sábado, 17 de octubre de 2026

La torre de Babel, hoy (Backrooms)

 











Fotos de pantalla, octubre 2026, sobrevolando los Cárpatos.


¿Una película con voces en sumerio -que no se sabe cómo suena ni si realmente se hablaba, o si era un idioma solo escrito-, en acadio, en hitita, en persa, en arameo?

No solo en leguas muertas del Próximo oriente antiguo. También en griego antiguo y en latín.

Así como en una multitud de lenguas vivas, desde el ucraniano al urdú, entre muchas otras.

Voces que resuenan es un intrincado espacio de múltiples pisos, descrito por uno de los personajes como un laberinto.

Los laberintos, para Borges, eran la viva imagen de la torre de Babel. Sea o no casualidad, uno de los grandiosos y tétricos escenarios de la película sea una honda galería de pisos alrededor de un pozo que evoca la biblioteca de Babel que Borges describiera.

La referencia a esta estructura arquitectónica no es imaginaria: el protagonista es un arquitecto.

La cumbre de la torre de Babel, tal como se describe en el mito, habría sobrepasado las nubes y alcanzado el empíreo, si los dioses, asustados, no hubieran sembrado, como una plaga, una multitud de lenguas que impedirían que los constructores siguieran estando o poniéndose de acuerdo. La torre de Babel era fruto de la soberbia a la que la falta de comunicación ponía coto.

La torre de Babel en cuyo interior acontece la acción es también una construcción infinita, pero que se adentra en las profundidades de la tierra hacia el infierno. Una estructura poblada por una cacofonía de voces incapaces de dialogar: un diálogo de sordos.

La República sobre la que Platón escribió  era una metáfora del alma, una imagen que la mística hebraica, cristiana e islámica retomaría. La armonía de estancias o de barrios simbolizaba un alma en paz en una ciudad apaciguada.

La nueva torre de Babel bien podría ser también una doble imagen: de un mundo convulso, y de una mente desorientada, sombría y angustiada. Los pasillos interminables que solo conducen a otros pasos aún más recónditos, por los que resuenan voces que chocan entre sí, bien recuerdan la confusión mental de los protagonistas. Un descenso a los infiernos, una pérdida de su, una ruptura con el mundo, el peso de la culpa, el miedo al encuentro: una relación enfermiza con el mundo convertido en una montaña insuperable, un abismo, en verdad, insondable, en el que el miedo que acogota y empequeñece reina. La nueva torre de Babel representa bien la desorientación, la confusión y la pérdida de referencias en las que hemos caído.

Pese a un exceso de referencias a Psicosis, El show de Truman  y quizá al Exorcista, la película Trasteros (Backrooms), de Kane Parsons (2005), estrenada este año, revela que la torre de Babel es un tipo arquitectónico imperecedero que bien puede visualizar la ambición desmedida como el encogimiento anímico: una tipología que es la manifestación de lo que fuimos, somos y seremos -muy posiblemente.

El ultimo testimonio


Foto: Tocho, Iraq, octubre de 2026


Un arquitecto y profesor de arquitectura comentaba anteayer que tenía a sus pies uno de los objetos modestos sin duda más fotografiados del día en la región, si no en el mundo: un ladrillo, un simple ladrillo de terracota que se acababa de extraer de la presión de la arcilla que lo envolvía, arcilla que resultaba de ladrillos de adobe, no cocidos, que habían vuelto a su origen, la tierra, y eran ya indistinguibles de la tierra que no había sido nunca moldeada. El ladrillo de terracota, en cambio, resistía a su desaparición y sobresalía, solitario.

A medida que se desenterraba se iba fotografiando una y otra vez, desde todos los ángulos y atendiendo a lo que los cambios de la luz -una nube en neblina a la luz y, paradójicamente, dejaba que ciertas marcas, oscurecidas a plena luz, cegadas, emergieran. Al mismo tiempo, se dibujaba, se medía, se escaneaba, se componía una filmación en tres dimensiones, y ya se buscaban explicaciones a su insólita presencia en medio de un páramo de polvo.

Un testimonio complejo: un superviviente que había escapado a la destrucción. No debía ser el único ladrillo de terracota. Pero sus congéneres habrían desaparecido, quizá reutilizados en las construcciones de varios pueblos cercanos. ¿A qué se debía su contradictoria supervivencia?  ¿A su insignificancia -frente a la importancia de otros materiales o componentes constructivos? ¿A su perfecta ejecución que le había permitido enfrentarse y sobreponerse a la destrucción del tiempo? 

¿Qué lugar ocupaba, qué función cumplía, a qué edificio o a qué intervención humana -una rampa, una terraza, un pozo- correspondía? 

