domingo, 21 de julio de 2024

La historia de la universidad en Barcelona (ss. XV-XX), parte 6



P. P. Rubens: Ignacio de Loyola impartiendo en el Colegio de Nuestra Señora de Belén de Barcelona, grabado, s. XVII


Barcelona no se caracteriza por la importancia de sus universidades privadas. Sin embargo, tres escuelas, de química, y de estudios empresariales y económicos, durante muchos años ajenas a la estructura universitaria, se encuentran entre las más citadas del mundo.

Curiosamente, las tres pertenecen al ámbito religioso. Es muy posible que esta adscripción no sea fruto de la casualidad. Tiene una larga historia.

Si el Opus Dei es una prefatura o secta católica, reconocida por la iglesia católica, fundada en el siglo XX, la Compañía de Jesús es una orden católica que se remonta a su fundador, Ignacio de Loyola, en el siglo XVI. 

La ciudad de Barcelona jugó un importante papel en la organización de la orden. Su fundador vivió varios meses en casas aristocráticas de la ciudad, y dejó un legado que aún perdura, pese a la expulsión de España de la orden jesuitica en el siglo XVIII.

Dicho legado se percibe en la instauración de centros educativos medios y superiores. Sus antecedentes se remontan a la estancia del fundador de la orden en Barcelona. Fueron dos centros educativos superiores, dos estudios generales privados, que compitieron con la llamada Universidad del Estudio General pública, instalada, como ya vimos, en lo alto de la llamada Rambla de los estudios, justo delante de un trama de la  muralla de la ciudad.

La estancia de Ignacio de Loyola dio lugar a la fundación del Colegio de Nuestra Señora de Belén, presidido pu un templo destruido por un incendio en el siglo XVII y reemplazado por la actual iglesia barroca de Belén, incendiada a su vez durante la Guerra Civil en el siglo XX. 

El Colegio se encontraba en el cruce de la calle del Carmen -donde se ubicaba también el convento del Carmen que jugaría un gran papel en la posterior historia de la universidad en Barcelona- con las Ramblas. 

Los estudiantes del Estudio General  podían pertenecer a la aristocracia, pero no eran los primogénitos. Nobles, pero escasos de fortuna, escogían la vía académico-religiosa para mantenerse. 

Esta falta de “clase” condujo a que la familia aristocrática de los Cordellas decidiera fundar a mediados del siglo XVI, con una bula papal y la venia del emperador Carlos V, cuando el Estudio General público aún no disponía de una sede propia,  un Estudio General privado para los primogénitos de la familia de los Cordellas: el Imperial y Real Seminario de Nobles de Cornellas, emplazado en la Rambla de los estudios, pared contra pared con el Colegio jesuítico. 

Dicho centro contaba con las mismas especialidades que la Universidad del Estudio General, a las que se añadieron dos de enseñanzas necesarias para el buen hacer aristocrático: la danza y la esgrima, con las que se podía destacar en la corte. 

La lógica escasez de primogénitos de las ramas de los Cordellas pronto obligó a abrir el Seminario o Colegio a primogénitos, y luego a miembros en general, de las familias nobles de la ciudad. Esta apertura tampoco fue suficiente, pese al prestigio social de algunos estudiantes como el virrey de Perú en el siglo XVIII. La pérdida de poder y económica del Colegio llevó a que su gestión dejara de estar en manos familiares y fuera entregada a los jesuitas.

El Colegio de los Cordellas ligó así su suerte al de la Compañía  de Jesús. La expulsión de ésta acarreó la ruina del Colegio, proscrito por Carlos III. La sede fue vendida a la Academia de Ciencias, que demolió el edificio y construyó la sede academia en su lugar, que aún hoy ocupa.

Las relaciones entre ambas instituciones jesuiticas eran tensas. De igual modo, los estudiantes de dichas instituciones jesuiticas y de la Universidad del Estudio General discutían violenta, agresivamente, sobre la interpretación de la naturaleza divina: su manifestación sensible, bajo la forma de un ser humano, visible, sensible y mortal, ¿difiere de la naturaleza de su padre, divina e invisible, sin concreción material? La diferencia entre lo invisible y su cara visible ¿es esencial o solo lógica?

Los jesuitas seguían las enseñanzas del teólogo y filósofo Francisco Suárez, para quien no existía un abismo entre el mundo material y el mundo espiritual, abismo que, por el contrario, Tomás de Aquino había destacado, impidiendo así cualquier reflexión, cualquier pregunta o duda acerca de la naturaleza o existencia divina, ya que Dios escapaba a la humana comprensión. Estaba fuera de toda duda.

Los estudiantes de las universidades privadas eran, por el aquel entonces,”modernos”, aceptando el cuestionamiento divino; los de la universidad pública, en cambio, cerraban los ojos ante lo imponderable. Negaban que se pudiera inquirir sobre la divinidad. 

El enfrentamiento entre suaristas y tomistas llevó a éstos últimos a crear un centro de estudios superiores dedicado a la teología: la Academia de Santo Tomás de Aquino, ubicada en el hoy desaparecido convento de Santa Catalina (la santa patrona de los estudiantes, convertida así en la defensora de la ortodoxia). 

Esta academia tendría hoy escasa importancia si no fuera por dos razones: la primera y más importante, porque fue la primera academia fundada en la península y posiblemente en Europa. Los miembros solían ser docentes del Estudio General. Fue un centro teológico y filosófico, pero también artístico, potenciando la creación literaria y poética, con el aval papal. La segunda razón tiene quizá más peso local. Mutó, tras el derribo del convento de Santa Catalina y su conversión en mercado (un proceso que se dio en Barcelona con la conversión de mercados de ideas en mercados de bienes materiales), en la Academia de Buenas Letras, una de las cuatro academia barcelonesa fundadas, al igual que en Europa, en el siglo XVIII.

