miércoles, 11 de abril de 2012

Cábala y arquitectura







El apóstol Tomás, patrón de los arquitectos, construyó una sola obra: un palacio muy especial, por orden del rey de la India Gundosforo, tan distinto a toda obra conocida, que no era posible contemplarlo. Se trataba de un palacio deslumbrante, edificado en un cielo, ideal, sostenido o defendido por ángeles flamígeros, cuyo acceso solo estaba al alcance de los espíritus (de los difuntos) cuando, tras liberarse del cuerpo, ascendían por el empíreo. Se trataba, literalmente, de una casa de los espíritus, una casa del alma.

Este tipo de construcción celestial, descrito en el texto apócrifo, del s. II dC, titulado las Actas de Tomás, remite a un modelo conocido, común en la tradición oriental, tanto en cuentos y fábulas cuanto en textos místicos o apocalípticos.

Así, toda una tradición de literatura mística hebrea, cristiana y musulmana, describe la existencia de innumerables palacios celestiales: brillantes edificios, que las almas hallan en su retorno al cielo, al igual que quienes, como algunos profetas como Enoch o Elías, son raptados por la divinidad y ascendidos. Estas construcciones etéreas se disponían ya sea como los niveles de una pirámide escalonada, desde una primera construcción, muy ancha, hasta una última, situado en lo más alto, reducido a una simple y angosta capilla, ya sea como unos edificios concéntrícos, dispuestos como unas muñecas rusas, cuyos muros exteriores dibujaban múltiples anillos defensivos. En la mayoría de los textos místicos, el cielo acogía siete palacios.

¿Cuál era su función o su sentido?

Textos cabalísticos, como El-Zohar (que significa Iluminación, Esplendor, y que constituye el texto fundacional de la Cábala, es decir de la exégesis o interpretación bíblica, redactado por un místico hebreo español, llamado Moisés de León, en el siglo XII) explicaban que a diferencia del Corán, un texto dictado por el arcángel Gabriel a Mahoma, que supo escoger las palabras adecuadas a la humana comprensión, y que, por tanto, no puede ser interpretado, porque todo el sentido es evidente, la Biblia fue redactada por Moisés, un ser humano que no siempre fue capaz de entender lo que Yavhé le contaba. El texto bíblico, entonces, presenta errores: palabras o párrafos mal redactados, o que no fueron transcritos. Debe ser, así, corregido o interpretado, a fin de alcanzar lo que Yavhé quiso realmente decir.
Por suerte, dado que las letras del alfabeto hebreo tienen un valor numérico, la suma de las letras de determinadas palabras corresponde a una cifra mágica: cinco, siete, diez, doce, y los múltiplos. Por otra parte, palabras con un mismo valor numérico tienen que tener algún tipo de relación misteriosa, pese a que parezcan no tener nada que ver.
Estas cifras mágicas y estas correspondencias eran señales que Yavhé introdujo, sin que Moisés se diera cuenta, para señalar que términos eran importantes, cuáles debían ser particularmente estudiados, y qué expresiones encerraban contenidos "cifrados", que tenían que ser estudiados o "desvelados".
La Biblia daba pie a un prodigioso trabajo de interpretación. Casi cada palabra, cada letra incluso, comprendía claves para llegar hasta la verdad sellada en el texto.
Cada nuevo descubrimiento constituía una etapa hacia el conocimiento de las verdaderas palabras de Dios. La solución de cada siguiente enigma arrojaba luz sobre el texto. Éste se iluminaba. Las oscuridades que presentaba se desvanecían. y la luz que brotaba del texto aclarado, cada vez más intensa, hasta llegar hasta la fuente de la luz que eran las palabras de Dios no tergiversadas, revertía en el alma o el ánimo del intérprete. El esclarecimiento del texto llevaba hacia la luz. El intérprete, hasta entonces sumido en la oscuridad o la ignorancia, alcanzaba un claro, un completo conocimiento de los designios divinos.
El proceso revelatorio era similar al que se producía cuando un alma abandonaba un cuerpo o su condición terrenal y ascendía hacia la divinidad, fuente de toda luz. En su camino ascensional se topaba con siete palacios inexpugnables. Éstos formaban barreras casi infranqueables. El alma, a tientas, sumida en la oscuridad, tenía que tratar la manera de sortearlos, buscando la entrada y la salida. Muchas almas se perdían en camino. Aquellas, empero, que lograban atravesar y superar todos y cada uno de los palacios o castillos celestiales, se fortificaba. La luz, muy amortiguada por los altos muros que escondían el sol (una imagen de la divinidad), se volvía cada vez más intensa. Una vez franqueado el último obstáculo, el castillo más elevado, el alma se reencontraba con lo que -o con quien- la había alumbrado.
Este proceso era una revelación. El alma circulaba por un laberinto. Debía recorrerlo, sin perderse, hasta llegar al centro. Allí le aguardaba una última prueba: la contemplación de la deslumbrante verdad.

Los castillos celestiales, o los castillos interiores, sobre los que Teresa de Jesús escribió, eran metáforas, del ascenso del alma en pos de la verdad: simbolizaban los obstáculos que se iban a interponer en su ascenso, en su progresiva iluminación.

