lunes, 14 de septiembre de 2026
LUIGI BERIO (1977) & EMANUELE LUZZATI (1921-2007): GENOVA SINFONIA DELLA CITTÀ (2005)
martes, 8 de septiembre de 2026
Barcelona delirante: la Barcelona que no fue
Fotos: Tocho, ETSAB, Barcelona, septiembre de 2026
La Capitalidad Mundial de la Arquitectura es un pomposo título que la ciudad de Barcelona, en competencia con Beijing (Pekín) obtuvo para todo el año 2026.
Bajo dicho epígrafe se agrupan una serie de actividades, desde algunas exposiciones extensas y con presupuesto, hasta modestas muestras, mucho más interesantes y novedosas.
La mejor, sin duda, obra de estudiantes de arquitectura, bajo la dirección de la profesora del departamento de teoría de la escuela técnica superior de arquitectura de Barcelona, Carmen Rodríguez : una pequeña exposición, a base de fotocopias y documentos expuestos un un único panel y vitrinas bajas, en la biblioteca de la escuela. La ausencia de medios no lastra la agudeza de la propuesta.
Una exposición muy bien documentada, sobre un tema fascinante, que dibuja la imagen de una ciudad delirante, que se ha librado o ha perdido unos proyectos que no llegaron a buen puerto: la historia de una ciudad imaginaria poblada, desde mediados del siglo XIX, de proyectos rechazados o que, por razones políticas, económicas o compositivas (un proyecto de ayuntamiento mediocre, felizmente olvidado), no se materializaron. Una ciudad mediterránea que se habría dotado de pistas de esquí, mucho antes que Arabia Saudí, de islas artificiales, que hubieren empequeñecido las islas en forma de palmera u otras curiosidades en los Emiratos, componiendo, ante el frente marítimo, el nombre de la ciudad, de rascacielos en forma de zigurats, de una ciudad suspendida sobre la ciudad existente, de rascacielos dignos de un cómic de colores ácidos, de los años setenta, y de barrios cruzados por vías rápidas a distintos niveles por los que zigzaguearían avionetas. Una ciudad lanzada de lleno y a ciegas, abrazando los signos de la modernidad, desde el arrasamiento urbano de Le Corbusier, hasta aeropuertos en los inicios de la aviación comercial.
Una muestra sobre sueños y pesadillas, proyectos de los que Barcelona se libró y proyectos que hubieran mejorado la vida, proyectos rechazados, desfigurados o pese a ser insensatos, delirantes, se construyeron, convirtiendo partes de Barcelona en una ciudad irreal.
Una muestra brillante y aleccionadora. Necesaria y buen aviso sobre lo que pudo ser para bien. O, casi siempre, para…
domingo, 6 de septiembre de 2026
MATHIEU CHERKIT (1982): LA ESCALERA
La escalera es un extraño artilugio. Y un inquietante cuerpo. Pone en contacto dos niveles, que son dos mundos. Ascender y descender por una escalera produce cierto vértigo. No se sabe qué se va a encontrar. La aprensión no está nunca lejos. El piso superior puede estar a oscuras y la posición con la que uno aborda este piso necesariamente es la de quien se siente en inferioridad de condiciones.
Sin embargo, para quien se encuentra en una planta superior, asomándose al hueco de escalera. apoyado en la barandilla y escudriñando en la penumbra que inunda la planta interior, y se infiltra por la escalera, saber y comprobar que alguien no duda en emprender la subida, no deja de causar angustia. La distancia prudencial disminuye. Entendemos que quien sube se siente seguro. Y asciende con un propósito marcado, del que posiblemente seamos el objetivo. El crujido de los peldaños de madera constituye un aviso, y un quiebro en nuestra seguridad, a medida que el sonido aumenta de intensidad. Y la ventaja de la que disponíamos deviene una ratonera. Estamos arriba. Y no podemos ascender más. El peligro, por el contrario, tiene vía libre para llegar a nosotros.
La vista del piso inferior, en cambio, permite dominar el espacio y la situación. Quien se encuentre en planta baja debe alzar la mirada y se sabe o se siente observado. Mas, esta aparente posición de superioridad, dominante, de quien se asoma, a través del hueco de escalera, hacia el piso inferior, no le libra de cierta incomodidad ni inquietud. Descender siempre nos pone en una situación desvalida. Perdemos importancia. Nos desvelamos. Casi se diría que nos rendimos. La ventaja de la que gozábamos disminuye a medida que, peldaño a peldaño, bajamos (de nivel). La caída, rara cuando subimos, está a la vuelta de la esquina. Y es una caída mortal, de la que, al menos, no salimos indemnes. Las películas de misterio bien lo han mostrado.
