viernes, 2 de octubre de 2026

Naturalismo

 Creemos -por no escribir: creo- que la abstracción se aleja de la realidad -sería una construcción imaginaria, sin conexión con el mundo sensible-, mientras que el realismo o el naturalismo no solo revelan la realidad sino que nos la acercan -el realismo no dudando en exponer los aspectos más oscuros de la realidad, casi regodeándose en éstos.

La lectura de varias novelas seguidas  del escritor francés decimonónico Émile Zola, uno de los llamados padres de la novela naturalista o más bien realista -Thérèse Raquin, Una página de amor, La jauría (La curée), La obra (L’oeuvre), y hoy La bestia humana (la bête humaine)- pone de manifiesto el efecto opuesto de este tipo de representación: no se aleja de la realidad, sino que nos distancia de ella, pese a (puesto que) tratar de captarla en toda su complejidad, elemento por elemento. Las descripciones de París en Une page d’amour, Thérèse Raquin y L’oeuvre  son de una precisión obsesiva, casi obscena y repulsiva (todo y siendo fascinantes, estremecedoras, y maravillosamente escritas o descritas, construidas o transcritas, más bien); los dos jardines antitéticos de Una página de amor -el jardín placentero donde dejarse ir, y el solitario e intimidante, silencioso, con un silencio de losa sepulcral del cementerio, que definen los dos estados mentales de la protagonista- se convierten en selvas, tal es la multitud de detalles de cada hoja, cada flor, cada pétalo incluso, que invaden las páginas; éstas se convierten en irrespirables. El jardín es un bloque impenetrable: el aire no circula entre las hojas que uno se imagina desmesuradas tal es el número de rasgos imperceptibles ante los que se detiene la escritura. 

Esta alucinante precisión convierte lo que detalla en una ciudad o un jardín imposibles. Nuestra percepción de la realidad -la realidad solo existe cuando la percibimos; no sabemos cómo es “en sí”, siquiera si “es”- es necesariamente borrosa o difusa: nos centramos en un aspecto, un detalle, que puede variar en función de nuestro movimiento, nuestro estado de ánimo, nuestros deseos o temores, que engrandecen o disminuyen, acercan, alejan o hacen desaparecer aspectos de la realidad que nos atraen, repelen o dejen indiferentes, como si no existieran. La realidad nos envuelve, pero no nos ahoga, salvo en visiones alucinadas. La realidad compuesta de formas, colores, sonidos, olores, elementos palpables e impalpables, que componen un todo en el que los elementos se funden. La mirada de botanista, de criminalista, de Zola, que observa el mundo con una Lipa o un microscopio, otorga tal densidad a lo que percibe, que la realidad adquiere un carácter pétreo, una materialidad ilusoria: no existe o no percibimos que existe en la “realidad”. Lo que Zola describe es tan denso, preciso, obsesivo que la realidad descrita se desvanece y solo queda el texto. El realismo anula la realidad, la hace desaparecen en beneficio de su admirable transcripción. El París que Zola describe no existe fuera de la novela. Ciertamente, es más fascinante que el París “real”, y no tenemos que buscarlo más allá de la novela. De algún modo, la novela consigue que París deje de tener interés o incluso de existir, y se vuelva anodina, gris o molesta cuando la visitemos o vivimos en ella. París solo es París, un denso sueño, en los textos de Zola. El realismo suple la realidad. Seguramente por suerte. El París novelado no decepciona nunca. 

