sábado, 26 de febrero de 2011

El símbolo del ser humano (el hombre como símbolo)

El mito del andrógino, que cuenta un cada vez más bebido Aristófanes, en el banquete, en el que, entre copas y chanzas los comensales debaten sobre Eros (el amor, o el deseo), que Platón describe en El simposio -quizá su obra (¿teórica? ¿teatral?) más conocida- no deja lugar a dudas: antiguamente, los seres humanos eran esféricos. Poseían dos sexos, que componían un tercero, el andrógino. Dado que tenían de todo, y en abundancia (dos rostros, cuatro brazos y cuatro piernas, etc.), y poseían una forma perfecta, al igual que los dioses, no deseaban nada (el deseo se manifiesta con la conciencia de la falta que algo, cuya necesidad se hace sentir para llegar a estar colmados, o recuperar una perdida o hipotética antigua perfección). Sin embargo, mientras los dioses "verdaderos" vivían en lo alto del Olimpo, los hombres tenían que contentarse con la llanura. Celosos, y siendo conscientes que en nada se diferenciaban de los poderes superiores, decidieron alcanzar la cumbre.
Una multitud de esferas se puso a rodar. Se acercaron a la montaña sagrada y ascendían. Dada su esfericidad, podían desplazarse en cualquier dirección: avanzaban como, explica Platón, los malabaristas que son capaces de dar vueltas sobre sí mismos, apoyándose, alternativamente, sobre los brazos y las piernas extendidos.
Ante esta grave amenaza que pone en cuestión la vida de los dioses, Zeus, el padre de todos, deliberó. La solución fácil hubiera sido fulminar a la humanidad con su rayo. Mas, en esta caso, ¿quién habría practicado los ritos gracias a los cuáles los dioses se daban cuenta de su importancia, y se alimentaban por medio del olor que los manjares ofrendados ascendía (los dioses, como seres etéreos que son, solo necesitan humo, perfume, olores para sobrevivir; no se alimentan de nada material, ya que los alimentos son materia muerta, y traen la muerte. Somos mortales porque comemos. La comida que ingerimos solo retrasa el día de nuestra muerte, aunque nos concede la ilusión, cuando somos jóvenes, y porque somos ilusos, de que somos inmortales).
Tras deliberar y evaluar las consecuencias de la decisión que iba a tomar y del acto que iba a ejecutar, Zeus lanzó su rayo que, como como afiladas tijeras, abriría en canal a los humanos: los escindiría en dos. Desde entonces, los hombres pasarían su vida buscando la mitad que les falta tratando de recuperar la unidad y perfección que otrora poseían. Y, de este modo, dejarían de pensar en ascender al Olimpo y reemplazar a los dioses. La imperiosa necesidad de reencontrar la mitad perdida -y hallada, en ocasiones, pero siempre por un tiempo limitado- les ocuparía toda una vida. Una vida malgastada.

 "Cada uno de nosotros, por consiguiente es una fracción complementaria, un símbolo humano, y partido como ha sido, es el desdoblamiento de una cosa única:  de lo que se deduce que cada uno está en constante búsqueda de la fracción complementaria, del símbolo de sí mismo" (191 d).

¿"Símbolo"? El ser humano es ¿un símbolo? Esa descripción ha hecho correr ríos de tinta, y ha dado lugar a necesarias aclaraciones. Escritas tal cual, las frases anteriores no tienen demasiado sentido. Sin embargo, el texto de Platón es claro: buscamos "anthropou sumbolon". ¿Qué quiere decir Platón? ¿qué imagen esotérica acerca de la condición humana evoca?

Para nosotros, un símbolo es una imagen: un signo de alianza (como una bandera o un tótem), o una obra de arte. Guernica es un símbolo de la atrocidad de la guerra: así lo deseó Picasso.
Sin embargo, en Grecia, symbolon designaba a una ficha, como la que se utiliza en un juego de mesa o del azar. Esta pieza pequeña solía ser de terracota. Se utilizaba, no en juegos de mesa, pero sí en actos que tenían lugar alrededor de una mesa: en actos en los que se sellaban acuerdos: por ejemplo, acuerdos de paz o de colaboración entre partes (familias, clanes, tribus) antes enfrentadas. Durante el acto que sellaba la paz alcanzada, se cogía el símbolo (la ficha) y se partía (como una hostia, un símbolo que sella la alianza entre un dios y sus fieles, o la humanidad entera, de la que el dios forma parte y ante la cual actúa como representante -o símbolo). Cada parte, entonces, se quedaba con una "parte" del símbolo fracturado para la ocasión. Desde entonces, en cualquier situación conflictiva, los contendientes buscaban los símbolos (las partes del símbolo) que poseían (un fragmento de símbolo era un bien preciado), y los reunían para ver si encajaban. Si eso ocurría, el símbolo reunido era la prueba de que ambos bandos habían logrado, un día, fumar la pipa de la paz; eran, de algún modo, como hermanos. Las diferencias podían, entonces, solventarse por medios no violentos. Al menos, un día, una vez, lo lograron.

