Una exposición de encargo sobre el imaginario arquitectónico ha sido cancelada por ser poética y filosófica, características consideradas inadecuadas para reflejar la urgencia de la crisis actual de la vivienda que al parecer requiere maneras de comunicar más directas o expeditivas. Hubiera formado parte de la programación cultural de la capitalidad mundial de la arquitectura. Se temió que se perdiera el tiempo en ensoñaciones.
La decisión refleja la tradicional oposición entre poesía y periodismo que ya trataron el novelista francés en Las ilusiones perdidas y el escritor norteamericano Henry James en la novela La musa trágica, ambos hace más de un siglo, la lucha entre la vida activa y la vida contemplativa, tan comentada en el Renacimiento italiano, entre el pensar y hacer, que el filósofo italiano Nuccio Ordine ha tratado en su conocido ensayo La utilidad de lo inútil. De algún modo, un fracaso esclarecedor sobre distintas actitudes vitales.
SINOPSIS
“una casa en el interior del ser humano, que se llama corazón”
(Ahmad b. Muhammad abû-I-Hasan al-Bagawi, “al-Nûrî”: Maqâmât al-qulûb -Moradas de los corazones)
“En una noche oscura,
Con ansias, en amores inflamada
¡Oh dichosa ventura!,
Salí sin ser notada
Estando ya mi casa sosegada.
A oscuras y segura,
Por la secreta escala disfrazada,
¡Oh dichosa ventura!,
A oscuras y en celada,
Estando ya mi casa sosegada”
(Juan de la Cruz: Noche oscura)
« Notre inconscient est logé. Notre âme est une demeure. Et en nous souvenant des maisons, des chambres, nous apprenons à demeurer en nous-mêmes. »
(Gaston Bachelard: La poétique de l´espace)
« Ooh, a storm is threatening
My very life today
If I don't get some shelter
Ooh yeah, I'm gonna fade away”
(Mick Jagger & Keith Richards: Gimme Shelter)
INTRODUCCIÓN: POÉTICA DEL ESPACIO
La casa nos habita.
Todos tenemos nuestro espacio propio, o soñamos con tenerlo. Mas, también podemos aborrecerlo y tratar de escapar de él.
En cualquier caso, este espacio nos ronda y nos define, busquemos preservarlo o rehuirlo. Cercano, a veces demasiado próximo. Nos cuida o nos ahoga, nos representa y nos expone, o nos oculta. Es un refugio, un lugar de paso, o una cárcel. Pero está ahí, presente, ante y dentro de nosotros, lo queramos o no.
El especio nos define, nos constituye. Somos porque estamos en un lugar, porque tenemos un lugar. Las personas sin hogar no tienen existencia (legal). No tienen un techo. Viven en el desamparo. No son nadie a los ojos de la comunidad. Marginalizados, rechazados, son sombras cruelmente invisibles. Hasta los nómadas poseen lugares a lo que vuelven y en los que descansan durante su eterna vida trashumante.
La peor condena, en la antigüedad, era el destierro. Un desterrado no podía descansar jamás. Ningún lugar podía acogerle. La tierra, las comunidades lo rechazaban. Expulsado, condenado, la palabra desterrado lo dice bien: el prefijo de (dis-) apunta a la división, separación, la ruptura, y a la causa de la misma, percibida como un castigo ejemplar. Dis-, en latín, también designa una contrariedad, un daño; un daño, que debe ser expiado, que lleva a la exclusión, y la imposibilidad de cualquier asentamiento, como bien sabía Edipo; al igual que Caín, si, en el último momento, Yahvé no le hubiera autorizado a construir una ciudad-refugio para todos los perseguidos por su pasado. Bien lo asumió la propia divinidad, fundando ciudades, ciudades-refugio, para los injustamente perseguidos a lo que no les cabía sino una huida adelante, sin posibilidad de detenerse para reflexionar, y volver a ser un humano, habiendo recobrado un lugar en la tierra.