Un ladrillo mudo, sin duda, que había que lograr que hablara: que fuera capaz, como el genio de la botella, de evocar una obra perdida. 

La arqueología reconstruye vidas a partir de testimonios a veces ínfimos: un hueso, una piedra tallada mutilada, una sombra apenas distinguible en un bloque de arcilla, la esquina desdibujada de un ladrillo. Trata de suplir lo que falta -que es casi todo- a la escucha de las voces que emanan de estas señales que raramente encajan  pero que bien podrían haber estado unidas en un tiempo pretérito.

Un arqueólogo es un poderoso narrador que compone un mundo a partir de palabras sueltas cuyo significado exacto no siempre se alcanza. La fuerza de la arqueología reside en su poder de sugestión: su capacidad de desvelar mundos como si estos aún existieran, como si hubieran existido algún día. Un ejemplo fascinante de inventiva que ningún otro intérprete alcanza.


A OP, por este breve comentario.
 

jueves, 15 de octubre de 2026

La arqueología y lo subterráneo

Quienes visitaron el palacio mesopotámico de Mari, en Siria, del tercer milenio aC, antes que el Estado Islámico lo destruyera, recordarán el recorrido por la laberíntica trama de las estancias delimitadas por muros de varios metros de altura -protegidos por una moderna y discreta  cubierta . El estado de las salas, cinco mil años más tarde, era excepcional. Como excepcional es la muralla de Babilonia salpicada de relieves de terracota en perfecto estado, o las tumbar reales de Ur, cuyas bóvedas, inmaculadas, parecen recién construidas. Este último caso quizá no sorprenda: las tumbas, aunque los accesos se adentren en la tierra a través de zanjas a cielo abierto, suelen estar bajo tierra. Mas, los palacios y las murallas se alzan orgullosos y dominan el paisaje. Salvo en los casos anteriores: lo que se visitaba en Mari y se visita en Babilonia eran o son los cimientos o son construcciones enterradas antes de las obras definitivas -que han desaparecido-, ya que nada que se edificara podía instalarse en un terreno en el que no se hubiera construido previamente. De ahí que se construyera una primera vez y se volviera a edificar sobre la obra anterior enterrada. Obra, que por haber quedado protegida, tras ser descubierta, ha llegado hasta nosotros, mientras que el palacio o la muralla que sí se descubría hace milenios han sido barridos por el tiempo desde hace casi los milenios que han transcurrido desde su construcción.

Las obras en Mesopotamia, levantadas en adobe duraban pocos años. Solo los cimientos perduran.

Así también acontece a menudo con la arquitectura de sillares de piedra. Teatros, anfiteatros y circos romanos, no suelen ser los que acogían los juegos en Roma, sino los soportes o criptopórticos subterráneos.

Los espacions que la arqueología desvela suelen estar enterrados. Son lugares que no se recorrían; solo estaban al alcance de los espíritus. La arquitectura trata la ciudad de los vivos; la arqueología, la ciudad de los muertos, a quienes les devuelve una ilusión de vida. Como en el cuento de Blancanieves, la arqueología interrumpe un sueño eterno. Lo que revive había llegado a su fin. Su vida había concluido. Su desaparición era lógica, esperable. La arqueología prolonga una vida que no debiera mantenerse.

Hoy mismo, en un yacimiento, una canalización, correctamente enterrada, monumental pero invisible, ha quedado expuesta a la vida de todos. Exhibiendo sus perfecciones y sus problemas. Desnuda y vergonzosa. 

A menudo, las construcciones se revuelven contra las actos que las fuerzan. Se desmoronan, las pinturas se desvanecen en pocos minutos, relieves se desagregan como estatuas de arena, y, en general, mudas y cerradas, no libran su razón de ser, porque fueron construidas y cuales eran sus fines. Son construcciones aparecidas que nada dicen , que nada quieren contar. Se les ha despertado y quieren regresar a su sueño. Proceden de otros tiempos que ya nada tienen que ver con el nuestro. Y se mantendrán calladas, dejándonos en evidencia, asombrados ante existencia que no entendemos ni quizá podamos ni tengamos que entender. La arqueología rescata lo que posiblemente no quiere ser rescatado. Pero sin este intento, nuestra vida no tiene sentido. Otros, de aquí milenios quedarán asombrados ante lo que construimos hoy; obras que posiblemente ni siquiera hoy tengan sentido. 

miércoles, 14 de octubre de 2026

El pan nuestro de cada día






 









Fotos y filmaciones: Tocho, carretera de Erbil a Mosul (Iraq), 5.30 horas de la mañana, octubre de 2026


5.20 horas de la mañana: el solitario horno de pan, en un descampado pardo y reseco, por la carretera secundaria que lleva de Erbil a Mosul, está aún cerrado. A través de una ventana, empero, se descubre el horno de gas, abierto, con el fuego ya en marcha. 

