jueves, 9 de abril de 2026

Asurbanipal (conferencias en CaixaForum, Madrid, abril, septiembre de 2026

 






CaixaForum Madrid ha programado diversas actividades para expandir la experiencia de los visitantes interesados en Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria, exposición que recorre uno de los grandes imperios de la Antigüedad. Entre ellas se encuentra un ciclo de conferencias que ofrece una mirada completa al mundo neoasirio: desde su historia política, sus ciudades y palacios, hasta su descubrimiento en época moderna y la fascinación estética que generó en Occidente.

Las sesiones combinan arqueología, arte y lectura crítica de las fuentes, e incluyen una perspectiva actual que visibiliza a mujeres, eunucos y otros actores a menudo ocultos. El programa muestra cómo Asiria ha sido comprendida, reinterpretada y reinventada a lo largo de los siglos.

El ciclo se ha realizado en colaboración con Pedro Azara, arquitecto, investigador, comisario y profesor de estética, y miembro de la misión arqueológica de Qasr Shemamok (Iraq) desde 2012.

Actividades del ciclo:

En paralelo, y a raíz del del ciclo de conferencias comisariado por Pedro Azara, CaixaForum+ tendrá disponible un ciclo de películas que habla de la influencia que la cultura mesopotámica ha tenido en el cine. 


miércoles, 8 de abril de 2026

Mesopotamia en el cine






 https://caixaforumplus.org/s/asurbanipal-caixaforumplus


¡MENE, MENE, TEKEL, UPHARSIN!

Mesopotamia en el cine.

 

Belsasar, rey de Babilonia, invitó a un gran banquete a mil de las altas personalidades de la nación; y, durante la comida, el rey y sus invitados bebieron mucho vino  (…) Todos bebían vino y alababan a sus ídolos, hechos de oro, plata, bronce, hierro, madera y piedra.

En aquel momento apareció una mano de hombre que, a la luz de los candiles, comenzó a escribir con el dedo sobre la pared blanca de la sala. Al ver el rey la mano que escribía, se puso pálido y, del miedo que le entró, comenzó a temblar de pies a cabeza. Luego, se puso a gritar y llamar a los adivinos, sabios y astrólogos de Babilonia…”

 

Mene, Mene, TekelUpharsin (Contado, contado, pesado, dividido), es la maldición que la mano de Yahvé escribió en una de las paredes de la sala de banquetes del rey babilónico: una bíblica escena terrorífica, que anunciaba el fin del imperio babilónico que ya no iba a tener peso alguno y se desmembraría, que el cine no ha dejado escapar.

A ojos de Occidente, el Próximo Oriente antiguo, centrado sobre todo en la ciudad de Babilonia, maldecida en la Biblia, ha sido percibido como un mundo de excesos, crueldad, corrupción y decadencia, personificada en la figura de la mítica reina asiria y babilónica Semiramis. Es decir, un mundo cinematográficamente atractivo en el que el misterio y el horror se conjugan, como ya retratara una de las primeras grandes películas de la historia, Lcaída de Babilonia, de D. W. Griffith, y la fascinante serie de peplums, de los años cincuenta, tras la Segunda Guerra Mundial, y en pleno auge de los irracionales miedos a lo desconocido que atenaza a Occidente. Una versión partidista y deformada que ha marcado y lastra el imaginario occidental del Próximo Oriente, como se percibe, precisamente, en estos días.

 

Notas:

Una última película, acabada de restaurar, otro conocido peplum , Los 7 rayos de Assur, de Silvio Amadio, de 1962, se incorporará a finales de semana.

La caída de Babilonia, de D.W. Griffith, es una obra maestra de los inicios del cine.

Por un tema de derechos, no se ha podido incluir otra obra maestra, más reciente, la terrorífica película de William Friedkin: El exorcista, de 1973, cuya larga primera escena se rodó en el yacimiento de Hatra en el norte de Iraq.

Caixaforum + es una plataforma gratuita. Ofrece un ciclo de cube sobre Mesopotamia, hasta agosto de 2028, relacionado con la exposición itinerante sobre el emperador neo-asirio Assurbanipal, organizada por el Museo Británico de Londres, que los centros CaixaForum presentarán desde este mes de abril sucesivamente en Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla y Zaragoza.


El león alado que voló: un Lamassu en la Lonja de Mar en Barcelona (2026)

 Nota: El artículo se encuentra en:


March 2026
Journal of Eastern Mediterranean Archaeology and Heritage Studies Cover Image for Volume 14, Issue 1


Enlaces activos durante noventa días


TEXTO COMPLETO


The Lion That Flew Away: The Lamassu in the Llotja del Mar, Barcelona Available to Purchase

Journal of Eastern Mediterranean Archaeology and Heritage Studies (2026) 14 (1): 104–119.




