miércoles, 25 de marzo de 2026

“Maquetas arquitectónicas” egipcias en los museos egipcios en El Cairo (Egipto)


Maquetas arquitectónicas en el Museo Egipcio de El Cairo 










Maquetas arquitectónicas en el GEM (Gran Museo Egipcio) en Giza (El Cairo)



“Maquetas” votivas de graneros depositadas en tumbas, quinto milenio













“Casas del alma”: bandejas funerarias, con un pitorro para verter libacione, réplicas imperecederas de alimentos y “maquetas” de moradas o graneros en una parcela cercada, depositadas en la arena sobre tumbas muy modestas para alimentar y acoger el ka del difunto, 2100 aC 



Maqueta de pirámide para un albañil, un constructor o un arquitecto, o “maqueta” votiva depositada en la tumba de un constructor, C.1500 aC



Lámpara en forma de casa, 300 aC


El egiptólogo William Flinders Petrie halló enterradas, a principios del siglo XX, unas ciento cincuenta modestas bandejas de terracota, sencillamente ejecutadas, en el desierto, cerca de Rizeh. 

Al hallarlas cerca de tumbas muy sencillas -un enterramiento directamente en la arena- supuso que estos objetos habrían sido depositados encima de la tumba para indicar su emplazamiento -o sobre el difunto, o en la entrada del nicho-. 

Datados de finales del tercer milenio, estas bandejas incluyen representaciones de alimentos, algunos recipientes, y un vierte aguas en una punta que se interpreta como una salida a libaciones vertidas en la bandeja para dar de beber  al difunto. Algunas bandejas incorporan también una imagen de una construcción -una casa de una o dos plantas, con o sin pórtico de de entrada, cubierta plana, en algunas ocasiones con una pequeña construcción en la terraza, a la que se accede por una escalera exterior, un cobertizo o un granero- que debe de reproducir o imitar construcciones existentes o tipos de construcciones al uso.

Petrie nombró estos objetos “casas del alma”, porque supuso que servían para alimentar y acoger al ka (el doble incorpóreo) del difunto, aunque la tumba o la simple fosa excavada en la arena ya ofrecían un espacio donde el ka podía recogerse.

Estos objetos interesaron poco a los museos a los que Petrie ofreció, y se almacenaron en reservas en la mayoría de los casos. Algunas fueron vendidas a otros museos que tampoco prestaron demasiada atención a unos objetos muy distintos de los fastuosos tesoros funerarios de materiales valiosos de las clases superiores cercanas al faraón.

Sin embargo, puesto que se han encontrado escasas muestras de viviendas de clases sociales bajas, sobre todo del Imperio antiguo y del posterior primer periodo intermedio, antes de finales del tercer milenio, estos objetos, hoy, documentan, de manera más o menos alusiva, qué imagen o forma pudieran haber tenido estas viviendas de adobe que tan pocos testimonios han dejado.

La mejor y mayor colección de “casas del alma”  -una expresión que dio título, hace treinta años, a una exposición sobre el imaginario arquitectónico antiguo en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona- sigue hallándose en Egipto, distribuida principalmente en los dos grandes museos arqueológicos de El Cairo.


https://egyptartefacts.griffith.ox.ac.uk/blog/petrie-s-soul-houses-provenance-rifeh-location-western-institutions


A Carolina, Carlos y Mario, entusiastas de este tipo de objetos 


 

martes, 24 de marzo de 2026

Desvestir a un santo : el antiguo museo egipcio de El Cairo



















 

Fotos: Tocho, Museo Egipcio, plaza Tahir, El Cairo (Egipto), marzo 2026


Las preguntas son inevitables. La visita del GEM o Gran Museo Egipcio, en Giza (El Cairo), el mastodóntico nuevo museo de arte faraónico, a partir de las colecciones del Museo Egipcio ubicado en el centro de la capital egipcia, las suscita: ¿dónde está la célebre escultura de madera que representa a un alcalde empuñando -o apoyándose en- un bastón de mando ? ¿y la fantasmagórica efigie del faraón Djozer, cuya mirada negra y ciega, que mira sin mirar al infinito, taladra nuestra vista? ¿O la pareja de Rahotep y Nofret, ella vestida de una ceñida túnica escotada impoluta, blanca, y  él, tan solo con un paño en la cintura, y un bigotito que le da un aire a Gary Cooper? ¿Y la enigmática sonrisa de la reina Hatshepsut, suspendida, en la alto de una base, por encima de nosotros, como la del gato de Cheshire ? ¿El célebre friso de patos cabe un estanque, que ornaba una tumba, conocido como las ocas de Meidum?  ¿Y….? 

Podríamos multiplicar las preguntas y las búsquedas. No las encontraremos en el nuevo museo. Las más célebres obras han resistido al traslado y la desubicación. Y hoy, en la planta baja, mínima y austeramente restaurada, las vitrinas decimonónicas con marcos de madera limpiadas, la iluminación revisada y dotadas de nuevas cartelas blancas, las mejores, las grandes obras del arte faraónico, grandes a menudo no por su tamaño,  por fin se pueden contemplar y confrontar en silencio, libres del asedio y del ahogo de las innumerables obras que atestaban y desfiguraban las salas en las que ahora estas obras clave, todas antropomórficas, de mirada penetrante que no nos miran pero que saben que las miramos,  reinan aisladas y deslumbran.  

