La teoría del arte renacentista enunció que un cuadro era (como) una ventana: un marco que encuadraba una vista. Una parte del mundo quedaba desgajada y ofrecía a la contemplación del pintor y del espectador.
Para poder componer el cuadro, el pintor debía situarse ante la ventana (virtual) y asomarse an ella. Lo percibía dependiendo de cómo se situaba ante aquélla: su posición y la distancia a la que se ubicaba. Lo que descubría no era lo que “es” sino lo que se le mostraba en función del lugar que ocupaba. La escena se sometía a su disposición, su predisposición. La escena atendía a sus deseos. El mundo servicial.
La ventana ideal establecía una frontera o un muro -en el que se inscribía dicha ventana- entre el espacio ocupado por el pintor y lo que se hallaba fuera, más allá del marco. El pintor y la imagen que percibía no se hallaban en el mismo espacio. Aquel se ubicaba, necesariamente, en un interior, y lo que descubría y comunicaba se encontraba al aire libre -difícilmente en otra estancia: los interiores se comunican a través de puertas, no de ventanas, y raramente, si es que hubiera acontecido alguna vez, el pintor miraba desde fuera, a través de una ventana, hacia un interior.
El espacio interior era consustancial con el pintor. Lo acogía, lo envolvía; era su lugar. Formaba parte de su existencia en el mundo. Lo que percibía y reproducía, en cambio, era siempre, un espacio distinto y distante, como si el pintor se retrotrajera, se recogiera en un lugar que solo comunicaba con el mundo exterior a través de la ventana, es decir del cuadro.
La pintura renacentista, en perspectiva, alejaba al artista del mundo. Éste se retiraba en su mundo, desde el cual oteaba lo que acontecía más allá del marco.
La palabra perspectiva viene del verbo latino perspicio, un verbo compuesto que significa mirar a lo lejos. Con la perspectiva, el sujeto se distancia del objeto -el objeto de sus agencias-. Hoy, observar con perspectiva implica una retirada para tener una “buena” vista de un tema.
Mas, el alejamiento no implica pérdida alguna. Los detalles (significativos) no se diluyen. Al contrario, la salida del mundo facilita su estudio. El mundo se vuelve un motivo, del que ya no formamos parte. El latín perspicio implica perspicacia: una mirada atenta, escrutadora, que somete el mundo a su punto de vista, obligado a descubrirse. Perspicio significa incluso prever: ver no solo más allá, más allá del horizonte, sino ver ya lo que aún no es.
La pintura renacentista pone en mundo a disposición del artista quien lo escruta sin implicarse en el funcionamiento de aquel. Está más allá o por encima de ésta. Ha levantado una barrera y, al mismo tiempo, ha abierto una venta para mirar y estudiar. El mundo ya no lo envuelve, sino que se dispone como en la escena de un teatro, encerrado en la boca del escenario, el marco de la ventana, el cuadro. El corte en el mundo es inevitable. Ya no formamos parte del mundo, sino que el mundo es nuestra posesión. Dócil. Con el que podemos hacer lo que deseemos: cuidarlo, maltratarlo o ningunearlo.Y hasta hoy. Un sistema compositivo convertido en un arma con el que desprenderse del mundo para dominarlo mejor.
Con la perspectiva el mundo siempre se ve a través de una ventana. Es decir desde un interior