JORGE RAEDO (1969): UN PROFESOR DE ARQUITECTURA EN BABIA (2026)


Un profesor de arquitectura en Babia

Pedro Azara fue profesor de Estética durante cuatro décadas en la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona (ETSAB). Fue mi profesor en 1990 (no recuerdo el año exacto); desde entonces, sigo sus libros, exposiciones y charlas, que versan sobre la arquitectura como una construcción mental del habitante, ya sea del presente o de civilizaciones desaparecidas. Una cosa es la materia junta que configura muros, columnas, habitáculos, etcétera, y otra cosa es que el habitante dé un sentido a aquella materia: es una casa donde la familia vive, es un pueblo de una comunidad que comparte un mismo imaginario, es un paisaje organizado por una cultura que proyecta su cosmogonía hasta el horizonte. Entrevisté a Azara en mayo de 2021, dentro de las Conversaciones Anidar sobre estos temas; en especial, sobre la memoria que nos da forma como comunidades culturales. La identidad cultural de la persona y del colectivo es un artificio: cada palabra, signo o gesto que nos rodea funciona como una red de control social que, poco a poco, nos da forma e incluye o excluye de la comunidad. La educación formal –como la universitaria– también es un proceso de inmersión de los estudiantes en una atmósfera cultural específica hecha de lenguajes. El lenguaje de la arquitectura contiene múltiples dimensiones de significación (espacial, plástica, matemática, estructural, etcétera); cada dimensión requiere de palabras para nombrarla y actuar en ella de manera comprensible para los otros. En junio de 2026, en una cafetería de Ciutat Vella de Barcelona, pregunté a Pedro cuál era su principal objetivo educativo como profesor. Él contestó, más o menos: “Mis estudiantes de arquitectura serán profesionales que escribirán informes técnicos, textos para las administraciones, artículos de publicaciones; por eso, deben comprender el significado de las palabras que usarán”. Un objetivo sencillo, no simple. Así, inspirándose en el Diccionario filosófico de Voltaire, Azara planteó sus clases como una excursión por los términos usuales de la estética, el arte y la arquitectura. A partir de los estudios que él llevaba a cabo en cada momento –ora sobre civilizaciones desaparecidas, con lecturas de textos originales y visitas a yacimientos arqueológicos; ora sobre arte contemporáneo, exponiéndose al usual mensaje doctrinal de tales obras; ora sobre otros temas divinos o terrenales– reunió definiciones etimológicas, reflexiones y parábolas para que sus estudiantes las debatieran en las clases, las meditaran en privado y, finalmente, las usaran con criterio propio y adecuado. Una fórmula eficaz en una escuela de arquitectura que enseña a pensar: cómo se construye, qué se construye y por qué se construye.

Azara publicó su libro La mirada atentacon la editorial de la Universitat Politècnica de Catalunya en 2021 –disponible para descarga aquí–, donde se recopilan acepciones y definiciones de las palabras que introdujo en sus clases durante años –previamente publicaba en su blog Tochoocho–. En 2025, Pedro Azara publica, a modo de segunda parte del libro anterior, Babia, a lo lejos. Un glosario-guía para no perderse en el arte con Ediciones Asimétricas. Nuevamente, él parte de las acepciones que ha publicado en su blog, ahora ampliadas y pulidas. El resultado es un libro cumple la misma función que sus lecciones de estética y que la propia arquitectura: primero, derribar prejuicios y creencias sin fundamento que nos impiden ver las cosas como son; segundo, señalar horizontes y recorridos que, si nos aventuramos en ellos, nos enseñan a actuar con juicio estético –¿también con justicia?–en el mundo. En palabras del autor: “La reflexión estética obedece a una situación que recuerda la que la estancia en Babia conlleva. Una estancia, tanto ante una creación artística, artesana o sagrada, cuanto en Babia, implica que los ligámenes que mantenemos habitualmente con el mundo se rompan. La finalidad perseguida por ambos viajes interiores, o las consecuencias de los mismos, son una vuelta al mundo profano con una mirada y una agudeza renovadas” (pág. 28).

