lunes, 30 de marzo de 2026
ORSON WELLES (1915-1985): PROCESIÓN DE SEMANA SANTA EN SEGOVIA (MÍSTER ARKADIN, FRAGMENTO)
Transparencia
La transparencia es el pecado original de la arquitectura moderna y contemporánea. La connotación religiosa no es gratuita. Las metáforas sobre las primera construcciones de vidrio, proyectadas o construidas, no rehuían, a principios del siglo XX, las alusiones a la luz divina y la inmaterialidad de la obra, vista y no vista, tangible y reflejada, capaz de acoger en su superficie las imágenes de todo lo que lo rodeaba, sin discriminar nada.
La transparencia está ligada, en efecto, a la noción de pecado. Lo pecaminoso se practica a ocultas. Quien algo que esconder se escabulle o se recubre. El mal físico o moral, lo que no casa con la moral convencional, no puede practicarse a plena luz del día, a la vista de todos, so pena -pues la penalización, el castigo es ineludible y de rigor- del repudio, la exclusión, la condena. El disimulo, la ocultación, real y moral, el engaño son los recursos que cubren lo que no se puede mostrar. La noche, un pesado manto, envuelve lo que contradice lo que la ley moral impone. Apenas canta el gallo, la verdad se impone.
Quien está libre de pecado no tiene nada que esconder. Puede, debe, por tanto, actuar y mostrarse sin máscaras. No se esconde. La plena visibilidad de su figura y de sus actos es la prueba de su transparencia. No tiene una doble cara. Actúa a cara limpia, con la cabeza bien alta. No baja la mirada, como si temiera revelar lo que no se puede ver ni saber.
Frente al matiz jesuitico, según el cual existe una extensa gama de grises entre el brillo de ls verdad y la negrura de ls mentira, y existen razones que la razón no conoce ni debe hacerlo, propio del barroco católico, preso de las media verdades y la política de la buena cara al mal tiempo -tiempo habrá de la confesión y del perdón divino-, el rigorismo protestante exige que se sepa y se vea todo para que no cunda la sospecha ni el oprobio.
Las celosías, propias de la arquitectura árabe, también imperan en el espacio doméstico católico. Permiten ver sin ser visto. Insinúan lo que puede ocurrir. Velan la luz para que no lo exponga todo crudamente. Vela a fin que nada sea hiriente a la vista. Permite que el mundo propio no sea de dominio público, sin que el filtro sea un escondite ni una muestra de hipocresía. La fragilidad, los sentimientos, las dudas necesitan de cierta protección. No se pueden exponer descarnadamente, como si fueren decisiones o mandatos divinos. La celosía permite una vida personal, libre del peso de la mirada ajena, cuya comprensión puede llegar a ser una carga, como si nada pudiera realizarse sin el juicio ajeno.
El espacio doméstico, cerrado entre cuatro paredes, segregado del espacio público, es un espacio peligroso, donde la tentación de hacer lo que no segregado pueda hacer visiblemente reina. No se ve ni siquiera se oye siempre lo que ocurre en el espacio privado. La imaginación, ante la falta de evidencias, se desata, así como la murmuración que va socavando el buen nombre del sospechoso. ¿Por qué baja la persiana, cierra los postigos, corre los pesados cortinajes, apaga la luz si no es para que nadie vea y sepa lo que está a punto de cometer? La mala reputación solo se combate con la visibilidad: ventanas sin filtros que permiten que la vista hurgue y husmee lo que acontece en el interior de las casas, y certifique que nada contrario a la norma se ejecuta. El espacio privado debe hacerse público. No pueden existir zonas en sombra. El secretismo está proscrito.
La transparencia es un antídoto contra el engaño. Parte del principio de la falacia humana. El ser humano es por definición sospechoso, tanto si hace como, sobre todo, si no hace. Está expuesto siempre a la condena moral. La única protección es la ausencia de protección: la vida a plena luz, la ausencia de mundo interior, la exposición constante de lo que que hace y piensa hacer, es decir, la inhumanidad.
