viernes, 13 de marzo de 2026

CHRISTO (1935-2020) & JEANNE-CLAUDE (1935-2009): WRAPPED TREES (COPAS EMPAQUETADAS, 1967)









Fotos: Tocho, ARCO, Madrid, marzo de 2026

Una de las obras más atractivas de la última feria de arte ARCO en Madrid este año: una obra o una maqueta de obra, o la maqueta de un proyecto, realizada por los mismos artistas que hubieran desarrollado el proyecto que no pudo llevarse a cabo en la realidad , falto de permisos. y por miedo, sin duda, consistente en envolver copas de árboles de hoja caduca, en invierno, como ocurre cuando se protege un árbol de las heladas.
El envoltorio, reciclable, no solo protegía el árbol, sino que evocaba lo que le faltaba y que renacería una vez el árbol se desprendía de su capullo impermeable, y energía, como si el envoltorio alumbrara las hojas, y el renacimiento del árbol, como si la función de la obra fuera activar la vida de la naturaleza, en un juego insólito entre naturaleza y cultura.
El proyecto pudo llevarse q cabo, en otro lugar, decenios más tarde.
La vida se abre vía siempre , aunque dificultosamente.
 

miércoles, 11 de marzo de 2026

Intertextualidad, o algo así ….

 Se han escrito textos, como los cuatro evangelios canónicos, y una pléyade de evangelios apócrifos, atribuidos a autores que nunca pudieron haberlos redactado -por haber vivido decenios o siglos antes de su redacción. Encontramos hermosas obras cuya autoría recae en escritores que nunca existieron, se les conozca desde siempre con nombres como Homero, María Magdalena o Salomón.  Existen una multitud de creaciones literarias falsas, es decir, firmadas por autores reales que nunca los escribieron, como algunos diálogos de Platón o cartas de Pablo; textos de autoría dudosa, discutida; sabemos de composiciones que incluyen párrafos de otros autores que no se citan. Se conocen obras teatrales  de un escritor como Shakespeare de las que bien pudieren haber sido escritas por Marlowe. Que la duda de si grandes dramaturgos barrocos franceses plagiaban obras del rival -para acallarlas, apropiándose de ellas-, se inspiraban en ellas o trataban emularlas? Se han redactado incluso falsificaciones intencionadamente, buscando engañar. Desde el segundo Quijote de Avellaneda (un autor por otra parte inexistente), hasta poemas celtas atribuidos a Ossian, un supuesto bardo sajón, que fueron, en verdad, una (magistral) invención dieciochesca. Escritores hubo que encargaban novelas a “negros” -a autores mantenidos en el anonimato-  para mayor gloria de aquellos: ¿cuántas novelas fueron firmadas, pero no redactadas por Dumas?

Mas, la concepción de la autoría en la antigüedad occidental era muy distinta a la noción moderna o contemporánea. Un texto deslumbrante solo podía ser obra  de un ser superior, un dios, un héroe, un espíritu. Así ocurre con los libros de las principales religiones monoteístas. Está falsa atribución no pretendía engañar, sino honrar el escrito considerado a la altura de lo que un inmortal bien pudiera haber creado. Los derechos de autor estaban ya  reconocidos en el siglo XVIII, pero solo devinieron internacionales un siglo más tarde -salvo en países colonizados.

Hoy se puede citar la obra de otro autor y reproducir fragmentos indicando la procedencia. Por este motivo, obviar la referencia convierte un original en un plagio. El trabajo de un autor consiste en la copia a escondidas de la obra de otro escritor, a menudo de menor fama. La noción de intertextualidad es un astuto intento de redimir el plagio, sosteniendo que un texto solo adquiere un determinado sentido en función del contexto en el que se inserta. 

Es por este motivo que cabe preguntarse si el fallecimiento de un escritor afamado, como leemos estos días, condenado por numerosos plagios en su día, lo redime del descrédito, como si la muerte de un ladrón lavara sus faltas. Si la originalidad es un criterio para ensalzar a una obra, su ausencia conlleva el ninguneo. Por el contrario, si la existencia de plagios da la clave de la importancia de un texto, la fama debería recaer en el plagiado, no en quien plagia. 

La cita, que reconoce la primacía y la importancia de un texto, es un homenaje que engrandece a ambos autores: a quien se cita y a quien tiene la inteligencia de destacar lo que otros autores ya han escrito sobre un tema. El plagio, en cambio, echa sombra sobre la creación. Los textos solo tienen sentido dentro de un contexto, en efecto, y en un texto resuena el eco de múltiples voces -que un autor que reconoce que forma parte de una tradición no acalla. El plagio, por tanto,  silencia las voces que copia. Y el silencio es el advenimiento de la muerte (de la creación artística personal o colectiva).

martes, 10 de marzo de 2026

La belleza mortífera

 




Los ojos humanos no aguantan la visión de la belleza divina. Quedan deslumbrados, ciegos. Bien lo sufrió Semele, una humana, con quien Zeus, engañando, como era habitual en él, a su esposa, la diosa Hera, se acostaba, en lo hondo de una húmeda cueva, después de haber amortiguado el resplandor de su cuerpo, oscureciéndolo o afeándolo. 

