martes, 5 de mayo de 2026

Lo común y lo singular

 Lo común es la cualidad de lo que se ofrece o se posee en común: un bien (en) común. Lo común se comparte. No es de nadie, sino de todos. 

Lo común exige -y funda- una comunidad. Ésta dispone de riquezas, valores y creencias comunes, sin las cuales la comunidad no consiste sino en una agrupación casual de seres encerrados en sí mismos. 

Lo común exige apertura de miras y disponibilidad para abrirse a los demás. Los secretos, las mentiras están proscritos, lo que no implica que no se goce de vida interior y propia. Pero ésta no altera ni se opone a los sueños y deseos de cada uno de los miembros de una comunidad que no está conformada por una masa anónima, sino por sujetos que voluntariamente se han unido, dispuestos a compartir lo que tienen y lo que creen; bienes que, ubicados en el centro de la comunidad, la alimentan.

Las lenguas latinas distinguen el singular del plural. La lengua francesa exacerba esta diferencia. Las palabras llegan a alterarse tanto que apenas se reconocen como variantes de un mismo término: mientras el español y el catalán suele añadir una letra -una ese- al final de la palabra, y el italiano procede a un cambio de la última vocal, el francés introduce cambios significativos. Por ejemplo, caballo/caballos, o cavallo/cavalli, deviene cheval/chevaux. ¿Quién reconoce en el francés yeux el plural de oeil (ojo) que posee incluso en su centro una nueva vocal: œ, con un sonido propio

El singular se distingue del plural, y la distinción es un atributo apreciado en la visión del mundo occidental. Lo singular implica excelencia. Contiene, bien es cierto, cierta dosis de rareza, incluso de (aparente o involuntaria) imperfección, pero ésta realza lo singular: lo alza pie encima de los demás. La regularidad es mediocre : se halla en medio, no destaca; no llama la atención, pasa desapercibida, como si no tuviera relieve. Plana, chata, no tiene vida propia, no existe.

Lo singular domina la masa y lo común. Lo singular no es común, sino extraordinario. Singularizar significa distinguirse, apartarse, marcar y mantener las distancias con los demás. Lo singular es raro, es decir incomprensible, imprevisible. No responde a valores ni criterios conocidos, compartidos. 

Un ente o un ser singular es único, y la unicidad es un valor que prima en el imaginario occidental. Bien lo destacó el filósofo Walter Benjamín cuando dispuso que el aura, una cualidad mágica, impalpable, pero imperiosa, ciñe y aísla la obra de arte y le confiere un aire que la desmarca de los útiles, los enseres de uso diario, comunes.

La dicotomía singular/común estructura la visión o teoría del arte en occidente (o europeo). Aquélla fue llevada al extremo -o se jugó con ella-, a principios del siglo XX, cuando objetos comunes como una pala o una funda de máquina de escribir, abandonaron el mundo de los objetos anónimos, para acceder al de las obras de arte o sagradas. Eran comunes; devinieron singulares. La cualidad “artística” se alcanzó mediante la palabra. Adquirieron un nombre propio, que solo les pertenecía a cada uno de ellos, les identificaba, les singularizaba. Lo común posee un nombre de familia. Lo singular se apoya en el nombre propio -que no comparte con nadie. ¡Ay de quién posee el mismo nombre que otro ser!. Ambos parecen querer confundir y, por tanto, se les supone oscuras intenciones Tener un nombre “común” es propio del vulgo: uns vulgaridad. Y la vulgaridad se asocia a la falta dd cultura, la barbarie, que marca a quienes no han logrado crear comunidades, de la que se distinguen los seres singulares. Pues la singularidad, no solo para brillar, sino tan solo para existir, requiere, paradójicamente, la existencia previa de lo común. La singularidad sólo adquiere sentido a la vista de los demás, quienes, al reconocerla y apreciarla, le confieren el aura que corona lo singular. Lo singular existe en los ojos de lo común.

La diferencia entre los útiles y los iconos reside en una letra. Ésta concede letras de nobleza a lo que se adscribe. La buena letra que permite reconocer, identificar y aislar, lo común, entendido como lo grosero, banal, impersonal -que tales son también los significados de la palabra común, sin tener que evocar el mundo de los comunes o letrinas-, de lo personal, altamente valorado por su singularidad, su carácter único , reconocible a la legua, imposible de confundir y de ser confundido.