La casa como la morada del ser. El ser como morada en la que podemos ser lo que somos y queremos ser. Lugar de acogida y e recogimiento, abierta a todos.
MORADAS DE LOS CORAZONES, O MORADAS DEL CASTILLO INTERIOR
Fue el místico sufí de Bagdad Abu-I-Hasan al-Nuri quien, por vez primera enunció la estructura arquitectónica del alma en su breve texto Moradas de los corazones. El alma se compone de una serie de fortalezas, que protegen el alma, pero que no son habitables sin esfuerzo.
Teresa de Jesús posiblemente inspirada por el texto islámico que debía circular aún en la España del siglo XVI, seguramente por la mediación del recién desaparecido califato de Córdoba, escribió otro breve texto llamado Las Moradas del Castillo Interior.
Las relaciones entre ambos textos, directas o indirectas, quizá a través de Ibn Arabí, de Murcia, son evidentes. La arquitectura es una imagen de la solidez del alma, y de su capacidad a proporcionar un cobijo espiritual, un reposo anímico. Lejos de ser considerada como una mancha que destruye la creación divina, la obra construida fortaleza aquella. Después de todo, el Edén era descrito como un jardín, es decir como una naturaleza imbuida por una intervención en el espacio y la materia primigenios. El jardín es obra de la mano y de la mente que incide y da sentido al espacio de los inicios.
Tanto en Abu-I-Hasan al-Nur como en Teresa de Jesús el alma está constituida por siete fortalezas. Éstas están construidas con distintos materiales, desde los más opacos y terrenales, como el adobe -con el que se edifica un castillo que delimita el alma sensible, más sensible al mundo profano y material-, hasta el diamante, con el que se erige una fortaleza en la que continente y contenido se confunden: una fortaleza deslumbrante que acoge en su seno, y expande la luz.
Estas moradas pueden ser alcanzadas y recorridas. No son inexpugnables ni se ubican en lugares imaginarios o inaccesibles. Se hallan al alcance de la mano. Se encuentran en nosotros. Mas, es necesario un recorrido para llegar a ellas. Este viaje es interior. El ser debe ensimismarse. Volver sobre sí mismo, adentrarse, volcarse hacia su mundo interior, lejos de los señuelos de lo que le rodea. Los ojos se cierran, para que se abra la mirada interior, la única capaz de percibir la luz del árbol de la vida que, sostiene Teresa de Jesús, se yergue en el corazón de la última y más recóndita morada.
Siete son las moradas que al-Nuri y Teresa de Jesús describen. Para al-Nuri, aquéllas se encuentran dispuestas en el espacio, una al lado de la otra, configurado un paisaje o un territorio salpicado de fortalezas, castillos o ciudades de planta circular amuralladas -que evocan construcciones ideales, pero también ciudades planificadas según una disposición circular: recordemos la ciudad de Bagdad originaria.
La planificación, según Teresa de Jesús, es más compleja. Las moradas se emplazan tanto una sobre otra, constituyendo una pila, una superposición de construcciones, casi a imagen de los niveles de una pirámide escalonada o un zigurat -una figura recurrente, por otra parte, en la arquitectura de los rascacielos, y de las arquitecturas futuristas-, como una al lado de otra, a izquierda y a derecha. Todas, en suma, dibujan un organismo que invita a ser recorrido horizontal como verticalmente: un espacio por el que se transita, se asciende y se desciende; un movimiento complejo fruto de un viaje incierto y, sin embargo, emprendido confiadamente.
Cada morada expresa una virtud del espacio cercado, desde la penumbra hasta la luz, constituyendo etapas en el tránsito desde la ignorancia hasta el autoconocimiento. Son las moradas interiores, en este viaje ensimismado, iniciado con la meditación, la íntima reflexión o exploración de lo que cada ser es, las que pautan la lenta revelación de la luz y del saber.
