viernes, 13 de febrero de 2026

Conocimiento

 Solemos pensar que el conocimiento sucede al distanciamiento. Necesitamos separarnos de las cosas para poder conocerlas mejor. La cercanía impide la apreciación objetiva. La presencia del objeto o el tema no nos permite valorar y comprender lo que las cosas son y significan.

Conocer viene del verbo latino conoscere . Se trata de una palabra compuesta por la preposición co- y el verbo noscere.

Co- significa cercanía. Señala nuestra posición física y afectiva con respecto a un ser o un ente. Estamos junto a uno u otro. Estamos unidos, próximos. Son nuestros próximos. Forman parte de nuestro entorno , nuestra familia. La cercanía permite -y el consecuencia- de buen entendimiento. Entendemos lo que ocurre a nuestro alrededor porque éste no nos es ajeno ni indiferente. Sabemos lo que es y lo que siente.

El verbo noscere significa examinar, escuchar. Acciones que requieren toda nuestra atención, nuestros desvelos. Estamos atentos, atendemos a los seres o los entes. Escuchamos lo que tienen a bien contarnos. Precisamente porque nos reconocemos en ellos somos capaces de prestarles la atención, y darles el cuidado que requieren y solicitan. Somos solícitos. Estamos en contactos, no nos alejamos de sus necesidades.

Conocer significa atender a los demás, a los seres o los entes. Prestar el oído, tener el oído fino para captar lo que quedamente exponen, hacerles caso. Solo así no serán unos desconocidos para nosotros, o unos enigmas, y podremos aprender, ensanchar nuestra visión del mundo gracias a lo que nos habrán podido transmitir sin ni siquiera hablarnos. Solo estando o mejor dicho, solo estando nosotros a su lado, acompañándolos, velándolos. La empatía es lo que nos permite acercarnos a las cosas y las personas para enriquecernos con lo que sentimos saben y revelan.

La distancia solo permite generalidades, sin profundidad alguno, un conocimiento -que no es tal- pasajero y superficial.   

Obras maestras arábigas del Museo Nacionsl de Riyadh (Arabia Saudí)
















Fotos: Tocho, Riyadh, febrero de 2026


Cerámicas, estatuillas y betilos de resonancias sumeria, helenística, nabatea y romana, propias de la península arábiga, entre el tercer y el primer milenio aC 


 

El último faraón





El concilio Vaticano II, en los años sesenta del siglo pasado (1962-1965), conllevó un radical cambio en el vestuario papal.

Hasta entonces, el Papa, sentado en un trono, empuñaba o se acompañaba de un bastón de mando coronado co vistosas plumas de avestruz y una alta tiara en forma cónica rematada por una punta redondeada.

El trono, el abanico de plumas de avestruz y la tiara tenían una larga historia. Eran los atributos de los faraones.

La relación entre la cabeza de la iglesia cristiana, ubicada en Roma, y el mundo faraónico, entre los poderes de Roma y de Egipto, en suma, no era nueva ni extraña. Las referencias a Egipto aparecen en los evangelios -y en el antiguo testamento-.

Pero, sobre todo, el papa asumía el poder imperial. Los emperadores romanos se representaban con los atributos faraónicos en Egipto y en los santuarios egipcios en los territorios del imperio. 

Por otra parte, el palacio de Diocleciano en Split es una réplica del campamento romano en que se convirtió el templo en Luxor, y el emperador Constantino, el primer emperador cristiano que autorizó la libertad del culto cristiano, fue quien restauró por última vez templos de Amón; tal era la fascinación por el Egipto faraónico.

El poder imperial fue sustituido por el poder papal en Roma, y los atributos faraónicos asumidos por los emperadores fueron naturalmente transferidos a los papas quienes encarnaron los poderes de los faraones. El faraón, el emperador y el papa cumplían un mismo papel: la representación o manifestación  del hijo de un dios en la tierra.

Agradecimientos al egiptólogo italiano Christian Greco por esta comunicación.

martes, 10 de febrero de 2026

ARTUR CARBONELL (1906-1973): ARQUITECTURA Y ESCENOGRAFÍA














 
La postguerra, misérrima y gris, abrió una vía a Artur Carbonell, pintor y diseñador catalán  que combinaba el surrealismo con la nueva objetividad a finales de los años veinte y en los años treinta.
Oriundo de la villa costera de Sitges, refugiado en su pueblo, aislado de Barcelona, halló entonces en la escenografía teatral una escapatoria a la realidad y un espacio donde desarrollar sus fantasmagorías y sus obsesiones. Obras de Tennessee Williams, Cocteau y García Lorca pudieron representarse ya en los años cuarenta -algo inaudito bajo la bota del franquismo de la postguerra-  en los escenarios que Artur Carbonell compuso y en los que sus dos visiones del mundo coincidieron.
Una hermosa exposición en su villa natal recuerda a esta figura un tanto olvidada, cuyas obras pintadas con alucinada precisión ofrecen cuerpos y frutos encarnados y que, sin embargo, no parecen de este mundo, sino del mundo de los sueños -los rostros parecen máscaras, que no se sabe si esconden o revelan-  que se expandirá en el teatro del que Carbonell fue también un destacado enseñante. 



LA HORDE (BALLET DE MARSELLA): A ROOM WITH A VIEW (2020-2025)


 La mejor compañía de danza europea hoy 


O como la arquitectura no se ciñe a paredes que se alzan -como muros de contención y de encierro 

lunes, 9 de febrero de 2026

Paseo por Barcelona





https://factoriaculturalmartinez.com/descubriendo-el-guinardo-con-pedro-azara/

Organizado por la Factoría Cultural Martínez en Barcelona
Domingo 1 de marzo a las 10 horas en el viaducto de Vallcarca 


 

Barcelona: otros relatos arquitectónicos, en Madrid


 La presentación, a cargo de la arquitecta Eva Fidalgo, tendrá lugar a las 19.30 h en:

Magasand Delicias
Tomás Bretón 54
28001 Madrid 


Magasand Delicias

Tomás Bretón, 54.
28001 Madrid
910 78 98 23