domingo, 9 de agosto de 2026

RODRIGO GOULAO DE SOUSA (1996): UNCANNY ALLEY (PASAJE SINIESTRO, 2024)



Sobre este director de cine de animación portugués, y sobre este conocido cortometraje, que forma parte de una trilogía, véanse, por ejemplo:



Abstenerse quienes echan un atemorizado vistazo debajo de la cama antes de apagar la luz, y a quienes los pasillos, iluminados por una bombilla, recorridos a solas....

DAVID ROMERO: PLEASANT INN (MOTEL AGRADABLE, 2019)



Si alguien está de vacaciones solo en un hotel de carretera, que no se le ocurra mirar este celebrado cortometrajede animación.

Sobre este director de películas de animación de terror norteamericano, véase, po ejemplo:

ORINA: MORENO ALBAÑIL (2025)



Sobre este grupo malagueño, véase esta página web: 

TRIÁNGULO DEL AMOR BIZARRO: MI CATEDRAL (2026)


Sobre este grupo gallego, véase su página web:

Y sobre su último disco Mi Catedral:

sábado, 8 de agosto de 2026

Matrícula de honor

 Julio: la corrección de los últimos exámenes y trabajos ha concluido, antes de las evaluaciones de las entregas que tendrán lugar de aquí a un mes, en septiembre, incluso en octubre.

Los mejores exámenes y trabajos reciben la calificación de. Sobresaliente siempre que la nota (sobre diez) sea 9 ó 10. La máxima calificación.

¿Máxima? ¿Acaso no es la Matrícula de Honor, que suele anotarse en los expedientes como MH?

Puede sorprender que exámenes y trabajos calificados con la nota 10 no reciban una Matrícula de Honor. Ocurre que esta calificación no es tal. La calificación más alta es Sobresaliente . La Matrícula de Honor, en cambio, es una gracia que se concede, una dispensa del pago de una asignatura el curso siguiente. Tal gracia se concede con cuenta gotas, toda vez que la ausencia de pago afecta la economía de las escuelas y las facultades. El estudiante obtiene una gratuidad, y lo que no abona es cubierto por las matrículas no de honor sino efectivas del resto de los estudiantes.

¿A qué viene el nombre de Matrícula de Honor?

Matrícula viene del latín Matrix, y esta, a su vez, de Mater: madre. Matrix sígnica seno, origen. Matrix es lo que da la vida. Un inicio, un borrón y cuenta nueva.

Las matrículas de honor deben registrarse: registrar la gratuidad concedida, la liberación de la sujeción a un pago: una nueva vida, sin la coacción del abono de la matrícula. 

Matricularse significa registrarse. El registro, en este caso, se realiza con el apellido de la madre -estamos  en un registro vital que permite respirar sin ahogos económicos-, al contrario que los registros en el padrón, con el apellido del padre. Empadronarse significa enraizarse, instalarse, asentarse; matricularse, en cambio, conlleva liberarse de un pago, lo que concede libertad de movimiento y poder iniciar una nueva vida, seguramente lejos de donde uno se ha empadronado. Frente a la rigidez, el estar atado a un lugar, la capacidad de desplazarse sin ataduras.

La matrícula concede un respiro. Éste es un alivio. Uno se saca un peso de encima. Puede aspirar a algo más, un puesto, un cargo más elevados. Puede tener ambiciones en la prosecución de un bien, de hacer bien las cosas. La matrícula permite crecer y desarrollarse sin el freno del pago de una matrícula. Facilita la vida, los estudios. Concede una segunda oportunidad. El estudiante renace. Ya no es una carga para la familia. Podrá moverse y extraerse de la raíz familiar, tendrá la libertad de decidir qué hacer, dónde instalarse -si piensa en instalarse (la instalación pone el freno a la exploración; se llega a término, que puede ser a buen puerto, pero sin posibilidad de reemprender el viaje. Éste ha concluido).. La matrícula de honor es un soplo, permite respirar, concede aire para seguir estudiando.

Es por eso, que la limitación que la ley establece para la concesión de una matrícula de honor es injusta, pues la denegación de tal honor impide un cambio de aires, que concede un renovado deseo en el estudio. El enraizamiento, la falta de movimiento, las limitaciones para seguir avanzando amenazan entonces. La explotación de la vida llega a su fin. Ya solo cabe la repetición mortecina. 



jueves, 6 de agosto de 2026

Αula

 Estudiamos, impartimos clase en un aula. Ésta se define como un espacio cerrado y cubierto, dedicado a una función preferentemente académica o docente. El aulario es el conjunto de aulas. Compone un bloque cerrado, que se opone al patio, necesariamente abierto. El estudio frente al recreo, la concentración ante la dispersión, el silencio opuesto al bullicio. Dos mundos, de tensión y de distensión, enfrentados, pero que se necesitan aunque -puesto que- se enfrentan. Se complementan. Cojeen el uno sin el otro; pierden sentido y utilidad. 

Se ha comentado a menudo la función que cumplía el claustro en los monasterios: un patio de ciertas dimensiones, a cielo -nunca mejor dicho- abierto,  rodeado por un pórtico abovedado, en cuyo centro en ocasiones se halla una fuente, una evocación del paraíso donde la vida surgió.

Los monjes deambulaban solos y en silencio. La mirada gacha, meditaban al ritmo de los pasos. Daban vueltas y vueltas por el claustro, tratando de solventar un problema cuya resolución les obligaba a girar una y otra vez alrededor del tema. No se trataba de un motivo que diera pie a una sola, unívoca solución inmediata, sino que los circunloquios eran necesarios para abordar las múltiples ramificaciones del tema planteado. El caminar imitaba los avances de la mente. Cuerpo y espíritu actuaban coordinados.