ABSTRACT

It was an exceptional event in the Spain of the second half of the nineteenth century: The Provincial Academy of Fine Arts of Barcelona acquired a plaster replica of a large Neo-Assyrian lamassu, among other replicas, in London. The copy was the work of the Italian company Brucciani, which produced copies of and for British museums. Such purchase did not happen on a whim. The training of students of fine arts and architecture was based on drawing and the study of classical works, thanks to plaster replicas. Lessons included, from the mid-nineteenth century, detailed sessions on the art of all ancient cultures, including the cultures of the ancient Near East, when Western archaeological missions, but not any Spanish ones, were just starting in the Ottoman Empire. This article follows the history of this unique acquisition, until the disappearance of the replica, despite its size, perhaps during the Spanish Civil War.

lunes, 6 de abril de 2026

Minerva


 

Foto: Tocho, Barcelona, abril de 2026


Giró la cabeza y puso ojos como platos: aún no se creía lo que había visto a sus espaldas.

El arquitecto en casa

 







Hace años, a principios del siglo XXI, el Colegio de Arquitectos de Barcelona organizó una exposición sobre la imagen de la arquitectura en la llamada prensa del corazón o prensa rosa: fotografías casi siempre de interiores, acompañadas de vistas del exterior,  en las que los propietarios, debidamente trajeados para la ocasión, exhibían, con todo lujo de detalles, sus moradas, desvelando orgullosamente sus gustos, y sus trofeos.

Este tipo de imágenes no se suelen dar entre músicos, pintores y escultores y escritores. Se suelen fotografíar estudios de artista, y se percibe el despacho de un escritor cuando, con motivo de una entrevista, se le retrata en su lugar de trabajo.  El hogar, por el contrario, el espacio doméstico no suele mostrarse -salvo en casos como el de Picasso para quien todo el espacio de la casa (la mansión) era un estudio. 

En la primera mitad del siglo XX, arquitectos como Le Corbusier, conocedores del poder de la prensa, y de los beneficios económicos que aportaba, abrieron las puertas de sus casas, y ya no solo de sus estudios. Las casas eran el vivo resultado de lo que tramaban en los talleres, la materialización de sus proyectos. 

Desde entonces, arquitectos gustan de desplegar imágenes de sus propias casas. Dichas imágenes constituyen casi un género fotográfico: la casa del arquitecto con el arquitecto en el centro. Arquitecto o arquitecta.

 La casa, el espacio privado, íntimo, deviene un escaparate, un espacio público; un escenario teatral donde el arquitecto se muestra rodeado de su creación. Todas las estancias son fotografiadas con todo detalle, y se enumeran cada uno de los bienes creados o adquiridos; denotan el buen gusto del autor -y su poder económico, lo que inspira confianza en el posible cliente . Cada cosa está en su sitio -incluso algunos complementos pueden haber sido dispuestos para la fotografía-, y la casa posa, junto a su artífice. Una imagen de perfección, sabiduría y buen gusto, una imagen modélica, tentadora a la vez que inalcanzable, que se ofrece como ejemplo, pero es a la vez exclusiva. Nada está dejado al azar. El interior tiene que sorprender -no puede ser vulgar, anodino, semejante a cualquier entorno casero-, pero a la vez tiene que ser previsible, es decir, contener todo lo que se espera escoja y posea un arquitecto, sobre todo si es una obra suya. Así los sillones, los sofás, las otomanas, los útiles de cocina, no son enseres anónimos. Tampoco requieren ningún pie de foto. Son reconocibles. Su elección y su disposición  no son casuales. Los objetos nos representan. Son los emblemas que nos identifican, que proclaman lo que somos y lo que podemos hacer. Son los blasones o escudos actuales. Somos lo que poseemos. Nos proyectamos en lo que construimos y adquirimos. La imagen ofrece así, “proyecta”, comunica, una cuidada visión armónica, transmite confianza en la capacidad y el poder del arquitecto. Revela buena mano. Gusto no adocenado, y enuncia que se puede tener confianza en sus ideas y sus logros. Escogiéndole, uno podrá entrar a formar parte de su círculo, exclusivo, sin cometer ninguna falta de gusto. 

El arquitecto cumple así dos funciones antagónicas. Se muestra no como un profesional, sino como un vecino cualquiera, retirado en su casa, descansado, apartado, en su espacio y en sus horas de ocio, y a la vez, como un arquitecto que proclama sus habilidades, su saber estar y hacer. Lo público y lo privado se conjugan en la imagen del arquitecto en su casa, que hace ver que no trabaja, relajado, absorto, tranquilo -sonriente, sentado o no, pero sin nada en manos que denote su actividad profesional. Tan exitoso es que puede dedicarse un tiempo al dolce farniente. La imagen de un arquitecto abrumado, desbordado por el trabajo  -lo que denota falta de previsión y una deficiente organización, cuando no la imposibilidad de disponer de ayudantes eficientes que solventan los trabajos ideados por el maestro-, no es “glamurosa” y no destila confianza, como si el arquitecto no tuviera los medios y los conocimientos suficientes para que los proyectos “anden” por sí mismos: el arquitecto tiene que excusar charme y nonchalance,  que no es lo mismo que desinterés o hastío. Savoir faire, savoir vivre. Mas, la imagen es, en verdad, la de un vendedor al acecho, vestido para la ocasión, a la espera de un cliente, con la confianza en el poder publicitario de la imagen. La mirada hacia la cámara así lo denota. Los ojos del arquitecto taladran a quien contempla la fotografía. Así serás si me contratas, aunque nunca llegarás a ser lo que soy..

