Salvo excepciones, honrosas o no, no es de esperar que los escritores, en general, tengan los bolsillos llenos. Ocurre lo mismo con los profesores. Por mucho que, además de dar clases, corregir exámenes y dirigir tesis y tesinas, den charlas y conferencias y redacten informes, tampoco se les supone una abultada cartera. Por tanto, un timador avispado no debería seguir la pista de estos dos colectivos. El olor a dinero, que lo tiene, no les sigue o les precede.
Mas, un profesor universitario necesita publicar si quiere tener un contrato y ejercer. A toda costa. Las evaluaciones anuales, las inscripciones a concursos u oposiciones para una plaza fija, las mejoras contractuales y de sueldo, requieren un currículum lo más completo y variado posible: las publicaciones juegan un papel imprescindible en las posibles promociones laborales. Sin tres congresos y cinco publicaciones anuales, al profesor solo le quedan las suplencias ocasionales, siempre a última hora, y las correcciones de centenares de ejercicios de incierta o indescifrable letra, sin posibilidad de ascenso que garantice cierta estabilidad.
Publicar. Pero no en cualquier revista o editorial. Solo los llamados medios indexados permiten abultar el currículum. Cuanto más pese, más se avanza en la carrera. Un medio indexado es un medio escogido, citado en determinados índices reconocidos principalmente por las universidades norteamericanas privadas. Son cuatro los índices más aceptados. Sin embargo, que una revista esté indexada no conlleva automáticamente que lo que publica sea de inmediato valorado. Cuenta también el puesto que ocupa la revista en estas listas. Si ésta no se halla entre el primer de los cuatro tramos en los que se estructuran las clasificaciones, poco valor tendrá la publicaciones y escaso rendimiento académico, es decir reconocimiento, que da lugar a un aumento de sueldo, se sacará de la publicación de un texto en dicha revista. Los profesores, desde hace unos años, han sustituido el catecismo o las tablas de la ley por la Web of Science y el Scopus (los abracadabras, de enigmático, esotérico nombre, que hoy abren o cierran puertas, verdaderas plegarias de las que abominamos -aparta este cáliz-, y que murmuramos implorando su benevolencia), las biblias que determinan la vida universitaria y la posibilidad de supervivencia o promoción en el mundo académico y universitario. Lo único que se valora no es lo que uno escribe ni cómo escribe, sino dónde publica.
Publicar es el maná en el desierto universitario. Se aguarda como agua de mayo. La aceptación de un artículo por parte de alguna revista puede tardar años. Dicha aceptación depende del juicio de dos evaluadores; cuyos criterios son, inevitablemente, subjetivos.
Existe, sin embargo, un atajo, que permite prosperar y ascender con rapidez en el competitivo mundo académico, y tomar la delantera, imprescindible si se quiere llegar a tiempo y el primero en una convocatoria de oposiciones a una plaza más o menos fija, a fin de obtener un contrato que no sea temporal: abonar; pagar por la publicación: entre dos y cinco mil euros o dólares. Preferentemente en China y la India.
Todo profesor, y cualquier persona que haya publicado en una revista que sea el ¡Hola!, recibe, a veces diariamente, ofertas de revistas, editores, agentes literarios y supuestos clubs de lectura que garantizan una publicación exitosa y una difusión masiva, a cambio de….. el modelo de la oferta es siempre el mismo: la alabanza de un artículo ya publicado, destacando sus bondades -una recesión y una valoración realizadas por un programa de inteligencia artificial o IA-, y un ofrecimiento de publicación garantizada de un nuevo texto, sea cual sea, con la máxima rapidez y la mayor divulgación, o la promoción de un libro ya publicado, lo que redundará en la mejora de las ventas. Estás generosas promesas requieren, explican los promotores o agentes, un esfuerzo por parte de la sufrida editorial o el club de lectura. Por lo que piden que el autor o el profesor, que tanto beneficio vaya a extraer de este inesperado regalo, contribuya económicamente con una cantidad de dos o tres cifras, lo que se pide y se detalla una vez el acuerdo alcanzado y firmado entre la revista, la editorial o el club de lectura, y el necesitado autor o profesor, que ya calculaba cuántos puntos obtendría de cara a la mejora de su currículum con vista a un concurso o una oposición con el que mejorará sus honorarios o su sueldo que, en el mundo de la educación pública española, ya sabemos a lo que equivale…
Y así, cada día, llegan ofertas cada vez más tentadoras que prometen la llave que abrirá las puertas del cielo del mundo universitario y el alejamiento temporal o definitivo del infierno de la irrelevancia del profesor o del autor que saca la lengua en las carreras de obstáculos en que se ha convertido la vida universitaria, en la que los catedráticos, como los antiguos capataces, siguen haciendo de las suyas, ascendiendo o humillando a quienes luchan por un sueldo digno y una labor reconocida.
¿Dar clases de la manera como mejor se intenta, tratar de mejorar como docente, explicar y estar atento, escuchar y aclarar sin condescendencia? Por favor, eso no tiene valor alguno. Es una aspiración de otra época, qué no nos enteramos…