Fotos: Tocho, Basilea, junio de 2026
Rudolf Steiner fue un ocultista o un espiritista austro-húngaro de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, originario de lo hoy es Croacia. Filósofo y místico, su influencia fue decisiva en el naciente arte abstracto de principios del siglo XX, sobre todo en Kandinsky, Mondrian y especialmente en su seguidora más entregada -aunque acabó por romper con Steiner-, la pintora de arte místico Hilma auf Klint , hoy considerada como la primera artista abstracta.
Steiner sostenía que en el ser humano confluye, como sostenía la cultura faraónica, entre otras, el cuerpo y el espíritu, que el ser humano, todo ser humano, mediaba entre los mundos visible e invisible. Ninguna caída o el mal no impedía que el hombre fuera una divinidad en la tierra, si los espíritus le alentaban y le desvelaban el camino, claves que los artistas, como médiums, podrían plasmar.
El arte no cumplía una función placentera, sino iluminadora. En la obra de arte la voz del más allá se volvía comprensible. Los espíritus se ponen en contracto con quienes pueden prestarles atención a través de las huellas trazadas en el lienzo, y con toda su plenitud, en la arquitectura.
Los proyectos nacían de las voces del mundo sobrenatural, y los volúmenes recreaban dicho mundo que solo se alcanzaba a descubrir y recorrer a través de marcas, indicaciones y voces plasmadas en cuadros y determinadas construcciones.
El Goetheanum, dedicado al poeta que unió ciencia y arte, es una obra maestra expresionista, moldeada en hormigón, proyectada al dictado de los espíritus -un proyecto que sucedió a una construcción de madera que se incendió-, por quien no había estudiado las artes edilicias, sino las que le permitían descifrar las voces del más allá.
Steiner no era arquitecto. Había estudiado filosofía, teología (que sostenía que la divinidad era el sumo arquitecto del mundo) y matemáticas. Quizá por eso proyectó y construyó una extraña obra maestra en hormigón armado que parece haber sido esculpida en la roca por el tiempo.
El edificio, aún un centro de estudio espiritista, dibuja un lento recorrido ascendente desde las entrañas del mundo hasta la sala que rememora el empíreo, un ascenso con estaciones que invitan a ir abriendo puertas hasta la revelación final, cuando la grisura del hormigón estalla en los fuegos deslumbrante de todos los colores que Goethe estudiara.
El ascenso al Goetheanum es dificultoso. El edificio se ubica en lo alto de una esplanada, rodeado de edificios similares de menor tamaño, que albergan bibliotecas y museos que preparan al fiel al encuentro con la luz y con las voces encapsuladas en un edificio que evoca a la vez un cráneo, el primer ser humano, el centro del mundo en el que confluyen todos los saberes del mundo, y una montaña sagrada, la montaña mágica que alberga el conciliábulo de los espíritus que se dirigen a quienes quieren y pueden prestarles atención.
Agradecimientos a Giuseppe Acconcia por la visita y las explicaciones cuando el centro estaba cerrado.

















































