Mas, ¿Qué relación guarda el texto místico de Teresa de Jesús, con una exposición de maquetas o de “maquetas”, de pequeñas construcciones o de objetos con trazas y trazos de elementos y rasgos arquitectónicos, conformados, a veces tan solo superficialmente por componentes que se asemejan al vocabulario de la arquitectura culta, real o sagrada, más allá de las palabras arquitectura y morada, empleadas, en cualquier caso, de manera metafórica? ¿Cuál es el sentido o la finalidad de la exposición -que no es una exposición de maquetas arquitectónicas en el sentido exacto y convencional de la expresión, es decir de elementos tridimensionales que forman parte de un proyecto de arquitectura? Las “maquetas” que se exponen son objetos con rasgos más o menos evidentes arquitectónicos, objetos de diverso tipo que pueden evocar una construcción, pero cuya finalidad, sin duda no es la de remitirnos o evocarnos una construcción real, existente o posible. ¿Por qué entonces relacionarlas con las los relatos místicos citados?
Para poder responder a esta lógica pregunta o inquietud, cabe entender qué es la arquitectura.
LA CUALIDAD DE LA ARQUITECTURA, O LA ARQUITECTURA COMO CATEGORÍA ESTÉTICA
Al igual que la belleza que Kant definiera, la arquitectura es una categoría o una cualidad subjetiva que atribuimos a todo espacio que suscita en nosotros emociones y en los que, en principio, sentimos que nos encontraríamos cómodos, bien; espacios que nos atraen y en los que sentimos que podemos vivir, o en los que nos “proyectamos”, viéndonos ya morando para siempre en estos espacios.
Así es que cabe preguntarnos entonces, ¿dónde se encuentran estos lugares que se desmarcan de la construcción carente de atributos, la mera construcción? Dado que la arquitectura es una cualidad que atribuimos a cualquier especio que suscita en nosotros reales o soñadas sensaciones de bienestar, la categoría de arquitectura es otorgada a cualquier espacio y a cualquier imagen espacial que provoque dicha sensación de gozo y de plenitud: imágenes literarias, plásticas, musicales, fílmicas, escenográficas.
Pues de espacios reales, soñados, imaginados, irreales -y necesarios- que nos atraen se trata.
Se trata, en suma, de imágenes capaces de recibir, a través de nuestra percepción e interpretación, el calificativo de arquitectura.
Todo un imaginario arquitectónico se despliega ante nosotros: todo un conjunto de imágenes que percibimos o que creamos, que nos atrapan, nos retienen, y suscitan en nosotros esta sensaciones éticas y estéticas, de estar bien; que nos hacen bien, calman y colman, nos completan y nos enriquecen.
Este imaginario, esta producción de imágenes perturbadoras, que no nos dejan indiferentes, se traduce o se plasma, en esta ocasión en objetos con rasgos o trazas arquitectónicas, existentes o imaginarias, que nos evocan espacios cercanos, anhelados, y suscitan sensaciones bellas, sublimes o siniestras, que nos purgan, remueven y satisfacen.
¿Qué relación, entonces, establecemos entre esta concepción de la arquitectura, entre las Moradas místicas descritas por al-Nuri y por Teresa de Jesús, y una exposición? ¿Tiene sentido?
LA EXPOSICIÓN
Una exposición es un viaje en el tiempo y el espacio; durante un tiempo que cada visitante dispone, cuya duración decide -aunque la presencia de lo expuesto puede alterar (acortar o alargar) las previsiones-, y cuyos efectos casi nunca son previsibles, si bien, el conocimiento, el reconocimiento y la sensación de haber suspendido el tiempo, de no haberlo perdido, sino que, por el contrario, de haberle ganado la partida al desconocimiento, la indiferencia y el olvido, se van ganando o revelando a medida que se recorre la exposición.