Hera descubrió con quien Zeus pasaba las noches. Descendió del Olimpio, se adentró en la cueva, descubrió a una pálida, mortal humana, y supo qué ocurría: Zeus se le aparecía disfrazado. Irónica, Hera le confesó, arteramente, que se apiadaba de ella: Semele no había contemplado nunca, como sí lo hacía ella, la diosa Hera, al padre de los dioses en todo su esplendor. Por la noche, inevitablemente, Semele rogó a su amante que le concediera un favor: que se mostrara, no a escondidas, sino tel como era. Zeus no pudo negarse. Satisfacía todos los deseos de Semele. Apenas se descubrió, Semele cayó fulminada.

Los pensadores neoplatónicos solventaron un dilema: los humanos admiramos la belleza, pero su personificación, la diosa Afrodita, es tan deslumbrante que es invisible, como el sol. No se puede ver a simple vista. Así, sostuvieron que la diosa Afrodita (o Venus) que aprecian, era la diosa de la belleza, ciertamente, pero revestida, para ocultar o amortiguar la excesiva belleza de su cuerpo. Si se desvistiera, lejos de acrecentar su hermosura, y el deseo que provocaría, su cuerpo se convertiría, a ojos humanos, en un agujero negro, y los humanos ya no serían capaces de apreciar belleza alguna;  m ya no podrían ver nada. La irradiación del cuerpo desnudo les habría quemado los ojos.

La doble cara de la belleza, y por tanto su peligro, fue un tema recurrente siglos más tarde. En el romanticismo europeo, la belleza era un disfraz que ocultaba -y hacía  soportable- la negrura, la fealdad y la capacidad destructiva o disolvente, corrosiva, del mundo terrenal. La belleza era una ficción que embellecía y disimulaba el horror. En este caso, lo hiriente no era la belleza, sino la fealdad. Las bellas maneras ofrecían una imagen soportable del vacío y la disolución, del ciego y despiadado ímpetu que nada detiene. Se trataba de una ficción asumible y asumida, que impedía ver la que no se podía ver sin caer en la desesperación: la negrura, la insensibilidad o inhumanidad  del mundo.

En todos esos casos, la belleza era una irradiación -o era una sensación placentera, que llenaba y colmaba, suscitada por el encuentro con un ente o un ser pletórico de luz-, o bien era un velo, una disimulación: la cara amable -e irreal- del trasfondo o la doble cara, oculta, de la realidad, inevitablemente inaguantable sin la máscara de la belleza.

Quienes supieran aunar, en una misma imagen belleza y horror, fueron los artistas helenísticos, cuando invirtieron la representación de la Medusa, una de las horrísonas Gorgonas, cuya fealdad petrificaba. Las representaciones arcaicas y clásicas del monstruo insistían  en la bestialidad y la deformidad del rostro: una ristra de afilados colmillos, unos ojos desorbitados, una lengua serpentina que colgaba ávida, en una faz chata, tumefacta. La visión del rostro desorbitados la Medusa, aureolada en ocasiones de serpientes enredadas, que componían una cabellera encrespada, aterrorizaba.

Más, a partir del siglo cuarto, la imagen cambió. El rostro se serenó, se dulcificó. Los rasgos bestiales desaparecieron. Lo que se revelaba , en cambio, era un rostro perfecto. Una fez que no se alteraba. Ninguna pasión interior la fruncía. Se trataba de un rostro liso, distante, inexpresivo. Inclasificable. Inhumano. Todo estaba en su lugar. Pero parecía una faz inerte, que no sintiera nada. Insensible, como si nada le llegara ni le afectara, como si no quisiera saber nada ni tener nada que “ver” con las preocupaciones y los deseos humanos. Un rostro que no era de este mundo. La extrañeza que produce, la inquietud que suscita este rostro, está muy lejos de la beatitud y del placer que una faz hermosa despierta. Lejos de gustar, el rostro liso de la Medusa helenístico repele. 