Un símbolo, en la Grecia antigua, era entonces un signo de reconocimiento; el término también denominaba un pasaporte o un salvoconducto. Este signo podía manifestarse de muy diversas formas: mediante un objeto material, una palabra pronunciada o escrita, un signo, un gesto. Un símbolo era una insignia. Identificaba a quien lo poseía y le permitía circular sin problemas por lugares conflictivos. El mayor y más largo conflicto, que duraba desde la eternidad, era el que enfrentaba a los hombres y los dioses. Esos se dirigían a los seres humanos para transmitirles sus voluntades a través de presagios (otro de los significados, muy antiguos, por ejemplo en Esquilo, de symbolon): de este modo, manchas en los hígados de víctimas sacrificadas, propiciatorias, el vuelo de determinados pájaros, etc. eran símbolos: signos que los poderes sobrenaturales enviaban a la tierra. Estos signos, de algún modo, visualizaban, o enunciaban de modo críptico, lo que requería la presencia activa de un augur (un mago, un sacerdote, un hechicero) que supiera descifrar, leer el mensaje comunicado de modo no verbal.

Si los humanos, para Platón, eran símbolos, ¿que enunciaban? ¿qué manifestaban visiblemente a través de su naturaleza, o de su cuerpo, escindido? Su perdida perfección, lo que implica su ruptura, no solo con sus congéneres (sus otras mitades), sino también con el cielo. Pero un signo tiene una función clara: manifestar, pero también solventar, o sortear, una diferencia. El ser humano, entonces, expone su escisión con respecto a lo divino, pero también comunica, a través de su cuerpo, que dicha escisión puede ser resuelta: es decir que puede volver a ser un ser perfecto, un dios. La naturaleza o el cuerpo humano expone la diferencia y la resolución de esta diferencia.

La arqueóloga e historiadora Eva Subías (URiV, Tarragona) sostiene que el cristianismo es una derivación, o una supervivencia del platonismo (y que, por tanto, el mundo antiguo quedó clausurado, no con la irrupción del cristianismo, sino del islam). Tiene toda la razón. El cristianismo que revalorizó la condición humana: ésta fue digna de un dios; digna de ser asumida por la divinidad, y digna de ser recuperada. Ésta concepción no habrías sido posible sin la previa concepción del hombre como símbolo (no es casual que el banquete, platónico, fuera también el lugar o la ocasión de la última cena, es decir de la primera comunión con el dios cristiano: el signo de la alianza): símbolo de su previa perfección, perdida o escindida, falla que puede ser redimida por la presencia de Eros (que el cristianismo transformó en Caritas: del amor al desvelo: otra manera de nombrar que la vida es, al mismo tiempo, lo que nos aleja  de -llevándonos a la muerte- y nos acerca a los dioses). Viviendo, morimos y, por tanto, resucitamos. El ser humano es un complejo símbolo.

El mito del andrógino platónico fue interpretado en la película de John Cameron Mitchell, Hedwig and the Angry Inch (2002), como mostró la profesora de estética Jéssica Jacques (UAB) (quizá la mejor interpretación reciente de un mito). Este fragmento ya lo presentamos hace un año. Quizá convenga volver a verlo. Platón nunca fue tan actual; y tan certero.

2 comentarios:

  1. Que buena perspectiva; holísticamente argumentada para concluir en el la mejor de las enseñanzas. O acaso ¿quién nó debería (de estar completo), acender al "olimpo"y tener la vida eterna?

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  2. Sí, todo el mundo debiera, mas solo ascendemos tras la muerte, no sé si feliz o desgraciadamente.
    Gracias por su comentario

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