lunes, 3 de agosto de 2026

Contra tación

 El reino de Liliput es severo con la contratación pública. Cualquier gasto que supere los quince mil maravíes debe ir a concurso. Es cierto que las fases de algunas obras pueden trocear y distribuir las fases del trabajo como si fueren encargos independientes a distintos artesanos, siempre que los costes sean inferiores a la cantidad antes enunciada. La pintura del trono puede concebirse como una tarea muy distinta del tapizado y ya no digamos de la tarea del ebanista. Así, se evita tener que plantear un concurso entre fabricantes de tronos que, necesariamente, para asegurarse el encargo, bajarán dramáticamente los costes -a costa de no aceptar ninguna modificación, por mínima que sea (un cambio de color de la tela, por ejemplo, o unos centímetros más de madera lacada) y de sub-contratar  artesanos de discreto nivel, como un fabricante de cajas de madera para patatas, acostumbrado a la sierra y el martillo, en vez de un ebanista que trabaje con cinceles, brocas y formones, tras años de adiestramiento, cuyo fino trabajo es mucho más oneroso que el de clavar listones de madera de pino aserrados. 

A partir de entonces, se deberá proceder sigilosamente. No tienen que quedar documentos comprometedores. Los mensajes, escritos en clave, con palomas, y quemados apenas leídos. Dado que existe un ebanista que trabaja bien y con el que se ha trabajado bien en anteriores obras, se le entrega el detallado proyecto del tornero o del decorador suntuario y se le pide un presupuesto por el trabajo, cantidad por la que saldrá a concurso público la tarea y al que secretamente se espera que se presente quien queremos que realice el trabajo, que parte con ventaja, porque ha podido disponer de todos los datos y ha hablado con el diseñador del mueble acerca de lo que se espera del trabajo.

Se trata de un procedimiento lento y laborioso, sometido a suspicacia, en el que solo se valora el coste y no las demostradas habilidades resolutivas del torneador, cuyo resultado no siempre es el esperado. Un aprendiz de ebanista sin experiencia ni mano puede haber optado al concurso con un precio tan bajo que no puede sino ganar el concurso, pero tampoco podrá realizar un trabajo satisfactorio. El resultado será un trono cojo que habrá que restaurar a poco, o cambiar, a través de un nuevo concurso público que… (o de un encargo bajo mano). La transparencia en los contratos públicos en el reino de Liliput exige silencio, discreción y mucha oscuridad. Y unas cuantas invocaciones a los dioses artesanos.

domingo, 2 de agosto de 2026

JEROME HILL (1905-1972): THE SAND CASTLE (EL CASTILLO DE ARENA, 1960)



Entre Tati y Fellini, esta extraordinaria película, entre ficción y animación, de uno de los mejores cineastas norteamericanos -pintor y músico, formado en Francia-, es una joya que el Museo de Arte Moderno de Nueva York acaba de restaurar.
Basada en teorías de Jung, entre el sueño y la realidad, la película muestra que cuando se logran construir castillos de arena, dar forma a los sueños, todo ya es posible.
Imprescindible.

sábado, 1 de agosto de 2026

Muros

 “Adiós a la civilización como la conocemos”

Un mensaje recibido en el móvil  ayer por la tarde, a raíz de los acontecimientos en Ceuta y Melilla, y comentarios sobre la “desaparición de la civilización occidental” pueden suscitar aplausos o rechazos, entusiasmo o indignación; pero quizá podamos recapacitar sobre “nuestra” cultura “occidental”.

Sin tener que remontarnos al lugar de origen de los homo sapiens sapiens -que no se sitúa, al menos por ahora, en Europa-, la cultura judeo-cristiana procede del Levante, marcada a su vez por cultos mesopotámicos, con influencias persas e hindúes, y se impuso por contactos y por imposiciones, en Europa occidental, en sucesivas etapas, desde conversiones hasta invasiones especialmente del norte de Europa. 

Las influencias árabes proceden de próximo oriente y del norte de África. Y éstas, a su vez, son el resultado del encuentro y del choque, de la admiración, la asimilación o la imposición, el contacto casual, buscado, favorecido o forzado, con culturas y credos egipcios, hindús, centro-asiáticos, centro-europeos, y centro-africanos. Sin que nos olvidemos de las aportaciones de culturas sudamericanas,  a partir del siglo XVII.