Mas, cabría preguntarse si esta división acentuada entre lo común y lo singular (que alimenta la noción de genio y se alimenta de ella, exacerbando la superioridad de uno sobre el conjunto de seres) que recorre y estructura la noción de arte europeo desde el Renacimiento -aunque  ya presente en la concepción platónica del arte, si bien, en este caso, los valores que posee lo singular se ponen a disposición, mediante la educación, y se transmiten, de la comunidad, en un logrado puente entre lo singular y lo común-, no ha acabado por ser una amenaza para la vida en común. Compartir es lo que da sentido a la vida, que la compartimentación corroe.

lunes, 4 de mayo de 2026

OMAR KHAYYAM (1048-1131): LA RUEDA DEL DESTINO

 “El correr de mi existencia se agotará en pocos días. Pasará

como el viento del desierto.

Así, mientras me quede un soplo de vida, habrá dos días

que no me inquietarán jamás: aquel que no ha llegado; aquel que

ya pasó.

(…)

No puedes presumir de conocer el día de mañana.

Pensar aún en el mañana sería de tu parte una locura.

Si tienes el corazón despierto no pierdas en la inacción

este instante de vida que te queda y de cuya duración no se

vislumbra prueba alguna.”


Khayyam fue un poeta persa seguidor del carpe diem que ya practicaba, por ejemplo, el héroe  Gilgamesh tras asumir que no era un dios, aceptando su mortalidad.

Poeta, pero sobre todo matemático y astrónomo.

El título del poemario Cuartetos (Rubaiyat) fue aplicado a un grupo de poemas sueltos traducidos en el siglo XIX a partir de un manuscrito del siglo XV y, diríamos, atribuidos al astrónomo.

En verdad, a Khayyam le ocurre lo contrario que a Homero. Khayyam es una figura histórica que no es seguro que escribiera poemas o todos los poemas que se le atribuyen. Algunos o todos son de diversos autores medievales conocidos e identificados.

Homero, en cambio, no existió nunca, pero La Iliada y La Odisea, supuestos poemas homéricos, son obra de uno o dos autores desconocidos, y Homero un nombre de grupos de intérpretes que recitaban dos textos aún no puestos por escrito, pero que no resultaban de un amalgama de poemas de autores distintos. 

En verdad, la preocupación por la autoría -y el séquito de normas, derechos y castigos- es moderna. 

domingo, 3 de mayo de 2026

Pirámide

 




Notas y fotos: de las autoras del pastel & Tocho, 2024-2026


Como si de un cuento se tratara.

Una pequeña -pero grande, en verdad- pastelería en un barrio en la parte alta de la ciudad de Barcelona, vende, desde hace un par de años un pastel individual.

Éste, presentado un cuadrado de cartulina barnizada de color oscuro, tiene la forma de una pirámide. Las caras, lisas y brillantes, están recubiertas de chocolate negro. Motas (notas) de oro espolvorean la parte superior.

El dulce es una creación de una de las pasteleras, arquitecta . Combina ingredientes como el chocolate, la naranja, el azahar y el pistacho , originarios de culturas y continentes distintos, armonizados en un forma geométrica -arquitectónica.

Cuentan que este pastel respondía a un encargo inicial. Se trataba de la aportación de un equipo a un concurso internacional de arquitectura en Barcelona. El proyecto de aquel partía de las enseñanza que brinda el pasado a las soluciones del presente ante problemas que ya se dieron anteriormente y frente a los cuales los humanos reaccionaron, quizá no con fortuna, pero si con serenidad. El desaliento ni la ceguera ilusoria no fueron de recibo.

La forma de la pirámide, los ingredientes venidos de distintas partes del mundo, combinados en un pastel actual, podían simbolizar bien las ideas de la propuesta.

Dos años más tarde, este pastel, que se comercializa con leves cambios formales y de composición, ha adquirido un nuevo sentido, menos cerebral, más emotivo. Ha sido adoptado como homenaje de un artista a un familiar difunto. Una forma, que evoca un rayo de sol,  adecuada para acoger y celebrar a un difunto. Simbolizaba la pervivencia de la luz del pasado. Es hoy una ofrenda, que manifiesta la perdurable vitalidad de un recuerdo. Si la lectura originaria traía la luz del pasado, la interpretación actual lleva la luz al pasado para que el recuerdo del familiar desaparecido no se extinga.

Pacas veces, una misma creación -gustosa, además- ha cambiado tanto, tan intencionada y lucidamente, de significado.

Y hoy, todos podremos rememorar  esta modesta historia si acudimos a….