 Una luz eléctrica blanquecina inunda la estancia. Son las cinco y media ya. Aún es de noche. Una espesa niebla difumina la carretera. Un cliente coloca una esterilla en el suelo y empieza, de pie y arrodillado, la frente tocando el suelo, el ritual de la oración matutina, en silencio. Sale.

Un trabajador carga largas bandejas de madera, de más de dos metros de largo, desde un almacén. que apila hasta levantar bloques de varios metros de alto.

Extrae tres que dispone sobre una alta y alargada mesa. En cada bandeja, una veintena de panecillos de harina blanca, en forma de huso, crudos, perfectamente alineados. 

Desplaza la primera bandeja a una segunda mesa presidida por el panadero. Éste recoge los panecillos en una pala más larga que un remo, que ha limpiado con una larga estola blanca doblada, los pinta con un líquido (agua, quizá), espolvorea sésamo sin tostar, abre la  compuerta metálica de la cámara del horno a un lado del fuego y desliza los panecillos que empiezan a hincharse.

Repite la operación tres veces.

Tras lo cual, recoge los primeros panecillos insertando la pala, los extrae y, de un golpe seco, los expulsa: se deslizan a lo largo de toda la pala, y caen en un gran contenedor. Esta operación, ejecutada con mano de hierro y una precisión imposible -es la mano la que piensa-, no dura más de cinco minutos. 

Compramos veinte panecillos finísimos, tersos y abombados como el vientre de una serpiente que hubiera engullido a un elefante, dispuestos en una bolsa de plástico -una más que corre el riesgo de salpicar  el borde de la carretera . No se pueden aún coger con los dedos ni siquiera por las puntas doradas. Acaban de salir del fuego.

Y reemprendemos en dirección de Mosul hacia el yacimiento arqueológico de Qasr Shemamok, que acogió a una ciudad llamada Tu’e en el tercer milenio y Kilizu en el primero. 

Hoy un inmenso tell de tierra, de planta circular, domina los campos cultivados circundantes, ennegrecidos por los incendios controlados para limpiarlos de rastrojos, salpicados de pozos de petróleo que escupen llamaradas permanentemente que enrojecen el día naciente entre la neblina, campos minados hasta 2018 para cortar el paso al Estado Islámico asentado en Mosul tras la toma de la ciudad a sangre y fuego.

martes, 13 de octubre de 2026

…con la letra entra: oralidad y escritura en el mundo antiguo

 La Grecia antigua tuvo poetas y sacerdotes inspirados; poseídos por la divinidad, enunciaban, en trance, lo que ésta les dictaba. Sin embargo, milenios antes, en Mesopotamia, el futuro se determinaba racionalmente, sin intervención sobrenatural. Los poetas y los profetas declamaban extáticamente. Los adivinos jugaban sabiamente sus cartas, libres de raptos.

Los poetas inspirados, según Platón, cantaban o hablaban sin saber lo que decían; en cambio, los poetas a quienes los dioses no poseían, escribían: sabían lo que contaban y como contarlo. La lucidez, y no la ciega furia divina, les permitía componer.

La oralidad v. la escritura: dos maneras de percibir y entender el mundo, de relacionarse con él.

Las culturas orales requieren que un intérprete les dicte. La escritura, por el contrario, permite el aprendizaje individual. Las palabras escritas se componen de sonidos que no tienen porque tener relación alguna con lo que nombran. La enunciación oral está directamente conectada con las cosas que, a la escucha del verbo, al sentirse llamadas o invocaban, se materializan.

La escritura permite el registro del saber. Se constituyen documentos escritos que aporten datos, reflexiones y procedimientos que permiten interpretar el mundo. De hecho, la escritura, especialmente la escritura jeroglífica y pictográfica (la escritura de los orígenes, en particular, así como la china), reproduce un rasgo distintivo de la cosa nombrada, rasgo cuya elección y representación ya expresa una visión del ente o del ser designado. La escritura abstrae, simboliza, sintetiza las cosas. Las sustituye. La palabra será vana si las cosas no acuden: una palabra en el vacío, que no puede representar aquello a lo que apela. La escritura perdura. Se registra. Se transmite. Y se estudia, sin que sea necesario recordarla. Siempre se encontrará fijada en un soporte. La palabra que no se memoriza no dice nada. La naturaleza permanece indiferente ante nuestra llamada muda, incapaz de emitir sonido alguno.

