jueves, 18 de junio de 2026

Nihil obstat

Resumen de una conversación ayer con un importante investigador y docente español en uno de los mejores centros en el mundo).

La conversación se centró en la irrupción de la IA en la docencia universitaria y en la investigación.

Supe así que, hoy, la aceptación de un artículo en una revista indexada prestigiosa requiere el envío de dos documentos complementarios, cuya ausencia invalida que el artículo sea publicado: un documento que acredite qué uso se ha hecho de la IA (y que un programa o contraprograma de IA que tienen los revisores verificará lo afirmado), y un documento que certifique la validación por parte del comité ética del centro al que pertenece el investigador del método utilizado para el desarrollo de la investigación expuesta en el texto.

El uso de la IA es aceptado si ha consistido en revisiones gramaticales y estilísticas, así como un primer esquema del texto. No se aceptan otros usos, como la redacción del mismo, y la detección de usos indebidos no señalados conlleva la no aceptación del artículo amén de otras posibles complicaciones.

Es necesario o conveniente además utilizar una función no evidente de programas de IA, llamados Thinking, y Deep Research, que abre varias posibilidades. De este modo, el programa señalará, ordenados por el nivel de gravedad de los errores, errores gramaticales, estilísticos y de incoherencia de datos y afirmaciones en distintas partes del artículo, que requerirán la revisión o, al menos, una decisión acerca de la pertinencia del comentario y gravedad de los errores. Sin esta revisión, el artículo podría no ser aceptado, toda vez que la propia revista posee un programa que detecta y señala posibles errores. Tembien se requiere indicar al programa que no dé respuestas de inmediato.

Mas, ¿cómo valorar lo que aporta la IA? 

A fin de afinar la detección es necesario dar indicaciones muy precisas al programa, y ordenar que sólo aporte datos contrastados con fuentes, y no especulaciones. Sin embargo, las fuentes son digitales, y no se puede asegurar la pertinencia de las mismas, lo que puede acarrear correcciones de supuestos errores que no son tales. Pero la verificación por IA es requerida.

La irrupción, hace tres años, de la IA en el ámbito de los estudios de grado y de postgrado exige la reforma integral de los programas y de los desarrollos de las clases con la irrupción de la IA, capaz, por ejemplo, de introducir errores en los textos de trabajos, errores que un estudiante suele cometer.

El uso aceptado de la IA en clase pero su prohibición a la hora de los exámenes lleva a que éstos puedan denunciarse porque exigen unas condiciones que no se han seguido durante las clases. Así que clases y métodos de evaluación tienen que volverse a pensar.

Los programas, hoy, hoy tienen que dedicar clases a reflexionar sobre el manejo de la IA, dado que pronto llegará a la universidad una primera generación que no habrá conocido la ausencia de la IA, no podrá imaginarse un estudio y una investigación sin ella, y carecerá de la perspectiva necesaria para evaluar las respuestas que la IA proporciona. Y está resultando un quebradero de cabeza.


Texto redactado sin el uso ni la revisión de la IA.

Reescrito por IA con el estilo de un estudiante universitario (?), se obtiene la versión siguiente:


Publicar un artículo en una revista académica importante ya no consiste solo en escribir una buena investigación. Ahora también hay que entregar dos documentos extra, y si falta alguno de ellos, el artículo ni siquiera entra en el proceso de publicación.

Uno de esos documentos tiene que explicar exactamente cómo se ha utilizado la inteligencia artificial durante la elaboración del trabajo. Además, los revisores cuentan con herramientas de IA capaces de comprobar si lo que se declara es cierto. El otro documento debe demostrar que el comité de ética de la universidad o centro de investigación ha aprobado el método utilizado en el estudio.

El uso de la IA está permitido para cosas como corregir errores gramaticales, mejorar el estilo o ayudar a crear un primer esquema del texto. Lo que no se acepta es que la IA redacte el artículo. Si una revista detecta que se ha utilizado de una forma no permitida y no se ha declarado, el trabajo puede ser rechazado e incluso generar otros problemas académicos.

Por eso cada vez es más útil utilizar funciones avanzadas de estas herramientas, como Thinking o Deep Research. Estas opciones revisan el texto con bastante detalle y señalan posibles errores de redacción, problemas de coherencia o contradicciones en los datos y argumentos. Luego toca revisar cada observación y decidir si realmente tiene sentido o no. Saltarse este paso puede salir caro, porque muchas revistas utilizan sistemas parecidos para detectar fallos antes de aceptar un artículo. Incluso suele recomendarse pedir a la IA que no responda inmediatamente y que dedique más tiempo a analizar el texto.

Pero todo esto lleva a una pregunta bastante interesante: ¿qué valor tiene realmente lo que aporta la IA?

