martes, 3 de marzo de 2026

Estudiantes de arquitectura en el París del siglo XIX

















No sé sé si la lectura de una novela (escrita hace más de un siglo) puede ser un refugio seguro o una manera de olvidar temporalmente lo que ocurre en el presente. 

Me excuso por la mala calidad de las imágenes.

El inicio de La obra, de Émile Zola, publicada en 1886, es uno de los más electrizantes que existe, y una descripción fulgurante de una gran ciudad -París- bajo una violenta tormenta. A través de los rayos que no cesan de caer como flechas parecen, por el deslumbramiento que los fogonazos suscitan, incendiar el corazón de la capital. 

En este escenario dantesco, un joven se apresura, en medio del agua sucia y del barro, bajo una lluvia que corta el hálito y la vibración del suelo sacudido por los constantes truenos que reverberan en las agrietadas fachadas.

La novela es casi un diario que narra, apenas disimuladamente, la decepción que Zola tuvo a medida que contemplaba la evolución del arte de su antiguo amigo de infancia, Cézanne, unas pinturas cada vez más abocetadas de unas figuras deformadas, casi irreconocibles, no se sabe si voluntariamente o por la creciente incapacidad del pintor -ciertamente poco dotado para el retrato naturalista. 

Tres protagonistas se enfrentan: tres jóvenes, un pintor, un escritor y un arquitecto.

Zola recurrió a un texto de su amigo, el arquitecto belga afincado en París Frantz Jourdain, sobre la formación y el trabajo del arquitecto que reproduce con pocos cambios. 

Gracias a la novela sabemos de la dureza y de la amplitud de los estudios de arquitectura-que los planes de estudio decimonónicos que se conocen confirman-, de la organización de los estudios de arquitectura y del trato que recibiendo los estudiantes y los recién titulados, y de un evento -ya comentado en este blog hace años- que culminaba la carrera de arquitectura: el transporte en carreta de todos los planos de grandes dimensiones, enmarcados, que los estudiantes debían llevar a última hora, presos de los nervios y de noches de insomnio -y orgiásticas, señala Zola-, a la Academia de Bellas Artes donde el proyecto final de carrera iba a ser valorado severamente. 

El centro de París se llenaba de carros y carretas, casi siempre tirados por jóvenes, de los que podían caer algunos planos amontonados de manera inestable, formando piras que se tambaleaban. 

Una costumbre que hoy se reduce a enviar telemáticamente el proyecto a una imprenta, en la que se recogen los planos sobre papel que se cuelgan durante unas pocas horas en los corchos que cubren los muros de las salas de grado. Una evidente pérdida de heroicidad.

Una novela aconsejable en los estudios de arquitectura 

domingo, 1 de marzo de 2026

sábado, 28 de febrero de 2026

Mentira

 La razón persigue la verdad. Razonar conlleva enlazar hechos probados o probables, certeros, o conceptos, hasta dar con la solución a un problema, a resolverlo, disiparlo, a fin que se disuelva la oscuridad e incertidumbre que se alza o se desprende de un tema. La razón echa luz sobre hechos que permanecen en la sombra, voluntariamente o no. El siglo de las luces, que disipó las fantasías que las religiones tejían, fue el siglo de la razón. Seres racionales, confiados, sustituyeron a ilusos y confundidos. 

La razón, por tanto, se aparta de la mentira. No finge, no urde hechos imposibles o ficticios.

Mas, la realidad es más compleja.

Mentior, que significa mentir en latín, es un verbo compuesto a partir del sustantivo mens: mente. Se miente a sabiendas.  No vale aducir desconocimiento. Se sabe bien que se miente. La mentira está asociada a la memoria. Ambas palabras pertenecen a la red de conceptos tejidos alrededor de la mente. Un demente no miente. Miente quien posee todas sus facultades.

Del mismo modo, la imaginación es la facultad gracias a la cual urdimos situaciones que no reflejan la realidad. Son hechos y entornos que parecen posibles, plausibles, convincentes, verdaderos, pero que no tienen entidad alguna fuera de lo que la imaginación ha compuesto.

Es cierto que en Grecia se diferenciaba entre la fabulación -que recrea mundos alternativos- y la mentira -que se aparta intencionadamente de la verdad y busca que éste no se alcance, sustituida por lo que la mentira cuenta-, pero tanto el fruto de la imaginación como de la mentira con escenas o situaciones compuestas estando en pleno uso de la razón existen ya sea para ampliar los límites de lo que es posible ya sea para acotar y oscurecer la verdad reemplazada por una mentira. La mentira es eficaz cuando se sabe la verdad y se busca esconderla. La mente no es más activa y creadora que cuando miente. La mentira expresa el miedo a la verdad. Por eso, solo la mente puede concebir mentiras que ensombrezcan la verdad.

Como bien podemos comprobar cada día de hoy. La mentira es una bomba inteligentemente dirigida para sustituir a la verdad. La mente es la facultad humana más poderosa. Y por tanto más dañina. 

viernes, 27 de febrero de 2026

JULIO MARIAL TEY (1853-1929): VILLA MARSANS (BARCELONA, 1907)




































Villa Marsans 




 Villa de los Arabescos (o lo que queda de ella)

Fotos: Tocho, Barcelona, febrero de 2026


Barcelona fue una ciudad árabe durante unos pocos decenios en los siglos VIII y IX; medio siglo a la sumo, y aunque dispuso de una mezquita, en el emplazamiento de la catedral, no queda ni rastro de ella.

