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domingo, 19 de abril de 2026

Obras maestras del Museo de Navarra (Pamplona)


Luis de Morales: Ecce Homo (s. XVI)



Almena escalonada, inspirada en un motivo asirio basado en la forma de un zigurat, Mezquita de Tudela, s. X











Faray (tallista): Arqueta de marfil, taller de Medina Azahara, Califato de Cordoba, s. X. Regalo al hijo de Almanzor. Procedente del monasterio de Leyre. Obra maestra islámica 






Detalles de capiteles románicos de la catedral de Pamplona, s. XI. Las tallas románicas más hermosas de la península.







Estelas funerarias pre románicas, s. IX



Mosaico romano con una imagen de las murallas de Creta, s. II. Hallado en Pamplona



Mosaico romano: Teseo y el Minotauro. Representación excepcional 


Estela funeraria, s. III




Ofrendas (ídolo y recipiente) prerromanas, s. III aC


 Ofrenda o amuleto: mano de Irulegi , bronce, s. I aC. Texto en ibero. No descifrado 


Si la colección moderna y contemporánea es irrelevante, las piezas arqueológicas y medievales del museo de Navarra, muy bien expuestas, constituyendo un recorrido lineal casi iniciático, poco previsibles, constituyen una de las mejores colecciones españolas, que revelan los cruces y encuentros entre las artes celtas, iberas y romanas, romanas y románicas, cristianas e islámicas, mostrando una vez que el obrar humano, las obras artísticas o artesanas, las imágenes de culto, son el resultado de la aceptación, la consideración y el respeto de creaciones de otras culturas y creencias, y que el arte tiene como función  manifestar el reconocimiento del trabajo y del pensar ajenos. La creación artística es la tierra donde se produce dicho encuentro, donde se desactivan conflictos, siendo las obras la expresión de acuerdos, sellos que los testimonian y visualizan. 

viernes, 17 de abril de 2026

“La Montaña Santa Victoria” , o uno de los primeros mapas de la (pre)historia (Museo de Navarra, Pamplona)

















 

Fotos del mapa rupestre y de la documentación que lo acompaña: Tocho, Abril de 2026

Un guijarro pulido, de forma alargada y redondeada, con entrantes y concavidades, que cabe en la mano, transportable, cuyo perfil se asemeja al de un monte cercano: el monte Navarro de Abauntz.
Guijarro grabado con imágenes de animales: imágenes usuales.

Pero otras trazas son mucho menos comunes: rayado insistente que evoca el curso de un río y un afluente, y una línea ondulada perfectamente reconocible: el equivalente paleolítico (10000 aC) de la sureña Montaña Santa Victoria que Cézanne dibujó y pintó obsesivamente a finales del siglo XIX.
Ríos y montaña componen un mapa que también indica la presencia de animales.

El grabado muestra criterios gráficos que diez mil años más tarde seguimos utilizando. Revela una percepción y una comprensión del territorio, punteado de hitos identificables que permiten la ocupación del espacio, puesto así al servicio de una comunidad o un clan. Y denota que los humanos del paleolítico eran capaces de traducir la complejidad del paisaje en unos esquemas bidimensionales de lectura unívoca.

El mapa es la expresión de la comprensión y la posición de un territorio, sometido mágica y gráficamente al servicio de una comunidad, de manera que se perciban y se reconozcan las claves que otorgan sentido a un espacio extenso. Éste, ilimitado, externo al ser humano, acaba acogido por la mano que toma posesión simbólica de aquél.
Dicho mapa es la joya del museo de Navarra y lo convierte en uno de los cuatro o cinco museos más importantes -y mejor presentados- españoles.


Para HT, la mejor estudiosa del simbolismo de los mapas.

martes, 24 de marzo de 2026

Desvestir a un santo : el antiguo museo egipcio de El Cairo



















 

Fotos: Tocho, Museo Egipcio, plaza Tahir, El Cairo (Egipto), marzo 2026


Las preguntas son inevitables. La visita del GEM o Gran Museo Egipcio, en Giza (El Cairo), el mastodóntico nuevo museo de arte faraónico, a partir de las colecciones del Museo Egipcio ubicado en el centro de la capital egipcia, las suscita: ¿dónde está la célebre escultura de madera que representa a un alcalde empuñando -o apoyándose en- un bastón de mando ? ¿y la fantasmagórica efigie del faraón Djozer, cuya mirada negra y ciega, que mira sin mirar al infinito, taladra nuestra vista? ¿O la pareja de Rahotep y Nofret, ella vestida de una ceñida túnica escotada impoluta, blanca, y  él, tan solo con un paño en la cintura, y un bigotito que le da un aire a Gary Cooper? ¿Y la enigmática sonrisa de la reina Hatshepsut, suspendida, en la alto de una base, por encima de nosotros, como la del gato de Cheshire ? ¿El célebre friso de patos cabe un estanque, que ornaba una tumba, conocido como las ocas de Meidum?  ¿Y….? 

Podríamos multiplicar las preguntas y las búsquedas. No las encontraremos en el nuevo museo. Las más célebres obras han resistido al traslado y la desubicación. Y hoy, en la planta baja, mínima y austeramente restaurada, las vitrinas decimonónicas con marcos de madera limpiadas, la iluminación revisada y dotadas de nuevas cartelas blancas, las mejores, las grandes obras del arte faraónico, grandes a menudo no por su tamaño,  por fin se pueden contemplar y confrontar en silencio, libres del asedio y del ahogo de las innumerables obras que atestaban y desfiguraban las salas en las que ahora estas obras clave, todas antropomórficas, de mirada penetrante que no nos miran pero que saben que las miramos,  reinan aisladas y deslumbran.  

La planta primera sigue siendo un almacén polvoriento -cuyas vitrinas aguardan desde hace más de un siglo unos cuidados-, desvencijado y vagamente inquietante, cargado de una multitud de pequeñas piezas útiles o mágicas -como una extraordinaria colección de casas del alma, o de ojos tallados en piedras duras que no tuvieron tiempo de incrustarse en las estatuas de cuerpo entero y permitirles contemplar el más allá con serenidad-, entre las que en ocasiones cuesta desplazarse, y en las que no se nota que se hallan retirado obras para desplazarlas al nuevo museo. 

El museo egipcio del Cairo, con su antiguo porte operístico pintado de rosa, se mantiene, a un extrema de la plaza Tahir, superado el incendio que sufrió cuando la revolución en enero de 2010, y los aires de grandeza y presunción del nuevo museo, ridículos en gran medida, y hoy puede visitarse tranquilamente, sin el agobio de los autocares que vomitaban tropeles de visitantes detrás de vociferantes guías en todos los idiomas, que empuñan paraguas como bastones de ordeño y mando y signos de reconocimiento, y hoy amenazan la interminable tierra quemada de los circundantes  aparcamientos del nuevo museo. 

Y se puede visitar calladamente y sin empujones. El silencio que parece imponer la altivez -y soterrada  humanidad, a la vez alejada de nosotros y cercana- del arte faraónico ahora, por fin, se respeta. Si se visita el nuevo museo como quien acuda a un centro comercial o un casino, el viejo museo se recorre como un santuario. Dos tiempos muy distintos -y opuestos.