La experiencia demuestra que cuanto más precisas son las instrucciones que se le dan, mejores suelen ser los resultados. También conviene pedirle que trabaje únicamente con información respaldada por fuentes y que evite inventar cosas o especular. El problema es que esas fuentes suelen ser digitales y no siempre son tan fiables o relevantes como parecen. A veces la IA detecta como error algo que en realidad está bien. Aun así, estas revisiones se están convirtiendo en una parte casi obligatoria del trabajo académico.

La llegada de la IA a la universidad hace apenas tres años ha cambiado muchas cosas. Ya no basta con añadir algún tema nuevo al programa: probablemente haya que replantear la forma de enseñar desde cero. Estas herramientas incluso pueden introducir errores parecidos a los que cometería una persona, lo que hace más difícil saber hasta qué punto un trabajo refleja realmente los conocimientos de quien lo presenta.

Además, existe una contradicción bastante evidente. Durante las clases se permite e incluso se fomenta el uso de la IA, pero en muchos exámenes está prohibida. Eso plantea una cuestión incómoda: ¿tiene sentido evaluar a los estudiantes en condiciones completamente distintas a las que han tenido durante el aprendizaje? Por eso cada vez más gente piensa que tanto las clases como los sistemas de evaluación necesitan una revisión profunda.

Y todavía queda otro reto. Dentro de muy poco llegarán a la universidad estudiantes que prácticamente no habrán conocido un mundo sin inteligencia artificial. Para ellos, estudiar o investigar sin estas herramientas será algo difícil de imaginar. El problema es que también pueden tener más dificultades para cuestionar o evaluar críticamente las respuestas que reciben. Y precisamente ahí está uno de los mayores quebraderos de cabeza para las universidades actuales.


Escojan


Nihil obstat 2.0


Agradecimientos a JB y otros amigos por sus esclarecedores comentarios, observaciones y avisos.

miércoles, 17 de junio de 2026

ALBERTO GIACOMETTI (1901-1966): EL JARDÍN DEL EDÉN











 
Las pinturas metafísicas que Giorgio de Chirico realizó a principios del siglo XX se convirtieron en el catecismo del urbanismo de los años ochenta. Las vistas de plazas desoladas, vacías, al atardecer, asediadas por sombras alargadas, en las que destacaba una escultura clásica de una figura somnolienta estirada un podio, más parecían camposantos que espacios de encuentro. El vacío que evocaban era la irónica respuesta de arquitectos de prestigio a la petición popular de plazas con arbolado considerada como un deseo decimonónico.
Sin embargo, es muy posible que las plazas y los edificios que el escultor Alberto Giacometti realizó entre los años veinte y cincuenta del siglo pasado fueran el modelo del espacio público y de la arquitectura que se impuso. Las plazas no son espacios desolados ni vacíos. Antes al contrario, paseantes las cruzan en todos los sentidos. Seres ensimismados, apresurados, que caminan sin mirarse o se detienen sin dialogar ni interactuar. La plaza no se constituye como un lugar de encuentro, sino de paso. Pasos por caminos ya determinados como el tránsito incesante, siempre por el mismo sitio, los hubiere trazado e inscrito en la tierra. Se diría que se huye de la plaza, lo más rápidamente posible, la vista fija en el suelo, como si no se quisiera ver la plaza y lo que la rodea.
Los edificios que envuelven las plazas no son casas, aunque estén habitadas -puesto que están habitadas-, sino jaulas -una imagen en la que la escultora Louise Bourgeois ahondará. Paralelepípedos de muros transparentes o inexistentes de los que paradójicamente no se puede salir, como ocurría en la película de Buñuel El ángel exterminador. 

Oroximsmente, la fundación Giacometti cambiará de lugar  en París -asentada, enterrada bajo una inmensa plaza. 



Agradecimientos a HelenaTatay por la comunicación de una escultura -un camino- en Zúrich 


lunes, 15 de junio de 2026

Eureka



 Cuando los arquitectos nos ponemos, tenemos soluciones para todo.

Huertos modulares verticales  inteligentes…..

Y dos huevos duros 

domingo, 14 de junio de 2026

KANE PARSONS (2006): BACKROOM (2022)


 Mejor no mirar este cortometraje -ilustrativo de modernos espacios como plantas subterráneas de aparcamientos interminables  y pasillos estrechos a lo largo de trasteros con puertas metálicas a los que se accede con códigos - a medianoche, cuando se oyen confusos pasos sigilosos y entrecortadas respiraciones en la escalera del bloque de pisos iluminados por globos desfallecientes, antes que…. 

DAVID HOCKNEY (1937-2026): INTERIORES































y una piscina…


 

Piscinas de aguas azules, villas de líneas rectas, terrazas y colores planos bajo el sol de California; ni una nube; lugares luminosos y desiertos, en los que no se percibe vida. 