¿Acaso, entonces, no existe una (una sola, única) cultura originaria, propia de la península ibérica? Las ruinas arquitectónicas de un palacio o un santuario de Cancho Ruano son uno de los ejemplos más destacados de la antigüedad en la península ibérica. El modelo arquitectónico es conocido: procede del ámbito siro-mesopotámico. Aún no se han localizado los restos de Tartessos, la gran urbe del primer milenio en la península. Pero la cultura tartésica conjuga culturas locales con culturas fenicias, griegas y quizá etruscas. Gades (la actual Cádiz) fue el gran puerto del mediterráneo occidental: una fundación fenicia. 

No existen culturas puras, propias: las culturas griegas reflejan influencias mesopotámicas, del mismo modo que la cultura asiria no escapó a la difusión de Grecia; los tallistas de los relieves de Persepolis, la tardía capital persa, eran griegos. Como procedentes del imperio bizantino eran las cofradías de pintores que trabajaron en los Pirineos, con un imaginario cristiano oriental, distinto del romano, aunque ambos resultaban del encuentro entre Roma y Jerusalén, Roma influida por Atenas, y ésta, opuesta pero fascinada por Babilonia, la ciudad más querida por Alejandro.

No, no existen culturas propias  -lo propio es la mezcla, la interrelación-; existe el mito de la pureza, y de la autoctonía: la creencia, imperante en ciudades griegas como Atenas, en la existencia de una cultura nacida de las entrañas de la tierra, desde los orígenes del mundo, incontaminada. Una creencia que implicaba el rechazo, la exclusión, la expulsión de los “extranjeros”, los foráneos, de quienes no podían demostrar que sus antepasados ya existían en la ciudad cuando la creación del mundo, unos antepasados con una forma pre-humana de twn antigua que era, hija de las entrañas de la tierra. El rechazo, el cierre en banda, se asocia al miedo y al sentimiento de superioridad. Es decir, de aislamiento, que conduce a la ruina, la irrelevancia, y la muerte. La cultura “occidental” se apoya en Grecia y en Jerusalén. Grecia se ejemplifica en Platón y Aristóteles, padres respectivamente de la especulación y la observación, el estudio del alma y del cuerpo, del cielo y de la tierra. Mas, Aristóteles era macedonio, y nunca fue aceptado como un ciudadano por Atenas: era el extranjero, y los propios griegos consideraban que Platón, un autor helenístico, estuvo influido por Egipto -lo fuera o no: lo importante es que así fuera juzgado, como un autor que no era “propiamente” griego.

Si, podemos cerrar puertas y ventanas. Recluirnos, encerrarnos, dando la espalda al mundo. Pero si taponamos todas las aperturas, pronto nos faltará el aire: y nos desecaremos. Y pereceremos -si el encierro no es defensivo ante un ataque violento .

La cultura nace de la interacción con el mundo y con los demás; las técnicas y las reflexiones surgen del encuentro y del intercambio, de la emulación, de la escucha, de la asociación de ideas. Pensamos cuando escuchamos, leemos, observamos: a los demás. Las puertas cerradas, las persianas bajadas, las alambradas electrificadas, los muros ciegos definen un espacio característico: la cárcel. Y en la cárcel yacen los condenados, los excluidos. Mientras, la vida prosigue fuera. Cerrándonos nos condenamos. A ser irrelevantes. A desaparecer. A dejar de ser humanos. 


viernes, 31 de julio de 2026

(POESÍA URBANA, III). ÉMILE VERHAEREN (1855-1916): LA VILLE (LA CIUDAD, 1893)

“La ciudad”


Todos los caminos van hacia la ciudad.

Del fondo de las brumas, Con todos sus pisos de viaje

Hasta el cielo, hacia los más altos pisos

Como de un sueño, ella se exhuma.