A través de la colocación -o el descubrimiento- de pequeños objetos, o de luces que no deberían estar encendidas, en los escalones, el pintor francés Mathieu Cherkit traduce la congoja de la escalera, su misteriosa seducción, de la que es difícil escapar, y el perturbador desaliento que despierta, ya que pone al descubierto la irrealidad de la sensación de seguridad que el interior de uns casa puede albergar. Son escaleras que giran, que vemos desde donde arrancan, pero nunca donde desembocan, o son incluso escaleras de las que solo percibimos un recodo, como si se desenvolvieran ajenas a nosotros, inmovilizados en un descansillo, sin saber qué hacer, qué pasó siguiente escoger, un paso en falso que podemos cometer sin posibilidad de dar marcha atrás.
La escalera es un cuerpo que se retuerce en el interior de una casa, desbaratando la perfecta secuencia de espacios escalonados -nunca mejor día-, poniéndolos en contacto, permitiendo el tránsito de usuarios y temores. La escalera introduce la inseguridad, revelando la falsa seguridad en la que queremos creer que descansamos cuando entramos en una casa aislada, o cuando emprendemos el ascenso en un bloque hacia nuestro apartamento por la escalera comunitaria, a merced de una luz que tirita o se apaga súbitamente con un chasquido, dejándonos a merced de nuestra imaginación desbocada.
Una exposición en París, hoy, descubre la obra “hogareña” de Mathieu Chakit:
https://semiose.com/en/exhibition/mathieu-cherkit-tendrement-2026/
jueves, 3 de septiembre de 2026
Invasión
INVASIÓN INVASIÓN
Invasión, del verbo latino invado. El significado es claro. Se trata de una palabra compuesta por la partícula adverbial in- y el verbo vado. Vado se traduce por vadear o pasar a pie. Invado, por tanto, por cruzar a pie un límite.
Visto así, el uso actual del sustantivo invasión parece correcto.
Pero algo no suena bien, chirría. La imagen pacífica, la acción normal de vadear -quizá no tan normal o habitual: se desliza la imagen de un curso de agua que exige, para cruzarlo, hallar un punto que permita sortearlo a pie, lo que implica que dicho curso constituye un obstáculo difícilmente sorteable-, no acaba de cuadrar con lo que entendemos por invasión, con las imágenes que la palabra invasión suscita.
Este desajuste, este ruido suscitado por un engranaje defectuoso, es lógico.
Invado, en latín, significa asaltar, atacar; echarse encima. El verbo describe una acción dañina, que se impone, sea una plaga, una enfermedad contagiosa que gangrena una ciudad, o una operación militar. El resultado es el mismo: un colectivo es dominado por otro, reducido y puesto a su servicio. Un conjunto desarbolado que pasa al mando de otro quien dicta las órdenes y exige el sometimiento y la obediencia. Un colectivo pierde su libertad y su poder de decisión. A partir de la invasión, deberá responder ante otro colectivo que le manda qué y cómo hacer y, seguramente, pensar -si el pensar se permite.
Una invasión no exige la llegada masiva de un grupo. Invado, en latín, también significa apostrofar: una acción a través de la cual se manifiesta agresividad: se insulta, se grita, para amedrentar y obtener la sumisión. Los gritos se acompañan de gestos amenazantes, cuando no de golpes.
Los golpes que invado también acarrea. Invado se traduce, finalmente, por echarse encima, por violar. Una escena o una acción que presupone que alguien se coloca violentamente sobre otra persona, cuya voluntad, y cuya resistencia se ven anuladas. La víctima no puede moverse y soporta los gritos, el peso y el maltrato, la violencia que se le practica desde una posición dominante, con la que alguien pretende beneficiarse, satisfacer sus deseos.
Lo que la palabra invasión significa y evoca ¿cuadra con la imagen de jóvenes desarmados, y quizá engañados, pero ilusionados, que buscar mejorar sus esperanzas de vida cohabitando en comunidades que consideran más prósperas y con mayores oportunidades, en las que esperan o confían adaptarse e integrarse. Comunidades que quizá se aprovechen de la falta de recursos de los jóvenes, dispuestos a todo, a someterse y sufrir calamidades incluso, si ven así una salida en el túnel de sus vidas. ¿Quién es el invasor?
