Si no fuera por el final, este cortometraje de animación norteamericano del director Wilfred Jackson, de los estudios de Walt Disney, bien podría ser una película expresionista de terror.
domingo, 6 de septiembre de 2026
WILFRED JACKSON (1906-1988): THE LITTLE HOUSE (LA CASITA, 1952)
Si no fuera por el final, este cortometraje de animación norteamericano del director Wilfred Jackson, de los estudios de Walt Disney, bien podría ser una película expresionista de terror.
MATHIEU CHERKIT (1982): LA ESCALERA
La escalera es un extraño artilugio. Y un inquietante cuerpo. Pone en contacto dos niveles, que son dos mundos. Ascender y descender por una escalera produce cierto vértigo. No se sabe qué se va a encontrar. La aprensión no está nunca lejos. El piso superior puede estar a oscuras y la posición con la que uno aborda este piso necesariamente es la de quien se siente en inferioridad de condiciones.
Sin embargo, para quien se encuentra en una planta superior, asomándose al hueco de escalera. apoyado en la barandilla y escudriñando en la penumbra que inunda la planta interior, y se infiltra por la escalera, saber y comprobar que alguien no duda en emprender la subida, no deja de causar angustia. La distancia prudencial disminuye. Entendemos que quien sube se siente seguro. Y asciende con un propósito marcado, del que posiblemente seamos el objetivo. El crujido de los peldaños de madera constituye un aviso, y un quiebro en nuestra seguridad, a medida que el sonido aumenta de intensidad. Y la ventaja de la que disponíamos deviene una ratonera. Estamos arriba. Y no podemos ascender más. El peligro, por el contrario, tiene vía libre para llegar a nosotros.
La vista del piso inferior, en cambio, permite dominar el espacio y la situación. Quien se encuentre en planta baja debe alzar la mirada y se sabe o se siente observado. Mas, esta aparente posición de superioridad, dominante, de quien se asoma, a través del hueco de escalera, hacia el piso inferior, no le libra de cierta incomodidad ni inquietud. Descender siempre nos pone en una situación desvalida. Perdemos importancia. Nos desvelamos. Casi se diría que nos rendimos. La ventaja de la que gozábamos disminuye a medida que, peldaño a peldaño, bajamos (de nivel). La caída, rara cuando subimos, está a la vuelta de la esquina. Y es una caída mortal, de la que, al menos, no salimos indemnes. Las películas de misterio bien lo han mostrado.
A través de la colocación -o el descubrimiento- de pequeños objetos, o de luces que no deberían estar encendidas, en los escalones, el pintor francés Mathieu Cherkit traduce la congoja de la escalera, su misteriosa seducción, de la que es difícil escapar, y el perturbador desaliento que despierta, ya que pone al descubierto la irrealidad de la sensación de seguridad que el interior de uns casa puede albergar. Son escaleras que giran, que vemos desde donde arrancan, pero nunca donde desembocan, o son incluso escaleras de las que solo percibimos un recodo, como si se desenvolvieran ajenas a nosotros, inmovilizados en un descansillo, sin saber qué hacer, qué pasó siguiente escoger, un paso en falso que podemos cometer sin posibilidad de dar marcha atrás.
La escalera es un cuerpo que se retuerce en el interior de una casa, desbaratando la perfecta secuencia de espacios escalonados -nunca mejor día-, poniéndolos en contacto, permitiendo el tránsito de usuarios y temores. La escalera introduce la inseguridad, revelando la falsa seguridad en la que queremos creer que descansamos cuando entramos en una casa aislada, o cuando emprendemos el ascenso en un bloque hacia nuestro apartamento por la escalera comunitaria, a merced de una luz que tirita o se apaga súbitamente con un chasquido, dejándonos a merced de nuestra imaginación desbocada.
