Sí, en la Odisea de Homero, aparecen bárbaros con un solo ojo que devoran carne humana -en una escena cómica y patética, cuando Odiseo (Ulises), habiendo engañado al Cíclope acerca de su nombre, diciéndole que se llama Nadie, lo ciega y logra huir, mientras el dolorido y desesperado cíclope llama a sus congéneres, que moran solitarios en distintas islas cercanas, porque ha sido casi mortalmente herido por un humano llamado Nadie, desactivando cualquier atisbo de ayuda, ya que, por lo que el Cíclope cuenta a gritos desgarradores, en verdad, Nadie le ha cegado-, dioses vengativos, magas y hechiceras, sirenas en forma de pájaro cuyo canto es irresistible, un hijo que parte en busca de su padre, sobre cuyo paradero, vivo o muerto, solo escucha rumores, y una esposa que aguarda su marido, el rey, tras veinte años desaparecido en una guerra sin fin, causada por los dioses que manejan a los humanos a su antojo como si fueran marionetas, asediada por pretendientes que confían en su viudez para esposarla y hacerse con el trono, pero la Odisea tiene y tenía el encanto de los relatos de otro tiempo; se trataba de una historia que se contaba y se cantaba de corte en corte, evocando hechos no del pasado, sino de otra era -la era de los héroes-, para entretener a los comensales, conscientes que lo que la historia narraba ocurrió, pero en el tiempo en que los mortales, como los oyentes, aún no existían, un día definitivamente clausurado, y que por eso encantaba -y provocaba un delicioso temblor a la escucha de aventuras que gustaban de escuchar, suscitando cierta nostalgia porque sabían y sabemos que eran y somos afortunados -o no, pero resignados a la ausencia de gloria, tan cegadora, por otros parte, que realza y abate, la gloria que solo se alcanza con la muerte- porque tales aventuras, gloriosas y terribles, nunca nos ocurrirán.
Uno de los padres del cine, George Meliès, supo bien, con los juegos de manos y de sombras chinescas del naciente cine de titiriteros y pícaros embaucadores, traducir visualmente el encanto que el poema de Homero despertaba y despierta. Otros directores más recientes no lo han logrado. Quizá ni siquiera lo han pretendido. Solo han querido hacer un alarde -posiblemente vacuo e inútil.
A GS, lectora de Homero .












































