¿Hormigón armado?
De tanto usar esta expresión, su resonancia metafórica se ha perdido.
Pero la expresión es extraña: un ente -un material- se presenta armado: dotado de armas o armaduras.
Armas de metal.
Para nosotros, unos garfios rectilíneos que sobresalen de la masa encofrada como los nervios de un miembro amputado, o como los sibilinos mechones de la testa cercenada de la monstruosa Gorgona. En cualquier caso, una imagen inquietante, por no decir repulsiva. Con estas tripas que emergen y se retuercen.
El hormigón armado, literalmente, es ofensivo: una arma ofensiva, presta para atacar y defenderse. Acorazada o dotada de armamento. No es un material de construcción amable. Tosco, más bien. El hormigón armado forma un ejército de pilares, como figuras petrificada en formación, y el caparazón duro y reseco que envuelve el edificio.
Si la palabra hormigón procede del latín y designa un tapial de (dos planchas de) madera, relleno de tierra compactada con troncos hincados en la masa, una técnica constructiva íbera que despertó el interés de los romanos, “béton”, en francés medieval, significa cascotes o inmundicias. Concreto, en castellano y en inglés, significa cohabitado: una imagen de un líquido baboso endurecido. El hormigón no es un material puro ni noble. Un material de batalla. Listo para dar guerra. Bruto, sucio, áspero, gris, contrapone su rugosidad, un signo de falta de pulido, de barbarie, con unas armas que intimidan.
La burla y el descrédito que las inmundicias suscitan se cortan de raíz cuando la armadura despunta. El hormigón no tolera las bromas. Se impone como los gigantes y los monstruos por la fuerza bruta. No es dúctil. Rígido, duro, provoca rechazo. Su opacidad evoca la cortedad. No eleva el ánimo. No inspira. Embrutece.
El hormigón es prosaico. El hormigón no posee la esbeltez del hierro, la transparencia del vidrio, el brillo del metal y del mármol, la lisura de la piedra pulida. Su finura, cuando se consigue, es impostada, y suscita suspicacia; parece esconder su arma secreta, escondida. Se asocia a los bunkers, donde la vida se hunde y se oculta: espacios subterráneos, propios de un mundo larvario; unos espacios fruto del miedo.
El hormigón no respira, no vive, porque no envejece. Se ensucia, grisea, hasta que se desmorona, como una máquina que se atasca, se bloquea y deja de funcionar.
Y las armas, oxidadas, exhiben su patética desnudez.
El hormigón armado es el material de la arquitectura moderna.















































