Los sacerdotes necesitaban que los dioses les poseyeran y los emplearan como portavoces. Por sí mismos, eran incapaces de pensar, de acercarse y de recrear el mundo. Los adivinos mesopotámicos, plenamente lucidos, en cambio, poseían bibliotecas, como las de Babilonia o de Nínive, entre otras, a las que podrían acudir para hallar fórmulas y remedios, ejemplos y casos que les ayudaran a predecir el porvenir, conscientes de lo que hacían y decían. Los hígados de las víctimas sacrificadas eran como soportes de escritura: el destino estaba inscrito en la forma del órgano, en las manchas y en las hinchazones de aquél, que se leían como un texto en una tablilla o una hoja, al igual que la posición de los astros en el cielo, o las gotas de aceite en el agua, que configuraban un a modo de escritura que los adivinos eran capaces de descifrar y de transcribir con la ayuda o no de manuales. Los adivinos no eran títeres en manos de fuerzas sobrenaturales. Antes bien, creaban o inventaban a éstas. El porvenir en Grecia se escuchaba. Se leía en Mésopotamie, agudamente expresó Jean Bottéro..

El mundo para la palabra enunciada se alza ante nosotros; se halla, en cambio, en la palabra escrita: un mundo recreado, más convincente, cercano y perfecto que el que nos envuelve. El orador llamará. Pero el mundo no siempre acudirá. El mundo se encuentra latente y trazado, inscrito en el soporte, por la pluma de quien escribe; y lee. El mundo en la punta de la pluma, ideal, libre del peso de la materia..

Resumen de la interpretación oral que la historiadora de las religiones, la doctora Mariagrazia Masetti-Rouault (EPHE, París) ha efectuado de un texto escrito del asiriólogo Jean Bottéro en el libro colectivo, dirigido por el helenista Jean-Pierre Vernant: Divination et Rationalité, Paris, 1974 .

El profesor y arquitecto Óscar Poggi (UPC-ETSAB), con una beca de investigación de doctorado, nos ha comentado que el célebre libro de Irene Vallejo: El infinito en un junco, aborda en parte este tema.

A ambos, muchas gracias por estas referencias. 

Los errores solo son imputables al redactor de esta nota.


lunes, 12 de octubre de 2026

La magia del arte

 



Foto: Tocho, norte de Iraq, octubre de 2026


Contrariamente a lo que acontecía en la Grecia antigua, los dioses no solían poseer a sus portavoces en Mesopotamia. Apenas se hallan ejemplos de sacerdotes y sacerdotisas en trance, enunciando enigmáticas palabras que tenían que ser anotadas e interpretadas para conocer el destino.

Los dioses conocían la suerte de los humanos. Ésta se enunciaba en una serie de objetos o de situaciones: el nacimiento de un animal monstruoso, la mirada de una serpiente, la posición inesperada de un astro, el triple canto de un gallo, una piedra en el camino.

Quienes se topaban con estos extraños sucesos se detenían. Éstos les tomaban por sorpresa. Sabían que tal acontecimiento no era casual, sino significativo. Obviamente, en raras ocasiones, estaban adiestrados en la interpretación de esta  rara, singular manifestación. 

Si no podrían acudir a un adivino que supiera discernir el mensaje tras la escena, existían una larga serie de libros que guiaban la lectura del mensaje cifrado.

Debían  contemplar lo que acontecía ante sus sentidos; fijarse en las condiciones de aparición. El lugar, el momento, la posición de lo que observaban no podían ser pasados por alto.

Sabían  que la verdad emanaría de lo que percibían. Mas lo que se les presentaba no daba pie a una lectura inmediata. No existía una relación evidente entre lo visible o lo sensible y el contenido. La señal no ofrecía un contenido unívoco, que se alcanzaba sin un previo estudio, sin detenimiento. El hígado de un animal sacrificado con varios lóbulos no implicaba que el observador fuera a sufrir una enfermedad hepática.

El mensaje se comunicaba a través de un objeto o un acontecimiento. Se alcanzaba tras una debida reflexión. No cabía esperar una iluminación sobrenatural. El esfuerzo recaía en la lucidez humana. El fenómeno extraño ponía a prueba la sagacidad del observador. Mas éste podía contar con la ayuda de libros que podían suministrarle ejemplos y evitarle falsas lecturas. Desde luego, la impaciencia, el temor o el cansancio no eran de rigor. Se trataba de reflexionar con la eventual ayuda de un texto. Si el mensaje hubiera sido evidente, al alcance de cualquiera y de modo inmediato, su significado, es decir la luz que podía echar sobre el destino, hubiera sido de escasa entidad. Su validez, su alcance limitados y posiblemente prescindibles. El juego mental al que el enigma daba lugar colmaba una vez resuelto. 