El enfrentamiento entre los centros privados y público se agravó, como veremos, cuando la guerra de Sucesión europea: los estudiantes de la universidad pública tomaron la defensa del pretendiente de la familia imperial de los Habsburgo  -que favorecía la estructura política y territorial atomizada medieval -; los estudiantes jesuíticos, en cambio, se pudieron del lado del pretendiente del linaje de los Borbones, favorables a una modernización centralista, bajo el imperio de una única capital, del Estado y de las instituciones. La red frente al árbol, una discusión que sigue vigente.

Nos hemos alegado de la Universidad del Estudio General de Barcelona. ¿Qué camino nos espera?


(Seguiremos)






viernes, 19 de julio de 2024

JACQUES DEMY (1931-1990): LA BALLERINE (S/F) - LE PONT DES MAURES (1944) - ATTAQUE NOCTURNE (1948)



La recientemente inaugurada exposición dedicada a la fallecida gran cineasta francesa Agnès Varda permite recordar las primeras obras, unos cortometrajes de dibujos animados (en stop motion) que su esposo, el cineasta francés Jacques Demy -miembro del olimpo cinematográfico, junto a Eisenstein, Chaplin, Buñuel, Welles, Fellini, Wilder, Allen, Rohmer, el primer Truffaut, y la misma Varda) realizados durante la segunda guerre mundial, durante los bombardeos de Nantes, cuando tenía entre trece y diecisiete años. 
Olvidados en una caja, resecos, deshechos, imposibles de proyectar, cada fotograma ha sido reconstruido y filmado. 

La historia de la universidad en Barcelona (ss. XV-XX), parte 5










 


La historia de la universidad de Barcelona es la de un deambular incesante. Entre los siglos XIV y XX, la universidad fue de sede en sede, como un alma en pena, asentándose apenas un año en algún caso, antes de volver a huir dejando un reguero de ruinas. 

Once sedes en una estrecha ciudad amurallada constituye un récord difícilmente superable, alentado a menudo por la oposición vecinal. Una universidad no era un espacio de paz y tranquilidad, sino más bien un grano molesto. Calificar a la universidad de nómada, por otra parte, podría dar la impresión que el desplazamiento es o era consustancial con su naturaleza. Nada más alejado de su naturaleza o función, enraizada en la ciudad (la universidad es una institución urbana). La universidad levantaba el campamento a toda prisa porque no hallaba acomodo dentro de la estructura urbana y social de la ciudad. La ciudad, en verdad, rechazaba la universidad. 

Ni siquiera el siglo XX logró que ciudad y universidad hicieran las paces. Pero la reacción universitaria ya no consistió en desplazarse incesantemente, sino en aferrarse en un lugar, resistiendo los envites del desalojo, los cierres ordenados y los asedios de la policía y de los intransigentes, de fuera y de dentro; y extendiéndose, como metástasis, contaminando, con acierto o no, otras áreas de la ciudad o de la periferia. Hoy la universidad es ubicua, aunque no necesariamente bienvenida.

Barcelona era una ciudad ahogada en un anillo de muralla, dotada de múltiples puertas fortificadas, señaladas y defendidas por torres semicirculares que daban un paso adelante con respecto a la fila de la muralla.

 Una de las puertas más señaladas, por donde accedían las mercancías a la ciudad, bajo la advocación de una de las patronas de la ciudad, Santa Eulalia, que le dio el nombre, se ubicaba en lo que hoy es el acceso a la calle de la Boqueria -la puerta también se la conocería posteriormente como la puerta de la Boqueria-, frente al desafortunado mosaico que Miró incrustó en medio del paseo de las ramblas. 

Es sobre dichas torres, coronándolas con dos modestas construcciones, de las que casi nada se sabe, que, en 1401, se ubicó la sede del Estudio de Medicina y el de las Artes, los primeros estudios universitarios de la ciudad que el rey Martín I el Humano ordenó crear. La sede ocupaba un espacio muy limitado, si bien dominaba la ciudad desde las alturas. 

Unos treinta años más tarde, en 1431, las llamadas Escuelas Mayores -unos centros de grado medio, públicos y privados, hasta entonces dispersos por la ciudad, aunque la mayoría en la vecindad de la catedral-, fueron obligadas a agruparse en una única sede. Un canónigo cedió una fonda que obraba en su poder, conocida como el Hostal d’ en García (la Fonda del Lleó); ubicado en lo que hasta hacía poco era una villa independiente de Barcelona, Vilanova dels Arcs, llamada así por las arcadas del acueducto romano en desuso, cuya estructura servía  de apoyo a casas tambaleantes.

Dicha sede, hoy en la calle Ripoll, no lejos de la catedral, acoge hoy un centro exclusivamente  femenino, pedida la universalidad original. La precaria condición del hostal, cuya construcción debía remontarse al siglo XIV, obligó a los tumultuosos estudiantes a desplazarse en 1448  a una nueva sede innominada en el barrio del Call -del que los judíos habían sido expulsados medio siglo antes, en el segundo pogromo violento de la historia europea, acusados de ser la causa demoniaca de la epidemia de peste.

A poco, en 1452, y en contra de los vecinos, cansados de ruidos, algarabías y peleas nocturnas de los estudiantes, la sede de la calle Ripoll tuvo que volver a acoger temporalmente a la unión de las Escuelas Mayores, antes de su conversión en un Estudio General: un centro de estudios superiores, una universidad, que comprendiera más especialidades que las que acogía una escuela mayor: en total, las especialidades de Derecho civil, Derecho canónico, Artes Liberales, Filosofía, Matemáticas y Teología  -legalmente ausente del Estudio General de Lérida, en cambio, ya que éste último estaba constituido a imagen del Estudio General de Toulouse, vetado de impartir teología, cuyas enseñanzas, por el contrario, eran exclusivas del Estudio General de París-.

1450 fue el año en que, por fin, el Consejo de Ciento municipal aceptó la instauración de un Estudio General en Barcelona, lo que con los años, casi cuarenta años más tarde, llevaría al cierre de las Escuelas Mayores, cuyos estudios superiores fueron transferidos al Estudio General.