La transparencia solo tiene sentido para los dioses, no porque no tengan nada que ocultar, sino porque estén por encima del bien y del mal. Nada les importa. El oprobio no les preocupa. No tienen conciencia. Los humanos, por el contrario, sabemos que no siempre seremos comprendidos, ni tenemos porque serlo. Un mundo propio requiere quietud, ensimismamiento , protección, duermevela. Necesita filtros para no quedar expuesto y disolverse. La transparencia es lo contrario al pensamiento, a la vida interior.
La arquitectura occidental a partir del siglo XX devino puritana. El hombre nuevo era puro. No temía nada. Estaba cargado de razones. La razón estaba de su lado. ¿Pars qué entonces la ocultación, signo de debilidad y de doblez? Abajo los muros, que siempre incitan a la tentación. Luces y cristales. Que la vida se exponga. El oprobio como criterio de conducta: quien se aparta es un peligro. Debe de ser devuelto a la luz que no atiende a matices. La peor condena es siempre la exposición pública. La arquitectura moderna como el mecanismo más eficaz de control de los ciudadanos: que sientan que están desnudos, que siempre serán juzgados y condenados. El arquitecto como juez supremo. La perversidad de la arquitectura. Ls transparencia ciega.
domingo, 29 de marzo de 2026
Mezquita de Al-Azhar (s. X, El Cairo)
sábado, 28 de marzo de 2026
Mezquita al Muayyad Shayk (s. XV, El Cairo)
Fotos: Tocho, El Cairo, marzo de 2026
viernes, 27 de marzo de 2026
Atado y bien atado: magia y arquitectura en el Egipto faraónico
El número de diminutos útiles de construcción en el Egipto faraónico es sorprendente: pequeños trineos para transportar sillares, compases, palas, espátulas, cuchillos, sierras, todo un arsenal que parece haber sido construido para gnomos. Cuesta saber para qué sirven, toda vez que en ocasiones entre el útil y su réplica en miniatura apenas se perciben diferencias. Las réplicas parecen objetos de uso.
Su función es simbólica. Forman parte de las ofrendas que se depositan en la tierra, acto necesario que precede el inicio de las obras. Dichas miniaturas se depositan en las zanjas abiertas para hincar los cimientos.
¿A qué responde esta ofrenda?
Los útiles y sus réplicas son útiles, pero también son objetos mágicos, sin que exista diferencia entre el uso y el culto, la funcionalidad y la simbología. Los útiles sirven y son funcionales porque son mágicos. Están cargados de energía, que permite que el objeto cumpla la función encomendada.
Mas, esta energía puede disiparse; en este caso la construcción corre un peligro. Ha sido ejecutada por un útil inerte, muerto, y la falta de energía se transmite al edificio que puede decaer -si se ha logrado concluir la obras.
A fin de evitar este peligro, la deposición u ofrendas de los útiles de construcción simbólicos se acompañaba de la entrega de una pequeñas tallas de madera, ejecutadas en ébano y madera de cedro, que representaban nudos. La fuerza del útil quedaba así atada a la ofrenda de las réplicas. No se escapaba. Se aseguraba así que el edificio no decayera, que pudiera resistir los envites del tiempo.
Los nudos, en todas las culturas, son objetos peligrosos: retienen y, por tanto, atan. Impiden el movimiento. Coarten la vida. Los nudos coartan la fecundidad. La energía no se libera.
Pero los nudos también evitan el desperdicio de la misma. Los nudos, que unen maderas duras contrapuestas, expresan la unión que se busca entre la construcción y la tierra, el correcto y duradero implante de la obra bien enraizada en el interior del aquélla.