Las célebres escenas del sueño americano que retratara el pintor inglés David Hockney, fallecido ayer, aparecen más como desoladas naturalezas muertas, viñetas que aluden a rupturas y desapariciones, que a encuentros placenteros. Se palpa la incomodidad, una paradoja en lugares que parecen haber sido planificados para una vida sin problemas.

Los interiores de Hockney, por el contrario, en los que la vida está sólo sugerida -raramente los usuarios se muestran, tan solo dejan rastros a través de algún objeto, un sombrero, por ejemplo, despreocupadamente abandonado en el asiento de rafia de una vieja silla de madera cansada cuyas patas empiezan a doblarse-, son cálidos, íntimos: la escena no suele mostrar una estancia entera, sino un rincón, cerca de una ventana, por ejemplo, a través de la cual se perciben reconfortantes, tranquilizadoras, calladas fachadas de casas antiguas, o el extremo de un sofá chester que se intuye se usa habitualmente. Unas escenas en blanco y negro, tan solo siluetadas, más unos signos que recuerdan un momento de intimidad que unas imagen que exhiben posesiones.

Curiosamente, el pintor de las villas lujosas es más casi dolorosamente cercano en estas viñetas de interiores sin pretensiones en los que cada objeto parece necesario y ocupa el lugar que ha hallado le pertenece.

David Hockney, el retratista de los interiores domésticos. Extraño, insólito 

 

Domino

 El término dominó, escrito dom-ino, que Le Corbusier acuñó para nombrar el esqueleto de hormigón que ideó a principios del siglo XX, ha sido percibido como una muestra de humor al asociar la planta “libre” con el azar del juego del dominó -fichas que al juntarse constituyen un bloque que puede derrumbarse cuando una pieza se desestabiliza-, amén de percibirse, tal como el arquitecto, que dominaba el arte de la publicidad, anunciaba, como el nacimiento de la arquitectura moderna. Hoy diríamos, de una nueva era.

La propuesta, seguida al pie de la letra hasta hoy, consistía en reducir una construcción a un apilamiento de plantas unidas por pilares y escaleras, sin muros interiores y exteriores, sin elemento que se interpusiera en el vacío así definido. El arquitecto ofrecía así un esqueleto que el cliente podría dividir y organizar como quisiera. Un pret-a-porter arquitectónico. 

Dom-ino: una palabra humorística o deprimente (cuando no siniestra).

Los esqueletos sostienen a los cuerpos. Pero cuando el esqueleto se hace visible, hace tiempo que la vida se ha retirado. Los esqueletos pueblan los camposantos.

Un espacio interior es algo más que un techo y un suelo. Posee, necesariamente, una vida interior: un engarce, un juego, una combinación de estancias y de pasos, que los muros constituyen. El espacio se erige como un juego de llenos y vacíos, de muros y pilares, y estancias acotadas. Los muros, las paredes, los tabiques son como las barras de una partitura musical: componen una sucesión, una alternancia de interiores rimados, pautan el tiempo y el espacio sonoro. Introducen cierto orden en el devenir desordenado. Aportan calma.

Un interior sin fachada no existe. La fachada se concibe y se presenta no solo como lo que delimita el interior, sino como lo que lo relaciona con el exterior. Un interior abierto de par en par, a los cuatro vientos, pierde su condición de espacio recogido que se opone a la apertura exterior, pero no la niega, a la que se asoma desde la protección que la fachada y los muros interiores le brindan. 

Sin las aperturas (ventanas, galerías, puertas a balcones), el interior deviene una tumba. Sin muros, un espacio barrido por el viento, inquietante, amenazante, pues parece facilitar el acceso a los demonios exteriores que son nuestros demonios interiores. Sin la seguridad física y psicológica que brinda la fachada -si ésta no se reduce a un muro de vidrio, como si se quisiera condenar la intimidad como sospechosa de torvas intenciones- el interior sin límites causa miedo, el miedo que la delimitación espacial combate y anula.

Un proyecto de casa sin organización interior y sin límites es un sin-sentido. No invita a la vida; antes bien, la ahuyenta. Implica una vida a la intemperie barrida por los vientos que penetran como en un túnel -que es el espacio más aterrador que cabe imaginar. Este es precisamente el proyecto inaugural del catecismo de la arquitectura moderna, basado además en una falacia: interiores no compartimentados, forjados y techos sostenidos por pilares, existen desde siempre. Pero dichos espacios , abiertos también, sin fachadas, llamados pórticos, son precisamente zonas de paso, que aceleren el paso hacia un espacio interior organizado y protector. 