Sin embargo, viviendas neo-árabes de los siglos XIX y principios del XX no faltan.

Un libro sobre Barcelona recientemente publicado por la Factoría Cultural Martinez anotada que las numerosas colinas de la parte alta de Barcelona acogieron villas y palacetes, de clases acomodadas, bien orientados, dispersos en amplios jardines a los pies de los boscosos altozanos, lejos de la humedad, la salitre y la contaminación del lleno y la costa en la que se ubicaba la ciudad.

El barrio de Vallcarca, un valle estrecho entre altas colinas desde el que se evita percibir el mar y el puerto a lo lejos. acogió al menos dos mansiones neo-árabes, vecinas. De la Villa de los Arabescos solo perdura un fragmento de fachada y una torre. La mansión se abandonó y la restauración emprendida hace nueve años prefirió desmantelarla.

Una suerte muy distinta cortó el palacete de la fundadora de la conocida agencia de viajes Marsans: una mansión, proyectada por el arquitecto, promotor y político decimonónico Julio Marial Tey, a principios del siglo XX, para transportarse, al momento y sin trabas, a un Oriente fantaseado. 

Rodeada de jardines, adosada a la boscosa colina de Nuestra Señora del Coll, y mirando hacia el densamente arbolado monte Carmelo, entre palmeras, el palacete, retirado de la angosta y empinada avenida Madre de Dios del Coll, al que se accede por una puerta entre torreones neo-medievales, conserva una decoración propia de un sueño orientalista, alrededor de un patio cubierto inspirado en la Alhambra.

Hoy, la mansión, que fue el hogar de niños huérfanos polacos tras la Segunda Guerra Mundial, acoge un excelente y acogedor albergue público, muy económico -sobre todo comparado con los precios disparados de los alojamientos turísticos de Barcelona- muy utilizado por escuelas de visita a la ciudad, lo que permite la visita gratuita de la planta noble y la primera planta. En su interior, y desde el balcón , la Barcelona que conocemos desaparece.

https://www.meet.barcelona/es/visitala-y-amala/puntos-de-interes-de-la-ciudad/casa-marsans-alberg-mare-de-deu-de-montserrat-aj000084-92086012294


Agradecimientos a la arquitecta Ana Noguera, conocedora y estudiosa  del barrio, por esta información 

Arquitectura gustosa




Aunque la aportación del artista surrealista español Salvador Dalí a la arquitectura ha sido muy estudiada y mostrada en exposiciones, no estoy seguro que las historias de la arquitectura moderna recojan habitualmente las visiones e interpretaciones arquitectónicas y urbanísticas de este artista. Las historias suelen centrarse en edificios y ciudades contemplados por los ojos físicos y no entrevistos en visiones, por la mirada interior

Dalí fue quizá el único teórico que dio con una acertada definición de la arquitectura de Gaudí: ésta era comestible. Bien hubiera podido calificarla de incomestible -un adjetivo con el que estaríamos de acuerdo muchos barceloneses confrontados diariamente con sus obras cada vez más petrificadas, musealizadas, disecadas para el turismo de masas-, pero fuera comestible o no, lo cierto es que Dalí relacionó la arquitectura de Gaudí con el gusto y no con la vista. Una arquitectura viscosa, blenda, vagamente repelente, que produce una sensación entre el placer culpable gustativo, frío y húmedo, y el asco. Una arquitectura que hace salivar -y, en último extremo, vomitar-, que suscita reacciones físicas violentas e incontrolables, muy lejos de la contemplación distanciada que el filósofo del siglo de las luces, Emanuel Kant, defendía como la manera correcta de apreciar y evaluar una obra de arte: una obra inalcanzable, lejos del contexto físico percibido como incapaz de  despertar un placer intelectual, y no superficial.

Salvador Dalí volvió a aplicar su criterio gustativo a la arquitectura de Nueva York que visitó por vez primera en 1935, cuya interpretación redactó y dibujó para un semanario muy divulgado entonces, el American Weekly, el 31 de marzo de este año. La recta y rígida arquitecta erecta de los rascacielos se doblaba y se inclinaba mustiamente penetrada por autopistas que ascendían en espiral, extrañamente humanizando a los edificios -dos de ellos convertidos en los piadosos penitentes que el pintor decimonónico francés Millet retratara-, con la cabeza gacha, como si quisieran expiar su altivez y se inclinaran hacia los transeúntes, vagamente observados desde las alturas por los ojos de las testas de los edificios de altos cuellos vueltos, como girasoles apagados, hacia la calle, en una imagen cotidiana de debilidad y humanidad. Toda la fiereza del rascacielos reducida a una temblorosa masa que se alza y se funde a medida que se acerca al sol. 

Seguramente Dalí dio, también en este caso, con las cualidades físicas y morales de los rascacielos, la angustia (como escribió) y el patetismo, cierta vana ambición, que suscita y corroe a estos altos edificios en el fondo emasculados. Unas construcciones “pegajosas” -como apuntó en la publicación-, babosas e irreales, semejantes a lenguas y a flácidos órganos -musicales y físicos-  que despiertan sueños (y pesadillas).