Allí,

Son los puentes musculosos de hierro,

Lanzados, a saltos, a través del aire;

Son los bloques y las columnas

Que decoran esfinges y gorgonas, Son las torres sobre los suburbios,

Son los millones de tejados

Alzando al cielo sus ángulos rectos:

Es la ciudad tentacular, De pie

Al pie de los llanos y las haciendas.

Las claridades rojas

Que se mueven

Bajo los postes y los grandes mástiles,

Incluso a mediodía, arden aún

Como huevos de púrpura y oro;

El alto sol no se ve:

Boca de luz, cerrada

Por el carbón y la humareda.

Un río de nafta y pez

Sacude los diques de piedra y los pontones de madera;

Los silbidos crudos de los navíos

que pasan

Aúllan de miedo en la niebla;

Un farol verde es su mirada

Hacia el océano y los espacios.

Los muelles suenan con los choques de pesados furgones;

Las carretillas chirrían como

goznes;

Las balanzas de hierro hacen caer

cubos de sombra

Y los deslizan de repente en subsuelos de fuego;

Los puentes se abren por la mitad, 

Entre los tupidos mástiles se erigen horcas sombrías

Y letras de cobre inscriben el universo,

Inmensamente, a través 

De los tejados, las cornisas y las murallas,

Cara a cara, como en batalla.

Y por todos lados, pasan caballos y ruedas,

Corren los trenes, vuela el esfuerzo, 

Hasta las estaciones, alzando, como

proas

Inmóviles, de mil en mil, un frontón de oro.

Rieles ramificados ahí descienden

bajo tierra

Como pozos y cráteres

Para reaparecer a lo lejos en redes claras de destellos

En el estrépito y la polvareda.

Es la ciudad tentacular.

La calle y sus remolinos como

cables

Anudados alrededor de

monumentos-

Huye y regresa en largos enlazamientos;

Y sus masas inextricables, 

Las manos locas, los pasos afiebrados,

El odio en los ojos,

Atrapan con los dientes los tiempos que las anticipan.

Al alba, a la tarde, a la noche, 

En la prisa, el tumulto, el ruido, 

Ellas lanzan hacia el azar la áspera semilla

De su trabajo que la hora se lleva.

Y los mostradores taciturnos y

negros

Y los despachos turbios y falsos

Y los bancos golpean las puertas

Con los golpes de viento de la demencia.

A lo largo del río, una luz

amortiguada,

Aproblemada y pesada, como un harapo que arde,

De farola en farola retrocede.

La vida con raudales de alcohol es

fermentada.

Los bares abren sobre las aceras

Sus tabernáculos de espejos

Donde se contemplan la ebriedad y la batalla;

Un ciego se apoya en la muralla 

Y vende luz, en cajas de un centavo,

El derroche y el robo se aparean en 

su agujero;

La bruma inmensa y rojiza

A veces hasta la mar retrocede y se arremanga

Y es entonces como un gran grito

lanzado

Contra el sol y su claridad:

Plazas, bazares, estaciones, mercados,

Exasperan tanto su vasta

turbulencia

Que los moribundos buscan en vano el momento de silencio

Que le hace falta a los ojos para cerrarse.

Tal el día —sin embargo, cuando las tardes

Esculpen el firmamento, con sus martillos de ébano,

La ciudad a lo lejos se extiende y domina la llanura

Como una nocturna y colosal

esperanza,

Ella surge: deseo, esplendor, obsesión;

Su claridad se proyecta en resplandores hasta los cielos,

Su gas milenario en matorrales de oro se atiza,

Sus rieles son caminos audaces

Hacia la felicidad falaz

Que la fortuna y la fuerza acompañan;

Sus muros se dibujan semejantes a una armada

Y lo que aún viene de ella de bruma y de humo

Llega en llamadas claras a los campos.

Es la ciudad tentacular, 

El pulpo ardiente y el osario 

Y la carcasa solemne.

Y los caminos de aquí se van al infinito

Hacia ella.



«La ville»


Tous les chemins vont vers la ville.

Du fond des brumes,

Avec tous ses étages en voyage

Jusques au ciel, vers de plus hauts

étages,

Comme d'un rêve, elle s'exhume.

