La Grecia antigua tuvo poetas y sacerdotes inspirados; poseídos por la divinidad, enunciaban, en trance, lo que ésta les dictaba. Sin embargo, milenios antes, en Mesopotamia, el futuro se determinaba racionalmente, sin intervención sobrenatural. Los poetas y los profetas declamaban extáticamente. Los adivinos jugaban sabiamente sus cartas, libres de raptos.
Los poetas inspirados, según Platón, cantaban o hablaban sin saber lo que decían; en cambio, los poetas a quienes los dioses no poseían, escribían: sabían lo que contaban y como contarlo. La lucidez, y no la ciega furia divina, les permitía componer.
La oralidad v. la escritura: dos maneras de percibir y entender el mundo, de relacionarse con él.
Las culturas orales requieren que un intérprete les dicte. La escritura, por el contrario, permite el aprendizaje individual. Las palabras escritas se componen de sonidos que no tienen porque tener relación alguna con lo que nombran. La enunciación oral está directamente conectada con las cosas que, a la escucha del verbo, al sentirse llamadas o invocaban, se materializan.
La escritura permite el registro del saber. Se constituyen documentos escritos que aporten datos, reflexiones y procedimientos que permiten interpretar el mundo. De hecho, la escritura, especialmente la escritura jeroglífica y pictográfica (la escritura de los orígenes, en particular, así como la china), reproduce un rasgo distintivo de la cosa nombrada, rasgo cuya elección y representación ya expresa una visión del ente o del ser designado. La escritura abstrae, simboliza, sintetiza las cosas. Las sustituye. La palabra será vana si las cosas no acuden: una palabra en el vacío, que no puede representar aquello a lo que apela. La escritura perdura. Se registra. Se transmite. Y se estudia, sin que sea necesario recordarla. Siempre se encontrará fijada en un soporte. La palabra que no se memoriza no dice nada. La naturaleza permanece indiferente ante nuestra llamada muda, incapaz de emitir sonido alguno.
Los sacerdotes necesitaban que los dioses les poseyeran y los emplearan como portavoces. Por sí mismos, eran incapaces de pensar, de acercarse y de recrear el mundo. Los adivinos mesopotámicos, plenamente lucidos, en cambio, poseían bibliotecas, como las de Babilonia o de Nínive, entre otras, a las que podrían acudir para hallar fórmulas y remedios, ejemplos y casos que les ayudaran a predecir el porvenir, conscientes de lo que hacían y decían. Los hígados de las víctimas sacrificadas eran como soportes de escritura: el destino estaba inscrito en la forma del órgano, en las manchas y en las hinchazones de aquél, que se leían como un texto en una tablilla o una hoja, al igual que la posición de los astros en el cielo, o las gotas de aceite en el agua, que configuraban un a modo de escritura que los adivinos eran capaces de descifrar y de transcribir con la ayuda o no de manuales. Los adivinos no eran títeres en manos de fuerzas sobrenaturales. Antes bien, creaban o inventaban a éstas. El porvenir en Grecia se escuchaba. Se leía en Mésopotamie, agudamente expresó Jean Bottéro..
El mundo para la palabra enunciada se alza ante nosotros; se halla, en cambio, en la palabra escrita: un mundo recreado, más convincente, cercano y perfecto que el que nos envuelve. El orador llamará. Pero el mundo no siempre acudirá. El mundo se encuentra latente y trazado, inscrito en el soporte, por la pluma de quien escribe; y lee. El mundo en la punta de la pluma, ideal, libre del peso de la materia..
Resumen de la interpretación oral que la historiadora de las religiones, la doctora Mariagrazia Masetti-Rouault (EPHE, París) ha efectuado de un texto escrito del asiriólogo Jean Bottéro en el libro colectivo, dirigido por el helenista Jean-Pierre Vernant: Divination et Rationalité, Paris, 1974 .
El profesor y arquitecto Óscar Poggi (UPC-ETSAB), con una beca de investigación de doctorado, nos ha comentado que el célebre libro de Irene Vallejo: El infinito en un junco, aborda en parte este tema.
A ambos, muchas gracias por estas referencias.
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