sábado, 6 de junio de 2026

Allende (el palacio del rey-sacerdote Juan)

 






Fotos: Tocho, París, mayo de 2026



Érase una tierra más allá de las tierras; más allá de todo lo conocido. Se extendía  desde Babilonia hasta donde la vista no alcanzaba. Una tierra que incluía un mar con olas pero sin agua y ríos de piedras, en los que se pescaban peces sabrosos como nunca se habían probado ; tierra de gemas, poblada por gigantes y pigmeos, por hombres con ojos delante y detrás de la cabeza, y por hombres con cuernos, recorrida por sátiros, esfinges y centauros, y rica en salamandras, que viven en el fuego, y se protegen en capullos de seda, tierras de la que mana leche y miel -el Paraíso se hallaba en el centro, y el país de las Amazonas en los márgenes-, y que mantenía a raya unas regiones malditas, que Alejandro Magno había dominado, tras las más encrespadas cordilleras,  de las que, en día de la venida del Ante Cristo, descenderían  hordas que asolarían Roma y la misma península ibérica hasta su mar de hielo.

Un rey-sacerdote, el sacerdote Juan, gobernaba estas tierras inimaginables, tan cerca y tan lejos del Olimpo y de Jerusalén. Vivías en un palacio resplandeciente, construido a imagen del castillo suspendido en el aire, construido por el apóstol Tomás, el patrón (aún hoy) de los arquitectos, para el Rey de la India.

Juan era sabio, justo, y cristiano. Su reino se hallaba rodeado de tierras infieles.

Se contaba que reyes más poderosos del mundo, y el mismo Papa, recibieron un día una carta de presentación del rey-sacerdote Juan. Esta carta, desde luego, llegó a la corte del emperador del Sacro Imperio Germánico, en las postrimerías  de la alta Edad Media, en el siglo XI.

Se conocen copias de esta carta.

Pero nunca se pudo entrar en contacto con el rey-sacerdote Juan. Quizá la razón fuera, como se pensó tres siglos más tarde, que el rey -sacerdote Juan no viviera allende las montañas, donde el sol nace, sino más allá de los desiertos, allá donde la reina de Saba moraba y Salomón hizo construir un palacio, en el reino de Etiopía.

Nadie dudaba de la existencia del rey-sacerdote Juan. Salvo, sin duda, quien, un miembro de la corte imperial germánica, redactó la carta.

Hoy sabemos de presidentes a los que se les engaña haciéndoles creer en la existencia de letales armas casi inconcebibles -y siempre invisibles-  para que declaren la guerra -santa- a dichos poseedores de armas de destrucción masiva y se hagan así con el botín de las riquezas de los países derrotados. 

Esta práctica no es nueva. Hoy son filmaciones fraudulentas las pruebas de las mentiras; otrora, eran cartas.

Las cruzadas para liberar Tierra Santa amenazada por los infieles eran costosas y desastrosas. El emperador del sacro imperio germánico no se decidía a promover una nueva y decisiva cruzada. Mas, ¿podría esconder aún la cabeza si recibía una carta de un lejano rey cristiano que resistía la embestida de reinos infieles y estaba incluso decidido a entrar en guerra para liberar Jerusalén?. Si la distancia entre el oriente del oriente y Tierra Santa no asustaba al rey-sacerdote Juan, ¿iba el poderoso emperador germánico encogerse ante la poca distancia entre su imperio y Jerusalén? ¿Iba a flaquear y dudar ante el ímpetu del rey-sacerdote cristiano Juan?

La última cruzada, finalmente, fue lanzada. En el Próximo Orirnte, como era y es habitual.

El reino del rey-sacerdote Juan, tierra de abundancia y de santos, dominador de monstruos, cumplió así la finalidad de su existencia: una nueva Guerra Santa en unos años en que dicha guerra parecía una aventura cruenta y sin sentido.

Los mapas medievales ubicaban este fantástico reino, ora en Asia, ora en Egipto, un reino que suscitaba temores y esperanzas, y que gozaba del magnético poder de lo que no se puede ver ni alcanzar, pero que sabemos existe imaginativamente , el poder de lo que alienta la imaginación.


Una exposición, ya citada, en París, muestra varios de estos mapas en los que incluso se inscribe un retrato del rey-sacerdote Juan, sentado en Etiopía, o a la vera del imperio de Genghis Khan . 