Quizá sí que Le Corbusier tuviera razón cuando concibió la vida moderna como una vida de paso, en lugar donde asentarse, ni saber dónde ir, una vida sin descanso, la vida de los condenados al destierro, que somos los humanos. Pero para esta constatación quizá no hiciera falta un arquitecto -que se supone debería ahuyentar el miedo a lo desconocido, componiendo espacios donde morar (recogerse y reflexionar). Activar los vientos quizá no haya sido sino una muestra más del aprendiz de brujo. 


martes, 9 de junio de 2026

Al acecho (Perspectiva)

 Prospicio, en latín, es un verbo compuesto. Consta de la preposición pro y del verbo specio.

Pro, tanto en latín como en lenguas latinas modernas, significa delante. En español, además, introduce un matiz, que no posee la preposición latina -aunque sí recoge el verbo comentado: en guardia.

Specio no presenta dificultad alguna de traducción: significa ver. 

Prospicio tiene tres significados que se conjugar y dotan al verbo de un extenso y complejo campo de significados. 

Por un lado, prospicio sígnica ver lo que se tiene delante; pero también ver a lo lejos. Este matiz implica que lo que el sujeto percibe se halla lejos de él y tiene una extensión considerable. Llega hasta el horizonte. Se constituye como una vista o un paisaje, siendo éste la naturaleza percibida por el ser humano que recorta y enfoca lo que quiere ver, lo que le llama la atención. La vista es siempre subjetiva. Revela lo que miramos y lo que desdeñamos. La vista se construye. Es selectiva. Obvia lo que preferimos no atender.

Prospicio, entonces, se traduce por estar atento, alerta, al acecho. Una cierta tensión se manifiesta. El sujeto observa. Y lo que le está sujeto se siente observado.

Prospicio, en efecto, significa espiar. Un espía mira con detenimiento. Pero se esconde. Ve pero no se le ve. Lo que observa no se sabe ni se siente observado y puede así mostrarse cómo es, sin temor ni nerviosismo. No se esconde. Actúa en libertad y deja huellas. Su paso por la tierra no es secreto, y sus secretos, si los tuviera -que los tiene, en tanto que ser pensante- saltan a la vista. El espía lo sabe y los detecta. Se erige como un ojo avizor que busca descubrir sin ser descubierto, lo que implica que su mirada no es neutra, sino que busca discernir lo que no es evidente. Lo que contempla es sospechoso. Algo se oculta, y trata de pasar desapercibido. Un espía no actúa inocentemente, sino en nombre de un poder. Mira, escucha, olfatea y trata de todas todas de no dejar huellas. Es un agente invisible y por tanto peligroso. En ocasiones lo que espía siente su presencia, se remueve inquieta y comete un error. Es lo que el espía aguarda. No se mueve. Mantiene la vista (los sentidos) fijos -los rayos que emanan del ojo son como cables o hilos que atenazan e inmovilizan lo que se sabe escudriñado, sin que nada de lo que haga, el menor movimiento, escape a lo que se instituye como el ojo de dios-, como si su mirada pudiera hacer saltar la liebre. Es decir, se adelanta a los acontecimientos.

Lo que  es, precisamente, el tercer significado de prospicio : prever. Ver no solo más lejos en el espacio, sino también, o sobre todo, en el tiempo. Lo que aún no ha acontecido , y que nadie espera que acontezca, cuyo acontecimiento constituirá una sorpresa para la mayoría, ya se muestra a los ojos de la imaginación del previsor. Sabe qué va a acortar y, por tanto, se prepara. El hecho futuro no le desarmará. De hecho, el previsor juega con ventaja. Se anticipa a lo que inevitablemente se presentará. Por tanto, puede advertir, como un profeta, de lo que nos aguarda. El futuro deja de ser temible, por desconocido, y se vuelve previsible. Pierde su poder desestabilizarte. Quien prevé aguarda con el pie firme. Conoce la lección y sabe cómo tiene que actuar. 

El verbo prospicio está en el origen de la palabra, usada por vez primera en la Edad Media, de perspectiva. Ésta, en el Renacimirnto, nombrará una manera de ubicarse ante el mundo y de retratarlo. Se ha definido como una ventana abierta al mundo que lo encuadra y que muestra lo que el observador ha decidido observar y exponer. La perspectiva desmonta los misterios del mundo. Éste queda expuesto, desnudo. Yo no sorprende no es un escenario donde acontecen prodigios. Se instituye como un campo donde nada es extraño. La perspectiva desencantó el mundo. Junto con la ciencia (la óptica) sometió la creación a esquemas y reglas conocidos. La naturaleza ya no era el refugio de lo maravilloso -lo singular, inquietante o deslumbrante. Aunque no se viera, ya se sabía lo que se vería. 

La perspectiva ahuyentó la visión encantada o sagrada del mundo. Fue la primera estocada que la razón dio al mundo hasta entonces poblado de seres invisibles que perdieron su condición ante la mirada escrutadora del artista, el espía de dios. Y los ángeles , los demonios, los espíritus se desvanecieron. Ya no tenían razón de ser.