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lunes, 25 de mayo de 2026

¿Belleza y canon?




Diseñadores distintos: Cartel de la exposición El culto a la belleza, y portada del penúltimo disco de los Rolling Stones, 2026, 2024.


La belleza, tal como se entiende en Europa desde el siglo XVIII, es la cualidad laudatoria que otorgamos no solo a lo que nos place, sino que también nos da qué pensar gracias a la impresión que nos produce. Es cierto que por el aquel entonces, solo los elementos naturales recibían  esta calificación. La función de la creación humana anterior a la modernidad europea era práctica, educativa, y el placer no entraba dentro de las funciones satisfechas por la obra de arte.

La belleza nada tenía que ver con norma o canon algunos, al menos tal como entendemos hoy la palabra canon: un modelo al que se tiene que referir todo aquello que quiere ser (calificado de) bello, lo que excluye todo lo que no puede o no quiere encajar con un modelo.

Pero en griego, canon significa regla o vara de medir. Las cosas y los seres canónicos son los que poseen las medidas adecuadas a lo que son. Personas de cuatro metros de alto o con unos pocos centímetros provocan rechazo o temor: no atraen. El canon determina un amplia arco de medidas que son las que habitualmente poseen las cosas y los humanos, al menos tal como se conocen. Los seres imaginarios y no humanos, en cambio, escapan a esta limitación. Una limitación que no rechaza, sino que asume la diversidad. La mesura era, por tanto, consustancial con la belleza y la bondad. La desmesura, en cambio, suscitaba el oprobio en Grecia: no era propia de lo humano y de lo civilizado. Ls contención y la capacidad reflexiva determinaban lo que se apreciaba o valoraba.

La belleza no tenía que ver con el deseo, aunque fuera deseable. El deseo puede ser colmado. La satisfacción exige la posesión de la belleza. Se le echa mano: se coarta su libertad. Una vez poseída, el deseo se apaga. Y con él, ls belleza. La belleza, por tanto suscita un interés, pero es necesario mantener un cierto desinterés  ante ella, lo que no obvia la curiosidad. Dicho desinterés no implica que la belleza no tenga que ver con lo humano, como una cualidad extraña, ajena, sino que implica prudencia y respeto. La belleza no coarta la libertad, como si el objetivo de vida fuera su posesión, una fuerza que nos cegara, sino que la distancia que debe imperar nos permite reflexionar sobre lo que nos aportan seres y enseres que calificamos de bellos. 


La belleza se relacionaba con la cosmética, ciertamente. Cosmos, en griego -de ahí cosmética-, significaba orden. Dicho orden no era impuesto; emanaba, por el contrario, de las cosas que se hallaban bien consigo mismas, que ocupaban el lugar que les correspondía y mantenían buenas relaciones de vecindad hasta configurar un todo armónico -la armonía que brota de unas relaciones que no coartaban la libertad, suscitaba una impresión hermosa. 

La belleza no daba lugar a culto alguno. El culto implica entrega y el abandono de la reflexión. Uno se abandona a la adoración sin ver ni pensar, cerrando los ojos y dejándose llevar. El culto da lugar a una comunión, a una fusión con lo que suscita el culto. Mas, la distancia es necesaria para poder apreciar lo que nos satisface en toda su complejidad, para poder juzgar si ciertas cosas o personas nos conviene , nos pueden hacer bien, y nos pueden invitar a hacer al bien, es decir, a cuidar, ne jurar y velar la vida, nuestra y ajena, a fin de no desbaratar la necesaria armonía que evita la acritud, el recelo y las malas artes.


¿Al mal tiempo buena cara? Platón -y Nietzsche- sabían que la vida no es un camino de rosas: enfermedades, sufrimientos, decepciones y males acechan. Ley de vida. La muerte forma parte del ciclo vital. Y el dolor ante la pérdida, que es incomprensible y percibida como injusta,  es inevitable. La belleza, entonces, es la cualidad que atribuimos a todo lo que hace soportable la vida, lo que nos mantiene en vida pese a lo que se esfuerza en disolverla. Pero, para que la belleza pueda ilusionarnos -sin ser presa de ilusiones-, es necesario que la belleza sepa bien qué recubre: esto implica que la belleza debe conocer el horror para poder hacerlo soportable. La belleza tiene una doble cara: la cara oculta que linda con la noche. Lo que nos evita la desesperación es lo que sabe bien lo que la desesperación es. En este sentido, la belleza es un velo que suaviza los hirientes rasgos de la inevitabilidad de la muerte. Y este consuelo nos evita caer en el mal, la desesperación. Nos hace bien. Sabemos lo que nos aguarda pero asumimos nuestro propio final.