Éste carecía de sede propia. El Colegio Tridentino -la Casa de la Caridad, aún existente- acogió temporalmente al Estudio General, desplazado posteriormente al desaparecido convento de Santa Catalina -sobre cuyas ruinas se edificó el mercado del mismo nombre. Dicha ubicación tenía sentido. Si los estudiantes europeos estaban bajo la protección de San Lucas (Sant Lluc), patrón también de los pintores, por haber sido el primer retratista de la madre del dios cristiano, la virgen María, los estudiantes de Barcelona gozaban de la protección añadida y particular de Santa Catalina de Alejandría, cuya tortura evocaba ya sea los malos tratos que recibido los estudiantes, ya sea los que causaban su actitud pendenciera, todo y siendo aquéllos , en su mayoría, clérigos -o quizá, podríamos aventurar, porque lo eran.

El esfuerzo económico sorprendentemente conjunto del Consejo de Cirnto (poder civil), la Catedral, y familias nobles (lo privado), permitió que se colocara la primera piedra de la sede propia del Estudio General de Barcelona en 1539, cuyas leyes u ordenanzas se fijaron en 1565, ya bajo Carlos V. Habían pasado casi dos siglos desde que la realeza había decretado la necesidad, insatisfecha por la oposición municipal, de un Estudio General que completara las enseñanzas del primer Estudio de la corona de Aragón, ubicado en Lérida.

La sede del Estudio Genersl fue obra del maestro de obras, Tomás Barsa. Ubicada en lo alto de las Ramblas -donde, tras el derribo de la sede, en 1843, se abriría la puerta de Isabel II-, estaba unida al convento de Santa Ana, parcialmente conservado. Santa Ana, precisamente, junto con Santa Eulalia y la Santa Cruz -que presidía el cercano hospital de la Santa Creu que había acogido , y lo volvería a hacer en el siglo XVIII, los estudios de medicina- eran los patronos protectores del Estudio General: un modesto edificio con un tejado a dos aguas, compuesto  de planta y piso, alrededor de un claustro, dotado de una capilla, cuya fachada lisa se ornaba con poderosas gárgolas -una de las cuales se ha hallado-, obra del maestro de obras, y un gran escudo en relieve, tallado en piedra, dedicado a Carlos V, que es uno de los pocos restos de dicha sede - hoy ubicado en una galería superior de uno de los claustros de la última sede, la sede actual de la Universidad de Barcelona construida en el siglo XIX.

El Estudio General de Barcelona ¿había hallado al fin acomodo en las enrevesadas  tramas urbana y mental de la ciudad? 


Para P.M, arquitecta, historiadora de la ciudad

(Seguiremos) 

jueves, 18 de julio de 2024

Proximidad

 Unos de los calificativos espaciales más hermosos es el de proximidad. Lo próximo es lo que tenemos a mano. Se halla cerca de nosotros. La cercanía es transitiva: estar cerca es estar cerca de …. La cercanía, en este caso, levanta las barreras. Así como la lejanía evoca un mundo o un espacio desconocido y, por tanto, inquietante, que atrae y repele, y hacia el que da miedo acercarse, por el rechazo que intuimos y el desconocimiento que tenemos y que quizá nos embargue, la cercanía no es percibida negativamente. 

Se  considera que lo cercano es lo familiar. Un mundo conocido, del que nada tenemos que temer, estemos o no en lo cierto (la amenaza, la oscuridad puede estar agazapada en los pliegues de la cercanía, dotada de una sonrisa hipócrita, pero el daño que nos podrá causar no es imaginable de buenas a primeras). La mirada recorre lo cercano, no percibe obstáculos ni potenciales peligros, y nos sentimos confiados en poder dar el primer paso. 

Lo cercano, lo próximo, nos pone en contacto con el prójimo. La proximidad es un calificativo hermoso porque trasmuta lo espacial en lo personal. El espacio deviene una persona en la que nos vemos reflejados. Los encuentros sin conflictos, que revelan la cercanía de maneras de ser y de pensar , ls confluencia de ideales y visiones, acontecen en lugares cercanos, lugares que se nos muestran cercanos porque invitan a la cercanía con el prójimo. 

El prójimo es quien está cerca de nosotros. El prójimo nos acompaña , nos protege, sin sobreprotegernos. No impide que nos aventuremos, que nos alejemos incluso, pues sabe que siempre estaremos cerca. La cercanía no es necesariamente física, aunque exige -y permite- no perder el contacto, que equivale o simboliza la pérdida de rumbo. El prójimo nos ayuda a no perdernos. En casos de desorientación nos devuelve al recto camino.

La cercanía del espacio simboliza la cercanía humana. Es cierto que no todo lo cercano está predispuesto al encuentro. Pero los vecinos enemistados levantan barreras, cierran puertas, bajan persianas para obtener contacto con el vecino, para no verlo. La proximidad en este caso no es tal, sino que lo que rige es la indiferencia o la hostilidad. Nos damos la espalda, desviamos la mirada. No queremos saber nada el uno del otro, o nos importa no saber nada, como si el otro no existiera.

La proximidad , en cambio, invita a mirarse a los ojos. El espacio propio es inviolable, pero la puerta está abierta. La proximidad permite que dos sean uno, que el otro sea como yo, que yo vea en el otro un rostro amigo que me acepta. La proximidad está reñida con el rechazo (con las barreras, las fronteras). Rima, por el contrario, con el compartir , con la partición común, en común, con el reparto equitativo, de modo que tengamos -y seamos- como el otro, el otro como yo mismo.

La proximidad es una realidad que no se da naturalmente, sino que se tiene que cultivar. Exige una mirada abierta, la ausencia  de recelo, la mano abierta. La proximidad es exigente. Y frágil. Las barreras pueden alzarse de un día para otro. Debemos estar atentos, el ojo avizor, atentos a nosotros, observándonos, para no caer en la facilidad de la renuncia, del cruzar de brazos. Ls proximidad exige apertura de miras, la confianza en uno mismo y en el otro. Acercarse al otro sin invadir su espacio propio pide mesura y determinación, estar a la escucha de las señales que el otro emite. Requiere receptividad, prudencia, sabiduría. Necesita  avances y tolerancia, avances mutuos, acercamientos.

