











Las catedrales del cine, suntuosamente construidas entre los años treinta y cincuenta, han caído en el olvido. Cerradas y en ruinas, a causa de la proliferación de conjuntos de pequeñas salas, en los años setenta y ochenta -decaídas a su vez, por la irrupción de Internet y de las plataformas que permiten ver cine -aunque no escucharlo en medio del bullicio de una casa de pisos -, algunas han sido rehabilitadas o al menos usadas de nuevo para funciones y tareas alejadas de las ceremonias sagradas que constituyen o constituían las proyecciones cinematográficas con todas las butacas vendidas. Hoy son simples aparcamientos, supermercados, tiendas al por mayor, gimnasios….espacios públicos o privados entregados al comercio y al ocio desacralizado, indiferentes a la majestuosidad a veces exagerada o ridícula, vergonzante, aunque paradójicamente placentera, entrañable y ensoñadora, de las salas, las antesalas y los accesos concebidos como salones donde exhibirse y encontrarse, ver y ser visto . La velocidad del comercio y del ejercicio físico -cuyas estructuras meramente funcionales parecen temporales, de quita y pon, ante la serenidad decadente del edificio- no casa con el silencio que el auto sacramental del cine exige. La sala de cine convertida en un cascarón vacío que cualquiera puede ocupar sin atender a la historia del lugar. El desinterés por el pasado es un buen reflejo de los tiempos aún marcados por el ansia de novedad cada vez más escasa -y quizá innecesaria, patético o risible.
Como bien lo muestran las fotografías de los franceses Yves Marchand y Romain Meffre, conocidos por su interés en las ruinas modernas, y las ciudades arruinadas;