La planta primera sigue siendo un almacén polvoriento -cuyas vitrinas aguardan desde hace más de un siglo unos cuidados-, desvencijado y vagamente inquietante, cargado de una multitud de pequeñas piezas útiles o mágicas -como una extraordinaria colección de casas del alma, o de ojos tallados en piedras duras que no tuvieron tiempo de incrustarse en las estatuas de cuerpo entero y permitirles contemplar el más allá con serenidad-, entre las que en ocasiones cuesta desplazarse, y en las que no se nota que se hallan retirado obras para desplazarlas al nuevo museo. 

El museo egipcio del Cairo, con su antiguo porte operístico pintado de rosa, se mantiene, a un extrema de la plaza Tahir, superado el incendio que sufrió cuando la revolución en enero de 2010, y los aires de grandeza y presunción del nuevo museo, ridículos en gran medida, y hoy puede visitarse tranquilamente, sin el agobio de los autocares que vomitaban tropeles de visitantes detrás de vociferantes guías en todos los idiomas, que empuñan paraguas como bastones de ordeño y mando y signos de reconocimiento, y hoy amenazan la interminable tierra quemada de los circundantes  aparcamientos del nuevo museo. 

Y se puede visitar calladamente y sin empujones. El silencio que parece imponer la altivez -y soterrada  humanidad, a la vez alejada de nosotros y cercana- del arte faraónico ahora, por fin, se respeta. Si se visita el nuevo museo como quien acuda a un centro comercial o un casino, el viejo museo se recorre como un santuario. Dos tiempos muy distintos -y opuestos.


domingo, 22 de marzo de 2026

HAJI MUHAMMAD IN HAJJ SALIM IN JULMAM AL-JAZZAR (s. XVII): BAIT AL-KRITLIYYA (LA CASA DE LA CRETENSE, ss. XVI-XVII, GRAYER ANDERSON MUSEUM, EL CAIRO)





























































Fotos: Tocho, Museo Gayer Anderson, El Cairo (Egipto), marzo de 2026


Una dama noble cretense, cuyo nombre no ha llegado a nosotros, adquirió, en una época indeterminada, una casa construida en piedra por el arquitecto Hajj Mohammad Ibn al-Hajj Salim Ibn Galman al-Gazzar a mediados del siglo XVI. 
Gracias a un puente cubierto, unió dicha vivienda con la casa vecina, levantada, también con sillares de piedra oscura, en la primera mitad del siglo XVI, por el arquitecto Abdel-Qader al Haddad. La doble morada recibió el nombre de la Casa de la Cretense (Beit al-Kritliyya).
Se trataba de una vivienda privada que ofrecía un servicio público. La frontera entre lo público y lo privado, lo sagrado y lo profano, tan marcada en la arquitectura occidental, se desdibujaba. 
En efecto, la vivienda contenía un sabil: un aljibe cuya agua potable  se distribuía públicamente. La casa atendía gratuitamente a las necesidades en agua de beber de la vecindad, que se servía en vasos de metal dispuestos en un alféizar exterior, unidos por una cadena al interior de la vivienda, a disposición quien necesitara beber.
El ofrecimiento de agua al sediento se completaba con educación a quien no supiera. Los sabil solían ser construcciones aisladas, insertadas en mezquitas y excepcionalmente en viviendas privadas. Se acompañaban de un kuttab, instalado al lado del aljibe o, más habitualmente, como en este caso, sobre el sabil. Se trataba de una sala de estudio en la que se impartían lecciones sagradas, sobre tal Corán, para los niños. 

La vivienda propiamente dicha, extendida en varios pisos en dos edificios, comprendía áreas domésticas para el invierno y el verano, en función de la orientación, y para hombres que no formarán parte del clan familiar y para mujeres. 
La luz se tamizaba con un complejo entramado de celosías de madera o mashrabiyas. Este útil, que permitía la ventilación pero impedía que el sol entrada directamente en la vivienda, recibe un nombre (en francés moucharabieh) derivado del verbo yashrab, que significa beber. En efecto, las celosías estaban asociadas al agua. Sobre la repisa de la ventana se disponía un búcaro de agua potable fresca. La brisa que se filtraba a través de la celosía se humedecía contribuyendo al eficaz control ambiental que las mashrqbiyas y las fuentes de metal llenas de agua brindaban.

El conjunto, un prodigiosos laberinto de escaleras, pasadizos, estancias en varios niveles como los iwanes persas, atajos secretos escondidos detrás de muebles empotrados, salas abiertas a salas que solo se descubren desde un determinado lugar, y puntos de observación detrás de oscuras celosías desde los que se controlaba la actividad en el piso inferior, fue alquilado en 1935 y restaurado por un médico jubilado del ejército británico en un tiempo en que Egipto fue una colonia del imperio de los monarcas ingleses para disponer su colección de antigüedades orientales - desde piezas arqueológicas y tejidos coptos hasta miniaturas persas y muebles incrustados-, aunque dicho médico, el colonel Gayer Anderson, vivió también en este museo -mientras su esposa se mantuvo en otra vivienda en la capital egipcia. 
A la muerte de Anderson, la casa y las colecciones pasaron en manos del gobierno egipcio.
Hoy, ambas casas, las colecciones y el jardín constituyen unos de los museos más hermosos del mundo, un pequeño y grande a la vez museo de las civilizaciones orientales -según la denominación que imperó hasta hace poco.