El libro se divide en dos partes. En la primera el autor reflexiona sobre la acción educativa como un ejercicio estético, incluso poético. Para ello, selecciona una serie de palabras tales como alumno, atención, cercanía, enseñanza, examen, incertidumbre, lección, parábola, perspectiva, profesor, sociedad o tradición. Pedro entiende el trabajo del profesor como la guía de sus esforzados estudiantes –studio significa “esfuerzo”– ante el yacimiento sensible que todo presente es, y ayudarlos a discernir: “La construcción es un hacer; la arquitectura, en cambio, es un reflexionar. Ante las urgencias, la arquitectura debe centrarse en su campo específico: ahondar en la historia para estudiar cómo los retos del pasado han sido abordados; debe reflexionar sobre qué es un habitar y, sobre todo, qué es habitar. Debe pensar en la vida próxima, en el lugar que ocupamos en el mundo; debe leer, escribir, pensar en voz alta y en voz baja. Es una voz de la conciencia que permite medir el alcance de lo que se proyecta, de la necesidad del proyecto, de los fines y las consecuencias de nuestros actos” (pág. 35). En la definición de la palabra incertidumbre, el autor aclara: “Crisis, en griego, designa no una situación, sino una actitud: la de quien se enfrenta a un problema y lo estudia, delimitando su alcance. Criticar es separar; conlleva realizar un corte para extraer un problema a fin de analizarlo sin el ruido circundante. Es así como, pudiendo centrarse el crítico en lo que persigue, logra este entender, descifrar y resolver el problema” (pág. 63). Solo el profesor en crisis encuentra el camino a Babia, donde la educación de sus estudiantes sucederá. La segunda parte aborda palabras propias del discurso de la estética, la teoría y la historia del arte y la arquitectura, así como del ejercicio profesional. Se analizan los términos, entre otros: acto, arqueología, ciudad, cubismo, espacio, etimología, forma, genio, gusto, lejanía, lugar, moda y modo, modelo, patrimonio, profundidad, puerta (del diablo), reflexión, representación, retrato, saber y sabor, salud, señal, símbolo, teoría, torre-ciudad, traza o umbral. La palabra teoría nos acerca al juicio estético: “Teorizar significa, etimológicamente, mirar atentamente para tratar de descubrir la razón o el sentido de las cosas, para dar cuenta de su existencia. Sin la teoría, estas se nos aparecen indiferentes. Nada nos dicen. No establecen contacto ni diálogo con nosotros. Vivimos entonces en un mundo que no nos responde, insensible a nuestras necesidades y nuestros anhelos; un entorno frío, mudo, que nos da la espalda” (pág. 198). El autor insiste: “La realidad no tiene consistencia, se muestra como una cortina de humo si no reflexionamos sobre lo que somos, sobre lo que el mundo es y hacia dónde nos dirigimos. Sin teoría todo es incierto, nada es estable, el mundo puede mudar o desaparecer en cualquier momento” (pág. 198).

El arquitecto –y el profesor– requiere una mirada atenta y objetiva sobre la realidad incierta, dentro de marcos teóricos definidos, que nos permiten el juicio estético, lejos del mero gusto personal. Este juicio desentraña cuáles los límites de la obra, cuál es su intención y función, cómo se conforma, de dónde surge y qué nos dice del presente. Tal formación estética requiere spatium –espacio y tiempo, o mejor dicho, intervalo– con un objetivo o punto de fuga que la ordene. Al respecto, Azara señala: “Por el espacio se transitaba, siempre que hubiera una meta, so pena de perderse. El verbo spatiare, en efecto, se traduce por errar, deambular sin rumbo, como si no se supiera adónde ir, no se tuviera ningún objetivo” (pág. 120). El objetivo de un arquitecto es proyectar arquitectura que nos acoja; el objetivo del profesor es la formación de sus estudiantes. Así: “El espacio, literalmente, es el resultado de un proyecto, de una visión de futuro. Depende de qué queramos ser, de la huella que pretendemos dejar, de cómo pensamos comportarnos” (pág. 121). Llegar al objetivo requiere esfuerzo: “No vale ir a ciegas. La exploración, el recorrido pretende alcanzar un determinado objetivo. La meta, empero, se halla a cierta distancia. Alcanzarla conlleva tiempo” (pág. 121). Lo lograremos, palabra a palabra, libro a libro.

