Lo común es la cualidad de lo que se ofrece o se posee en común: un bien (en) común. Lo común se comparte. No es de nadie, sino de todos.
Lo común exige -y funda- una comunidad. Ésta dispone de riquezas, valores y creencias comunes, sin las cuales la comunidad no consiste sino en una agrupación casual de seres encerrados en sí mismos.
Lo común exige apertura de miras y disponibilidad para abrirse a los demás. Los secretos, las mentiras están proscritos, lo que no implica que no se goce de vida interior y propia. Pero ésta no altera ni se opone a los sueños y deseos de cada uno de los miembros de una comunidad que no está conformada por una masa anónima, sino por sujetos que voluntariamente se han unido, dispuestos a compartir lo que tienen y lo que creen; bienes que, ubicados en el centro de la comunidad, la alimentan.
Las lenguas latinas distinguen el singular del plural. La lengua francesa exacerba esta diferencia. Las palabras llegan a alterarse tanto que apenas se reconocen como variantes de un mismo término: mientras el español y el catalán suele añadir una letra -una ese- al final de la palabra, y el italiano procede a un cambio de la última vocal, el francés introduce cambios significativos. Por ejemplo, caballo/caballos, o cavallo/cavalli, deviene cheval/chevaux. ¿Quién reconoce en el francés yeux el plural de oeil (ojo) que posee incluso en su centro una nueva vocal: œ, con un sonido propio.
El singular se distingue del plural, y la distinción es un atributo apreciado en la visión del mundo occidental. Lo singular implica excelencia. Contiene, bien es cierto, cierta dosis de rareza, incluso de (aparente o involuntaria) imperfección, pero ésta realza lo singular: lo alza pie encima de los demás. La regularidad es mediocre : se halla en medio, no destaca; no llama la atención, pasa desapercibida, como si no tuviera relieve. Plana, chata, no tiene vida propia, no existe.
Lo singular domina la masa y lo común. Lo singular no es común, sino extraordinario. Singularizar significa distinguirse, apartarse, marcar y mantener las distancias con los demás. Lo singular es raro, es decir incomprensible, imprevisible. No responde a valores ni criterios conocidos, compartidos.
Un ente o un ser singular es único, y la unicidad es un valor que prima en el imaginario occidental. Bien lo destacó el filósofo Walter Benjamín cuando dispuso que el aura, una cualidad mágica, impalpable, pero imperiosa, ciñe y aísla la obra de arte y le confiere un aire que la desmarca de los útiles, los enseres de uso diario, comunes.
La dicotomía singular/común estructura la visión o teoría del arte en occidente (o europeo). Aquélla fue llevada al extremo -o se jugó con ella-, a principios del siglo XX, cuando objetos comunes como una pala o una funda de máquina de escribir, abandonaron el mundo de los objetos anónimos, para acceder al de las obras de arte o sagradas. Eran comunes; devinieron singulares. La cualidad “artística” se alcanzó mediante la palabra. Adquirieron un nombre propio, que solo les pertenecía a cada uno de ellos, les identificaba, les singularizaba. Lo común posee un nombre de familia. Lo singular se apoya en el nombre propio -que no comparte con nadie. ¡Ay de quién posee el mismo nombre que otro ser!. Ambos parecen querer confundir y, por tanto, se les supone oscuras intenciones Tener un nombre “común” es propio del vulgo: uns vulgaridad. Y la vulgaridad se asocia a la falta dd cultura, la barbarie, que marca a quienes no han logrado crear comunidades, de la que se distinguen los seres singulares. Pues la singularidad, no solo para brillar, sino tan solo para existir, requiere, paradójicamente, la existencia previa de lo común. La singularidad sólo adquiere sentido a la vista de los demás, quienes, al reconocerla y apreciarla, le confieren el aura que corona lo singular. Lo singular existe en los ojos de lo común.
La diferencia entre los útiles y los iconos reside en una letra. Ésta concede letras de nobleza a lo que se adscribe. La buena letra que permite reconocer, identificar y aislar, lo común, entendido como lo grosero, banal, impersonal -que tales son también los significados de la palabra común, sin tener que evocar el mundo de los comunes o letrinas-, de lo personal, altamente valorado por su singularidad, su carácter único , reconocible a la legua, imposible de confundir y de ser confundido.
Mas, cabría preguntarse si esta división acentuada entre lo común y lo singular (que alimenta la noción de genio y se alimenta de ella, exacerbando la superioridad de uno sobre el conjunto de seres) que recorre y estructura la noción de arte europeo desde el Renacimiento -aunque ya presente en la concepción platónica del arte, si bien, en este caso, los valores que posee lo singular se ponen a disposición, mediante la educación, y se transmiten, de la comunidad, en un logrado puente entre lo singular y lo común-, no ha acabado por ser una amenaza para la vida en común. Compartir es lo que da sentido a la vida, que la compartimentación corroe.