La imaginación es siempre creadora de una realidad más atractiva -y peligrosa-, más enigmática, desconcertante y deseada, que la que los sentidos alcanzan. Uns realidad que nos mantiene en vida y en vilo.


https://portail.biblissima.fr/ark:/43093/ifdata8b72ed5ffe0667957b8b1a66fb55fd99c95ebc15


https://www.bnf.fr/fr/agenda/cartes-imaginaires



jueves, 4 de junio de 2026

Restitución

 


1992


 2026



La restitutio, en latín, designaba el gesto o acción gracias al cual se revertía una intervención anterior. El prefijo re indicaba el paso atrás que se daba para devolver el estatuto, la figura, la prestancia (statua) de lo que había sido desfigurado. Replantar, restaurar, devolver (un apariencia, una forma o un emplazamiento del que se había estado arrancado), restituir, todas esas acciones acogidas bajo el concepto de restitutio, eran actos de generosidad, de gracia, por medio de los cuales lo que había quedado privado de algo propio, recuperaba lo que le pertenecía y lo caracterizaba. Volvía a ser, tras la pérdida de referencias. La restitución es un acto estético y ético: repara, reconstruye vidas truncadas, perdona y no olvida (el daño cometido).

La restitución caracteriza la manera de tratar la creación: se restaura, se reconstruye lo que se ha perdido o destruido. Lo que había caído vuelve a la vida. Se suprimen añadidos y se reponen privaciones. El daño no podrá nunca ser borrado, empero, y quizá no deba desaparecer, como testimonio de lo que se ha padecido. 

La arquitectura es quizá el arte en el que la restitución cobra más protagonismo. Las adherencias, los cambios sin sentido, las mutilaciones, que deforman y descomponen una obra deben de ser tratados. La restitución restablece un equilibrio perdido. El desequilibro provoca caídas, desajustes, derrumbes físicos y morales.

Pese al trato que recibe y ha recibido una parte de la obra de Antoni Gaudí, convertida en una caricatura de sí misma en ocasiones, Barcelona sabe bien la importancia de la restitución. Se reconstruyen obras del pasado, se rescatan colores originales, se suprimen añadidos innecesarios, y se trata de compensar la falta de respeto que ha recibido un edificio. Intervenciones recientes no escasean, desde la casa Vicens hasta la casa Moratiel: muestras de respeto, comprensión y aprecio por la obra ajena.

Una próxima restitución deberá acontecer para que la central telefónica de la Villa Olímpica de Barcelona, construida en 1992, con motivo de los Juegos Olímpicos en la ciudad, recupere de lo que ha sido privada y cargada recientemente bajo la indiferencia de la autoridad. Seguramente la central ya no es necesaria en los tiempos de los móviles y las llamadas redes sociales. Pero es un testimonio de lo que aconteció. La justicia implica el reconocimiento de lo que los otros son y fueron, que son y fueron lo que somos y esperamos seguir siendo.


Agradecimientos a CG, AS y AdB por sus informaciones y reflexiones que dan de pensar

El cuerpo de la divinidad (Corpus Christi)

 


Entre el estallido de los petardos centelleantes y el creciente humo que se desprende, las bocanadas de fuego exhaladas por temibles esculturas sobre ruedas que representan al dragón vencido por el arcángel San Miguel y a los enfieles y los poderes demoníacos derrotados por la luz del cuerpo resplandeciente de la divinidad “verdadera” -una escenificación simbólica común en la península, la fuerza física, que no espiritual, visualizándose por otro carro en forma de águila, está vez,  que representa al rey, al poder real bajo el cual se refugia el pueblo-, y el discurrir silencioso de tapices de flores por las callejuelas de los cascos antiguos urbanos, entre la llameante fiesta vengativa de la fiesta de la Patum -el nombre evocarla ensordecedor redoble de los tambores que anuncian la victoria del fuego sobre el hielo- de Berga que celebra el triunfo del cristianismo sobre el paganismo y el islam, y las alfombras florales de Sitges, hoy, jueves, tras sesenta días de la Resurrección del hijo de dios -desprendido de su condición humana para revelar su cegadora condición divina ya no opacada por la carne-, se celebra el culto de origen medieval, aún vivo, al Corpus Christi, o la adoración al cuerpo humano del hijo de dios, matizando así el culto a su sola condición divina manifestada dos meses lunares antes (Resurrección Pascual).

