Fernando Albaladejo (UPC-ETSAB), Pedro Azara (UPC-ETSAB) & Carlos Navas (UPC-ETSAB y KIT)
Firmado por el jefe del Estado, Francisco Franco, el Boletín Oficial del Estado publicó, el 13 de diciembre de 1946, un decreto en el que se ordenaba la expropiación de terrenos para la instalación del Colegio Mayor Raimundo Lulio y las facultades de Ciencias y de Farmacia en una nueva Ciudad Universitaria, localizada en el barrio de Pedralbes de Barcelona. Dicho decreto de expropiación forzosa era consecuencia de los intentos frustrados de compra de bienes privados en una de las salidas —la considerada más noble— de la ciudad.
Este texto (una ponencia), sobre las primeras expropiaciones, obras y corrupciones, para una expansión de la ciudad de Barcelona a consecuencia de la destrucción de la guerra civil, que aunaba educación y deporte, cuenta la historia de tal inicial fracaso.
EL PROYECTO DE LA CIUDAD UNIVERSITARIA
Barcelona poseía una sede universitaria: la Universidad Literaria de Barcelona, desde el último cuarto del siglo XIX. El edificio fue bombardeado durante la Guerra Civil. Las aulas de los estudios de Farmacia quedaron muy dañadas. Las lecciones reemprendieron en la Universidad Central en el curso 1940-41. La restauración de la sede, así como el cambio de uso de alguna estancia, no concluyó hasta cinco años más tarde.
Uno de los más graves problemas planteados a la Universidad de Barcelona era “la insuficiencia de sus instalaciones”. Resultaba indispensable “desarrollar un plan de construcciones en las que pudiesen albergarse las Facultades y Escuelas más necesitadas de nuevos alojamientos”, así como dotar a la institución de equipamientos complementarios como residencias universitarias, alojamientos para profesores y hasta centros de investigación como el CSIC.
La reapertura de la universidad, según unos nuevos programas, incidía en la visión política y moral del nuevo régimen. La Ley del 29 de julio de 1943 sobre ordenación de la Universidad española así lo explicitaba: “Cuando adviene la unidad nacional y suena la hora universal de España, nuestra Universidad (…) aparece en la plenitud de su concepto para servir los ideales de su destino imperial”.Durante una visita a la Universidad de Barcelona el año del decreto de las expropiaciones forzosas, ante “las altas autoridades eclesiásticas, civiles, militares que nos honran”, el ministro de Educación Nacional, José Ibáñez Martín, manifestó que las “instituciones fundamentales de la vida española” eran “la Iglesia, la Universidad y el Ejército”. No se podía enunciar de manera más clara y contundente el papel ideológico de la Universidad en la postguerra.
El arquitecto Francisco Nebot de Paula fue el autor del proyecto de la Ciudad Universitaria. Su ubicación, en el barrio de Pedralbes, se localizaba sobre una extensa área casi completamente libre de construcciones, una gran parte de la cual pertenecía a la familia Güell (Il. 1), para la que Nebot había concluido anteriormente la reforma y ampliación con fondos privados de una torre decimonónica, convertida en Palacio Real. Allí tan solo se encontraban, dispersos, además del citado Palacio, el cementerio de las Corts, el Cuartel del Bruch y la Casa Provincial de la Maternidad.
Se conservan unos ciento cincuenta planos y, sobre todo, bocetos de la “Ciudad Universitaria, Parque Municipal y Jardín de Deportes Universitario” —como anuncia una de las cartelas—, ejecutados por el propio Nebot. No suelen estar fechados, pero incluyen el Monumento a los Caídosque los arquitectos municipales Adolf Florensa y JoaquimVilaseca proyectaron y construyeron. Este monumento, perfectamente reconocible en los dibujos, se inauguró en 1951. Su ubicación frente a la verja de entrada a los jardines del Palacio Real, en el lado mar de la avenida del Generalísimo Franco (Diagonal), organiza todo el proyecto de la Ciudad Universitaria, que se desarrolla a ambos lados de aquél, estableciendo una enigmática relación ¿simbólica? entre el Palacio, el Monumento a los Caídos y la Ciudad Universitaria.