El prójimo y lo próximo son conceptos que nos definen como humanos. Las barreras, el marcaje del territorio es propio de animales, encerrados en su territorio. La noción mismo de territorio, de terruño, de tierra es contraria a la proximidad que, por el contrario, se basa en el compartir, en la  cesión y el reconocimiento. Ceder el paso, invitar al otro a pasar. Sabiendo que cada paso nos acerca al otro, desmontando temores y recelos. Lo próximo es lo que perseguimos pero que no podemos dar por hecho. El acercamiento es infinito. Los pasos que debemos dar es lo que nos mantiene en vida. La proximidad es un anhelo, un sueño. Al alcance de la mano .


Agradecimientos a V. A, autora intelectual de este comentario.


miércoles, 17 de julio de 2024

Historia de la universidad en Barcelona (ss. XV-XX), parte 4



 Medallón con la efigie del rey renacentista Alfonso V el Magnánimo, de la Corona de Aragón , que preside la universidad de Barcelona. 


Se han proporcionado distintas explicaciones al rechazo del consejo municipal de Barcelona, el Consejo de Ciento (Consell de Cent), a la instalación de un Estudio General ( una universidad) en Barcelona ya en el siglo XIV: coste -las universidades no pagaban impuestos-, inseguridad -los estudiantes causaban problemas de orden público-, y contrapoder -las universidades no se regían por leyes reales, municipales, civiles y religiosas o papales, sino que poseían su propio código, más permisivo que las leyes habituales, un código legal propio que se aplicaba en todos los casos salvo en casos de asesinatos. Hurtos, impiedades y revueltas, penadas civil y religiosamente, eran obviadas por las leyes universitarias. Es cierto que por encima del rector -escogido por los estudiantes- se hallaban dos representantes, del municipio y de la Iglesia, así como una comisión con miembros del consistorio, que podían evitar la independencia de la universidad, pero habitualmente el rector era la máxima autoridad y no debía rendir cuentas ante ningún otro poder. Poder que, por otra parte, necesitaba de los miembros de la universidad, formados en derecho civil y canónico, que, bien pagados por el municipio, fueron ganando protagonismo en el Consejo de Ciento.

La universidad era, pues, un poder temido y necesario, que hablaba su propia lengua, inhabitual en la vida civil: el latín. Raras eran las clases en catalán o castellano.

Tenemos que tener en cuenta, que la palabra nación, tan utilizada por  la política desde el siglo XIX, una palabra emponzoñada a menudo, que ha generado y genera guerras y enfrentamientos, en su origen, designaba a un grupo de estudiantes universitarios  extranjeros, de un mismo reino. Una  nación era una asociación benéfica que ayudaba a sus miembros que podían sentirse extraños y desasistidos en una ciudad que no era la suya. Aunque la unión era lo que caracterizaba a los miembros de una universidad, la palabra universidad no pertenecía inicialmente al vocabulario de la educación, sino del trabajo manual. Una universidad era un colectivo de trabajadores que practicaban una misma arte. De algún modo, universidad y gremio eran sinónimos, que destacaban lo común frente a las diferencias. Una universidad era un colectivo que compartía valores y saberes.

Son seguramente estas razones, como mínimo, que pueden dar cuenta de un hecho singular, único en Europa: el rechazo frontal del poder municipal, en Barcelona -una ciudad, sin embargo, menos importante a finales de la edad Media, que la eclesiástica Tarragona- a la fundación de una universidad -pese a necesitar a los titulados universitarios para un gobierno correcto.

Este rechazo contrastaba con la insistencia real en la creación de una universidad en Barcelona -contraviniendo, por otra parte, con las propias órdenes reales que imponían la existencia de una única universidad en los territorios de ls corona catalano-aragonesa, el Estudio General de Lérida.

Eso no significa que Barcelona careciera de estudios con entidad. Desde 1297, al menos, se impartían clases de latín y de las principales especializadas que, dos siglos y medio más tarde,  acabarían por constituir el cuerpo de enseñanzas de la llamada Universidad del Estudio General de Barcelona.

 Las escuelas catedralicias y municipales, públicas y privadas, llamadas Escuelas Mayores, impartían estudios que, sin embargo, no podían considerarse propiamente superiores y que, sobre todo, carecían de validez o reconocimiento fuera de la ciudad. La calidad de dichas escuelas no era uniforme, y su multiplicidad impedía controlar el nivel de las enseñanzas impartidas.

El número de reyes de la Corona de Aragón que trataron en vano de torcer la negativa del Consejo de Ciento a la creación de una universidad en Barcelona -al que el rechazo de Lérida a un nuevo Estudio General en los territorios catalano-aragoneses le venía bien- constituyen el florilegio real más extenso y notable: reyes tan destacados como Jaime II, Alfonso IV el Benigno, Pedro III el Ceremonioso, Martín I El Humano, Alfonso V el Magnánimo, Fernando II, hasta llegar a Carlos V, ya con la unificación de las coronas aragonesa y castellana, se toparon con el rechazo absoluto del consistorio df Barcelona, desde finales del siglo XIV hasta mitad del siglo XVI, mientras que otras ciudades de la Corona de Aragón -que, recordemos, poseía extensos territorios conquistados fuera de la península-, de distintos reinos peninsulares y europeos, veían la implantación y los beneficios que la institución universitaria aportaba a la política y la cultura de los reinos y repúblicas.

