Cervantes se paseaba un día por un mercado de viejo en Toledo. Estaba angustiado. Estaba escribiendo las aventuras de don Quijote que había leído, pero el texto que tenía en manos era incompleto. Buscaba y rebuscaba la continuación para seguir copiándolo o seguir inspirándose en aquel. La historia se había quedado detenida en medio de una contienda, con las armas alzadas. No sabía qué hacer, ni cómo continuar.
En esas, Cervantes se topó con un muchacho que vendía papeles y libros viejos. Rebuscando, Cervantes halló una caja llena de hojas sueltas. Pero estaban escritas en letras árabes. No era capaz de leerlas, Pero no se preocupó. En el Toledo de su época, escribió Cervantes, no costaba hallar quien conociera las lenguas más antiguas. Y así fue.
Un aljamiado, es decir quien sabía aljamía , castellano escrito en letras árabes (una palabra de origen árabe, alachemia, que significa extranjera), se ofreció y se puso a leer en silencio. No pudo contener la risa. Cervantes le preguntó qué contaba el texto: una historia en la que la dulce Dulcinea no quedaba muy bien parada. De inmediato, Cervantes intuyó que sus preocupaciones podían estar llegando a término. Preguntó qué era este texto, cómo se titulaba, quién lo había escrito. El aljamiado le respondió: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo.
No bien hubiera oído esto, Cervantes adquirió el legajo. Ahora podría seguir copiando, en letras latinas, las aventuras de don Quijote, a partir del original -o de su transliteración en alfabeto árabe- escrito por un autor árabe que sabía castellano, un aljamiado. Cervantes, así, se presentaba como un copista, y asumía que el verdadero autor no era un “cristiano viejo”.
La aljamia (una palabra de origen árabe, que significa la extranjera) , el castellano escrito en alfabeto árabe, no era una rareza en la España del siglo XVI. Era un testimonio del transvase de una cultura a otra, de un alfabeto o escritura a otra, un fenómeno que se ha dado a menudo en la antigüedad (pensemos en la más conocida piedra de Roseta egipcia con un texto en egipcio y en griego, con tres tipos de escritura), como comentaban unos estudiosos esta tarde, entre quienes se halla Heather Ecker, estudiosa del arte islámico y conservadora del departamento de arte islámico en el Museo de Dallas, a quien agradecemos que nos halla revelado el tema de la aljamía, fundamental en los estudios literarios españoles manieristas y, sin embargo, poco conocido.
Sin querer idealizar el pasado, hubo posiblemente un tiempo en que las culturas no necesariamente chocaban.
Miremos hoy lo que está ocurriendo en España, donde existen comunidades que ni siquiera aceptan integrar a unos pocos niños que podríamos definir como aljamiados.
Cervantes escribió este juego meta literario con humor, sin amargura, a la vuelta de su esclavitud en Argel.
Nota:
Cervantes escribió (Quijote, parte 1, cap. 9):
“ Estando yo un día en el Alcaná de Toledo, llegó un muchacho a vender unos cartapacios y papeles viejos a un sederoVI, 21; y como yo soyVIIaficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles, llevado desta mi natural inclinación tomé un cartapacio de los que el muchacho vendía y vile con carácteresVIII, 22 que conocí ser arábigos. Y puesto que aunque los conocía no los sabía leer, anduve mirando si parecía por allí algún morisco aljamiado que los leyese23, y no fue muy dificultoso hallar intérprete semejante, pues aunque le buscara de otra mejor y más antigua lengua le hallara24. En fin, la suerte me deparó uno, que, diciéndole mi deseo y poniéndole el libro en las manos, le abrió por medio, y, leyendo un poco en él, se comenzó a reír.
Preguntéle yo queIX de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y élX, sin dejar la risa, dijo:
—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha»25.
Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación, le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo26. Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recebí cuando llegó a mis oídos el título del libro, y, salteándosele al sedero27, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real; que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. ApartémeXI luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor28, y roguéle me volviese aquellos cartapacios29, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo30, y prometió de traducirlos bien y fielmenteXII, 31 y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le truje a mi casa32, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mesmo modo que aquí se refiere.”


