jueves, 28 de mayo de 2026

ALEXANDER CALDER (1898-1976) Y LA ARQUITECTURA: TOWERS (1951)










 
Fotos: Tocho, París, mayo de 2026 & Google Images


No todos los móviles -así Marcel Duchamp denominó las frágiles esculturas de alambres que Calder compuso desde finales de los años veinte- cuelgan del techo o se apoyan en una base. 
En los años cincuenta, Calder, ironizando sobre la contundencia y pesadez de los rascacielos hincados como estacas, unas junto a otras, componiendo barreras de afiladas puntas, en las ciudades norteamericanas, construyó algunas de las más delicadas, casi invisibles esculturas de finas varillas metálicas, dispuestas en la parte alta de las paredes, como extraños insectos. 
Estas esculturas móviles se componen de un cuerpo más o menos piramidal, semejante a un sombrero puntiagudo de bruja, levemente ladeado, delineado por alambres negros,  del que brotan, como de un tronco podado, hojas, filamentos, y del que cuelgan suspendidos en el aire, pequeños y aéreos objetos de diversos materiales, que rondan el cuerpo central. 
Como en un mundo al revés, las torres -tal es el nombre que reciben este tipo de esculturas- nacen de planos verticales, y parecen ascender por éstos. Podrían ser ménsulas o lámparas de pared, pero más se asemejan a un organismo vivo que hubiera decidido escapar por lo alto, cansado de ser una torre convencional, que le sacara la lengua a la ley de lagravedad. Un soplo dedicada aire fresco siempre necesario en la “gravedad” de la arquitectura.. 

Varias de estas obras se exponen en una espléndida y muy bien montada exposición antológica dedicada a Calder en París. 



miércoles, 27 de mayo de 2026

MYR MURATET (1959): L’ APPARTEMENT (EL APARTAMENTO, 2026)





 




































 
Nota: las tres primeras fotos se exponen impresas en papel, las siguientes se proyectan en pantalla.

Nanterre, una ciudad al noroeste de París, cruzado el anillo periférico, en prolongación del distrito financiero y de oficinas de La Défense, asaetado de torres de vidrio aisladas, como en una ciudad inexistente, y que acoge una conocida universidad pública, apenas existía en los años cuarenta del pasado siglo. Era tan solo un pueblo rural y una extensa área de tierras baldías.

La periferia se componía de pequeñas aglomeraciones aisladas. Algunas acogían industrias o eran nudos y talleres ferroviarios.

Nanterre nace por orden del ministro y escritor André Malraux cuando, en la primera mitad de los años sesenta del siglo pasado, encarga a Le Corbusier una ciudad lineal que prolongara el eje de los campos elíseos que cruzan la ciudad otrora entre murallas (derribadas parcialmente en la segunda mitad del siglo XIX) y se erigiera como un nuevo distrito cultural. Le Corbusier proyectó un museo del siglo XX, repitiendo propuestas anteriores, pero su muerte accidental, un año más tarde, puso un freno a este extenso proyecto urbanístico y arquitectónico.

El proyecto fue retomado por un discípulo de Le Corbusier, André Wogenscky, y enteramente revisado. Los días de las pasarelas y de plazas elevadas para peatones cabalgando sobre vías rápidas de automóviles, que tanto excitaban a Le Corbusier, habían concluido. Se volvía a vías a nivel de calle. La olvidada calle, que logra que edificios enfrentados se miren y se relacionen, fue rescatada como guía de la planificación urbana.  

Un estudiante de este último, el arquitecto brutalista polaco emigrado en Francia en los años treinta, Jacques Kalisz, proyectó, amén de la conocida sede de la escuela de arquitectura de Nanterre, desmesurados bloques escalonados de viviendas sociales, semejantes a zigurats mesopotámicos, dispuestos alrededor de un extenso parque central.

Una hermosa exposición actual en un centro cultural de Nanterre, muestra, a través de las fotografías de interiores, con la presencia fugaz o insistentes de los usuarios, del francés Myr Muratet, sin ironía, desprecio o zalamería, cómo estos intimidantes cenotafios de hormigón han sido amueblados por los usuarios, que han proyectados sus sueños palaciegos, de talleres, de casas de campo, o de interiores que evocan la película La naranja mecánica, hasta configurar sus apartamentos, que a menudo remiten a interiores familiares del pasado de los que se han rescatado muebles y fotografías de un naufragio.

Un trabajo emocionante que puede actuar de espejo de cómo componemos nuestros propios interiores.   

https://www.caue92.fr/expositions/l-appartement

https://www.myrmuratet.com/

El sueño europeo, esta semana

https://youtu.be/lX4Cc_H2_0Q?si=j0E2yevCBdABYq5i


Pedro Almodóvar: La ley del deseo, 1987

martes, 26 de mayo de 2026

LEONORA CARRINGTON (1917-2011) & MAX ERNST (1891-1976): EL HOGAR SOÑADO (1937-1941)














Fotos: las cuatro últimas, Tocho, Museo del Luxemburgo, París, mayo de 2026

No se trata de una mansión, ni de un castillo. No es una casa deslumbrante. Pero es una casa que responde a un sueño -que como todos los sueños…. De hecho, la casa, una antigua casa de labranza, está hoy abandonada.
Pero, entre 1938 y 1941, la pintora irlandesa Leonora Carrington (1917-2011) y su pareja, el pintor Max Ernst (1891-1976), vivieron en una modesta construcción en el pueblo de Saint Martin d’ Ardèche, en el sureste de Francia, cerca de Orange. 
La casa, adquirida dos años antes por la artista, fue rehabilitada, transformada, amueblada (con enseres que construyeron) y pintada. Se convirtió, según los sueños de los dos artistas, en un castillo encantado, entre el cuento de hadas y de brujas, poblado de seres fantásticos, oníricos, inquietantes y cercanos, como apariciones nocturnas (pintados) en puertas y ventanas. Un escenario, una cámara en la que desfilaban las criaturas que Carrington -en particular - y Ernst veían o querían ver y preservar. 
El apresamiento nazi de Ernst, por judío, y la huida a España de Carrington donde una violación múltiple en Madrid la enloqueció -fue encerrada y torturada en un psiquiátrico vasco-, durante la Segunda Guerra Mundial, señaló el fin de esta casa. Carrington emigró a los Estados Unidos y Ernst se casó con la multimillonaria Peggy Guggenheim.

Los frescos fueron arrancados y desperdigados y algunos pocos muebles han llegado hasta nosotros, expuestos en una brillante exposición antológica dedicada a Leonora Carrington, hoy, en París. 

Las casas soñadas topan un día con la realidad, tan cruel, pero más terrenal, que los sueños. Y la realidad nunca se desvanece.