Una universidad solo podía instituirse con una orden real y una bula papel. Bula y privilegio existían en favor del Estudio General de Barcelona. Mas, no así la buena disposición del Consejo de Ciento que consideraba que las Escuelas Mayores ya cubrían las necesidades educativas de la ciudad -y cuyas necesidades de especialistas en derecho, por ejemplo, eran satisfechas por bachilleres, magistrados y doctores de Estudios Generales como los de Perpignan, Toulouse, Montpellier o incluso Nápoles. Una universidad era excesivamente desestabilizadora para el poder municipal.

Tres reyes supieron moverse entre las ariscas aguas del Consejo de Ciento. En 1401 y 1402 el rey Martín I el Humano logró imponer, pese a la oposición del municipio, la apertura de un Estudio de Medicina (que sucedía a una escuela reputada), y un segundo Estudio de las Artes, que se instalaron en el Hospital de la Santa Creu.

Entre 1448 y 1450, se vio un giro súbito, inesperado y de corta vida, del Consejo de Ciento, consciente de la creciente pérdida económica y de poder que implicaba haberse quedado fuera del circuito de estudios ínter-universitarios europeos, en un momento de creciente poder otomano en el Mediterráneo hasta entonces bajo el yugo de la Corona de Aragón. Los consejeros municipales enviaron una embajada ante la corte aragonesa, instalada en Nápoles, para pedir la apertura de un Estudio General, petición satisfecha este mismo año por Alfonso V el Magnánimo. 

Las dificultades no se solventaron, sin embargo. Una parte del Consejo de Ciento seguía oponiéndose al Estudio General, pese a que la fecha de 1450 se considera el año de la creación teórica de la universidad barcelonesa. Un siglo debió de pasar antes de que dicha institución pudiera abrir las puertas.

Ante la inanidad del decreto real, Fernando II, en 1488, impuso la unión de las Escuelas Mayores que cubrían enseñanzas medias, pero que también ofrecían algunas enseñanzas superiores.

La aplicación del decreto de 1450 estuvo dificultada o imposibilitada por la guerra Civil que se desató en el condado de Barcelona -y el principado de Cataluña- entre 1462 y 1472, un violento conflicto entre la ciudad y el campo, la nobleza y el pastoreo, entre defensores del rey Jaime II y de un sucesor no reconocido, aliado de la corona de Castilla, Carlos de Viana, al que apoyaban las Cortes catalanas que recaudaban los impuestos  -una guerra que, en parte, pareció anticiparse tres siglos a las guerras carlistas que tanto marcaron el devenir de la universidad española y en particular la de Barcelona.

El Consejo de Ciento, que se opuso a este nuevo decreto, acabó claudicando casi cincuenta años más tarde. En 1536, Carlos V pudo dar por concluido en enfrentamiento: la primera sede del Estudio general de Barcelona abrió sus puertas, si bien quedarían aún flecos por tratar: las ordenanzas (el cuerpo de leyes que regirían la nueva universidad), aprobadas en 1559, y, por fin, la incorporación de los prestigiosos estudios de medicina al Estudio General, dando lugar a la Universidad del Estudio General de Barcelona, en 1566, más de dos siglos y medio más tarde del primer decreto que anunciaba la instauración de Estudios superiores en Barcelona.

Mas, ¿qué valor poseyeron dichos estudios, que solo perduraron, tal como fueron establecidos definitivamente, un siglo y medio?


(seguira)




lunes, 15 de julio de 2024

La historia de la universidad en Barcelona (ss. XV-XX), parte 3



Jaime II de Aragón , fundador del Estudio General de Lérida (Lleida)


El reino de Aragón requería una (al menos) universidad propia.

La pérdida de la universidad de Montpellier, vendida al rey de la Isla-de-Francia, no era un drama. La Corona de Aragón la había heredado, pero no creado.

El gobierno municipal de Lérida (Lleida) cortejaba al rey para la obtención de un Estudio General. Tal petición no desagradaba a la corte. Lérida se hallaba en el centro del Reino, en la frontera entre Aragón y Cataluña. Tras la dominación del reino de Valencia, Lérida se encontraba a igual distancia de Zaragoza, Barcelona y Valencia. No se imponía ninguna lengua vernácula. La buscada universalidad estaba garantizada. El territorio circundante poseía agua y campos cultivados, cuya riqueza era necesaria para mantener un estamento como una universidad que, por ley, estaba exenta del pago de impuestos.

La fundación de una universidad, en la Europa medieval, requería un doble permiso: imperial o real por un lado, y una bula papal por otro, sin la cual los programas educativos no podían equipararse con los de otras universidades debidamente fundadas.

El privilegio real y la bula papel no se hicieron esperar. Lérida inauguraba el Estudio General en el año 1300. El municipio había obtenido además la promesa que ningún otros Estudio General se instalaría en los territorios de la Corona de Aragón. 

Vana promesa, empero. Perpignan, Huesca, Mallorca y Gerona se dotaron de un Estudio en los siglos XIV y XV; Vic, Solsona y Tortosa, en el XVI: 

Sin embargo, pese a ser calificados de General, dichos Estudios no lo eran: es decir, los títulos de dichas universidades no eran homologables: tan solo ella de Lérida eran internacionalmente válidos, reconocidos por las distintas universidades europeas.

Lérida se dotó de un campus, cabe el río: el primer campus europeo, mucho antes que el más célebre y perdurable Barrio Latino de París. Los estatutos del Estudio General de Lérida son los más antiguos que se conservan hoy en Europa/

El campus ilerdense estaba dotado de todo lo necesario para la vida universitaria: una sede con aulas, residencias para estudiantes, salas de estudio, biblioteca,, tabernas y prostíbulos. La vida universitaria era agitada y ruidosa, pero las instalaciones se hallaban en los márgenes de la ciudad; ruidosa y turbulenta pese a que los -los, aunque ninguna ley prohibía a las mujeres estudiar en la universidad, si bien se requería autorizaciones raramente concedidas- estudiantes eran clérigos. Éstos se preparaban para la vida religiosa si bien solo habían hecho el voto de pobreza, y pobres muchos lo eran, ya que los primogénitos de las familias aristocráticas no solían acudir a la universidad, y los benjamines no heredaban, por lo que solo los quedaba la carrera eclesiástica para subsistir; una carrera educada a menudo en derecho canónico y, en ocasiones, en los largos y difíciles estudios de teología.