Nosotros no siempre sabemos lo que decimos. Mas, ¿no deberían saberlo quienes nos representan?
miércoles, 26 de agosto de 2026
Qué es una ciudad
La ciudad, el poder real, la existencia de una corte de dioses, la escritura, las leyes son conceptos o manifestaciones culturales asociadas. No existiría una sin todas las demás.
¿Qué es una ciudad?
Los criterios para determinar si un asentamiento humano puede ser descrito o calificado de ciudad no siempre son los anteriormente enunciados. Existen ciudades antiguas con un poder asambleario, ciudades sin escritura, y ciudades sin ley. Y culturas sin ciudades.
El número de habitantes no determina que un asentamiento humano devenga una ciudad. Babilonia tenía varios centenares de miles; Atenas, unos veinte mil.
Las primeras ciudades conocidas, en Perú (la ciudad de Caral), en el sur y el norte de Iraq y en el noreste de Siria, en el valle del Indo en Paquistán, se forman entre el sexto y el cuarto milenio, quizá antes, no solo con anterioridad a la escritura, sino a la aparición (la creación, la constitución, la invención) de un poder sobrenatural organizado, y de un poder unipersonal capaz de imponerse por la fuerza y cierto carisma, y de dominar a una colectividad.
Al contrario que un pueblo o una hacienda, una ciudad no es autosuficiente : necesita de bienes básicos producidos por otros grupos humanos con los que tiene que comerciar o batallar.
Una ciudad se caracteriza entonces por una población especializada, dedicada a ciertas tareas, pero no a todas, tareas con las que la ciudad vive, y con cuyos excedentes comercia.
Una ciudad no vive en el presente, en el día a día, sino que se proyecta en el futuro. Produce y almacena bienes para poderlos venderlos o intercambiarlos en el momento oportuno o, mejor dicho, en determinados momentos. Y estos no estén regidos necesariamente por el tiempo.
La ciudad es una organización que rompe con el ciclo natural. Su vida no está marcada por las estaciones, al menos como sí lo está enteramente la vidas en un pueblo o una hacienda. Bienes que no se producen en determinadas fechas no tienen porque faltar: el comercio con otras ciudades, en parajes y bajo climas distintos, puede suplir y suple estas carencias naturales. Una ciudad puede no producir nada. Y vivir sin que nada le falte. La dura labor del campo a merced del clima no le afecta o lastra su vitalidad.
La ruptura con las pautas naturales no es la única que practica la ciudad y que la distingue de otras estructuras humanas. En una ciudad habitan clases, culturas, grupos humanos, pero no clanes. La estructura clánica no tiene cabida en una ciudad: ésta se caracteriza por la mezcla de tradiciones, organizaciones y credos. Un asentamiento de clanes o tribus (la expresión tribu urbana no es un oxímoron: nombra a un grupo cerrado que se aparta de los demás y quiere vivir según sus propias reglas, que chocan con las reglas de la ciudad) no puede sobrevivir a la larga. Cada clan posee sus reglas y sus estructuras de poder que entran en conflicto y disuelven la comunidad. En la ciudad, por el contrario, los grupos humanos ceden su dirección a unos representantes que constituyen un nuevo grupo que vela no por sus miembros, sino por toda la ciudad, tenga o no cada miembro de la asamblea una relación familiar con un determinado grupo. Todos los grupos se someten voluntariamente a unas mismas leyes que no atienen a peculiaridades clásicas.
La ciudad se instituye así como una nueva naturaleza que rige las vidas individuales y colectivas. Porque el individuo solo puede existir en una ciudad que no lo abandona, pero que le permite vivir fuera de una estructura grupal. La ciudad lo respeta si el individuo respeta a los demás.
La ciudad se constituye y se define así como la manifestación cultural más compleja, que permite que el ser humano se libere de los condicionantes naturales, y se dote de unas nuevas reglas que permitan vivir al individuo, fuera y dentro de un grupo social, en libertad y en comunidad, es decir aceptando la libertad ajena y esperando de los demás que lo tengan en igual consideración.
Seguramente la ciudad es la más compleja y duradera -y quizá necesaria- alteración natural que el ser humano ha practicado, para poder asumir su vida según sus posibilidades, deseos y capacidades, no marcadas o lastradas por lo que la naturaleza le ofrece o le niega. La naturaleza necesariamente es insensible. Por dura que la ciudad sea, atiende a las necesidades individuales y colectivas, necesidades que la naturaleza no cubre.