La belleza requiere una mínima imperfección para ser humana, cercana, asumible: algún elemento que desentone apenas; un desajuste invisible y sin embargo perceptible aunque indefinible. Su ausencia, por el contrario, perturba, como perturba el silencio absoluto que debería tranquilizar por la ausencia de rumores y vibraciones que, en verdad, son signos de vitalidad. La frialdad, el silencio, la perfección solo rigen en el mundo de los muertos. La insensibilidad, el desafecto que expresa un rostro perfecto, provoca un rechazo, ahuyenta porque tememos que el hieratismo nos contagie, y ya no seamos capaces de apreciar las bellezas mundanas, imperfectas pero cercanas, humanas. 






domingo, 8 de marzo de 2026

En esos días de furia y fuego….

 HIMNO ÓRFICO LXVI: A HEFESTO


“HEFESTO de ánimo bronco, vigoroso, incansable fuego que brilla con ígneos resplandores, deidad que trae la luz para los mortales y la genera, de manos poderosas, eterno artesano. Obrero, porción cósmica, elemento irreprochable, voraz, que todo lo doma, el más alto de todos, que todo lo recorre; firmamento, sol, estrellas, luna, luz pura. Porque todos éstos son miembros de Hefesto que se manifiestan a los mortales; toda casa, toda ciudad y los pueblos todos son tuyos, y los cuerpos de los mortales ocupas, muy dichoso y poderoso. Escúchame, pues, bien­aventurado, te invoco a la piadosa libación, para que siem­pre acudas amable a nuestros alegres trabajos; extingue la rabiosa locura del fuego incansable, manteniendo la llama de la naturaleza en nuestros cuerpos.”

Los himnos órficos, supuestamente compuestos por el mítico poeta griego Orfeo, son unos textos redactados posiblemente en Asia menor hacia el siglo III aC.
Están dedicados a los principales dioses griegos.

Hefesto era el dios del fuego utilizado en técnicas artesanas como la cerámica y la forja. 
Se trataba de un fuego vital. El fuego que Zeus negó a los humanos -porque el dios Prometeo, tan cercano a los humanos, se negaba a predecir a Zeus quien sería el hijo que tendría que lo suplantaría a la cabeza del panteón- fue recuperado y devuelto a los humanos por Prometeo, un fuego cuyas llamas el dios robó de la forja de Hefesto.

El fuego de Hefesto no era la lumbre del hogar, sino la chispa con la que dioses, héroes y magos configuraron o recrearon el mundo. Todas las mansiones de los dioses fueron forjadas por Hefesto.
Fuego de la vida que se oponía al fuego destructor que todo lo consume. Fuego necesario, contrario al fuego condenable que destruía las creaciones -hogares, y útiles, entre otros- que preservaban la vida.
Quizá haya llegado el momento de invocar e implorar a este dios.

sábado, 7 de marzo de 2026

No - lugar

 Las últimas salas de la colección permanente del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en Madrid, dedicadas al siglo XXI, que la anterior dirección del centro organizó, no fueron las más acertadas: exponían pancartas, banderas y folletos políticos, convertidos en obras de arte, musealizados, momificados, perdida su función propagandística y de protesta, si bien su calculada distribución desordenada en las salas no desmerecían de la presentación del resto de la colección. Podido tener interés o suscitar desinterés, pero estaban muy bien, y astutamente, colocadas y no dañaban física y visualmente el espacio que acogía bien el material expuesto. La estructura de las salas y su articulación habían sido respetadas. Éstas, en su origen, no formaban parte de un museo, sino de un hospital o un hospicio. Pero en ningún caso, las obras entraron en conflicto con el lugar que podía ser apreciado o no, admirado o no, pero nunca negado. Se hizo lo que se pudo y se pudo mucho.

El final de la colección permanente, referida a finales del siglo XX ha vuelto a replantearse: obras, textos y montaje han cambiado.

Una exposición es una disposición de obras en el espacio, obras que tienen que relacionarse con las que las acompañan, y con el lugar en el que se manifiestan. El espacio entra o no en resonancia con las obras. Una mala relación puede silenciar las obras, y éstas ningunear las salas. Una colección no es un conjunto de obras sueltas, maestras o no. Su maestría no viene dada, sino que se construye y se manifiesta en la relación que una obra teje con las que las acompañan y con el lugar. Tienen que hallar su lugar en la secuencia de obras y de salas.

La presentación actual, definitiva, introduce paneles que se confunden con los cuadros colgados de aquéllos, y que recuerdan los que se utilizan en las oficinas, paneles de quita y pon, sin grosor, sin cuerpo, que parecen propios de un montaje provisional, y que desentonan con la arquitectura barroca, sin que se sepa muy bien porque se han instalado. Si de algo no adolece el museo es de muros con entidad, que infunden casi un excesivo respeto. Pero que merecen un respeto. Y un panel no es un muro. Es un objeto suelto, desarticulado, que no compone ni estructura un espacio. Es un recurso de última hora, útil es una muestra temporal, en una feria, pero que no tienen sentido en una construcción barroca. Sobre todo si dichos paneles se colocan como si fueran esculturas, sin relación con el lugar.