Una vista aérea pintada en guache (Il. 2) muestra la extensión de la misma. La Ciudad Universitaria se ordenaba longitudinalmente a lo largo de dos ejes paralelos, la avenida del Generalísimo Franco y la calle de Europa, desde la plaza circular de Santa María de la Cabeza, en la que dos altas torres, a lado y lado de la avenida, enmarcaban el acceso (Il. 3). A lo largo de los dos ejes longitudinales antes citados, se disponían, por el lado del mar de la avenida principal, seis bloques monumentales continuos, dispuestos a lado y lado de un segundo eje, de menor importancia, pero no de menor simbolismo: el eje perpendicular definido por el Palacio Real y el imponente Monumento a los Caídos. Una segunda fila de bloques semejantes se dispone a lo largo de una calle interior, paralela a la avenida principal (Il. 4). Los bloques de piedra y ladrillo ofrecen un frente continuo, con una misma altura salvo por torreones escalonados en los extremos de los bloques, a modo de zigurats, puntuado por retranqueos volumétricos, hacia la avenida del Generalísimo Franco, y un frente menos rectilíneo, marcado por acentuados volúmenes en U, a lado y lado de la calle interior (Il. 5). Por el lado de montaña, por el contrario, contra la ondulada masa oscura de la sierra de Collserola, se perfila una composición distinta: grupos aislados de edificios de planta central, cupulados, separados entre sí, de color claro, a lado y lado del jardín vallado del Palacio Real. (Ils. 6 y 7)
El anteproyecto de Nebot encajaba perfectamente con la urbanización y monumentalización del final de la avenida Generalísimo Franco, acelerado por los preparativos del XII Congreso Eucarístico que iba a tener lugar en este tramo final de la avenida en 1952. La ‘dignificación’ de la zona conllevaba la erradicación de áreas de chabolas, llevada a cabo de manera tajante. El vocabulario político utilizado por el despiadado Gobernador Civil Felipe Acebo Colunga, “sobre los problemas de las barracas”, en el barrio de las Corts, donde se iba a construir la Ciudad Deportiva y el nuevo estadio del F.C. Barcelona, es explícito: “una serie meditada de resoluciones encaminadas a la extirpación de esta lacra social”.
La acogida entre algunos sectores de la profesión no fue tan entusiasta. El proyecto fue severamente criticado por una comisión que incluía al Decano del Colegio de Arquitectos de Cataluña y Baleares, el urbanista Manuel de Solà-Morales, que consideraba “la extensión y el desarrollo lineal asignados actualmente a la zona de edificios propiamente docentes (…) insuficientes e inadecuados”. El propio arquitecto municipal José Soteras, ya en 1949, consideraba que se debían abandonar las vías interiores de circulación rodada en favor de unas supermanzanas. Ni siquiera el estilo entre neoclásico y art decó del anteproyecto habría gustado al ministro Ibáñez Martín. Cinco años antes del anteproyecto, ya declaró:
“(…) en cuanto al estilo, yo, personalmente, no tengo uno definido como de mi preferencia, ya que, aquí, tienen ustedes en Barcelona el ‘Pueblo Español’ que es una de las cosas más bellas que he conocido y en el que no predomina ningún estilo y existe una muestra de todos, a cuál mejor”.
LA CONSTRUCCIÓN DE LA CIUDAD UNIVERSITARIA
El 22 de diciembre de 1950 se constituyó la Junta de Obras de la Ciudad Universitaria. De los muchos edificios que poblaban los dibujos de Nebot, finalmente no se construyó ninguno. De aquel plan apenas han quedado el perfil, la extensión y la disposición del área de la Ciudad Universitaria, con edificios a ambos lados de la avenida Diagonal, y una Ciudad Deportiva, en el extremo más alejado del centro de Barcelona.
Es difícil precisar la fecha del inicio efectivo de las obras.Su desarrollo avanzó de forma intermitente debido a la falta de presupuestos. Los años cincuenta y principios de los sesenta fueron los más fecundos, pero el paso del tiempo ha demostrado que el proyecto se convirtió en una colección de edificios desaparejados, dispuestos sin un plan regulador.
La implementación de los proyectos urbanísticos y constructivos requirieron la previa compra o la expropiación urgente de solares, así como la puesta en marcha de concursos de arquitectura de nueva planta públicos y encargos directos de obras o de reforma de obras. Estos procedimientos, entre los años cuarenta y sesenta del siglo pasado, se vieron enturbiados por un juicio y una condena por cobro de comisiones en 1952 de dos arquitectos y un aparejador de la citada Junta de Obras, y de un corredor de fincas. De esta sonada polémica se hicieron eco los tabloides de la época.Las obras se pueden agrupar en cuatro bloques, tres centrales y uno periférico. Del lado mar de la avenida del Generalísimo Franco: los Colegios Mayores de Raimon de Peñafort y de Nuestra Señora de Montserrat, la facultad de Ciencias, y la Escuela de Arquitectura. Mas, una facultad Politécnica, anunciada en 1951 por el nuevo ministro de Educación Nacional, Joaquín Ruiz Jiménez, no prosperó. La decisión de construir esta facultad no estaba exenta de claras y evidentes connotaciones políticas. Permitiría “descongestionar las Facultades clásicas”, lo que evitaría revueltas: [el ministro] “aludió a este propósito al papel que en las agitaciones subversivas que padeció España representaron muchos hombres decepcionados en la aspiración de ingresar en uno de tales Centros”. La función política de las mejoras educativas superiores, cristalizadas en una Ciudad Universitaria, no podían ser obvias: “incumbe a la actual generación universitaria —afirmó— una gran tarea al servicio de la Patria”.