A quienes crearon el mejor pastel de Barcelona 

 

JASON MITCHAM (1979): EVER BEHIND THE SUNSET (2025)


El sueño del arquitecto es la pesadilla de quien no lo es

La casa natal del artista norteamericano fue expropiada y destruida en 2011. Catorce años más tarde, se atrevió a ver qué había ocurrido.

Véase la página web de este pintor y cineasta de animación: https://www.jasonmitcham.com/

viernes, 1 de mayo de 2026

Natura naturans v. Natura naturata

 Naturalizar es el nuevo credo arquitectónico y urbanístico. Se tiene que naturalizar la ciudad porque ésta no es natural, proyectando parques, calles arboladas, terrazas cubiertas de vegetaciones, “jardines verticales “ (es decir muros cubiertos de plantas trepadoras), y matojos -plantas de crecimiento espontáneo y descontrolado.

Que la ciudad no sea natural forma parte de su “naturaleza”: es una creación humana, al igual que jardines, parques, terrazas y cubiertas “vegetales”: la ciudad es una de las expresiones de la intervención humana en la naturaleza. Hace ya tiempo que el paraíso dejó de existir: un espacio paradójico. Recibió el calificativo de paraíso en cuanto el ser humano fue transplantado en él -antes era tan solo naturaleza-, mas apenas aquél aterrizó, las cualidades paradisiacas, percibidas u otorgados por los hombres, se desvanecieron. Y, a partir de entonces, lo que se daba ya no se dio “natural” o espontáneamente.

Si no queremos que la ciudad se ahogue y desaparezca, como las ciudades abandonadas y perdidas invadidas por una vegetación selvática, como ocurre con tantos asentamientos precolombinos y en el Sudeste Asiático, tenemos que intervenir en la crecimiento sin cortapisas de las plantas: es decir, tenemos que hacer “cultura”. La cultura es el conjunto de reglas que nos damos para que la vida en comunidad sea soportable. Edificios y “zonas verdes” son creaciones humanas: intervenciones felices o desafortunadas en la naturaleza. Todo gesto humano -animal y racional- afecta a la naturaleza. Desbroza, cultiva, transplanta; nombra las plantas; determina cuáles son benéficas y, por tanto, pueden cultivarse y crecer. El crecimiento espontáneo no es tal, sin embargo. Ocurre porque un ser humano lo autoriza y lo controla. Impide un crecimiento desbordante que pondría en peligro la vida en sociedad.

Podemos pensar que naturalizar se opone a construir. En vez de intervenir, dejamos que la vegetación se desarrolle libremente. Se trata sin embargo de una creencia bienintencionada, pero errónea. El crecimiento espontáneo ocurre porque lo permitimos. La improvisación forma parte de las reglas del arte: se trata de una manera de actuar que está contemplada y permitida -dentro de un determinado marco. 

Consideramos que la naturaleza es una fuerza creativa, una natura naturans: y es cierto, si no estuviéramos en la tierra. La naturaleza que dejamos crecer en la ciudad es la naturaleza naturata, ya domesticada, que puede crecer porque se lo autorizamos, y siempre que no afecte nuestra vida, nuestra seguridad. Naturalizar no se distingue de construir. Son dos maneras complementarias de incidir en el mundo, felizmente o no, pero inevitablemente. Solo las estatuas y los muertos no condicionan la naturaleza. A veces, podríamos pensar que ciertos postulados urbanísticos querrían, en verdad, obviar la presencia humana, molesta, dañina o carente de cualidades estéticas y éticas. Pero somos humanos, es decir, seres limitados que a menudo yerran. Nuestra fragilidad nos define. Nuestros errores, nuestra falta de perspicacia, son una prueba de nuestra humanidad. Naturalizar es el credo actual. Hasta que descubramos que, una vez más, hemos optado, libre o forzadamente, para aminorar el qué dirán, el camino equivocado. Es suma, nos comportemos como aprendices de brujo: somos humanos.


miércoles, 29 de abril de 2026

¿Eureka ? Las “nuevas” enseñanzas

 Si escribiéramos con propiedad, es decir, tal como se argumenta hoy, deberíamos anotar que la enseñanza universitaria europea busca un “cambio de paradigma”, una palabra de origen griego que se utiliza con toda clase de salsas y de contextos, curiosamente conveniente en estudios de arquitectura, toda vez que, en griego, paradeigma significa plano de arquitectura, pero confusa a la vez, ya que significa lo uno y lo contrario: ejemplo y modelo, lo particular y lo general (según el contexto, que no solemos detallar).

