Hace años, a principios del siglo XXI, el Colegio de Arquitectos de Barcelona organizó una exposición sobre la imagen de la arquitectura en la llamada prensa del corazón o prensa rosa: fotografías casi siempre de interiores, acompañadas de vistas del exterior, en las que los propietarios, debidamente trajeados para la ocasión, exhibían, con todo lujo de detalles, sus moradas, desvelando orgullosamente sus gustos, y sus trofeos.
Este tipo de imágenes no se suelen dar entre músicos, pintores y escultores y escritores. Se suelen fotografíar estudios de artista, y se percibe el despacho de un escritor cuando, con motivo de una entrevista, se le retrata en su lugar de trabajo. El hogar, por el contrario, el espacio doméstico no suele mostrarse -salvo en casos como el de Picasso para quien todo el espacio de la casa (la mansión) era un estudio.
En la primera mitad del siglo XX, arquitectos como Le Corbusier, conocedores del poder de la prensa, y de los beneficios económicos que aportaba, abrieron las puertas de sus casas, y ya no solo de sus estudios. Las casas eran el vivo resultado de lo que tramaban en los talleres, la materialización de sus proyectos.
Desde entonces, arquitectos gustan de desplegar imágenes de sus propias casas. Dichas imágenes constituyen casi un género fotográfico: la casa del arquitecto con el arquitecto en el centro. Arquitecto o arquitecta.
La casa, el espacio privado, íntimo, deviene un escaparate, un espacio público; un escenario teatral donde el arquitecto se muestra rodeado de su creación. Todas las estancias son fotografiadas con todo detalle, y se enumeran cada uno de los bienes creados o adquiridos; denotan el buen gusto del autor -y su poder económico, lo que inspira confianza en el posible cliente . Cada cosa está en su sitio -incluso algunos complementos pueden haber sido dispuestos para la fotografía-, y la casa posa, junto a su artífice. Una imagen de perfección, sabiduría y buen gusto, una imagen modélica, tentadora a la vez que inalcanzable, que se ofrece como ejemplo, pero es a la vez exclusiva. Nada está dejado al azar. El interior tiene que sorprender -no puede ser vulgar, anodino, semejante a cualquier entorno casero-, pero a la vez tiene que ser previsible, es decir, contener todo lo que se espera escoja y posea un arquitecto, sobre todo si es una obra suya. Así los sillones, los sofás, las otomanas, los útiles de cocina, no son enseres anónimos. Tampoco requieren ningún pie de foto. Son reconocibles. Su elección y su disposición no son casuales. Los objetos nos representan. Son los emblemas que nos identifican, que proclaman lo que somos y lo que podemos hacer. Son los blasones o escudos actuales. Somos lo que poseemos. Nos proyectamos en lo que construimos y adquirimos. La imagen ofrece así, “proyecta”, comunica, una cuidada visión armónica, transmite confianza en la capacidad y el poder del arquitecto. Revela buena mano. Gusto no adocenado, y enuncia que se puede tener confianza en sus ideas y sus logros. Escogiéndole, uno podrá entrar a formar parte de su círculo, exclusivo, sin cometer ninguna falta de gusto.
El arquitecto cumple así dos funciones antagónicas. Se muestra no como un profesional, sino como un vecino cualquiera, retirado en su casa, descansado, apartado, en su espacio y en sus horas de ocio, y a la vez, como un arquitecto que proclama sus habilidades, su saber estar y hacer. Lo público y lo privado se conjugan en la imagen del arquitecto en su casa, que hace ver que no trabaja, relajado, absorto, tranquilo -sonriente, sentado o no, pero sin nada en manos que denote su actividad profesional. Tan exitoso es que puede dedicarse un tiempo al dolce farniente. La imagen de un arquitecto abrumado, desbordado por el trabajo -lo que denota falta de previsión y una deficiente organización, cuando no la imposibilidad de disponer de ayudantes eficientes que solventan los trabajos ideados por el maestro-, no es “glamurosa” y no destila confianza, como si el arquitecto no tuviera los medios y los conocimientos suficientes para que los proyectos “anden” por sí mismos: el arquitecto tiene que excusar charme y nonchalance, que no es lo mismo que desinterés o hastío. Savoir faire, savoir vivre. Mas, la imagen es, en verdad, la de un vendedor al acecho, vestido para la ocasión, a la espera de un cliente, con la confianza en el poder publicitario de la imagen. La mirada hacia la cámara así lo denota. Los ojos del arquitecto taladran a quien contempla la fotografía. Así serás si me contratas, aunque nunca llegarás a ser lo que soy..
Los arquitectos somos grandes actores. Desplegamos aura. Por eso, los dioses siempre han sido arquitectos. Requiescat in pace.