Là-bas,

Ce sont des ponts musclés de fer, Lancés, par bonds, à travers lair;

Ce sont des blocs et des colonnes

Que décorent Sphinx et Gorgones;

Ce sont des tours sur des faubourgs;

Ce sont des millions de toits

Dressant au ciel leurs angles droits:

C'est la ville tentaculaire,

Debout,

Au bout des plaines et des domaines.

Des clartés rouges

Qui bougent

Sur des poteaux et des grands mâts,

Même à midi, brûlent encor

Comme des oeufs de pourpre et d'or;

Le haut soleil ne se voit pas:

Bouche de lumière, fermée

Par le charbon et la fumée.

Un fleuve de naphte et de poix

Bat les môles de pierre et les pontons de bois;

Les sifflets crus des navires qui passent

Hurlent de peur dans le brouillard;

Un fanal vert est leur regard

Vers l'océan et les espaces.

Des quais sonnent aux chocs de lourds fourgons;

Des tombereaux grincent comme des gonds;

Des balances de fer font choir des cubes d'ombre

Et les glissent soudain en des soussols de feu;

Des ponts s'ouvrant par le milieu, 

Entre les mâts touffus dressent des gibets sombres

Et des lettres de cuivre inscrivent l'univers,

Immensément, par à travers

Immensément, par à travers 

Les toits, les corniches et les murailles,

Face à face, comme en bataille.

Et tout là-bas, passent chevaux et roues,

Filent les trains, vole l'effort,

Jusqu'aux gares, dressant, telles des proues

Immobiles, de mille en mille, un fronton d'or.

Des rails ramifiés y descendent

sous terre

Comme en des puits et des cratères

Pour reparaître au loin en réseaux clairs d'éclairs

Dans le vacarme et la poussière.

C'est la ville tentaculaire.

La rue-et ses remous comme des

câbles

Noués autour des monuments—

Fuit et revient en longs enlacements;

Et ses foules inextricables,

Les mains folles, les pas fiévreux,

La haine aux yeux,

Happent des dents le temps qui les devance.

A laube, au soir, la nuit, 

Dans la hâte, le tumulte, le bruit, 

Elles jettent vers le hasard l'âpre

semence

De leur labeur que l'heure emporte

Et les comptoirs mornes et noirs

Et les bureaux louches et faux

Et les banques battent des portes

Aux coups de vent de la démence.

Le long du fleuve, une lumière

ouatée,

Trouble et lourde, comme un haillon qui brûle,

De réverbère en réverbère se recule.

La vie avec des flots d'alcool est fermentée.

Les bars ouvrent sur les trottoirs

Leurs tabernacles de miroirs

Où se mirent l'ivresse et la bataille;

Une aveugle s'appuie à la muraille

Et vend de la lumière, en des boîtes d'un sou;

La débauche et le vol s'accouplent en leur trou;

La brume immense et rousse

Parfois jusqu'à la mer recule et se retrousse

Et c'est alors comme un grand cri jeté

Vers le soleil et sa clarté:

Places, bazars, gares, marchés,

Exaspèrent si fort leur vaste turbulence

Que les mourants cherchent en vain le moment de silence

Qu il faut aux yeux pour se fermer.

Telle, le jour - pourtant, lorsque les soirs

Sculptent le firmament, de leurs marteaux d'ébène,

La ville au loin s'étale et domine la plaine

Comme un nocturne et colossal espoir;

Elle surgit: désir, splendeur, hantise;

Sa clarté se projette en lueurs jusqu'aux cieux,

Son gaz myriadaire en buissons d'or s'attise,

Ses rails sont des chemins

audacieux

Vers le bonheur fallacieux

Que la fortune et la force

accompagnent;

Ses murs se dessinent pareils à une armée

Et ce qui vient d'elle encor de brume et de fumée

Arrive en appels clairs vers les campagnes.

C'est la ville tentaculaire,

La pieuvre ardente et l'ossuaire 

Et la carcasse solennelle.

Et les chemins d'ici s'en vont à

l'infini

Vers elle.



Sobre este poeta belga, flamenco, que escribía en francés, véase, por ejemplo, este enlace:

 https://www.musee-orsay.fr/es/programa/agenda/exposiciones/emile-verhaeren-un-museo-imaginario