Los estudiantes del Estudio General disponían de las mismas prerrogativas que los de la más reputada universidad de Toulouse. Muchos de los estudiantes de Lérida habían iniciado sus estudios en la universidad de Bolonia, regresando a Lérida cuando ésta se dotó de una universidad. Eran estudiantes formados. Pero, el Estudio General de Lérida pronto languideció hasta su cierre en 1714.

Mas, estamos ya en el Renacimiento y no hemos mencionado aún el Estudio General de Barcelona. ¿ Acaso no existía?





domingo, 14 de julio de 2024

JOSÉ ANTONIO CODERCH (1913-1984) &DANI DE LA ORDEN (1989): LA CASA EN FLAMES (LA CASA EN LLAMAS, CASA ROVIRA, 1967-2024)







La casa Rovira, 1967


























                              La casa en llamas, 2023-2024


A partir de una anécdota tan improbable como las que desencadenan películas con Historias de Filadelfia, o Vacaciones en Roma, y con una interpretación de la actriz Emma Vilarasau, una de las mejores del cine español desde María Barranco y Carmen Maura en Mujeres al borde de un ataque de nervios, hace cuarenta años, La casa en llamas, del cineasta Dani de la orden, recientemente estrenada con un más que merecido éxito, cuenta una sarcástica, sardónica historia familiar, naturalmente turbia y turbulenta, que acontece en una casa de verano: la típica segunda (o tercera) residencia de la clase acomodaba, ubica en la costa, que no podía ser sino la del pueblo de Cadaqués.
La casa, en verdad, existe, aunque no se ubica en el Ampurdán, sino en el menos fino Maresme. Se trata de la casa Rovira -dos casas, en verdad- que el arquitecto Coderch construyó para dos hermanos en la segunda mitad de los años sesenta, y que está hoy en venta en los portales más inalcanzables.
Aunque el director no parece que conocía al arquitecto, al que balbuceantemente llama Codé, escogió la casa porque, pese a ser una obra de los años sesenta, supuestamente encarna la arquitectura moderna de la clase rica, aislada, augusta mente enfrentada al mar, dominando las rocas, por las que se circula como por una alfombra persa -la naturaleza abrupta a los pies de una clase exclusiva- hecha de muebles de tocho, paredes rectas encaladas, formas rectangulares y volúmenes cúbicos, que sientan bien para encapsular la peculiar incendiaria atmósfera familiar.
La casa en la realidad o en la película conserva el mobiliario original en el que destaca un mítica lámpara de techo del propio arquitecto. 
 Una película maravillosa en el lugar adecuado, en el que todos juegan un papel, simulando ser lo que no son ni sienten, incluso la misma casa que hace ver que se halla en otro lugar.

La historia de la universidad en Barcelona (ss. XV-XX), parte 2


 Las naciones son construcciones decimonónicas. Se basan en la supuesta identificación entre ciudadanos y territorios. Poseen una única lengua, un mismo credo, una bandera, una singular visión del mundo que los distingue -y los aísla- de los miembros de otras naciones. Las naciones se definen como conjuntos cerrados identitarios y excluyentes. No reconocen a quienes no se considera que forman parte de la nación.

Anteriormente a esta construcción mental y política, solo existían propiedades privadas de un soberano: imperios, reinos, principados, ducados, condados, sultanatos, emiratos, y repúblicas (en menos de unas pocas familias, como en Venecia), entre otras formas de organización, algunas de las cuales existen aún hoy en día.

En tanto que bienes tribales, clánicos o familiares, bienes patrimoniales, en suma, estaban a entera disposición de los propietarios. Se utilizaban como parte de dotes que se intercambiaban o se donaban como regalos cuando nacimientos y bodas, se transmitían hereditariamente, cubrían deudas o pagaban imposiciones en caso de derrotas. Los territorios y sus habitantes se intercambian. Pagaban las necesidades y los caprichos, las historias de los soberanos. Eran, pues, bienes al servicio de los gobernantes propietarios. Los habitantes, en cambio, no intervenían en el vaivén de los territorios cuando pasaban de mano en mano. No existía, ni era concebible, una identificación excluyente con un territorio. La idea de patria, felizmente, no había sido aún forjada e impuesta.

El pago de deudas y el abono de ofrendas y regalos en forma de territorios explica que la Corona de Aragón fuera uno de los primeros reinos en poseer una notable, pujante y reconocida universidad (un llamado Studium Generale).

El reino de Aragón agrupaba, como un puzzle, extensas posesiones territoriales en la península, en islas mediterráneas y en el Mediterráneo central y oriental, conquistadas y dominadas a sangre y fuego con la ayuda de violentos mercenarios, los almogávares en el siglo XIII. Las islas Baleares cayeron así bajo el mando del rey de Aragón, Jaime I, apellidado lúcida y fríamente  “el conquistador”.  Mas, en el reparto de la herencia, es decir de las tierras conquistadas y de los súbditos -que solo podían asentir el cambio de titularidad, y cuya aquiescencia, en verdad, no era esperaba, requerida ni necesaria-, la isla de Mallorca recayó en el primogénito, el rey Jaime II, junto con otras posesiones territoriales. Entre éstas, el señorío de Montpellier, que la corona de Aragón había recibido previamente como dote matrimonial a principios del siglo XIII.

La ciudad de Montpellier fue una de las primeras en disponer de un Estudio general fundado poco después de la absorción del señorío de Montpellier por el Reino de Aragón. El Estudio General de Montpellier se caracterizaba por unos estudios de medicina modélicos, renombrados, inspirados en la primera y más célebre escuela de medicina de Salerno, en el sur de la península itálica, en la que confluían -y se aceptaban- saberes griegos, árabes y hebreos. 