Aristóteles, entre otros, sostenía que existen dos modelos de enseñanza (y de experimentación): los que parten de ejemplos o casos concretos hasta encontrar reglas (generales) que regulan y dan sentido a los casos (individuales), y los que, inversamente, establecen una serie de normas que ilustran con ejemplos. 

La enseñanza ha tendido a dar relevancia a los esquemas en las clases teóricas, y a desvelarlos en casos concretos en las clases prácticas.

Hoy, se busca primar el estudio de lo que acontece antes de centrarse en lo que debería acontecer. El descubrimiento supuestamente personal antes que la transmisión de saberes.

Encuestas interminables que los estudiantes -y los profesores- deben rellenar, en las que solo se ofrecen dos respuestas, SÍ y NO, tratan de validar este modelo de enseñanza -tradicional- y de verificar el aprendizaje y las opiniones de los estudiantes sobre esta aproximación a la realidad. Blanco o negro. 

Esta aproximación a la realidad, que implica aceptación o descarte, y en el que no cabe la duda -no se puede no contestar a la entrevista y todas las preguntas requieren una respuesta que solo puede escoger entre la afirmación y la negación, de manera rápida, en un tiempo limitado, precisamente para evitar cavilaciones-, desdeña el modelo que Ignacio de Loyola estableció a mediados del siglo XVI y que el idealismo alemán recuperó a principios del siglo XIX. 

Se trata de un modelo de aprendizaje conocido que requiere tiempo y que consiste a estudiar las cosas por ambos lados, observando la cara y la cruz, el anverso y el reverso, lo que significa atender a las luces y a las sombras de las cosas, hasta emitir una respuesta que tenga en cuenta estas “verdades” antitéticas, de las que trata de ofrecer una síntesis, nunca definitiva, sino siempre sometida a debate, en función de nuevos hallazgos, de nuevos ejemplos hasta entonces dejados de lado. No existen caras y cruces, sino cantos desde los que se pueden observar ambas caras y observar que ambas se contraponen pero se necesitan. Ni sí ni no, sino un sí o un no matizado, que no desdeña consideraciones opuestas. 

El funcionamiento del ordenador, que solo puede escoger entre un cero y un uno, a derecha o a izquierda, impide buscar un camino mediando que responda a lo que ambos caminos ofrecen. La actitud de Hércules ante los dos caminos que la vida le ofrecía, una senda ardua pero que concluye en la luz, y otra fácil, cómoda o placentera, pero que desemboca en la nada, muestra bien que estas propuestas son engañosas, más una trampa que una oportunidad; no son de recibo. Hércules duda y se detiene. Nunca sabremos qué habría escogido ni si escogió un camino, si se detuvo y aguardó, o dio media vuelta. No se trata de ir recto, sino de dar vueltas para observar todas las aristas, los beneficios y maleficios -beneficios que también pueden ser dañinos, como los maleficios pueden echar luz- del mundo. El juego, las proporciones, que incluyen el sí y el no, son los que nos ayudan a entender y aceptar lo que nos rodea y a nosotros mismos. No estamos hechos de un único fuste. Y la descomposición forma parte de la composición del mundo. El rayo que ilumina o fulmina solo está al alcance de Zeus. Los humanos vamos con velas y pasos temerosos. No podemos tener respuestas unívocas. Ni debemos. La luz solo llegó al tercer día. Y a costa de cierta ceguera.

Las encuestas -que programas informativos leen- no pueden incluir tantas sutilezas llamadas precisamente jesuiticas. 

Pero nos olvidamos que los momentos más atractivos -y perturbadores, es decir, enriquecedores- del día no son el día o la noche, sino el orto y el ocaso, cuando la luz aún no se ha despegado de la oscuridad, y se anda con cuidado, y cuando la luz se acerca al manto de la noche que cede para envolverla mejor. La luz sin filtros ciega. La noche de luna nueva desorienta. Entre el si y el no se inserta el quizá, el posiblemente, que suaviza las aristas de aquéllos y revela la complejidad de nuestras elecciones y la existencia de lo que desdeñamos, porque no podemos atender a todas las posibilidades, conscientes así de nuestras limitaciones, lo que abre el camino para nuevos estudios. La conocimiento es una larga carrera de relevos, y no de cien metros planos -como si no existieran obstáculos y barreras, físicas y éticas.