Una conferencia en CaixaForum de Madrid abordará este tema el 23 de septiembre a las 19 horas, dentro del marco de actividades relacionadas con la exposición itinerante sobre el emperador neo-asirio, creador y destructor, Asurbanipal, que posteriormente se presentará en Barcelona, Valencia, Sevilla y Zaragoza, acompañada de actividades semejantes:
https://caixaforum.org/es/madrid/p/la-arquitectura-del-poder-madrid
La conferencia correrá principalmente a cargo de la profesora historiadora de las religiones y arqueóloga Mariagrazia Masetti-Rouault, de la Escuela Práctica de Altos Estudios (EPHE) de París.
domingo, 23 de agosto de 2026
Arquitectura y naturaleza
Casas que deben construir ese con cubiertas de pizarra, convertidas en insólitos ataúdes desperdigados en un entorno de peñascos de piedra desnuda oscura; edificios de piedra vista para “mimetizarse” con el árido “paisaje”mesetario; obras de madera en medio de tupidos bosques; casas o cajas de vidrio, tan alabadas: las normas, limitaciones y obligaciones de la construcción, que nos autoimponemos como si fueran de recibo y emanaran de la propia naturaleza, siempre buscan aminorar el “impacto visual “ de una obra; en el límite, que aquélla desaparezca de la vista, convertida en un extraño accidente natural. Como si no existiera. Como si la vida en el exterior se prolongara en el interior de las moradas y éstas ofrecieran una protección o cubrición disimulada.
Pero una casa no encapsula una porción de espacio natural. Éste no se infiltra, como si no hallara obstáculo alguno a su prolongación en el corazón de una mirada.
La casa, por el contrario, encierra y ofrece un espacio distinto, opuesto al espacio natural. Y es por esta razón por la que se edifica. La casa aporta lo que la naturaleza no brinda: protección, cubrición, efectiva, sea una simple sensación -que permite bajar la guardia- o una defensa efectiva. La casa actúa a la defensiva. En su interior, el enemigo ya no acecha -o acecha, acaso, y en algunos casos, un enemigo que no actúa y es irrelevante en el exterior: algún familiar o toda una unidad familiar que opera a escondidas.
La casa no nace de la naturaleza. Nace contra ella. Aporta lo que la naturaleza no puede ofrecer: una sensación de bienestar que permite dejarse ir, recogerse, cobijarse y encontrarse consigo mismo. La mirada en campo abierto siempre otea, dirigida hacia fuera, teniendo que en cualquier momento un peligro emerja, el más grave, la pérdida, la desorientación, y la consiguiente rendición ante los elementos siempre hostiles. En una casa, la mirada puede abismarse, ensimismarse, y el ser humano puede empezar a reflexionar sobre sí mismo y su lugar en el mundo. El cobijo que una casa constituye se asemeja a una matriz en el que nos recogemos para afrontar la próxima e inevitable salida al exterior.
La casa, en tanto que obra, que creación, es un producto, un artificio, que existe, que nos damos, para ganar lo que la naturaleza no puede ofrecernos ni seguramente tiene que tendernos. La manera misma cómo accedemos al interior de una casa denota la fuerza del umbral. Nos descalzamos, nos desvestimos parcialmente, y dejamos en el suelo lo que acarreábamos. La casa invita a un comportamiento que no es propio ni conveniente en el exterior. Espacio creado por el hombre, que no complementa ni prolonga lo que la naturaleza posee, sino que constituye un entorno nítidamente desmarcado, con sus propias reglas, que exige una manera de comportarse, y de ser, impropia a cielo abierto.
En la casa las horas pasan de manera distintas. Se puede vivir como si fuera de día en plena noche. La luz interior combate la oscuridad circundante. Los ciclos de luces y sombras se alteran, se invierten o se anulan. Puede ser, a voluntad, de día o de noche permanente en una casa. Blancanieves nunca habría podido disfrutar de un sueño eterno sin que afectara a su vida, y despertar un día, sin problemas, como si la noche se hubiera prolongado durante cien años, en plena naturaleza. La casa prolonga la vida. Alienta y aporta la vida. Lo que la abate está cerca, detenida en el umbral. Contenida.
La casa es la creación más abstracta, menos mimética de las que el ser humano es capaz. Constituye un mundo que nada tiene que ver con el mundo natural. Artificial, necesariamente antinatural, extraterrestre, escribe el filósofo Emanuele Coccia, original, sin parangón con lo que la envuelve y la asedia, la casa es una cápsula en la que el ser humano puede construir su vida, liberado del peso y del agobio de la naturaleza impropiamente presentada como la madre naturaleza.
