La colonización tiene mala prensa. La palabra evoca la conquista de territorios habitados para hacerse con éstos y con sus riquezas, sometiendo a la población, en perjuicio de sus modos de vida, creencias y costumbres. La colonización se asocia a la violencia y la explotación de tierras y personas.
La palabra designa las relaciones desiguales entre grandes potencias y culturas de menor poder militar, pero con extensos territorios y riquezas a las que se les declara la guerra y se las conquista. Los habitantes de las tierras colonizadas pueden a lo sumo alcanzar la consideración de ciudadanos de segunda clase, con derechos menguados. La conquista de lo ajeno parece pautar las relaciones entre comunidades.
Mas, a diferencia de las posesiones en la antigüedad, vecinas de los colonizadores, que iban añadiendo tierras a las tierras de donde procedían, ensanchándolas -los imperios antiguos constituían extensos territorios continuos-, las colonizaciones en los siglos XIX y XX conllevaron apoderarse de tierras lejanas que no guardaban ningún parentesco físico y territorial con el poder que las conquistaba. Esta distribución geográfica y política requería medios de transporte -y de zonas de paso- para el desplazamiento de bienes y personas entre el poder colonial y sus lejanas y desconectadas colonias.
Este modelo -la palabra modelo es inadecuada- existió en la antigüedad. Mas, si la conquista de tierras lejanas caracteriza a las colonizaciones griega y fenicia del Mediterráneo, la dominación y la extracción de bienes no constituyen la finalidad de dichas conquistas. Estas colonizaciones eran más bien el fruto de movimientos migratorios en busca de un lugar donde asentarse después que las ciudades-madre o metrópolis se vieran incapaces de alimentar a una población cuyo crecimiento no estaba en consonancia con el crecimiento muy mesurado -o la falta de crecimiento- de tierras y alimentos.
Es cierto que la colonización de América del Norte y del Sur se inició por razones de supervivencia. Pero mientras que las colonizaciones fenicia y griego no dieron lugar a enfrentamientos con poblaciones nativas que no solían ocupar las limitadas tierras en las que los colonos se instalaban, y las relaciones se basaban más en el mercadeo y el intercambio que en la confrontación, la colonización americana acabó con la dominación y explotación de la población ya instalada por parte de los recién llegados, afectando culturas y creencias, acarreado simbiosis o mezclas de culturas o eliminación de las nativas.
Ante esta compleja y contradictoria imagen que la palabra colonización acarrea, ¿qué significa esta palabra? ¿Se utiliza correctamente o designa realidades y situaciones que no corresponden con los significados de “colonización”? ¿Acaso la palabra se ha extendido a situaciones que no responden a lo que propiamente colonizar significa?
El verbo latino colo -de ahí colonizar- tiene varios significados. Ninguno alude a la violencia explícita ni al dominio forzado.
Colere significa casi lo contrario de la actividad colonizadora que hoy se considera. Colere es cultivar (la tierra) y cuidar (tierras, personas y culturas). Implica estar atento y brindar atenciones. Escuchar, ayudar son acciones asociadas a la labor de cultivo.
Este cuidado por lo que suscita desvelo sin duda explica que colere también se traduzca por habitar. En cierto que el hábitat es fruto de un acto de apoderamiento y de delimitación de una tierra hasta entonces virgen, y que el cultivo requiere la apertura de surcos que se adentran en la tierra y la parten. Ls violencia está presente. El cambio de titularidad por la fuerza también acontece: la tierra hasta entonces en manos de las potencias telúricas o ctónicas pasa a estar dominada por los habitantes, agricultores o ciudadanos. Pero esta toma no supone necesariamente un daño, sino que permite que el ser humano pueda vivir; tenga un lugar donde asentarse y vivir.
La violencia es real pero es ¿condenable? Amén de cuidar y entretener la tierra, lo que implica una respuesta a las necesidades de la tierra, colere no está exento de connotaciones religiosos o sagradas. Colere significa honrar. Se honra o se rinde tributo y pleitesía a los antiguos dueños de la tierra a los que se les ofrece sacrificios y se les reconoce como seres con todos los derechos, seres a los que se tiene que pagar un tributo o sacrificio por la extracción realizada. Las ofrendas que se depositan en los altares tratan de compensar a los dioses por la obtención forzada de un bien.
Colere, en suma, nombra una serie de acciones gracias a las cuales el mortal sobrevive en la tierra y entre los inmortales . Colere implica la asunción de la duda que suscita la acción emprendida y los esfuerzos para expiar las consecuencias de la violencia ejercida sobre el terreno y contra los creadores y dueños originarios invisibles.
Colonizar es vivir.
Y, por tanto la descolonización, tal como se entiende hoy, no es un suicidio, sino que es, en verdad, un acto de colonización -si respetamos lo que las palabras dicen o nombran, pero si les faltamos al respeto dejamos de ser humanos-, gracias a la cual se expía el daño cometido.
El ser humano coloniza: es decir cuida la tierra minimizando el daño que su presencia acarrea.
Los colonizadores de los siglos XIX y XX no deberían llamarse así impunemente. No colonizaban; lo que hicieron, en cambio, no tiene nombre.
















