Las películas pueden ser obras de arte. Requieren un tiempo y un espacio. Una atmósfera. Una sala oscura. Proyectadas en un pasillo sobre una pantalla traslúcida, a plena luz, por la que se transita, es una muestra de involuntario desprecio hacia la película que se ve o no se ve desde una caricatura de gradas en las que casi nadie se asienta, porque la película se pierde en el espacio de tránsito.

Un museo posee pasos y salas. Los pasos configuran zonas de paso. Se circula, no se contempla. Nadie se detiene en una zona de paso. No tiene sentido. Utilizar una rampa para colgar a ambos lados fotografías significa que dichas obras no merecen mayor atención y se cuelgan como decoración o atrezzo. Lo mismo ocurre con obras ubicadas en espacios que conducen a los servicios.

Si algo caracterizaba la anterior disposición de la colección era su perfecta colocación de las obras en el espacio. Dignas o indignas, con textos claros u abstrusos, presentadas como meras ilustraciones de textos o como obras que daban pie a reflexiones, su exposición tenía en cuenta el lugar donde se exponían y en compañía de quien se mostraban. Seguramente algunas obras empalidecían en los almacenes. Tal como se presentaban adquirían dignidad y empaque y dignificaban el espacio. Todo esto se ha perdido… a cambio de, posiblemente, nada.  


https://elpais.com/babelia/2026-03-07/demolicion-en-el-reina-sofia.html


Agradecimientos a HT y AM por sus reflexiones.

Y a RA por sus consideraciones sobre los llamados “no lugares” 

 


viernes, 6 de marzo de 2026

MONA HATOUM (1952): JAULA, 2019




Foto: Tocho, ARCO, Madrid, marzo de 2026

Una pequeña jaula de pájaros adquirida en Atenas -la “patria” de la democracia.

Jaula: en latín cavea, un recinto o una cavidad para encerrar animales salvajes, y las gradas de un teatro o un anfiteatro desde donde el público asiste a una representación y descubre el drama que se escenifica ante sus ojos.

En su interior, dos ovillos compuestos por mechones. El pelo es una reliquia. Remite a quien lo poseía. Cuando el cuerpo fallece, el pelo sigue vivo un tiempo, crece y perdura. La persona sigue, de algún modo, allí presente. El pelo es un signo de identidad; y de vigor, de fuerza y de valor. La humillación, por el contrario, pasa por rapar la cabeza. Y la pérdida del pelo conlleva la inmediata debilidad de la persona.

Dos ovillos en una jaula. ¿Una pareja, acaso?  Puede haber hallado un refugio seguro detrás de unos barrotes, que corten el paso a quien pudiera causar el mal, pero pudieran igualmente haber quedado encerrados, habiéndose el hogar transformado en una cárcel.

La artista libanesa Mona Hartoum deja la puerta abierta a interpretaciones opuestas. No fuerza ninguna lectura.
La situación del Líbano, hoy, apunta, sin embargo, inevitablemente hacia una determinada visión.

Otra gran obra, de pequeñas dimensiones, expuesta en la feria ARCO, en Madrid, este año.

corten el 
 

SAJID WAJID SHAIKH (1989): HOME? (¿HOGAR?, 2024)







 

Fotos: Tocho, ARCO (Madrid), 2026


Sobre una construcción inestable de ladrillos rotos, fragmentos de mármol de un santuario islámico en la India, intencionadamente destruido. La pequeña y amenazada comunidad musulmana es el objetivo de este atentado en aquel país de mayoría hinduista.

Una pesada almádena metálica cuya cabeza tiene la forma de una casa con un tejado a sus aguas, sin puerta ni ventanas, un volumen ciego y macizo, evoca bien la destructiva función del útil: demoler casas y santuarios para desestructurarlos y ahuyentar pequeñas comunidades, desestabilizadas por la pérdida de centros comunales. 

Sobre estos fragmentos, unos grabados representan casas. Bien mirado, éstas son imposibles. No caben en la realidad; no pueden tener realidad alguna. Son ilusiones, que dicen bien de la pérdida de ilusión de una comunidad. Sus viviendas ya solo existen en sueños. Figuras irreales inscritas en ruinas. Unos trazos inscritos en el mármol que no constituyen casa alguna, que no llevan a nada. El golpe recibido ha quebrado cualquier sueño de una vida asentada.

La obra de Sajid Wajid Ahaikh es posiblemente la más sugerente y potente expuesta en la actual feria ARCO en Madrid.