Sobre estas consideraciones, léase a Emanuele citado en una “entrada” anterior.
sábado, 22 de agosto de 2026
La ciudad viva
Roma personificada, bronce, s. I dC
Las ciudades nacen y mueren; se duermen, se despiertan, se animan; envejecen…. Utilizamos unos verbos impropios para referirnos a objetos, a entes inanimados, pero comunes para describir la vida de seres animados, seres que tienen una vida necesariamente finita.
Que hablemos de las ciudades como si fueran seres vivos no es extraño. Se trata de una consideración que se remonta a la antigüedad. En Mesopotamia, Grecia y Roma, solo por destacar culturas pasadas con escritura descifrada que nos son relativamente próximas, la ciudad recibía un trato que solo se dispensaba a los dioses.
De hecho la ciudad era una divinidad. En Mesopotamia, la ciudad era increada. Según unos textos, la ciudad existía desde el origen de los tiempos. Los tiempos y los dioses eran hijos de la urbe. Otros textos destacaban que algunas ciudades, ciudades sagradas como Kish -hoy unas ruinas al sur de Babilonia- habían descendido del cielo. En Asiria el dios padre y su ciudad tenían el mismo nombre. Ashur era el dios asirio y su sede, diríamos que su personificación o materialización en la tierra. Roma era una ciudad y una diosa: la ciudad considerada como una diosa, a la que un estamento sacerdotal rendía culto. Del mismo modo, a los templos, cuerpos divinos, cuerpos que los dioses poseían para mirar entre los humanos, se les cantaban himnos, se les trataba como seres sobrenaturales, de cuya presencia dependía la vida y la supervivencia de los mortales. La ciudad era una persona. Y como una persona debía ser tratada y honrada. La ciudad era la madre de los humanos. A quien se le rechaza, quien sufre el oprobio, el destierro, se le condena a una vida fuera de la ciudad, a una vida que no es vida -como bien comprobamos hoy-. La expresión la ciudad no es para mí no tiene sentido. Deberíamos decir: la ciudad no es para ti, porque no quiero que existas. Un dios rechazado tuvo que nacer en un belén, a las puertas de la ciudad que no lo aceptaba.
Las ciudades y los templos, podían romper con los humanos, darles la espalda. A las comunidades se las ninguneada, reducía, aniquilaba, ayer como hoy, privándoles de moradas y ciudades, reduciéndolas a cenizas o escombros. Centros de vida, la pérdida de ésta conllevaba la muerte segura de los ciudadanos.
Aquellas ciudades que nacían en el tiempo eran creaciones divinas. Los dioses las alumbraban, directa o indirectamente, a través de la intervención real o heroica (como Roma). Y los dioses podían retirarse, dejando un reguero de huesos, de sillares o ladrillos que se desmoronaban, como cae un cuerpo cuando la vida se desvanece, abandonando un cuerpo que estuvo en vida.
La ciudad, así, se percibía no como una creación humana, sino como el marco, o la fuente de la creación humana. La creación sólo podía tener lugar en la ciudad. Éste cedía la vida necesaria para que enseres y estatuas cobraran vida necesaria para atender y proteger a los humanos, humanos que honraban a los dioses, entre éstos a las ciudades que los acogían.
¿Ha existido vida fuera la ciudad?: las selvas amazónica y del centro del continente africano, los desiertos de Arabia parecían haber sido inmunes al nacimientos de ciudades. Recientes descubrimientos muestran que esto no es cierto. Sí lo es en el norte de Australia -y en los climas más extremos del norte y del sur. Pero los aborígenes no las necesitaban porque vivían -y viven- en tierras que los dioses o los espíritus han hollado y habilitado, tierras ya intervenidas por los poderes sobrenaturales, como si fueren ciudades. Y las culturas nómadas solían y suelen tener, en sus mitos, referencias a ciudades deslumbrantes, inalcanzables, Shangri-las que se convierten en el aliento y el objetivo de la vida, ciudades que se sabe que existen en algún lugar que los sueños desvelan.