Un viaje que se emprende desde la entrada o las primeras obras, del que se esperan beneficios, sobre un viaje anímico, de todo corazón, a través del cual se alcanza la plenitud y el desprendimiento de todo lo que impide que el espíritu ascienda y nos transporte. Un viaje real, imagen de un viaje mental.
“MAQUETAS” U OBJETOS CON APARIENCIA ARQUITECTÓNICA
Sabemos o intuimos que las maquetas de artistas contemporáneos no son maquetas de arquitectos. No forman parte de ningún proyecto, ni traducen o anuncian ningún edificio existente, que existió o que pronto se alzará. No son una promesa de arquitectura. Son arquitecturas, aquí y ahora, en miniatura o no. Su tamaño no determina su imponencia. Revelan una imagen, un imaginario, que expresa -que es el fruto- de una emoción plasmada, amble, placentera, cálida o dolorosa. Suscitan attraction, rechazo o repulsión. En cualquier caso, no dejan indiferente.
La maqueta de artista traduce una impresión, su impresión, de la arquitectura, de lo que es, y de lo que ofrece la arquitectura, esto es, el espacio acotado y próximo que nos atrae, del que deberíamos huir pero que no deja de influir en nosotros, o que nos oprime, obligándonos a reflexionar sobre nuestro lugar en el mundo.
Igualmente, las maquetas de artistas -y aún más, las maquetas proyectuales de los arquitectos- guardan tan solo una relación formal con unos objetos, comunes en culturas antiguas y culturas “tradicionales”, que solemos, por comparación denominar maquetas, pero que a menudo son útiles con rasgos o vagas formas arquitectónicas. Estos objetos -altares, recipientes, incensarios, hornillos, muebles, etc.- suelen tener una finalidad más allá de lo utilitario -tal como lo entendemos hoy-, pero cumplen una finalidad no (solo) decorativa. ¿Qué son, a qué finalidad responden? No siempre se sabe: solo el contexto y la imaginación pueden ayudar a encontrar respuestas. Pues son unos objetos significativos, que despiertan nuestro innato sentido de la interpretación. Necesitamos saber a qué responden. La respuesta, a menudo, o en último término, está en nosotros. Somos nosotros, como en todo ejercicio hermenéutico, quien otorgamos un significado, aunque creemos extraerlo el objeto, como si éste estuviera sellado y su contenido solo se alcanzara tras una intensa e íntima comunión con aquél, revelación a la que el objeto, finalmente, accede. Después de todo, podemos pensar que la relación ha sido establecida por el objeto que se nos ha agenciado y se dispone, acaso, a contarnos lo que sabe, lo que tiene a bien contarnos.
Los objetos antiguos, de culturas diversas, que llamamos maquetas, y que pueden evocarnos una construcción o que son realmente una construcción en miniatura -una construcción quizá imaginaria pero que pueden remitir, directa o alusivamente, a tipologías conocidas- proceden, mayoritariamente, de contextos funerario, templario o doméstico: altares, capillas, incensarios, contenedores de perfumes, ofrendas, etc., todos revelan un cierto gusto, quizá una necesidad, por formas o tipologías arquitectónicas, que en ocasiones median entre los vivos y los muertos, o acompañan a éstos en su tránsito o en su morada última. Son objetos, por tanto, que pueden cuidar el hogar y al ser humano: su lugar y su presencia, aquí y ahora, o dónde fuere y cuándo fuere. Dichos objetos bien podrían ser juguetes u ornamentos, pero posiblemente sean más bien objetos votivos -un adjetivo de amplio espectro que aparte el útil de una función profana para acercarlo a adentrarlo en el mundo imaginario. Objetos, por tanto, que acompañan en esta y en la otra vida. Imágenes que recuerdan a construcciones, que hoy asociamos a construcciones, pero cuya asociación debía ser perseguida. Una relación que bien puede evocarnos la imagen que se hacía o se tenía de la arquitectura, que acoge, recoge, pauta y vela la vida y la muerte de los seres humanos.