Hasta entonces, el siglo XVIII, en Europa, la belleza a solas, como cualidad independiente, no existía -como tampoco existe en muchas culturas antiguas y modernas. En la Grecia antigua se valoraban seres y enseres poseedores de agathoskalos, que se traduce por belleza y bien. Y en Roma, la palabra bellum no existía: belleza es una deformación tardía de bonus: bueno.

En dos de las culturas antiguas que han alimentado a culturas europeas posteriores, la belleza era sobre todo una calidad, poseída por los seres y las cosas, o enunciada por las personas que entraban en contacto con aquéllos, pero dicho cualidad no estaba desligada del bien. La belleza era lo que hacía bien a quienes se relacionaban con todo lo que era considerado benéfico. Es cierto que no siempre la apariencia revelaba el fondo de las cosas y las personas, mas si no existía una relación entre la imagen y la esencia o el pensamiento, si la imagen no revelaba lo que algo o uno era, la apariencia no merecía tenerse en cuenta: la belleza que no invitaba a hacer el bien no era bella: era un engaño. Del mismo modo, una imagen material o sensiblemente poco atractiva de una persona “buena” no tenía que suscitar rechazo.

La representación de la encarnación del bien suscitaba dudas en el cristianismo primitivo. Por un lado era asumible que quien hiciera el bien fuera bello -la belleza suscitando la confianza en las buenas intenciones del ser bello-, pero lo bello puede despertar un deseo inextinguible que incita a poseerlo, es decir, a destruirlo. Por eso, se planteaba si no era conveniente o necesario afear físicamente ls imagen pictórica o escultórica de la divinidad (Cristo), a fin que su hermosa apariencia contentara o colmara de tal manera que ya no se pensara en la función, la razón de la presencia de dicho ser encarnado: asumir ls vida, el dolor y ls muerte de los humanos . Eso explica que la imagen de una divinidad torturada, lacerada, crucificada, con el cuerpo herido y cubierto de sangre, fuera  necesaria, como se postulaba teológicamente,  para que se asumiera la fuerza del bien que dicha divinidad brindaba, un bien que se imponía pese al dolor y el rechazo o la turbación que un cuerpo afeado suscita.


Todas estas consideraciones sobre lo que la belleza es y ha sido en Europa, sobre su necesaria relación con el bien y con la noche, y sobre su  nula relación con una norma impuesta, no son las que trata la exposición El culto a la belleza hoy en Barcelona. 


Es el Tik Tok, estúpido.

domingo, 5 de abril de 2026

El fantasma del autor











 

Fotos: Tocho, Abril de 2026


La teoría del arte (necesariamente) moderna occidental sustenta en la noción de autor. El foco se centra en la figura del creador, una concepción de raíz monoteísta, judeo-cristiana, en este caso, alejada de concepciones politeístas como la greco-latina, para las cuales los dioses eran creadores artesanos, sin duda, pero lo maravilloso no era la potencia creadora del autor, capaz de lograr la aparición de seres y enseres tan solo invocándolos, sino la obra, cuya presencia lograba hacer olvidar su origen y a quien le había dado vida. Apenas creada, la obra tenía vida propia,, y su autor retornaba al olvido.  El creador era un agente, no un fin. Los papeles se intercambiaban, en verdad. El creador no hacía la obra, sino que ésta hacía al creador, quien por unos momentos se reconocía en su obra, muy pronto libre, y desaparecía. ¿Quién recuerda que el resplandeciente  templo de Apolo en Delfos fue obra del propio dios? La obra, por un lado creaba a su creador, lo convertía en creador, y, al mismo tiempo, no le cedía la palabra. Lo oscurecía apenas lo había expuesto a la vista de todos. La obra era imperiosa.

Por el contrario, en occidente, la obra anónima, es decir la obra de cuyo autor nada sabemos, es un contrasentido. No puede existir. La primacía recae en el artista. Sin él, la obra es huérfana, y no existe, no puede existir. Es un error, una ilusión, no cabe en la historia. El autor tiene que existir y se le tiene que hallar. La interpretación de la obra su sustituye por la búsqueda detectivesca de quien la ha creado.

La historia del arte occidental está llena de El pintor de…., el Maestro de…., el Seguidor de …., figuras que creamos para dar sentido a unas obras que consideramos desnudas, desvalidas.

La propia exposición -excelente- así lo reconoce: el Maestro de Cabestany es una invención del primer tercio del siglo XX: un nombre adscrito a una serie de obras y de fragmentos de obras, adscritas a una misma mano. El subtítulo de la muestra lo recalca: la creación de un mito, siendo el mito no un relato, sino una figura; la figura de un “genio” capaz de recrear y revivir, en pleno siglo XI, el arte greco-latino, elevándose así sobre los torpes artesanos ciegos ante la gracia clásica o desconocedores de ésta. ¿Quién fue este “enigmático” escultor -sobre cuyos conocimientos, mirada y técnica se especula para convertirlo en un rara avis, un nuevo Fidias y un precedente de los grandes escultores renacentistas (no podemos escapar al culto de los artistas). ¿Existió? No se sabe, pero no importa , porque ya existe: lo hemos inventado, y con su invención legitimamos uns obras que ahora aparecen como la creación de un creador, necesariamente único.