La pérdida de la ciudad, su asedio y destrucción, conlleva la muerte en la tierra. Como bien vemos cada mañana al leer o escuchar las noticias, como bien viven, si este verbo es adecuado, los atemorizado ciudadanos que sufren la violencia que se abate en sus ciudades. Lo que quizá no saben quienes asaltan y bombardean es que socavan no solo vidas ajenas, sino su propia vida.
jueves, 6 de agosto de 2026
Αula
Estudiamos, impartimos clase en un aula. Ésta se define como un espacio cerrado y cubierto, dedicado a una función preferentemente académica o docente. El aulario es el conjunto de aulas. Compone un bloque cerrado, que se opone al patio, necesariamente abierto. El estudio frente al recreo, la concentración ante la dispersión, el silencio opuesto al bullicio. Dos mundos, de tensión y de distensión, enfrentados, pero que se necesitan aunque -puesto que- se enfrentan. Se complementan. Cojeen el uno sin el otro; pierden sentido y utilidad.
Se ha comentado a menudo la función que cumplía el claustro en los monasterios: un patio de ciertas dimensiones, a cielo -nunca mejor dicho- abierto, rodeado por un pórtico abovedado, en cuyo centro en ocasiones se halla una fuente, una evocación del paraíso donde la vida surgió.
Los monjes deambulaban solos y en silencio. La mirada gacha, meditaban al ritmo de los pasos. Daban vueltas y vueltas por el claustro, tratando de solventar un problema cuya resolución les obligaba a girar una y otra vez alrededor del tema. No se trataba de un motivo que diera pie a una sola, unívoca solución inmediata, sino que los circunloquios eran necesarios para abordar las múltiples ramificaciones del tema planteado. El caminar imitaba los avances de la mente. Cuerpo y espíritu actuaban coordinados.
Un eco de esta conexión entre la conversación con uno mismo o el trato con un problema y el deambular, acontece diariamente cuando hablamos largamente a través del teléfono móvil. ¿Alguien es capaz de razonar, argumentar y debatir o discutir sin dar pasos adelante y hacia atrás, volviendo una y otra vez sobre los pasos como un animal enjaulado?
Recuerdo la impartición de una clase en directo a través de Internet cuando la pandemia. La clase se filmaba y se retransmitía desde el claustro de un monasterio. Nunca anduve tanto. Ninguna clase “salió” mejor. Libre de encerrona.
La insólita falta de armonía entre un aula y un claustro considerado como el lugar más apto para pensar y repensar, considerar desde todos los ángulos un problema, y ordenar las distintas soluciones, desaparece cuando sabemos que aula viene del latín y éste del griego. En latín, aula designa un espacio abierto: un patio, y aulé, en griego, se refiere a un patio abierto ante una morada, bordeado también por dormitorios, establos, graneros, y el cercado del conjunto. Hoy que la lectura de Homero ha vuelto a la palestra, podemos descubrir en los textos homéricos que las puertas de acceso a las estancias de los varones y a las de las mujeres se abrían desde el aulé. Éste actuaba como un distribuidor, al mismo tiempo que conjuntaba vivienda humana, animal, despensas y graneros. Actuaba de pulmón, de centro, desde el que se organizaba la vida de la hacienda: un lugar donde organizarse para que la vida se desarrollara sin sobresaltos. La presencia de un altar en el centro del aulé contribuía a unir a los mortales con los mortales, siendo así el patio una imagen de un universo ordenado, libre de enfrentamientos: un paraíso -donde formarse.
Hoy, siempre cubrimos los patios para convertirlos en estancias, perdiendo este espacio intermedio que permite un tiempo de reflexión y de meditación y nos prepara para combatir el infortunio y aceptar sin vanagloria la fortuna incierta.
jueves, 9 de julio de 2026
ÉDOUARD LEVÉ (1965-2007): AMÉRIQUE (2006)
Hace cuarenta y dos años, Europa y los Estados Unidos se maravillaban con una premiada película de título confuso: París, Texas , del cineasta alemán Win Wenders. Los dos nombres propios del título estaban separados por una coma. Parecía que la película contaría una historia en dos escenarios distintos. No era así. El París de la película se hallaba en el estado de Texas y ni siquiera era una ciudad, sino un solar desértico.
lunes, 6 de julio de 2026
TIMUR KOGNOV (KONSTANTIN BRONZIT, 1965): THE THREE SISTERS (LAS TRES HERMANAS, 2025)
IVA TOKMAKCHIEVA (1994): BALCONADA (2025)
martes, 30 de junio de 2026
RENZO PIANO (1937): DIÓGENES (2013)
Fotos: Tocho, Vitra (Alemania), junio de 2026





















