El reino de Mallorca, tras el fugaz paso del Estudio General a manos del reino de Aragón, se convirtió así en uno de los primeros reinos europeos en poseer un Estudio General. Pocas ciudades, pocos territorios disponían aún de una universidad reconocida; a principios del siglo XIII, tan solo Bolonia, París, Oxford, Toulouse y Salamanca. Y ninguna con estudios de medicina reconocidos. Salerno poseía el mejor estudio de medicina europeo, pero no disponía de un Estudio General (que tiene que incluir, amén de la especialidad de medicina, carreras de artes liberales, derecho civil y canónico, matemáticas y teología). 

La aridez, la pobreza del reino de Mallorca impidió que pudiera mantener por mucho tiempo una posesión tan alejada del centro de poder isleño como era el señorío de Montpellier. Pronto, el rey cedió dicha posesión al rey de Aragón -se la devolvió en verdad, en este constante intercambio de tierras y personas que caracterizaba la política desde la antigüedad hasta Napoleón I, en Europa, aunque prosiguió hasta el siglo XX en dominios coloniales. A poco, todo se reino de Mallorca se entregó a la Corona de Aragón.

Ésta hubiera podido disponer por mucho tiempo de un brillante Estudio General. Pero ni siquiera la poderosa y temible Corona de Aragón pudo mantener al recuperado señorío de Montpellier, vendido finalmente y para siempre al rey de la Isla de Francia Felipe VI de Valois en 1349.

El reino catalano-aragonés hubiera quedado de nuevo sin Estudio General  -una posesión que determinaba la superioridad intelectual de un territorio o una ciudad, cuyo prestigio favorecia el intercambio de bienes y de ideas-si, cuarenta y nueve años antes….


(Próximamente, en el capítulo 3….)


Nota: la exposición que el MUHBA de Barcelona inaugurará el 15 de mayo de 2025, cuenta con documentación a cargo de Oscar Poggi, Ricard Ellis, Fernando Albaladejo y el comité científico compuesto por Mònica Blasco, Àngel Casals, Mireia Castanys, Daniele Cozzoli, Doris Moreno, Ramón Pujades, Estanislao Roca, Joan Roca, Ruth Rodríguez, María Rubert, Carles Santacana y Francesc Vilanova, junto con contribuciones que tampoco tienen precio de Diego Sola, Josep Montserrat, Ramón Graus, Carmrn Fenoll, y los responsables del Arxiu Històric de la Ciutat de Barcelona, el Arxiu Històric del COAC, el Arxiu de la ETSAB, y el Arxiu Històric de la UB y el Arxiu Històric de la Biblioteca de la UB, sin cuyas aportaciones, recomendaciones y correcciones esta exposición no hubiera podido plantearse.

Los errores solo son imputables al autor de estos breves textos.

sábado, 13 de julio de 2024

La historia de la universidad en Barcelona (ss. XV-XXI), parte I


 Estudiantes universitarios, finales s. XIV , Museo Cívico Medieval, Bolonia (Italia)


Tras la devastación europea, un siglo más tarde de la caída del imperio romano occidental, a finales del siglo VI, rota la administración del territorio y el cultivo de los campos, asolada por epidemias y hambrunas, tan solo temporalmente frenada por la recuperación parcial del imperio por Justiniano (emperador romano oriental), Europa se estabiliza política, cultural y económicamente con el emperador Carlomagno, en el siglo IX.
La estabilización se acentúa pasado el primer milenio, y ve, por vez primera desde el fin del imperio romano, la recuperación, no ya del poder imperial o real, sino municipal. Las vías de circulación comercial son más seguras, la agricultura se recupera, las hambrunas disminuyen, y la inseguridad ya no es un obstáculo para el restablecimiento de contactos comerciales, culturales y políticos entre reinos, clanes nobles y repúblicas.

Mas, frente al regreso del derecho romano o Justiniano, que pauta las relaciones humanas y comunitarias, dos nuevos peligros para la integridad territorial y comunitaria despuntan: el gran cisma religioso que divide, en el siglo XI, Europa entre la iglesia cristiana de oriente, caracterizada por la consideración del dios cristiano como un dios monarca, u la iglesia cristiana occidental, que defiende a un dios más humano que divino. El enfrentamiento entre el poder secular del emperador del Sacro Imperio Germánico, creado por Carlomagno, que se extiende por el centro y el norte de Europa -y se presenta como la revitalización del Imperio Romano occidental- y el poder religioso papal -con amplios dominios territoriales en el sur de Europa, en la península itálica, sobre todo-, que creó bandos enfrentados en el seno mismo de las ciudad ( como el célebre y mortífero conflicto entre güelfos que defendían al Papa, y los guibelinos proclives a apoyar el emperador, que recorre la trágica historia de Romeo y Julieta), amenazaba de nuevo la cierta unificación y pacificación territorial europea.

La gestión de ambos rasgos -las nuevas relaciones profanas y sagradas comunitarias o ciudadanas- requería nuevos conocimientos del derecho civil (el derecho romano) y del derecho canónico forjado desde los primeros concilios a finales del imperio romano occidental. La necesidad de doctores en ambos derechos, que pudieran legislar sobre las relaciones materiales y espirituales, evitando o disminuyendo conflictos, se hizo evidente. 

La ciudad italiana de Bolonia jugó un papel decisivo mediador en las conflictivas relaciones entre el emperador y el papal, el poder secular y el poder espiritual. Ubicada en un punto fronterizo entre ambos dominios, y habitada por un gran número de jóvenes atraídos por su carácter liberal, la ciudad decido crear unos potentes estudios superiores de derecho canónico y secular o civil, que ayudaran a desactivar enfrentamientos, a partir de la aplicación de leyes romanas de probada eficacia durante el primer milenio. Nacía así el llenado Estudio General de Bolonia, probablemente la primera universidad mundial, a finales del siglo XI.