 

Babia, a lo lejos. Un glosario-guía para no perderse en el arte. Pedro Azara. 


Ediciones Asimétricas, 2025.


NB: El blog precisa que la portada y las ilustraciones del libro son obra del estudiante de arquitectura entonces, hoy arquitecto, Roger Adell. 



jueves, 1 de octubre de 2026

SALVADOR DALÍ (1904-1989): MADRID (1922)










Burdeles, borrachos, y la Navidad.
La imagen de Madrid que Salvador Dalí compuso a principios de los años veinte, entre el cubismo decorativo, la viñeta cómica de periódico y los dibujos caricaturescos de Xavier Nogués y de García Lorca, muestran a una ciudad en blanco y negro, sin duda nocturna,  descompuesta, desordenada y vital, en la que todo parece posible, y edificios y habitantes componen un acertijo de luces (eléctricas) y sombras -que Dalí ya no volvería a practicar. Una ciudad poblada de personajes -el borracho, el noctámbulo- más que de personas, que revelan lo que la ciudad debía ser y quizá la ciudad que el artista buscada.
Son dibujos raramente mostrados siempre en favor de su obra canónicamente surrealista. En 1922 Dalí dibujaba y pintaba como quería. 
 

Comentario en relación a una próxima exposición en la que Dalí juega un papel importante. 

miércoles, 30 de septiembre de 2026

La arquitectura a los veinte años

 Determinar, como si una regla inmutable se tratara, qué temas interesan a los estudiantes de arquitectura a punto de graduarse, es vano, presuntuoso, y, sin duda, erróneo.

Mas, en algunos casos, más numerosos de lo que podríamos pensar, ciertas propuestas aparecen cada año, sobre todo estos últimos años. Propuestas que, según lo que explican las memorias escritas, quieren estudiar la arquitectura más allá de las cuatro paredes: una concepción de la arquitectura que remonta a lo que la obra significa, a la razón no práctica que la sustenta. Trabajos que no rehúyen la realidad, sino que quieren traspasar la simple materialidad o existencia de una construcción y tratar de saber porque se construyó, a qué aspira la obra.

Dos líneas se dibujan. Ambas se apartan de la funcionalidad y de la rentabilidad. Las pasarelas de moda y los cementerios son recurrentes.

La pasarela es un espacio prescindible; una instalación temporal. Dibuja un circuito que recorre el espacio, interior o exterior, de manera no convencional. El desfile, una procesión profana, pautada, hipnótica, a la que se asiste calladamente, permite poner en evidencia aspectos insospechados de un lugar: una manera imprevista de engarzar espacios, y de recorrer éstos de manera nueva, de recorrerlos o de explorarlos que escapan a la convención. La música, el movimiento corporal, los gestos, el ondear de los tejidos apegados y despegados del cuerpo, se conjugan para que el espacio descubra aspectos que se desconocían. La manera habitual de utilizar el espacio, día tras día, impedía que se sintiera que los espacios no están condicionados ni nos sujetan, sino que, por pequeños, angostos u oscuros que sean, pueden dar rienda a nuestra imaginación y pueden ser percibidos e interpretados libres de convenciones. 