Los arquitectos somos grandes actores. Desplegamos aura. Por eso, los dioses siempre han sido arquitectos. Requiescat in pace.





Esto no es una vespasiana




Foto: CA, Barcelona, abril de 2026, a quien agradecemos el envío de esta ilustrativa fotografía sobre la amplia gama de actividades en el espacio urbano 


Dada la prohibición de orinar en calles y plazas de París, el municipio decidió, a mitad del siglo XIX, instalar unos urinarios públicos metálicos, disimulados tras una placa metálica, llamados vespasianas en honor al emperador romano Vespasiano quien creó  un impuesto sobre la recogida de orina en las calles, un líquido muy útil, por su contenido en amoniaco, para desengrasar la lana, antes de tejerla. 

Las vespasianas fueron populares en algunas ciudades europeas, en Barcelona, por ejemplo, hasta su sustitución por cabinas cerradas. Obviamente solo eran útiles para varones, y no permitían evacuar aguas mayores.

En el presente caso, no se trata, sin embargo, de una “performance ”, una pose para foto publicitaria de la ciudad recurriendo a la popular figura de belén -un “caganer”2, un anuncio, un hombre estatua, ni es una imagen creada por IA.

En Barcelona, Paseo de Gracia, sábado 4 de abril, 19 horas 

domingo, 5 de abril de 2026

El fantasma del autor











 

Fotos: Tocho, Abril de 2026


La teoría del arte (necesariamente) moderna occidental sustenta en la noción de autor. El foco se centra en la figura del creador, una concepción de raíz monoteísta, judeo-cristiana, en este caso, alejada de concepciones politeístas como la greco-latina, para las cuales los dioses eran creadores artesanos, sin duda, pero lo maravilloso no era la potencia creadora del autor, capaz de lograr la aparición de seres y enseres tan solo invocándolos, sino la obra, cuya presencia lograba hacer olvidar su origen y a quien le había dado vida. Apenas creada, la obra tenía vida propia,, y su autor retornaba al olvido.  El creador era un agente, no un fin. Los papeles se intercambiaban, en verdad. El creador no hacía la obra, sino que ésta hacía al creador, quien por unos momentos se reconocía en su obra, muy pronto libre, y desaparecía. ¿Quién recuerda que el resplandeciente  templo de Apolo en Delfos fue obra del propio dios? La obra, por un lado creaba a su creador, lo convertía en creador, y, al mismo tiempo, no le cedía la palabra. Lo oscurecía apenas lo había expuesto a la vista de todos. La obra era imperiosa.

Por el contrario, en occidente, la obra anónima, es decir la obra de cuyo autor nada sabemos, es un contrasentido. No puede existir. La primacía recae en el artista. Sin él, la obra es huérfana, y no existe, no puede existir. Es un error, una ilusión, no cabe en la historia. El autor tiene que existir y se le tiene que hallar. La interpretación de la obra su sustituye por la búsqueda detectivesca de quien la ha creado.

La historia del arte occidental está llena de El pintor de…., el Maestro de…., el Seguidor de …., figuras que creamos para dar sentido a unas obras que consideramos desnudas, desvalidas.

La propia exposición -excelente- así lo reconoce: el Maestro de Cabestany es una invención del primer tercio del siglo XX: un nombre adscrito a una serie de obras y de fragmentos de obras, adscritas a una misma mano. El subtítulo de la muestra lo recalca: la creación de un mito, siendo el mito no un relato, sino una figura; la figura de un “genio” capaz de recrear y revivir, en pleno siglo XI, el arte greco-latino, elevándose así sobre los torpes artesanos ciegos ante la gracia clásica o desconocedores de ésta. ¿Quién fue este “enigmático” escultor -sobre cuyos conocimientos, mirada y técnica se especula para convertirlo en un rara avis, un nuevo Fidias y un precedente de los grandes escultores renacentistas (no podemos escapar al culto de los artistas). ¿Existió? No se sabe, pero no importa , porque ya existe: lo hemos inventado, y con su invención legitimamos uns obras que ahora aparecen como la creación de un creador, necesariamente único.

¿Existió el Maestro de Cabestany?  Lo que existen son los restos de esculturas y relieves que ornaron el monasterio de San Pedro de Rodas, talladas en el siglo XI, probablemente, en algunas de las cuales se intuyen influencias clásicas -o así nos parece-, unos fragmentos espléndidos de unas obras capaces de subyugarnos, y, obviamente, de evocarnos el destructor paso del tiempo. Estas obras son espléndidas a nuestros ojos, en nuestra mirada, es decir, nos hacen mejores.

Ten solo por eso su contemplación suspende el tiempo y merece ser afrontada, como se puede comprobar hoy en una muestra, sobriamente presentada, y bien explicada, en Barcelona.

https://www.museunacional.cat/es/sant-pere-de-rodes-y-el-maestro-de-cabestany-la-creacion-de-un-mito