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lunes, 21 de septiembre de 2026

MAN RAY (1890-1976): NEW YORK 17 (1917)




 Fotos: Tocho, Museo de Arte Moderno, Ceret (Francia)


Con más gracia que las absurdas torres inclinadas del arquitecto Philip Johnson en Madrid, y confirmando, una vez más, la diferencia abismal entre la idea (la maqueta, ligera y estilizada) y la realidad (elefantesca), el joven artista Man Ray, recién desembarcado en Nueva York en 1915, compuso esta estatuilla de plata maciza -primeramente en madera-, convirtiendo un rascacielos escalonado, seguramente de dimensiones colosales en la realidad (si se hubiere construido), en un cohete: un símbolo festivo, pero también una delgada flecha apuntando certeramente al futuro. Un signo de prosperidad y optimismo que doce años más se quebraría quizá para siempre.

Esta insólita  estatuilla se puede ver en la excelente exposición sobre el artista dadaísta Picabia, sus amigos, y su relación con Barcelona en los últimos años de la Primera Guerra Mundial -que no afectó directamente a España-, en la pequeña ciudad francesa de Ceret. 

Entre las sorpresas que depara la muestra: el legado de Picabia y sus amigos se halla en el archivo histórico municipal y en el ayuntamiento de Gerona: un material inédito, expuesto por vez primera, que incluye preciosas obras de Sonia Delaunay y de un aún titubeante Miró, junto con material gráfico con un diseño caligráfico muy alejado de las corrientes que imperaban en n Barcelona (los últimos coletazos del modernismo y el melifluo noucentismo), de la entonces vanguardista galería Dalmau.

 


https://www.musee-ceret.com/expositions/exposition-en-cours/




martes, 15 de septiembre de 2026

ADRIÁ GOULA (1973): RUINAS Y RECONSTRUCCIONES



























 Fotos de la exposición: Tocho, septiembre de 2026


Barcelona fue planificada por el ingeniero Cerdá, construida (o destruida) por el alcalde Porcioles, y restaurada por la arquitecta Gemma Serch;
quien, precisamente, tras años, decenios, siglos de desidia municipal, ha podido rehabilitar inteligente, sensible y preciosamente el devastado palacio barroco del marqués de Alfarrás, cuyo origen, una torre de defensa, se remonta a la alta Edad Media, y cuya parque, un laberinto -que se restaura- que se prolonga en los bosques de la Sierra de Collcerola a cuyos pies se extiende la ciudad, es uno de los más hermosos en Europa.
La restauración preserva la condición de ruina interior que, gracias a la intervención, se transforma no en un espacio mutilado, sino en un lugar en cuyos muros cohabitan, se completan y se superponen los estratos, a lo largo del tiempo -testimonios del uso y del abuso, el interés y el abandono, los cambios de gusto que han marcado el vientre del palacio-, y se desvela la antigüedad, el pasado que ha conformado el edificio y lo ha dotado con la imponente presencia que manifiesta hoy.

Y es en este laberinto interior -así se configura el volumen, entre escaleras y salas que se abren a otras a las que no se puede acceder, un juego parecido a un juego de espejos- donde se dispone la mejor exposición que cabe imaginar. 
Una exposición de fotografías que parecen imágenes de las estancias, acrecentando esta ilusión espacial, pero que son, en verdad, fotos de encargo del arquitecto y fotógrafo Adrià Goula de edificios aparentemente en ruinas, cargados de cascotes, debido a los complejos trabajos de rehabilitación llevados a cabo por conocidos arquitectos actuales, restos que se asemejan a obras -instalaciones, esculturas- de artistas contemporáneos fascinados por la destrucción, expuestos ante las fotografías, como si hubieran salido de éstas,  por la ruina, por lo que queda de construcciones agotadas o abandonadas porque ya no nos sirven, justo antes de ser barridas.
Una excelente exposición en el lugar más adecuado, y un oportuno aviso el año de los fastos de la Capitalidad Mundial de la Arquitectura en Barcelona; como si la exposición, como en el primer capítulo de la novela Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, documentase lo que queda, el polvo, la caída, la decadencia y los desperdicios, cuando las últimas luces de feria se apagan, rescoldos de lo que fue o pudo haber sido.

jueves, 10 de septiembre de 2026

GEORGIA O’ KEEFFE (1887-1986): ARQUITECTURA Y CIUDAD








































 
Desiertos, tierras áridas esculpidas por el sol, cielos de titanio, cactus carnosos y flores impúdicas erectas como tótems fueron temas de predilección de la pintora norteamericana Georgia O’ Keeffe, convertida en el equivalente plástico de Virginia Woolf: una artista cuya obra, que bordeó la caricatura de sí misma, es reconocible desde lejos. Una obra singular, única, que no buscó gustar, orgullosa de cómo era y de lo que mostraba, plasmada en colores contrastados y planos, convertidos en “iconos”, que solo puede asociarse a ella. 
Casas y rascacielos constituyen el otro gran tema que O’Keeffe trató: construcciones que no se mostraban como la antítesis de la naturaleza incontaminada, sino como perfectos ejemplos de estructuras minerales; casas de campo silenciosas como lomas, y rascacielos abruptos erguidos sobre angustias calles como paredes rocosas entre las que se abren hondas gargantas. La arquitectura entendida como una construcción del mundo, que no se opone a él. Rascacielos inclinados como si siguieran secretos ritmos naturales, en calles solitarias, bajo luces espectrales. Las vistas nocturnas que el lívido óculo lunar, que rememora los círculos ciegos de la luz de las farolas, dota de una fantasmagórica iluminación que no es diurna ni de noche; una ciudad, Nueva York, y unos haciendas en Nuevo México que parecen existir desde siempre, imperturbables ante el estrépito de la masa humana que no es digna de ser representada, como si distrajera de la inmutable o inmemorial presencia de construcciones verticales u horizontales, presentes antes del origen de los tiempos. Porque el tiempo está detenido en la visión del mundo deI’Keeffe. La luz no parpadea, el humo de las fábricas se convierte en los tiesos pliegues de unos pesados cortinajes que nadie puede abrir, y el temblor de la multitud empequeñecida ante el frío y desnudo empaque de los acantilados arquitectónicos no merece ser tenido en cuenta, un imperceptible rumor opacado por el imperturbable silencio que emana de las escenas.

Una exposición, hoy, recuerda todo lo que la arquitectura debe a Georgia O’ Keeffe, que naturalizó y ennobleció la intervención artificial humana, extrayendo la gratuidad del gesto creador, dotándole de sentido: la gran ciudad erizada de rascacielos, y los campos bajo el acecho de las granjas del mismo color que las rocas de fuego petrificado.
Si las pinturas estaban marcadas por la época, los espléndidos dibujos, de limpio y continuo trazo, que apenas circunscriben los perfiles de los rascacielos, como si estos no invadieran el espacio sino que emanaran de él, constituyen la aportación más hermosa, que escapa a la huella del tiempo, de la visión de la ciudad de O’ Keeffe.