La iluminación final garantizaba la vida eterna. Solo las almas, enteramente liberadas de la materia, podían ascender lo suficiente para regresar al seno de la divinidad. Libres de cualquier condición o peso material, mortal nada les obligaría a retornar a la tierra, es decir, a volver a vivir  en el tiempo, a quedar afectadas por el paso del tiempo.
Los castillos celestiales le aseguraban la vida eterna.
La arquitectura ofrece cobijos: techos, refugios, en los que guarecerse de todo lo que pone la vida en peligro: enemigos, y cataclismos. Así, la vida se preserva, se prolonga. Mas no dura para siempre. Ésta llega a ser eterna, si el alma se despoja. Tal liberación solo se alcanza tras surcar las siete puertas de los siete castillos celestiales. La llegada a la capilla central -el sancta sanctórum donde mora la divinidad- conlleva la obtención de la inmortalidad. Ya no caben más peligros. La luz ya no se apaga ni se vela. Nada se interpone ya entre el alma y la luz. El castillo celestial favorece y garantiza este íntimo encuentro.
Por eso, Tomás, en tanto que patrón de los arquitectos, edificó un castillo celestial: se trataba de una edificación, cuya construcción aparecía como una imagen de la verdadera edificación: la edificación personal o anímica, que ofrecía la posibilidad de la redención.
Tomás fue un verdadero arquitecto. Cionstruyó el marco en el que la vida verdadera pudo desarrollarse, una vida bajo la luz, luz que emana de las palabras que dicen la verdad.

6 comentarios:

  1. A mí se me escapa, pero tu debes saber sobre el tema. Es curioso como siempre se toma como referencia la arquitectura para describir las moradas, celestiales o infernales; los caminos para ascender o descender a ellas; rectos o laberinticos; los espacios de luz (que suelen delimitarse) y los rincones oscuros; los espacios que se abren al cielo o que se cierran en un minúsculo espacio donde se concentra la gravedad del mundo o de dios. Sin arquitectura no somos tan capaces de describir el mundo. Incluso para describir el Universo inventamos la biblioteca.

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  2. Estimado Enric

    Gracias por la observación.
    Lamento contestar tarde. Estaba fuera sin ordenador.
    Las formas arquitectónicas o, mejor dicho, el obrar del arquitecto parece una metáfora del obrar en general, humano y divino.
    Entre este obrar está el viajar, explorar, recorrer; el viaje iniciático se compara con el tránsito por estancias desconocidas.
    Desde luego, los dioses creadores siempre han sido comparados con constructores.

    Un cordial saludo

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  3. Estimado amigo:
    Me gusta todo el contexto y de verdad que es muy grato encontrar este tipo de desarrollo en un tema tan complejo ó abstracto en algunas partes de las que se compone la cabala. Pero al día de hoy todavia se especula con el autor del zohar y me inclino más por Shimon Bar-Yojay y sus compañeros de estudio. Cualquier cabalista entiende que el atribuir el zohar a una sola persona es como considerar la autoria de la biblia a un solo autor.
    "El Zohar aparece en el siglo XIII y fue publicado por un escritor judío llamado Moisés de León. Moisés de León atribuye la obra a Simon bar Yochai, un rabino del siglo segundo durante la persecución romana, que según la leyenda judía, se escondió en una cueva durante 13 años al estudio de la Torá y se inspiró en el profeta Elías para escribir el Zohar. Esto concuerda con la afirmación tradicional de los partidarios de que la cábala es la parte oculta de la Torá oral."
    http://es.wikipedia.org/wiki/Zohar
    El hecho de que la publicara se considera como sacar a la luz un texto oculto y el poder divulgarla precisamente en el siglo XIII se debe a las circunstancias culturales que se dieron en España hasta la expulsión y conversión de los que se quedaron.
    Se que es un tema controvertido por las razones que exponen cada una de las partes y tal vez no se llegue a ningun lado, pero la fuerza del zohar y su influencia es lo que cuenta.
    Un saludo y felicitaciones por el blog

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  4. Estimado BISAHLCA

    Muchas gracias por la precisión.
    Me había preguntado si el grueso y complejo volumen de El-Zohar había sido escrito por una sola persona, o si consistía en una recopilación ordenada de textos anteriores diversos, orales o escritos, de diversos autores. No me había planteado si el autor o el recopilador era o no Moisés de león.
    Muchas gracias por el dato.

    Un cordial saludo

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  5. Estimados amigos:

    Respecto a la autoría de El zohar me quedo con los estudios de caracter filológico realizados por Gershom Scholem y que se pueden leer en "Las grandes tendencias de la mística judía" editado por Siruela. Según Scholem, el texto del libro del esplendor está escrito en un arameo que imita el arameo antiguo, o sea, que es un arameo artificial y no el de la Galilea del siglo II. Aparte, el texto está lleno de arabismos y algunas palabras en castellano. Pero eso, me remito a la obra Scholem, el más preclaro estudioso de la cábala, para argumentar a favor de la autoría de Mosé de León.

    Estupenda página, por cierto.

    Saludos

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  6. Buenos días

    Los textos de Scholem, desde que el filósofo Eugenio Trías me los hizo descubrir cuando impartía clases de estética en la Escuela de Arquitectura de Barcelona (eran buenos tiempos en esta Escuela, cuando aún se valoraba la teoría) y yo era alumno, han sido una fuente segura para los temas de la cábala y la alquimia relacionados con la arquitectura.
    No sé si son los más fiables, o los más actuales, pero sí son muy hermosos

    Muchas gracias por el comentario

    Atentamente

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