El Estudio General (Studium Genérale, es así como se ha sólido denominar a la Universidad hasta el siglo XVIII, hasta la revolución napoleónica), no fue el primer centro de estudios superiores que hubiera existido. Centros muy especializados en el estudio de cuestiones religiosas, científicas y filosóficas existieron en la India desde el segundo milenio antes de Cristo, en Babilonia, en santuarios egipcios, en la ya muy posterior biblioteca alejandrina. Los imperios maya o chino, entre otros, poseían centros de formación de escribas con conocimientos superiores de matemática, astronomía , arquitectura y literatura que no estaban al alcance de todo el mundo. Los estudios, los conocimientos de escuelas como la  pitagórica, la sáfica, la délfica, la academia platónica, el liceo aristotélico (por mencionar solo centros célebres de la Europa occidental y central), no han sido superados en algunas cuestiones y siguen alimentando ciertos conocimientos universitarios. No se pueden obviar, al menos.

Pero todos estos centros, muchos asociados a templos, al igual que las escuelas propias de monasterios y catedrales en la Europa de la Alta Edad Media, hasta el siglo XI, no eran de acceso fácil. 
Y, por otra parte, los estudios de un centro no eran homologables con los de otras casas del saber. 
Eso no impedía que letrados viajaran de un centro a otro. Los sacerdotes del templo de Jerusalén se formaron en las bibliotecas babilónicas. La leyenda cuenta viajes de Platón a Egipto, a la India incluso. Seguramente no se produjeron. Pero su narración no era juzgada como imposible o fantasiosa. 

La radical novedad introducida por el Estudio General de Bolonia, cuya fundación fue seguida casi inmediatamente a continuación por los de París y Oxford, y Toulouse, fue la equiparación de los estudios en distintos Estudios. Estudios de aplicación universal.

Todos los Estudios requerían una doble aprobación: secular (real o imperial, salvo excepciones en territorios republicanos o comunales), y religiosa. Una orden política (un privilegio real, por ejemplo) y una bula papal eran requisitos para que unos estudios superiores se consideraban homologables.
Dicha homologación implicaba que un estudiante podría llevar a cabo su educación en distintos centros europeos, completando determinadas enseñanzas en los Estudios Generales los que impartían los mejores docentes. 
Cada Estudio General europeo se especializó. París brillaba por los estudios de teología; Montpellier, de Medicina. Pero los programas de cada Estudio General eran semejantes y equivalentes, y todos impartían unos mismos estudios: artes liberales, matemáticas, medicina, derecho civil, derecho canónico, y teología: un estudios largos, de unos seis a diez años, en función de la especialidad, culminamos por magisterios (“masters”) y doctorados; cursos que exigían plena dedicación, teóricos y prácticos, y que recurrían a saberes reglados clásicos, cristianos, judíos, islámicos y babilónicos. 

Los Estudios Generales se convirtieron en centros donde se formaban, no la élite militar o económica europeas, ni tan siquiera solo intelectual (religiosa y filosófica) sino también práctica (médica y especialistas en abogacía). La vida, las relaciones culturales y políticas, en Europa, cambiaron para siempre (casi siempre para bien, aunque las excomulgaciones no andaban lejos cuando los estudios abordaban cuestiones de derecho canónico, filológicas, incluso médicas, lo que, por otra parte, mostraba la agudeza e incidencia de los estudios e interpretaciones).

Mientras, ¿qué ocurría en los territorios sureños de la cada vez más conquistadora Corona de Aragón?

Abordaremos la cuestión en una segunda de cuatro partes dedicadas a la historia del Estudio General de Barcelona

Esta historia se expondrá en una exposición (cuyo título provisional es Casas del saber)  y una publicación que está preparando el Museo de Historia de la Ciudad de Barcelona,  gracias a la dirección del director Joan Roca, la conservadora Mónica Blasco y el historiador Ramón Pujadas, y la colaboración de las universidades de Barcelona y de la Politécnica de Cataluña, para el mes de mayo de 2025. 

La iniciativa surge de UPCArts, liderada por Carme Fenoll, el MUHBA, y la UB y UPC, que ha dado ya como primer resultado un congreso internacional en marzo de 2023, con un comité científico de estudiosos del MUHBA, y las universidades UPC, UB, UPF, UAB y URL, financiado por el MUHBA y el Ayuntamiento de Barcelona, cuyas actas en prensa como catálogo de la muestra (a la que un folleto o breve publicación también acompañará).


jueves, 11 de julio de 2024

Unos jardines “persas” en Barcelona





 













Fotos: Tocho, Julio de 2024


Los jardines “persas” de la universidad de Barcelona, uno de los más frondosos y recoletos de Barcelona fueron plantados cuando la construcción de la universidad entre 1859 y 1871. Su diseño -que aúna las acequias persas con los cipreses de las isla de los muertos del célebre cuadro de Arnold Bocklin-, fue obra, al igual que el edificio, del arquitecto Elías Rogent.

Dichos jardines fueron restaurados y ampliados en 1934 por el que podría haber sido el  jardinero español del siglo XX, Artur Rigol (1898-1934, fallecido por un atropello a los 35 años durante los violentos años previos a la guerra civil), colaborador habitual del grupo de arquitectos GATCPAC, y por dos jóvenes miembros de dicho grupo, los arquitectos Josep González (1906-1997) y Francesc Perales (1905-1957).

Pese a que son unos jardines de una universidad pública se conservan en buenas condiciones. 

Algunos estudiantes (y ciudadanos en general : los jardines están abiertos al público) leen o descansan, y la imagen de un bosque encantado, salpicado, de estanques, acequias y fuentes que rodean un viejo y hermoso invernadero, una casita de cristal oculta por las copas, flanqueado por un castillo medieval (como así se muestra el edificio neo-gótico de la universidad), contribuye al olvido de la ruidosa ciudad que envuelve este insólito Edén.


Para Inés, María, Olimpia, David y Pablo que han hallado un refugio en los jardines Ferrán Soldevila (abiertos al público en 1995).

Agradezco la corrección de Estanislao Roca