Fotos de pantalla, octubre 2026, sobrevolando los Cárpatos.
¿Una película con voces en sumerio -que no se sabe cómo suena ni si realmente se hablaba, o si era un idioma solo escrito-, en acadio, en hitita, en persa, en arameo?
No solo en leguas muertas del Próximo oriente antiguo. También en griego antiguo y en latín.
Así como en una multitud de lenguas vivas, desde el ucraniano al urdú, entre muchas otras.
Voces que resuenan es un intrincado espacio de múltiples pisos, descrito por uno de los personajes como un laberinto.
Los laberintos, para Borges, eran la viva imagen de la torre de Babel. Sea o no casualidad, uno de los grandiosos y tétricos escenarios de la película sea una honda galería de pisos alrededor de un pozo que evoca la biblioteca de Babel que Borges describiera.
La referencia a esta estructura arquitectónica no es imaginaria: el protagonista es un arquitecto.
La cumbre de la torre de Babel, tal como se describe en el mito, habría sobrepasado las nubes y alcanzado el empíreo, si los dioses, asustados, no hubieran sembrado, como una plaga, una multitud de lenguas que impedirían que los constructores siguieran estando o poniéndose de acuerdo. La torre de Babel era fruto de la soberbia a la que la falta de comunicación ponía coto.
La torre de Babel en cuyo interior acontece la acción es también una construcción infinita, pero que se adentra en las profundidades de la tierra hacia el infierno. Una estructura poblada por una cacofonía de voces incapaces de dialogar: un diálogo de sordos.
La República sobre la que Platón escribió era una metáfora del alma, una imagen que la mística hebraica, cristiana e islámica retomaría. La armonía de estancias o de barrios simbolizaba un alma en paz en una ciudad apaciguada.
La nueva torre de Babel bien podría ser también una doble imagen: de un mundo convulso, y de una mente desorientada, sombría y angustiada. Los pasillos interminables que solo conducen a otros pasos aún más recónditos, por los que resuenan voces que chocan entre sí, bien recuerdan la confusión mental de los protagonistas. Un descenso a los infiernos, una pérdida de su, una ruptura con el mundo, el peso de la culpa, el miedo al encuentro: una relación enfermiza con el mundo convertido en una montaña insuperable, un abismo, en verdad, insondable, en el que el miedo que acogota y empequeñece reina. La nueva torre de Babel representa bien la desorientación, la confusión y la pérdida de referencias en las que hemos caído.
Pese a un exceso de referencias a Psicosis, El show de Truman y quizá al Exorcista, la película Trasteros (Backrooms), de Kane Parsons (2005), estrenada este año, revela que la torre de Babel es un tipo arquitectónico imperecedero que bien puede visualizar la ambición desmedida como el encogimiento anímico: una tipología que es la manifestación de lo que fuimos, somos y seremos -muy posiblemente.



