Una exposición en París, hoy, descubre la obra “hogareña” de Mathieu Chakit:
https://semiose.com/en/exhibition/mathieu-cherkit-tendrement-2026/
sábado, 5 de septiembre de 2026
Mano de obra (en Mésopotamia)
A lo largo de casi seis milenios, Mesopotamia (hoy Irán, Iraq, Siria, Líbano, Israel, Palestina, Turquía, Omán, Bahreïn, y uns parte de Centro Asia) acogió a un gran número de culturas urbanas o que se urbanizaron. A finales del tercer milenio, la ciudad lacustre de Ur, en las marismas sureñas de los ríos Tigris y Eufrates, quizá tuviera casi cien mil habitantes, y Babilonia, más al norte, fundada a principios del segundo milenio, fue, ya desde mitad del segundo milenio, y gracias a la emigración proveniente de las ciudades sureñas abandonadas por la creciente salinizacioncde las tierras, la ciudad más poblada hasta, más de mil quinientos años más tarde, la Roma imperial; aunque las ciudades medio y neo-asirias no competían en número de habitantes con Babilonia, su superficie, la longitud de sus murallas, aún impresionan, más aún cuando la imaginación suple lo que ya no se puede ver; se ha excavado menos del veinte por ciento de los maltratados restos de dichas ciudad, la mayoría arruinadas, y algunas olvidadas, cuando Alejandro las conquistó en el siglo IV aC.
El extensisimo imperio neo-asirio, en el siglo VII aC, comprendía un número limitado de ciudades; pero éstas eran de la talla y la fama de Nínive, Assur o Nimrud…., todas rodeadas por imponentes murallas.
Dotadas de varios imponentes y laberínticos palacios de reciente construcción, varios zigurats, e insertadas en una red de canales que traían agua desde las cercanas montañas, la construcción, restauración y reconstrucción de las ciudades, maltrechas por el clima, el agua y las guerras, siempre a merced de las estaciones a causa del material de construcción más común, el adobe, sensible al agua y a las tormentas de polvo, requerían una ingente mano de obra de la que el imperio no disponía.
La solución era la guerra: guerras incesantes y sin cuartel que, en caso de victoria, concluían con un número muy elevado de prisioneros, obligados a trabajar en las obras que nunca cesaban.
La destrucción de ciudades y reinos ajenas, la reducción de sus poblaciones a la esclavitud, permitieron o facilitaron las reconstrucciones de los edificios y las ciudades del imperio neo-asirio. Se desconoce el número de víctimas en tales obras descomunales, a pleno sol y con escasez de agua.
Un procedimiento y unas consecuencias no demasiado ajenas a lo que a veces acontece hoy.
viernes, 4 de septiembre de 2026
Un mito del Diluvio
El diluvio, un motivo mítico común en muchas culturas, vino del cielo. Durante días o meses la lluvia anegó la tierra y ahogó a todos los seres vivos -menos unos pocos supervivientes elegidos protegidos en una nave-, como castigo, decidido por el cielo, por el peligro o el ruido que acarreaba una humanidad desbocada y que se multiplicaba.
Pero no siempre fue así.
Un poema mesopotámico tardío, del siglo VII, sobre el violento dios de la guerra, llamado Erra, y su fiel escudero, que como en toda pareja de héroe y servidor, trata de contener la furia desbocada y la crueldad sádica de su mentor, ofrece una visión distinta del cataclismo que marcó para siempre la historia de los humanos, y ofrece una lectura premonitoria de la relación entre dioses y hombres.
Erra, dios de la guerra, no podía declararla -ejercer la violencia era su misión, su razón de ser- porque el padre de los dioses Marduk velaba por la armonía del mundo. Era necesario que éste tuviera que abandonar su morada a causa de un problema grave. El problema existía: no era necesario inventarlo: su estatua de culto, su doble o su personificación material en el corazón de su morada en la tierra, el templo, estaba descuidada. Daba una mala imagen de la brillantez y la irradiación divina. Marduk tenía que tomar cartas en el asunto, le aconsejaba astutamente Erra. El descrédito, ante una efigie mortecina, le amenazaba.
