas las piezas greco-latinas del museo en beneficio de objetos íberos considerados propios, y el origen de la cultura hispana –o catalana.  Sin embargo, la cultura íbera, con rasgos diferenciados, no existió nunca. Se trata de una cultura, o unas culturas, en las que rasgos de culturas “aborígenes” se mezclan con culturas micénicas, fenicias, cartagineses, egipcias (incluso) y romanas, como, por otra parte, ocurrió en todas las culturas antiguas mediterráneas. La influencia de los contactos con culturas venidas por mar –principalmente- determinó que las distintas tribus íberas conformaran culturas propias. La lengua y la escritura, quizá los panteones eran comunes, no así la forma de las ciudades y quizá los sistemas políticos. Parece que las tribus íberas del noreste poco tenían en común con las sureñas. La cultura íbera se componía de un conjunto de culturas que compartían valores, pero también divergían sobre manera de organizar sociedades y de relacionarse con el mundo. Sociedades gobernadas por asambleas, quizá, en unos casos, por “príncipes” o aristócratas”, en otros, cada tribu íbera, enfrentaba con tribus vecinas, muy posiblemente, no era consciente de pertenecer a una misma cultura íbera, dado que ésta ha sido una creación decimonónica.
La primera cultura global o unitaria occidental fue quizá la cultura romana imperial, tanto pagana cuanto cristiana (pese a las enconadas diferencias teológicas entre diversas iglesias).  Roma impuso un modelo de ciudad –adaptada, sin embargo, a las peculiaridades geográficas del lugar-, de panteón –lo que no obligaba al abandono o el repudio de divinidades locales-, y de leyes. La cultura, la ciudad, eran similares desde el Éufrates hasta el Tajo, desde los Alpes hasta el Atlas. El emperador era reconocido por todas las ciudades como el único monarca, con representantes en cada territorio. Pero, incluso en Roma, el emperador romano en Egipto se revestía de faraón, se presentaba como un faraón. Al mismo tiempo, la fascinación por la cultura griego llevó a Adriano a dejar de lado la cultura latina, del mismo modo que Nerón soñaba con ser un monarca oriental. Roma quiso –y en gran parte logró- generar una cultura única, pero las diversidades, las peculiaridades –siempre aceptadas, incluso fomentadas-, en ocasiones se impusieron. Si algo caracteriza la cultura romana es la aceptación de la diversidad dentro de esquemas vitales comunes. Por ese motivo, se puede hablar de una cultura romana. Las ruinas, los textos, las costumbres heredadas, son parecidas por todo el Mediterráneo, tanto en Europa como en el norte de África y en el Próximo Oriente. Esta cultura uniforme, que permite descubrir rasgos comunes, no es, sin embargo, habitual. Roma, en verdad, fue una excepción en el mundo antiguo. Pronto los localismos, las visiones sesgadas, limitadas, retornarían.

CONSTANTINO KAVAFIS (1863-1933): LA CIUDAD

Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar
y una ciudad mejor con certeza hallaré.
Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,
Y muere mi corazón
lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.
Donde vuelvo los ojos sólo veo
las oscuras ruinas de mi vida
y los muchos años que aquí pasé o destruí”.
No hallarás otra tierra ni otro mar.
La ciudad irá en ti siempre. Volverás
a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;
en la misma casa encanecerás.
Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques -no la hay-
ni caminos ni barco para ti.
La vida que aquí perdiste
la has destruido en toda la tierra.

martes, 25 de abril de 2017

HIRAKI SAWA (1977): DWELLING (MORADA, 2002)



Una de las obras de vídeo-arte más celebradas, del artista japonés Sawa.
Su apartamento, un espacio recoleto, un refugio, convertido en el mundo -onírico, en blanco y negro, como de una época pasada-, transitado por diminutos aviones (que engrandecen el espacio doméstico al tamaño de un universo) que despegan, vuelan y aterrizan misteriosamente. La casa como el -o un- mundo (que se percibe en sueños, en el que sueños resuenan)

ANILA RUBIKU (1970): LANDSCAPE LEGACY (EL LEGADO DEL PAISAJE, 2012)