La feliz ejecución de una obra requería saber y pericia, pero también el cumplimiento de los ritos gracias a los cuales la fuerza del útil consolidaba la obra. Ésta no se desmoronaría, retenida, atada a la tierra con el vigor transmitido, permanentemente en activo tras su entrega a la tierra -por medio de los nudos perennes, dolosamente ejecutados-, a la base del edificio que podrá crecer erguido sin desmayo.
jueves, 26 de marzo de 2026
MAY, PRÓSPERO ARQUITECTO FARAÓNICO (C. 1200 aC)
Así como escasos son los arquitectos de la antigüedad cuyos nombres han llegado hasta nosotros -nombres que no siempre son de arquitectos de carne y hueso, como los míticos primeros constructores del templo de Apolo en Delfos, o el también mítico arquitecto del inexistente templo de Salomón-, en el Egipto faraónico no escasean los nombres de arquitectos que existieron, cuyas tumbas y cuyas efigies se conocen.
miércoles, 25 de marzo de 2026
“Maquetas arquitectónicas” egipcias en los museos egipcios en El Cairo (Egipto)

“Maquetas” votivas de graneros depositadas en tumbas, quinto milenio
“Casas del alma”: bandejas funerarias, con un pitorro para verter libaciones, réplicas imperecederas de alimentos y “maquetas” de moradas o graneros en una parcela cercada, depositadas en la arena sobre tumbas muy modestas para alimentar y acoger el ka del difunto, 2100 aC
Maqueta de pirámide para un albañil, un constructor o un arquitecto, o “maqueta” votiva depositada en la tumba de un constructor, C.1500 aC
Lámpara en forma de casa, 300 aC
Fotos: Tocho & Carmen Cantarell, Gran Museo Egipcio (GEM) y Museo Egipcio, Giza y El Cairo, marzo de 2026
El egiptólogo William Flinders Petrie halló enterradas, a principios del siglo XX, unas ciento cincuenta modestas bandejas de terracota, sencillamente ejecutadas, en el desierto, cerca de Rizeh.
Al hallarlas cerca de tumbas muy sencillas -un enterramiento directamente en la arena- supuso que estos objetos habrían sido depositados encima de la tumba para indicar su emplazamiento -o sobre el difunto, o en la entrada del nicho-.
Datados de finales del tercer milenio, estas bandejas incluyen representaciones de alimentos, algunos recipientes, y un vierte aguas en una punta que se interpreta como una salida a libaciones vertidas en la bandeja para dar de beber al difunto. Algunas bandejas incorporan también una imagen de una construcción -una casa de una o dos plantas, con o sin pórtico de de entrada, cubierta plana, en algunas ocasiones con una pequeña construcción en la terraza, a la que se accede por una escalera exterior, un cobertizo o un granero- que debe de reproducir o imitar construcciones existentes o tipos de construcciones al uso.
Petrie nombró estos objetos “casas del alma”, porque supuso que servían para alimentar y acoger al ka (el doble incorpóreo) del difunto, aunque la tumba o la simple fosa excavada en la arena ya ofrecían un espacio donde el ka podía recogerse.
Estos objetos interesaron poco a los museos a los que Petrie ofreció, y se almacenaron en reservas en la mayoría de los casos. Algunas fueron vendidas a otros museos que tampoco prestaron demasiada atención a unos objetos muy distintos de los fastuosos tesoros funerarios de materiales valiosos de las clases superiores cercanas al faraón.
Sin embargo, puesto que se han encontrado escasas muestras de viviendas de clases sociales bajas, sobre todo del Imperio antiguo y del posterior primer periodo intermedio, antes de finales del tercer milenio, estos objetos, hoy, documentan, de manera más o menos alusiva, qué imagen o forma pudieran haber tenido estas viviendas de adobe que tan pocos testimonios han dejado.
La mejor y mayor colección de “casas del alma” -una expresión que dio título, hace treinta años, a una exposición sobre el imaginario arquitectónico antiguo en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona- sigue hallándose en Egipto, distribuida principalmente en los dos grandes museos arqueológicos de El Cairo.
A Carolina, Carlos y Mario, entusiastas de este tipo de objetos






















