Marduk no cayó en la trampa. Sabía que si se ausentaba la armonía del cosmos se resquebraría. Recordaba que una vez, furioso por el griterío humano que ascendía de la tierra, se retiró dando un portazo. Apenas desapareció, las estrellas se desplazaron y el orden celestial quebró. El diluvio se desencadenó: Marduk describió lo que aconteció fatalmente como un diluvio (abūbu, Poema de Erra, I, 132), ciertamente -y, en efecto, el mortal peligro estuvo relacionado con las aguas, pero no con un exceso, sino por su falta-: el diluvio fue, en verdad, una sequía inconcebible que acabó con toda la vida en la tierra ;al menos en una primera declaración de Marduk, que corrigió luego, o de cuyo aniquilamiento ofreció entonces una segunda causa: la subida de mû, es decir de las aguas, que causaron un illu, un diluvio (I, 171). En cualquier caso, sequía o diluvio, cara o cruz, no fue provocado por las aguas del cielo, sino de la tierra: la bajada o la subida de las aguas freáticas, resecando o anegando las tierras de cultivo, causadas por un resquebrajamiento del orden cósmico.
A la vista de la extinción de toda muestra de vida, causada por su ceguera -la rabia, la furia le cegó-, Marduk se arrepintió e intervino. Si la vida retornó fue gracias a su intervención. Actuó como un simple agricultor (ikkarum, I, 138). Sembró la tierra. Echó las simientes (zērīu). Casi que podríamos decir que se hizo hombre, y actuó como un simple mortal inclinado sobre la tierra labrándola, muy lejos de la majestuosa acción divina llamando a los seres a mostrarse ante su vista, o modelándolos con barro. La divinidad no dio órdenes ni actuó como un artesano o un artista, sino como un campesino que trabaja la tierra: una imagen que humaniza a Marduk, y equipara su obra con una tarea humana. De algún modo, Marduk recreó la vida con el sudor de su frente, si podemos arriesgarnos a esta comparación bíblica.
En cualquier caso, si Marduk no se encarnó, tampoco se disfrazó de ser humano, sino que asumió la dura tarea de los humanos que labran la tierra para conseguir su subsistencia. Y la vida retornó. El benéfico Marduk no olvidó las consecuencias de su falta y ya no abandonaría más su morada.
Aunque, hoy….
jueves, 3 de septiembre de 2026
Invasión
INVASIÓN INVASIÓN
Invasión, del verbo latino invado. El significado es claro. Se trata de una palabra compuesta por la partícula adverbial in- y el verbo vado. Vado se traduce por vadear o pasar a pie. Invado, por tanto, por cruzar a pie un límite.
Visto así, el uso actual del sustantivo invasión parece correcto.
Pero algo no suena bien, chirría. La imagen pacífica, la acción normal de vadear -quizá no tan normal o habitual: se desliza la imagen de un curso de agua que exige, para cruzarlo, hallar un punto que permita sortearlo a pie, lo que implica que dicho curso constituye un obstáculo difícilmente sorteable-, no acaba de cuadrar con lo que entendemos por invasión, con las imágenes que la palabra invasión suscita.
Este desajuste, este ruido suscitado por un engranaje defectuoso, es lógico.
Invado, en latín, significa asaltar, atacar; echarse encima. El verbo describe una acción dañina, que se impone, sea una plaga, una enfermedad contagiosa que gangrena una ciudad, o una operación militar. El resultado es el mismo: un colectivo es dominado por otro, reducido y puesto a su servicio. Un conjunto desarbolado que pasa al mando de otro quien dicta las órdenes y exige el sometimiento y la obediencia. Un colectivo pierde su libertad y su poder de decisión. A partir de la invasión, deberá responder ante otro colectivo que le manda qué y cómo hacer y, seguramente, pensar -si el pensar se permite.
Una invasión no exige la llegada masiva de un grupo. Invado, en latín, también significa apostrofar: una acción a través de la cual se manifiesta agresividad: se insulta, se grita, para amedrentar y obtener la sumisión. Los gritos se acompañan de gestos amenazantes, cuando no de golpes.
Los golpes que invado también acarrea. Invado se traduce, finalmente, por echarse encima, por violar. Una escena o una acción que presupone que alguien se coloca violentamente sobre otra persona, cuya voluntad, y cuya resistencia se ven anuladas. La víctima no puede moverse y soporta los gritos, el peso y el maltrato, la violencia que se le practica desde una posición dominante, con la que alguien pretende beneficiarse, satisfacer sus deseos.