Podemos pensar, con razón, que los cementerios son construcciones de muy distinta finalidad y de muy diverso alcance. Espacios en los que la superficialidad muta en trascendencia. Sin embargo, ambos componen recorridos. En un caso, apunta a un sueño; en otro, a un mundo distinto. En ambos casos, son recorridos que van más allá de las evidencias y de las convenciones. Son espacios que trascienden las limitaciones, vitales incluso. Lugares en los que la memoria se desenvuelve, evocando procesiones -movimientos ordenados, no regulados por la necesidad, desfiles cuya razón de ser reside en su desfilar, sin motivo aparente, movimientos que acontecer para azuzar la imaginación de los asistentes y hacerles olvidar donde se encuentran y la vida que llevan fuera , antes y después del desfile, que revela el potencial oculto e inexplorado de un lugar-, y el tránsito de los espíritus, señalando que la vida plena no está condicionada por la necesidad, sino por el deseo y el sueño, incluso bajo las condiciones más duras. Queda un resquicio, una ventana entreabierta a un mundo mejor o distinto, inmaterial, hacia el que apuntan las pasarelas y los cementerios -no constituyen ni un alto ni un final, sino un tránsito-, hacia un mundo de ensueño, la ciudad esmeralda del cuento, exista o no, aunque solo exista en nuestros sueños, que es donde debe existir, de verdad.

Y esto solo se descubre antes de los veinticinco años, cuando la necesidad nos sustituye y que compone lo que se pide y no a lo que se aspira.

lunes, 28 de septiembre de 2026

BILLY WILDER (1906-2002): THE APARTMENT (EL APARTAMENTO, 1960)

MARCO FERRERI (1928-1997): EL PISITO (1958)



Con guión de Rafael Azcona.

El piso

 Por suerte, sin lugar a dudas, empleamos palabras tan comunes que no pensamos ni necesitamos hacernos preguntas sobre lo que evocan. Y, sin embargo…

¿Qué es un piso o, mejor dicho, qué cuerdas o qué notas hace resonar esta palabra. Los pisos parecen no tener misterio -salvo su precio.

Piso es, en verdad, un verbo en latín. A veces se escribe como pinso. Piso o pinso significan prensar, machacar. Designan una acción destructiva, sin duda, pero necesaria para igualar y alisar un conjunto compuesto de elementos dispares que configurar un grupo escasamente cohesionado. De ahí que, en inglés, flat signifique piso y planicie. 

Un piso es una superficie alisada, fácilmente pasable, que no ofrece dificultad alguna para deslizarse con comodidad.

El piso se caracteriza por el suelo sobre el que descansa. Un plano horizontal -o dos, más bien, ya que el techo constituye el piso o el suelo del piso superior. Un piso se extiende horizontalmente: el espacio se alarga, se intercala entre dos planos. Los muros, las divisiones verticales no definen ni constituyen un piso: su volumen se expande en todas direcciones. Un bloque de pisos resulta de la superposición de volúmenes en los que domina la horizontalidad, una línea que apacigua e inspira seguridad. Los dos planos que nos soportan y que nos cubren delimitan un espacio en el que deberíamos sentirnos cómodos, acogidos. La altura está a nuestra altura: una altura humana, que ni angustia ni encoge el ánimo. Un piso es un hogar -hoy tan difícil de conseguir.

Lo que se suele obtener con más facilidad es un apartamento. De nuevo, una palabra denota de dónde procede y qué imágenes acarrea. El verbo en latín parto se traduce más que por apartar, que también, por trocear o dividir. El plano vertical, en este caso, constituye el eje principal, que construye y articula el espacio. Un apartamento es un espacio (pequeño) segregado. Está separado de los demás, cerrado sobre sí mismo. Un bloque de apartamento es un espacio troceado, triturado. Se compone de celdas aisladas, de espacios desconectados, partidos. Un apartamento no constituye unidad alguna. No está entero. Es solo una parte, debido al deseo de multiplicar los espacios, necesariamente pequeños o empequeñecidos, en aras de una mayor ganancia. En el apartamento las paredes mandan. Constituyen barreras. En un piso, en cambio, son los pasos, que conectan espacios, los que permiten que la vida circule. 

Entre el aplanar , que facilita el tránsito, y la partición, que lo interrumpe, se dibuja dos maneras de concebir y de constituir un espacio doméstico: un espacio libre de obstáculos, por el que la imaginación se desliza, frente a la imposibilidad de ir más allá de unos límites que se alzan, evitando cualquier escapada imaginativa: un espacio bloqueado.