Los libros no resolvían todos los casos. No todo estaba escrito. La intuición o la perspicacia del intérprete eran los mecanismos que, en último término, y tras una atención sostenida ante el fenómeno, y la debida reflexión, permitían entender qué significa aquel/

La ganancia, la tranquilidad de ánimo, la apertura de miras, la confianza alcanzada daban sentido a la vida. La resolución del misterio, el desciframiento del lenguaje secreto del objeto misterioso -que se intuía era relevante o esencial para entender donde uno se encontraba y la razón de una vida- colmaban: ilustraban sobre lo que uno podía esperar, con tranquilidad.

¿Acaso la interpretación de una obra de arte, como se empezó a practicar casi tres mil años más tarde y se sigue llevando a cabo, al menos en occidente, se diferencia de la videncia mágica? La adivinación mesopotámica no era un acto sagrado, sino profano, científico o racional en gran medida, salvo -una salvedad no desdeñable, sin duda- por el hecho evidente que la búsqueda del destino incumbe más a la magia o a la religión que a la ciencia. 

Dificultad, sorpresa, iluminación, ¿no son conceptos que pautan la comprensión de la obra de arte? Los tratados de adivinación mesopotámicos, para bien o para mal, parecen proyectarse -se proyectan efectivamente- sobre los tratados de arte y las críticas del juicio occidentales. El pasado remoto nos es abismalmente lejano, siendo al mismo tiempo casi excesivamente cercano. 

domingo, 11 de octubre de 2026

La bola negra




 Los dioses se comunican con nosotros de maneras diversas y a menudo inesperadas, acerca de lo que nos aguarda, nos destinan. Y tienen a bien, en ocasiones, revelarnos nuestro futuro.

Nos ilustran a través de señales que no hemos solicitado, o  responden a nuestras plegarias. Aunque nunca de manera directa ni explícita.

Podemos crear situaciones que requieran que los dioses se impliquen o respondan a nuestras angustias, o pueden enviarnos señales que debamos interpretar. El vuelo de los pájaros o el nacimiento de animales con características o rasgos sorprendentes son mensajes que requieren una correcta interpretación -que nunca es fácil ni certera: una cierta incertidumbre (un oxímoron inevitable que traduce bien la ambigüedad de los planes divinos) caracteriza la lectura de los signos-.

 Los juegos de azar, en cambio, son situaciones que requieren la implicación de los dioses: los retan  a decirnos o, mejor dicho, a apuntarnos la verdad (sin que podamos asegurar a fe cierta cuando lo inevitable, benéfico o no, se producirá).

Entre estos juegos, uno sencillo, que se practicaba en Mésopotamia, a principios del primer milenio aC. Se conoce gracias a un texto en cuneiforme en una célebre tablilla hallada en Assur. Pertenece al género de la cleromancia, o adivinación a través del juego; más en concreto, a la psefomancia, lectura del porvenir a través de piedras de colores.Proporcionaba una purussû, o decisión oracular. Se desconoce cómo se practicaba, pero no parece que requiriera conocimientos específicos. Debía estar al alcance de cualquier persona. Requería el empleo de dos piedras tan solo. Tras invocar al dios de la luz (Shamash, el dios del sol), se echaba a suertes: la piedra blanca, de alabastro, indicaba que el deseo se cumpliría: lo que se ansiaba o perseguía acontecería. El deseo no quedaría insatisfecho, dejándonos anhelantes, afectados por una carencia. 

La piedra negra, de he natura, por el contrario, destacaba que el deseo topaba contra una pared, el deseo de perdurar, incluso.

Un juego que muy posiblemente haya llegado a nosotros de alguna forma, tal cual, por medio de alguna tradición popular, quizá sustituyendo guijarros por bolas. No se practicaba solo en Mesopotamia. La Biblia narra un ritual semejante que los sacerdotes llevaban a cabo en el Templo para echar luz sobre las indiscernibles decisiones divinas. Debía ser un ritual bien conocido -que en alguna iglesia cristiana  aún se practica. Un poeta bien pudiera haberlo sabido.

Véase el libro colectivo citado en un texto anterior Divination et rationalité, p. 62, ns. 4-6. 

La transcripción del texto mágico se halla en:

https://archive.org/details/keilschrifttexte-aus-assur-religiosen-inhalts-erster-band-autographien

Fuente escaneada por la editorial; la consulta es legal.