Lo que la palabra invasión significa y evoca ¿cuadra con la imagen de jóvenes desarmados, y quizá engañados, pero ilusionados, que buscar mejorar sus esperanzas de vida cohabitando en comunidades que consideran más prósperas y con mayores oportunidades, en las que esperan o confían adaptarse e integrarse. Comunidades que quizá se aprovechen de la falta de recursos de los jóvenes, dispuestos a todo, a someterse y sufrir calamidades incluso, si ven así una salida en el túnel de sus vidas. ¿Quién es el invasor?
Nosotros no siempre sabemos lo que decimos. Mas, ¿no deberían saberlo quienes nos representan?
miércoles, 2 de septiembre de 2026
“No quedará aquí piedra sobre piedra que no sea derribada”
“Ejecuta a pequeños y a adultos,
No perdones ni a un recién nacido aferrado al pecho de su madre;
Después de lo cual, pilla todo lo que encuentres (…)
Vierte la sangre derramada, como si de agua se tratara, a las alcantarillas:
Desgarra las venas de las víctimas
Para que la sangre se derrame hacia el río (…)
Quiero golpear a los poderosos y aterrorizar a los débiles,
Degollar (…)
Socavaré los muros,
Destruiré los monumentos,
Suprimiré lo que ennoblece a cada ciudad,
Secaré los pechos
Para que ningún recién nacido sobreviva.
Taponaré las fuentes
Para que los cursos de agua se sequen
Y el agua devenga un bien escaso (…)
Haré que el resplandor de los planetas se esfume
Y borraré las estrellas del cielo….”
Estas amenazas, y otras similares -devolveré el país a la Edad Media, muy poco quedará del país, estrangularé, tomaré represalias “sísmicas” (¿?)….- no nos son desconocidas. Pero no son de hoy, como las anteriormente citadas. Datan del siglo VIII aC, aunque fueron pronunciadas en y contra tierras parecidas a las antes mencionadas .
La epopeya de Erra es un aterrador mito mesopotámico tardío, quizá la última obra maestra de la literatura del próximo oriente antiguo, escrita por Kabti-ilâni-Marduk, hijo de Dâbibu, o, mejor dicho, según las palabras del poeta, transcrita, tras el dictado en sueños recibido de Išum, el escudero de Erra, el sanguinario dios de la guerra sirio. Un poema dictado por una divinidad.
Esta impresionante epopeya narra la impaciencia de Erra, adormilado tras años de paz. Se siente minusvalorado, dejado de lado. Su fuerte es la fuerza ejercida con violencia y sin piedad. Suyos son los cataclismos y las catástrofes, las matanzas y las destrucciones, asesinatos y ejecuciones, la conversión de la tierra en un infierno, suya es la furia en el corazón de los hombres, que el pacífico Išum trata de contener.
Mas, Erra no podía operar libremente, destruyendo el mundo, si el padre de los dioses, el benéfico Marduk, estaba atento. Necesitaba que Marduk se ausentara, por lo que Erra trataba, con éxito más de una vez, de engañar al dios padre, forzándole a abandonar su palacio para ir al rescate de un incidente inexistente. En este intervalo de tiempo, Erra desencadenaba tempestades y atrocidades, sin que su escudero lograra calmarlo.
Erra era el dios modélico de los emperadores neo-asirios, como Asurbanipal. La violencia que los monarcas practicaban tanto contra potencias exteriores como Babilonia, como en el interior del propio imperio, estaba legitimada, porque Erra la había ordenado o instigado. La violencia que ejercía el emperador era una muestra de su condición casi divina. Se comparaba, se igualaba con Erra. La sangre vertida, las ciudades incendiadas testimoniaban de la supremacía, de la condición casi sobrenatural del emperador. Sus actos no eran gratuitos. Seguían las pautas que Erra, ante el que hasta los demás dioses se encogían, imponía.
Erra, al igual que el vengativo Yahve, sigue en los cielos. Y casi cada día, manifiesta su omnipotencia.