La fiesta de la hostia sagrada: una procesión que completa las manifestaciones de fuego y flores, del estallido vital, antes descrito, consistente en un desfile enarbolando un ostensorio: un estandarte de oro que exhibe una hostia consagrada, ofrecidas a la contemplación y adoración de los fieles. 

Recordemos lo que es una hostia: un círculo -una forma perfecta sin principio ni final- de pan ácimo que, tras ser bendecido, sufre una transubstanciación, esto es, un cambio sustancial, sin cambio formal alguno, un cambio esencial no visible -un cambio opuesto a la metamorfosis que conlleva un cambio formal sin alteración sustancial: así, por ejemplo, el joven Narciso siguió siendo quien es pese a haber sido convertido en una flor, mientras que el pan siguió pareciendo pan, sabiendo a pan, pero ya no era un alimento de origen vegetal, sino animal: su sustancia, tras un ritual consistente en fórmulas y gestos, palabras y ademanes, invocaciones y movimientos, era ahora divina: se ha convertido en el cuerpo humano de la divinidad. Todo lo que se refiere a las sensaciones, al mundo sensible -tacto, olor, color- no se altera, pero lo que estas cualidades sensibles encierran, se modifica. El pan deviene, pese a que las evidencias no lo revelan, en un ente vivo y sobrenatural: la fe o la creencia, y no la evidencia, manifiestan esta alteración sustancial.

Esta operación mágica revive o rememora un hecho acaecido en los orígenes de los tiempos renovados, protagonizado por la propia divinidad convertida en un ser humano. A fin de manifestar el sentido de su paso por la tierra y de su asunción de la naturaleza y la condición humanas, la divinidad organizó un banquete, la llamada Santa Cena,  en el que ofreció alimentos materiales y un manjar espiritual. Este consistió en la distribución entre los comensales de parte de su cuerpo o de su carne -carne humana unida a la luz divina, lo material y lo inmaterial, lo carnal y lo espiritual unidos- a fin que aquellos pudieran comulgar, es decir, ingerir sustancia divina a través de un bocado material, y beneficiarse del íntimo contacto con la divinidad. Ésta se ofrecía u ofrendada a sus seguidores. Se distribuía entre ellos. De este modo, habiéndose alimentado con un alimento sobrenatural -pan que es y no es pan-, los fieles ya no temerían  a la muerte, sino que podrían esperar seguir viviendo, ya sin limitaciones corporales, tras la muerte.

La fiesta religiosa del Corpus Christi, ten cercana a la magia y al teatro (la magia del teatro, del arte, del gesto desprendido, de la representación creadora de ilusiones), expresa lo característico del cristianismo, “es” esta religión: la creencia en la existencia pasada, presente y futura, en una divinidad que se convirtió en un ser humano, naciendo viviendo y muriendo, alegrándose y padeciendo, para, asumiendo la mortal condición humana, liberar a los humanos de la muerte o del miedo a la muerte y ofrecerles la esperanza en una vida futura luminosa tras la noche del fallecimiento, como si -el como si teatral o autosacramental es central en el cristianismo- la muerte no fuera un final, sino un tránsito hacia un renacer.

 Dicha fiesta, así, renueva la esperanza en el renacer que la primavera trae -como todos los cultos politeístas y monoteístas celebran. Una fiesta de luces, el estruendo de la vida opuesto al frío silencio de la muerte, y un nuevo florecimiento. 

Desde luego, una cuestión de fe, en la que todos, fieles y no creyentes pueden participar. Una fiesta de la comunidad compartiendo valores e ilusiones. 


Para FA en Sitges 

miércoles, 3 de junio de 2026

JOSÉ ROMERO AGUIRRE (1922-1979): IGLESIA DE NUESTRA SEÑORA DEL CARMEN (ZARAGOZA, 1962)















Fotos: Tocho, Zaragoza, junio de 2026


Hoy que tanto se alaban los colores chillones del templo expiatorio de la Sagrada Familia, iniciada por Antonio Gaudí a partir de una construcción neogótica anterior, y concluida por programas informáticos, en Barcelona, quizá debamos volver la vista hacia las iglesias de Miguel Fisac en Madrid y José Romero Aguirre en Zaragoza , sumidas en la penumbra, que realzan muros de tramas irregulares de densas luces de colores -la luz, necesariamente inmaterial, intangible, puede ser tan grávida y densa como el agua de las profundidades marinas en las que apenas alcanza la luz, y se diría que podría recogerse en el cuenco de las manos-, luces sombrías que parecen emanar  de no se sabe dónde.