¿Existió el Maestro de Cabestany?  Lo que existen son los restos de esculturas y relieves que ornaron el monasterio de San Pedro de Rodas, talladas en el siglo XI, probablemente, en algunas de las cuales se intuyen influencias clásicas -o así nos parece-, unos fragmentos espléndidos de unas obras capaces de subyugarnos, y, obviamente, de evocarnos el destructor paso del tiempo. Estas obras son espléndidas a nuestros ojos, en nuestra mirada, es decir, nos hacen mejores.

Ten solo por eso su contemplación suspende el tiempo y merece ser afrontada, como se puede comprobar hoy en una muestra, sobriamente presentada, y bien explicada, en Barcelona.

https://www.museunacional.cat/es/sant-pere-de-rodes-y-el-maestro-de-cabestany-la-creacion-de-un-mito

viernes, 5 de septiembre de 2025

El dragón (Niki de Saint Phalle, Antonio Gaudí y el arte de los cuentos infantiles)
































Fotos sobre fondo negro: Tocho, septiembre de 2025


La artista franco-norteamericana Niki de Saint Phalle (1930-2004) descubrió, en una visita a Barcelona que realizó en 1954, el parque Güell que el arquitecto Antonio Gaudí proyectó y construyó a principios del siglo XX, y en particular el dragón del acceso al parque y los motivos serpenteantes que se desenvuelven en el mismo.

Niki de Saint Phalle sufrió incesto de pequeña. Y violaciones.

Expulsó los fantasmas que la habitaron a través de motivos en apariencia infantiles: el dragón del parque Güell le ayudó exorcizar el horror. 

Los motivos del dragón y la serpiente empezaron a multiplicarse en su obra pintada, esculpida y arquitectónica .

Niki de Saint Phalle supo ver en la obra de Gaudí una faceta terrorífica procedente del universo infantil.

 Lejos de la iconografía religiosa -y mitológica-, un inquietante humor surgido de los temores nocturnos infantiles recorre la obra de la artista, como del arquitecto Gaudí, que Niki de Saint Phalle intuyó y supo ver. 

La iconografía de los cuentos y las leyendas, con las que se sacuden los demonios que asustan y fascinan, ha sido olvidada en la lectura de las obras de Gaudí

Una hermosa y perturbadora exposición antológica sobre el bestiario de Niki de Saint Phalle, en la ciudad francesa de Aix-en-Provence, nos recuerda, hoy, la función sanadora del arte y la necesidad de los monstruos de los cuentos para sobreponerse a monstruos aún más terribles puesto que muy cercanos, reales o imaginarios.

https://www.caumont-centredart.com/fr/niki-saint-phalle

jueves, 4 de septiembre de 2025

El ogro




















 

Fotos: Tocho, septiembre 2025 -salvo la primera


La diseñadora industrial Eileen Gray, con la ayuda del arquitecto Jean Badovici, proyecto, construyó y amuebló , en 1926, una de las primeras villas modernas europeas, llamada E-1027, en la Costa Azul francesa.

Trece años más tarde, cuando los inicios de la Segunda Guerra Mundial, estando la villa desocupada, el arquitecto Le Corbusier invadió la villa y pintarrajeó las paredes de la estancia principal, movido sin duda por la envidia por no haber logrado construir a tiempo una villa tan innovadora, en una acción que Gray dijo haber vivido  como una violación.

Cuando la restauración de la villa , recién concluida, no se han podido eliminar las mediocres pinturas de Le Corbusier, porque cualquier trazo suyo es hoy patrimonio universal.

El fotógrafo francés Stéphane Couturier ha cumplido con un encargo de fotografiar la villa en todo su renovado esplendor. Couturier ha superpuesto en una misma imagen los lenguajes antagónicos de Gray y Le Corbusier, la delicadeza del pincel con la brocha gorda. 

En una explicación de su trabajo, Couturier comenta que sus fotografías digitales muestran al ogro devorando a la artista, la obra de Gray mancillada o absorbida y destruida por Le Corbusier.

Esta reciente serie fotográfica se expone hoy en los Encuentros Fotográficos de la ciudad francesa de Arles.

https://www.rencontres-arles.com/en/expositions/view/1617/stephane-couturier

https://www.frequence-sud.fr/m/art-103424-stephane_couturier__eileen_gray_et_le_corbusier_arles