Pero ya nadie debería escudarse en dictados divinos para justificar sus actos. Ninguna tierra ha sido entregada por los dioses a un pueblo, como nadie ha nacido de las entrañas de la tierra para defender su arraigo, condenado al desarraigo a quienes migran. Erra es un comodín demasiado fácil.
martes, 1 de septiembre de 2026
Desahucio
Somos propietarios. Tenemos el derecho de propiedad. La ley ampara que poseamos algo propio, solo nuestro, cuyo disfrute sea privado o colectivo si lo autorizamos, si abrimos las puertas.
Lo que poseemos es un bien: algo que nos beneficia. El beneficio consiste en disfrute, prestigio y la obtención de ingresos. Éstos se obtienen, por ejemplo, con el alquiler de dicho bien. Estos es, por la recepción monetaria de quien paga por disfrutar temporalmente de lo que por ley nos pertenece.
Decidimos romper el acuerdo si éste no se cumple: si la otra parte incumple con una serie de deberes, tales como la preservación del bien y un pago regular.
La ruptura lleva al desahucio: la orden de abandono del bien cuyo disfrute se obtenía mediante un pago que no se puede realizar por las razones que sean.
La palabra desahucio, literalmente, significa quiebro en la confianza.
La confianza no es condescendencia, es decir el trato concedido a un inferior (cultural, social o económicamente). La confianza se da entre iguales. Permite que uno deje lo más valioso que posee, la vida, en manos de otra persona, con quien hemos establecido no un trato, sino un acuerdo. Un acuerdo es vital: consiste en la preservación, el cuidado del órgano vital, el corazón, que dejemos en “buenas” manos, manos que nos harán bien . Un trato, por el contrario, significa un arrastre. Alguien tira a algo o alguien hacia sí, forzando, por tanto, su movimiento, influyendo en él. Una interpretación es un trato: una lectura partidista, subjetiva, del significado de una cosa o una acción.
Si los acuerdos solo pueden acordarse entre iguales, la pérdida de confianza no puede darse como causa de un desahucio: no se puede perder lo que no existe. Y no existe porque la relación no se establece entre iguales: se establece entre un propietario privado y un inquilino (un alquilado).
Mas, si la propiedad es pública, si toda la comunidad posee un bien, el acuerdo es posible: se alquila a un miembro de la comunidad que, en tanto que parte de un colectivo, ya es propietario, junto con los demás, del bien que ocupará en vida -y qud la comunidad recuperará tras el fallecimiento.
¿No cabe la propiedad privada? Sí, pero en tanto que bien privado, puede disfrutarse, transmitirse, regalarse, pero nunca alquilarse, por la desigualdad fundamental que implica entre quien posee algo y quien no posee nada.
Un bien público, por el contrario, está gestionado por la colectividad, que decide entregar el bien a un miembro de dicha comunidad, sea un miembro desde hace años, o un recién llegado, aceptado e integrado porque asume las leyes fijadas por la comunidad, es decir las reglas de convivencia, comunes en toda sociedad: unas reglas que postulan que se puede actuar tal como se querría que cualquier miembro actuara. Unas normas humanas, que nos hacen humanos y expresan nuestra disposición a actuar como humanos, pensando en nosotros : en todos.
¿No cabe el desahucio en un bien público? No, lo que se requiere es la preservación del bien, que un día retornará a la comunidad. Cualquier falta, cualquier daño exige una reparación: no la cárcel ni la multa, sino la obligación de restablecer las condiciones del bien recibido, una tarea que implica un esfuerzo guiado y controlado, pagado por la comunidad, que restablece las condiciones de un bien, y la confianza, sanando la herida física y moral cometida.
El desahucio es un daño que nos infligimos a nosotros mismo, miembros de una comunidad. Implica la pérdida de confianza en nosotros y en los demás. Nos sentimos incapaces de proseguir. Es decir, disolvemos la comunidad -o nos apartamos de ella-, y volvemos a la condición primigenia: la selva, y en enfrentamiento perpetuo.



