La iglesia del Carmen de Zaragoza -que forma parte de un conjunto que ocupa una manzana entera y se completa con un colegio mayor y una Residencia para religiosas, que recuerdan la arquitectura holandesa de ladrillo de los años veinte del siglo pasado-, vacía, y sumida en silencio, invita a caminar con cuidado y hablar quedamente para que las capas de colores no tiriten y  ya no encuentren su lugar.
 

La isla de las siete ciudades





La isla de las siete ciudades acogía a trescientas urbes. Todas estaban bien planificadas; seguían el culto católico.

La isla se ubicaba en el océano proceloso.

Éste se abría pasadas las columnas de Hércules: un mar brumoso, salpicado de islas, unas fijas y otras a la deriva, unas visibles y otras de las que solo se conocía el nombre, existentes pero invisibles, unas islas con el mismo nombre, como si fueren gemelas, aunque distintas entre sí, unas pobladas de dragones y otras de humanos que habían escapado de los males que arrasaban la lejana tierra firme. Se conocía incluso una isla que no se conocía: la isla No-Hallada.

Solo los marineros más encallecidos, a partir de la baja Edad Media y el Renacimiento, se aventuraron por el océano proceloso , atraídos a menudo por estas islas de las que se contaban maravillas aunque su ubicación era incierta. Estaban y no estaban. Deslumbraban,  pero nadie quería regresar a ellas. Islas peligrosas por la fascinación y el miedo que suscitaban.

Con el avance de los árabes, en el siglo VIII, siete obispos de la península ibérica reunieron a sus familias y sus bienes, sus rebaños y la servidumbre, y se refugiaron en la ciudad de Porto. Las noticias sobre el trato que los cristianos recibían por parte de los infieles, les impulsaron a embarcarse, en busca de una isla donde poder refugiarse. La hallaron: una isla rectangular, con siete bahías. Recibió el enigmático nombre de Antilia, o de la Isla de las Siete Ciudades, que los siete obispos fundaron.

¿Dónde se ubicaba esta isla? ¿En Terra Nova, cerca de las Indias -de ahí quizá su nombre-, o en las Antillas? En verdad, estaba emplazada, amén de hallarse en los recuerdos de los navegantes, y en los rumores de las tabernas,  en las cartas marítimas compuestas en los siglos XV y XVI: cartas en las que se conjugaba lo real y lo imaginario, sin que se pudiera discernir qué  era real y qué no, ya que todo lo que quedaba registrado en los mapas adquiría verosimilitud; atestiguaban que todo lo existía mostraban y nombraban, aunque nadie lo hubiera visto, solo escuchado o leído, en relatos orales o escritos. Eran tiempos en los que la realidad era el fruto del acto creativo humano, que daba crédito y nombre a sus temores y sus ensoñaciones -como hoy, aunque las ansias y los miedos susciten realidades más o menos creíbles, más banales o más oscuras. 

La isla de las siete ciudades empezó a perderse en la bruma a principios del siglo XVII. Su crédito disminuyó, sobre todo porque, en contra de lo que se había pronosticado, seguía siendo una ciudad invisible -poblada por cuarenta veces más ciudades que las siete originarias-, pese a que los infieles habían sido echados de la península ibérica. Se perdieron. Y no han vuelto a ser halladas.

Aunque una maravillosa exposición sobre cartas de tierras imaginarias en la Biblioteca nacional de París ha devuelto a la vida a las isla de las siete ciudades, así como a…..