El menor terreno, bajo o en las alturas de Albania, está salpicado de extrañas verrugas grises: casi un millón de pequeñas semi-esferas en mal estado, en ocasiones distantes de unas pocas decenas de metros entre sí.
El dictador soviético y luego maoísta Hoxha, que gobernó, con una temible policía secreta que aplicaba literalmente torturas chinas e impedía entrar y salir del país, constantemente en estado de maledicencia, entre la Segunda Guerra Mundial y 1991 (sin que los países europeos se inmutaran), preso de ataques paranoicos, temió, a partir de los años setenta, que Italia, otrora país colonial, invadiera Albania. ordenó la construcción incesante de refugios atómicos, sobre todo en la costa. Normalmente, estaban destinados a una familia. En la capital, Tirano, mandó construir, ya en los años noventa, sepultados bajo dos metros y medio de hormigón armado, dos ciudades subterráneas, conectadas a los Ministerios de Interior, y de Defensa, que sobresalían al exterior a través de búnkeres, aún existentes. El esfuerzo fue tal que los campos, sembrados de hormigón, por otra parte, no se podían cultivar. Hoy, hacen las veces de sórdidas cuadras, a veces.

La artista albanesa Rubiku, creó una extensa instalación que recuerda esta reciente y siniestro pasado. Sembró el suelo de la galería de diminutos búnkeres, que prácticamente impiden el paso, y evocan la cortedad de ideas, y el bloqueo que impuso un régimen inconcebible.

lunes, 24 de abril de 2017

SAN FIRMIN : DAEDALUS (2013)



El fundador de San Firmin, un grupo musical de Brooklyn (Nueva York), Ellis Ludwig-Leone (¿1988?) (formado en la Universidad de Yale), compone regularmente para orquestas sinfónicas norteamericanas y para ballets de danza contemporánea de New York City Ballet.

Recodemos que Dédalo era el patrón de los arquitectos en la Grecia antigua, y que fue recuperado por los constructores medievales de catedrales como patrón, junto al apóstol Tomas.

LANGLANDS (BEN LANGLANDS, 1955) & BELL (NIKKI BELL, 1959): PLANTAS ARQUITECTÓNICAS (EL ORIGEN DE LA ARQUITECTURA)










La pareja de artistas ingleses Langlands & Bell, cuyo último trabajo (Infinite Loop) sobre el proyecto de la desmesurada nueva sede de la casa Apple se expone en esos momentos en una galería de arte de Londres, se dio a conocer en los años noventa con una serie de obras -que clasifican como esculturas- consistentes en plantas de distintos edificios -similares (como la serie dedicada a mezquitas) u opuestos funcionalmente-, recortadas en negativo y superpuestas. El resultado se asemeja a un yacimiento arqueológico (una cuidada excavación), a menos que evoque una visión cenital de los edificios desde el subsuelo.
Las plantas, así, aparecen como el verdadero origen de un edificio. No solo porque permiten implantar (enraizar) un edificio en un lugar -sin cuya planta quedaría en tierra de nadie, un edificio inexistente o imposible, tan solo un sueño-, sino porque son la base, en todos los sentidos de la palabra, de aquellos.
Los edilicios se sustentan en la planta y se alzan a partir y gracias a ella. Pero, al mismo tiempo, la planta -las trazas, ya sean de edificios inexistentes, que han desaparecido, y de los que quedan solo huellas, ya sea de edificios que están por venir, pero cuya presencia latente, aquí, ante nosotros, la planta anuncia- es el denominador común de todo edificio. La planta lo presenta, lo genera.  La planta es el testimonio que el edificio está -o estará, pero la planta ya lo "presenta", lo hace presente- ante nosotros. Un edificio, se "reduce" a unas marcas fuertemente trazadas, excavadas, en la tierra.
La arquitectura necesita de la tierra para sustentarse, para existir, un plano, un volumen más bien, en el que el edificio se adentrará, como muestras estas "esculturas" que revelan que con la planta tan solo, perfectamente recortada, el edificio se "alza" ante nosotros.