lunes, 28 de septiembre de 2026
El piso
Por suerte, sin lugar a dudas, empleamos palabras tan comunes que no pensamos ni necesitamos hacernos preguntas sobre lo que evocan. Y, sin embargo…
¿Qué es un piso o, mejor dicho, qué cuerdas o qué notas hace resonar esta palabra. Los pisos parecen no tener misterio -salvo su precio.
Piso es, en verdad, un verbo en latín. A veces se escribe como pinso. Piso o pinso significan prensar, machacar. Designan una acción destructiva, sin duda, pero necesaria para igualar y alisar un conjunto compuesto de elementos dispares que configurar un grupo escasamente cohesionado. De ahí que, en inglés, flat signifique piso y planicie.
Un piso es una superficie alisada, fácilmente pasable, que no ofrece dificultad alguna para deslizarse con comodidad.
El piso se caracteriza por el suelo sobre el que descansa. Un plano horizontal -o dos, más bien, ya que el techo constituye el piso o el suelo del piso superior. Un piso se extiende horizontalmente: el espacio se alarga, se intercala entre dos planos. Los muros, las divisiones verticales no definen ni constituyen un piso: su volumen se expande en todas direcciones. Un bloque de pisos resulta de la superposición de volúmenes en los que domina la horizontalidad, una línea que apacigua e inspira seguridad. Los dos planos que nos soportan y que nos cubren delimitan un espacio en el que deberíamos sentirnos cómodos, acogidos. La altura está a nuestra altura: una altura humana, que ni angustia ni encoge el ánimo. Un piso es un hogar -hoy tan difícil de conseguir.
Lo que se suele obtener con más facilidad es un apartamento. De nuevo, una palabra denota de dónde procede y qué imágenes acarrea. El verbo en latín parto se traduce más que por apartar, que también, por trocear o dividir. El plano vertical, en este caso, constituye el eje principal, que construye y articula el espacio. Un apartamento es un espacio (pequeño) segregado. Está separado de los demás, cerrado sobre sí mismo. Un bloque de apartamento es un espacio troceado, triturado. Se compone de celdas aisladas, de espacios desconectados, partidos. Un apartamento no constituye unidad alguna. No está entero. Es solo una parte, debido al deseo de multiplicar los espacios, necesariamente pequeños o empequeñecidos, en aras de una mayor ganancia. En el apartamento las paredes mandan. Constituyen barreras. En un piso, en cambio, son los pasos, que conectan espacios, los que permiten que la vida circule.
Entre el aplanar , que facilita el tránsito, y la partición, que lo interrumpe, se dibuja dos maneras de concebir y de constituir un espacio doméstico: un espacio libre de obstáculos, por el que la imaginación se desliza, frente a la imposibilidad de ir más allá de unos límites que se alzan, evitando cualquier escapada imaginativa: un espacio bloqueado.
sábado, 26 de septiembre de 2026
Arquitectura urbana (1929)
jueves, 24 de septiembre de 2026
A nuestros deudores
“ Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” (Mateo 6:9-11)
Comentaba ayer noche la historiadora de las religiones, la doctora Mariagrazia Masetti-Rouault (EPHE, París), en un debate tras la conferencia que impartió en Madrid, la importancia de esta frase que Jesús enunció -y que el cristianismo posteriormente modificó-.
Esta imploración del perdón deriva de un deseo que se encuentra en el judaísmo y, anteriormente, en la cultura neo-asiria.
Lo que denota es que las faltas que se hayan podido cometer, las deudas pendientes, pueden ser canceladas. Mientras existan, el miedo, la angustia ante un futuro cada vez más amenazador que aguarda, impide cualquier resquicio esperanzador. La deuda, causada por nuestra incapacidad por cancelarla, por nuestra imprevisión, cuelga, de manera cada vez más pesante, sobre nosotros. Nada podemos prever ni emprender. La deuda es un obstáculo insuperable que nos impide avanzar, poder hacer proyectos, aspirar a una vida mejor, a la vida, siquiera. Solo la condena, el oprobio y la muerte aguardan al deudor.
Pero, en el imaginario neo-asirio, judío y del cristianismo primitivo, las deudas pueden perdonarse. Ya no se debe nada, o mejor dicho, lo que se debe ya no es una losa. La anulación de la deuda despeja el futuro. El miedo ya no atenaza. El deudor puede volver a actuar en beneficio de su vida y deudor la comunidad. Su confianza, su libertad de acción, la mente despejada acaba por beneficiar incluso al prestamista.
Los dioses escuchan las plegarias. Los acuerdos son posibles. Y las deudas se cancelan gracias al poder de la palabra. A la petición sucede la concesión. Una palabra libera de la muerte lenta, la muerte en vida en la que se convertía la vida que no era vida del deudor. El fin del miedo, la esperanza en un futuro mejor permite que la comunidad, en confianza, pueda volver a organizarse. La red de relaciones se restablece, la ayuda mutua ya no se rompe. Nadie queda excluido. La vergüenza se desvanece.
Esta oración solo es posible si se cree en la magnanimidad de los dioses cuya actitud puede ser tomada como modelo. Se confía en ellos. Esta nueva concepción de la relación entre mortales e inmortales, y entre mortales, se forjó en el primer milenio en el norte de Iraq y se extendió por el próximo oriente antiguo. Revela una nueva faz de la divinidad concebida así como una figura compasiva, lejos del dios furibundo o distante.
Una concepción que, a la vista de recientes noticias, hoy en esta ciudad, parece haber caído en el olvido.
Agradecimientos a Mariagrazia Masetti por su lúcida lección y a Elisa Vegue y Rosa Llinás que la suscitaron.
martes, 22 de septiembre de 2026
MAN RAY (1890-1976): LAMPSHADE (1919)
lunes, 21 de septiembre de 2026
MAN RAY (1890-1976): NEW YORK 17 (1917)
Con más gracia que las absurdas torres inclinadas del arquitecto Philip Johnson en Madrid, y confirmando, una vez más, la diferencia abismal entre la idea (la maqueta, ligera y estilizada) y la realidad (elefantesca), el joven artista Man Ray, recién desembarcado en Nueva York en 1915, compuso esta estatuilla de plata maciza -primeramente en madera-, convirtiendo un rascacielos escalonado, seguramente de dimensiones colosales en la realidad (si se hubiere construido), en un cohete: un símbolo festivo, pero también una delgada flecha apuntando certeramente al futuro. Un signo de prosperidad y optimismo que doce años más se quebraría quizá para siempre.
Esta insólita estatuilla se puede ver en la excelente exposición sobre el artista dadaísta Picabia, sus amigos, y su relación con Barcelona en los últimos años de la Primera Guerra Mundial -que no afectó directamente a España-, en la pequeña ciudad francesa de Ceret.
Entre las sorpresas que depara la muestra: el legado de Picabia y sus amigos se halla en el archivo histórico municipal y en el ayuntamiento de Gerona: un material inédito, expuesto por vez primera, que incluye preciosas obras de Sonia Delaunay y de un aún titubeante Miró, junto con material gráfico con un diseño caligráfico muy alejado de las corrientes que imperaban en n Barcelona (los últimos coletazos del modernismo y el melifluo noucentismo), de la entonces vanguardista galería Dalmau.
https://www.musee-ceret.com/expositions/exposition-en-cours/