Un eco de esta conexión entre la conversación con uno mismo o el trato con un problema y el deambular, acontece diariamente cuando hablamos largamente a través del teléfono móvil. ¿Alguien es capaz de razonar, argumentar y debatir o discutir sin dar pasos adelante y hacia atrás, volviendo una y otra vez sobre los pasos como un animal enjaulado?

Recuerdo la impartición de una clase en directo a través de Internet cuando la pandemia. La clase se filmaba y se retransmitía desde el claustro de un monasterio. Nunca anduve tanto. Ninguna clase “salió” mejor. Libre de encerrona.

La insólita falta de armonía entre un aula y un claustro considerado como el lugar más apto para pensar y repensar, considerar desde todos los ángulos un problema, y ordenar las distintas soluciones, desaparece cuando sabemos que aula viene del latín y éste del griego. En latín, aula designa un espacio abierto: un patio, y aulé, en griego, se refiere a un patio abierto ante una morada, bordeado también por dormitorios,  establos, graneros, y el cercado del conjunto. Hoy que la lectura de Homero ha vuelto a la palestra, podemos descubrir en los textos homéricos que las puertas de acceso a las estancias de los varones y a las de las mujeres se abrían desde el aulé. Éste actuaba como un distribuidor, al mismo tiempo  que conjuntaba vivienda humana, animal, despensas y graneros. Actuaba de pulmón, de centro, desde el que se organizaba la vida de la hacienda: un lugar donde organizarse para que la vida se desarrollara sin sobresaltos. La presencia de un altar en el centro del aulé contribuía a unir a los mortales con los mortales, siendo así el patio una imagen de un universo ordenado, libre de enfrentamientos: un paraíso -donde formarse. 

Hoy, siempre cubrimos los patios para convertirlos en estancias, perdiendo este espacio intermedio que permite un tiempo de reflexión y de meditación y nos prepara para combatir el infortunio y aceptar sin vanagloria la fortuna incierta. 

martes, 4 de agosto de 2026

Cuando las culturas jugaban …

 Cervantes se paseaba un día por un mercado de viejo en Toledo. Estaba angustiado. Estaba escribiendo las aventuras de don Quijote que había leído, pero el texto que tenía en manos era incompleto. Buscaba y rebuscaba la continuación para seguir copiándolo o seguir inspirándose en aquel. La historia se había quedado detenida en medio de una contienda, con las armas alzadas. No sabía qué hacer, ni cómo continuar. 

En esas, Cervantes se topó con un muchacho que vendía  papeles y libros viejos. Rebuscando, Cervantes halló una caja llena de hojas sueltas. Pero estaban escritas en letras árabes. No era capaz de leerlas, Pero no se preocupó. En el Toledo de su época, escribió Cervantes, no costaba hallar quien conociera las lenguas más antiguas. Y así fue.

Un aljamiado, es decir quien sabía aljamía , castellano escrito en letras árabes (una palabra de origen árabe, alachemia, que significa extranjera), se ofreció y se puso a leer en silencio. No pudo contener la risa. Cervantes le preguntó qué contaba el texto: una historia en la que la dulce Dulcinea no quedaba muy bien parada. De inmediato, Cervantes intuyó que sus preocupaciones podían estar llegando a término. Preguntó qué era este texto, cómo se titulaba, quién lo había escrito. El aljamiado le respondió: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo. 

No bien hubiera oído esto, Cervantes adquirió el legajo. Ahora podría seguir copiando, en letras latinas, las aventuras de don Quijote, a partir del original -o de su transliteración en alfabeto árabe- escrito por un autor árabe que sabía castellano, un aljamiado. Cervantes, así, se presentaba como un copista, y asumía que el verdadero autor no era un “cristiano viejo”. 

La aljamia (una palabra de origen árabe, que significa la extranjera) , el castellano escrito en alfabeto árabe, no era una rareza en la España del siglo XVI. Era un testimonio del transvase de una cultura a otra, de un alfabeto o escritura a otra, un fenómeno que se ha dado a menudo en la antigüedad (pensemos en la más conocida piedra de Roseta egipcia con un texto en egipcio y en griego, con tres tipos de escritura), como comentaban unos estudiosos esta tarde, entre quienes se halla Heather Ecker, estudiosa del arte islámico y conservadora del departamento de arte islámico en el Museo de Dallas, a quien agradecemos que nos halla revelado el tema de la aljamía, fundamental en los estudios literarios españoles manieristas y, sin embargo, poco conocido.

Sin querer idealizar el pasado,  hubo posiblemente un tiempo en que las culturas no necesariamente chocaban.

Miremos hoy lo que está ocurriendo en España, donde existen comunidades que ni siquiera aceptan integrar a  unos pocos niños que podríamos definir como aljamiados.

Cervantes escribió este juego meta literario con humor, sin amargura,  a la vuelta de su esclavitud en Argel. 


Nota:

Cervantes escribió (Quijote, parte 1, cap. 9):

 Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sederoVI21; y como yo soyVIIaficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteresVIII22 que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese23, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara24. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.

Preguntéle yo queIX de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y élX, sin dejar la risa, dijo:

—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha»25.

Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo26. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro, y, salteándosele al sedero27, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. ApartémeXI luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor28, y roguéle me volviese aquellos cartapacios29, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo30, y prometió de traducirlos bien y fielmenteXII31 y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa32, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.”