Las obras en el lado montaña de la avenida tuvieron mayor fortuna y fueron de más calidad. Las facultades de Derecho (1958-59) y Economía (1962-66), de Guillermo Giráldez, Pedro López Íñigo y Xavier Subías, y Empresariales (1954-61), de Francesc Bassó, Javier Carvajal y Rafael García de Castro, se edificaron en solares ubicados a lado y lado del Palacio Real. Respondieron a concursos cuyos fallos se respetaron.En el otro lado de la avenida, el Gabinete Técnico encargó directamente el proyecto al arquitecto Pere Benavent, quien compuso edificios gemelos con fachada a la avenida del Generalísimo (1955-65), que enmarcaban, en un segundo plano, el cuerpo central de la fachada de la facultad de Farmacia.
Los proyectos de la facultad de Ciencias, la Escuela de Arquitectura y la Escuela de Ingenieros compartieron un mismo origen. Ya antes del primer decreto de expropiaciones de solares para la Ciudad Universitaria, el ministro Ibáñez Martín sostenía:“(…) que él no era partidario de pabellones independientes para cada Facultad o Colegio, sino de un solo bloque de edificios con una sola puerta, donde todos tuvieran cabida y espacio suficiente, que al mismo tiempo redundaría en provecho de los estudiantes, puesto que al estar todos ampliamente agrupados, tendrían más facilidades para las comunicaciones urbanas de autobuses y tranvías y se fomentaba la camaradería con una mayor convivencia estudiantil”.
La facultad de Ciencias, como tal, nunca se construyó. La desaparición de las Ciencias como un bloque unitario en favor de la disgregación en áreas de conocimiento más específicos, llevó a que el concurso exigiera un proyecto de cuatro edificios interrelacionados —de los que solo se construyó uno, dedicado a Químicas. El primer premio fue declarado desierto, concediendo la realización del proyecto definitivo al equipo de los hermanos Manuel y José Romero Aguirre, el 11 de noviembre de 1954. El edificio fue inaugurado quince años más tarde.El procedimiento para la realización de dos proyectos de las Escuelas de Ingenieros y de Arquitectura fue distinto. Se llevaron a cabo sin un concurso abierto. La razón era evidente. Ambas escuelas disponían de los profesionales capaces de llevar a cabo los proyectos. Mientras la Escuela de Ingenieros se proyectó y se construyó de manera independiente (1960-64), la Escuela de Arquitectura llegó a un acuerdo con la facultad de Bellas Artes para organizar el concurso de una manzana, al final de la Ciudad Universitaria. En ella también se daría cabida a la Escuela de Aparejadores. El resultado daba la espalda a la avenida del Generalísimo y organizaba una serie de volúmenesunidos por una galería porticada en torno a un patio. Sin embargo, sucesivas modificaciones no tardaron en desdibujar la silueta original de la propuesta ganadora de Eusebio Bona, José María Segarra y Pelayo Martínez(1961). Una historia que, en consonancia con la mayoría del resto de actuaciones, volvía a repetirse.
CONCLUSIÓN
Setenta y cinco años más tarde, ¿qué ha quedado del largamente elaborado proyecto de la Ciudad Universitaria? Todo o mucho, y nada. El proyecto sigue vivo: una nueva Escuela de Ingenieros está en obras. Algunos edificios han cambiado de adscripción. La creación de la Universidad Politécnica de Cataluña, en 1971, conllevó el traslado administrativo —aunque no físico— de las Escuelas Superiores de Ingenieros, Arquitectura, y Aparejadores. A la Escuela de Química se le adjuntó una facultad gemela, de Físicas, recuperando en parte el proyecto original de la facultad de Ciencias. Un nuevo Campus, el Campus Nord, perteneciente a la UPC, planificado y no resuelto mediante la suma de edificios desparejados, se ha instalado en el límite norte de la Ciudad Universitaria a finales del siglo XX, y aún crece.
Así que la elección de una de las puertas de entrada y salida de la ciudad para ubicar la Ciudad Universitaria no habría sido un error. Posee edificios notables y algunos bien conservados. Pero carece de lo que constituye una ciudad universitaria: espacios de encuentro públicos. Hoy ya es demasiado tarde. La Ciudad Universitaria apenas puede extenderse más. Quizá nadie ya sueña con estos espacios físicos complementarios. El espacio virtual ha llamado a la puerta y parece decidido a quedarse.