(seguirá)

https://www.bnf.fr/fr/agenda/cartes-imaginaires


A HelenaTatay, doctora, por su espléndida tesis doctoral -Cum Laude- sobre el poder creador de los mapas, que no solo dan cuenta de lo que ya existe, sino que fundan el mundo y lo abren al conocimiento. 




domingo, 31 de mayo de 2026

JEAN ROUCH (1917-2004) & EDGAR MORIN (1921-2026): CHRONIQUE D´UN ÉTÉ (PARIS - CRÓNICA DE UN VERANO, 1961)



1961: el año de las películas Las vacaciones del señor Hulot, de Jacques Tati, La Dolce Vita, de Federico Fellini, Hiroshima mon amour, de Alain Resnais, La fuente, de Ingmar Bergman, Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti, y Milagro en Milán, de Vittorio de Sica. 
Y el año de la masacre del 17 de octubre en París de manifestantes pacifistas argelinos por la policia, en el año álgido de la espeluznante guerra de independencia de Argelia, que configuraré la Francia moderna, marcada por la descolonización y la apresurada creación de las densas "ciudades nuevas" de hormigón en la periferia de París, entre la arquitectura y el urbanismo modernos "experimentales" y la colmena  -si se pueden siempre distinguir.
El año también en que supervivientes franceses judios de los campos de exterminio nazis, arrestados en Francia, fruto del colaboracionismo, empiezan a contar su historia, alusiva o frontalmente -como ocurre en el documental.

Crónica de un verano -premiada en el festival de Cannes- se presentaba como una muestra -la primera muestra- de "cine-verdad": la verdad no pertenecía al mundo de la ficción, se suponía. Pero quienes aparecen en este "documental" no son todos ni personas anónimas ni sin relación con el mundo del cine. Intervienen, así, un joven Régis Debray -escritor, militante y político, entonces estudiante universitario en la prestigiosa École Normale-, una directora de cine, Marceline Loridan, y una actriz y directora de cine italiana, Marilù Parolini, posteriormente pareja del "mítico" director de cine Jacques Rivette, un pilar de la "nouvelle Vague", director de la célebre Céline et Julie vont en bateau, de trece horas de duración. 
En cualquier caso, la película contó con el apoyo del Comité de Cine Antropológico del Museo del Hombre de París Co-dirigida por por el documentalista y etnógrafo francés Jean Rouch, especialista en la cultura de los Dogon, y por el sociólogo francés, fallecido ayer, Edgar Morin.
Existe una versión, nunca proyectada en público, de seis horas, y numerosos homenajes y versiones, realizadas decenas de años más tarde, con los mismos participantes, de este documento fílmico fundamental sobre la vida en una gran ciudad. 
La película se reestrenó cincuenta años más tarde, en 2011.

La película está en lengua original francesa. No tiene subtítulos.
Se encuentra también legalmente en Youtube -con publicidad. Creo que se pueden activar subtítulos en francés: 

sábado, 30 de mayo de 2026

HENRI ROUSSEAU (LE DOUANIER ROUSSEAU - EL ADUANERO ROUSSEAU, 1844-1910): ARQUITECTURA Y CIUDAD









 Fotos: Tocho, París, mayo de 2026


Considerar que el pintor francés Henri Rousseau -que hoy se puede calificar de pintor “naïf”- haya podido aportar un punto de vista sobre la ciudad en transición, de la ciudad aún amurallada a la ciudad rodeada de barrios periféricos industriales, asaetados por altas chimeneas fabriles, puede ser una exageración o un comentario fuera de lugar.
Mas, aunque Rousseau fuera un modesto funcionario público que se inició tardíamente al arte -tras seguir una formación como pintor, y obtener el reconocimiento de artistas de vanguardia, marchantes y coleccionistas de arte moderno en los inicios del siglo XX-, que su torpeza como pintor naturalista sea entre entrañable y risible, y que sus obras maestras representen selvas oníricas con animales salvajes infantiles, en composiciones fascinantes, por la perfección técnica y el atrevimiento compositivo, fue también un pintor atento a la vida urbana y la importancia de barriadas y edificios sueltos -modestos, comunes, sin ínfulas, lejos de los palacios y los templos-, en la configuración del espacio periférico.
 Sus edificios fueron pintados del natural, cuidando los detalles, unos edificios modestos que jugaban un papel importante en la vida de barrios y comunas extramuros. Rousseau no inventaba. En todo caso, transfiguraba. Y sus cuadros de los entornos de París, así como de la propia ciudad, a menudo reflejan mejor la vida de y cerca de la ciudad, aun marcada por el campo, que los que los impresionistas compusieron.

Una maravillosa exposición antológica en París, hoy, da cuenta de lo que debemos a Rousseau, con una sonrisa, es cierto, admirativa y estupefacta.