sábado, 23 de julio de 2011

El dios huracanado (entre Enlil, Alá y Elohim)
















La ciudad, templos y palacio siro-mesopotámicos de Ebla (III milenio aC) (hoy, en Siria)
Fotos: Tocho (noviembre de 2010). De uso libre

La Biblia fue el libro de cabecera de los arqueólogos decimonónicos y hasta la Segunda Guerra Mundial. No solo muchos eran sacerdotes, o de estricta formación victoriana, sino que la Biblia era, junto con las Historias de Herodoto, casi el único libro que se refería a las olvidadas culturas del Próximo Oriente antiguo, tierras que desde la invasión árabe en el siglo VIII y turca en el siglo XVI, no podían visitarse. La decadencia del imperio otomano a partir de la Guerra de Crimea contra el imperio ruso, a mitad del siglo XIX, y su caída, tras la Primera Guerra Mundial, permitió que militares y arqueólogos exploraran lo que hoy es Siria e Irak.
Se buscaba demostrar que la Biblia tenía razón, es decir que los imperios asirio y babilónico existieron, pero que mediaba un abismo entre Palestina y esos imperios denostados y decadentes.

Desde los años setenta, por lo menos, el proceso se ha invertido: la referencia a la Biblia no se puede obviar -después de todo, en una fuente documental muy útil, y un reflejo del imaginario "oriental"-, pero la relación que se establece va en sentido contrario. Es cada vez más evidente que la cultura hebrea, y que los textos bíblicos son, pese a diferencias en ocasiones sustanciales, culturas y textos orientales, muy marcados por Mesopotamia. Mejor dicho, son visiones y textos mesopotámicos.

Uno de los últimos descubrimientos aconteció hace unos treinta y pocos años. Hasta entonces se pensaba que la cultura urbana se había originado en el sur de Irak (culturas sumero-acadias),   y que las primeras ciudades, encabezadas por Uruk, activa desde el quinto milenio aC, se implantaron en el delta del Tigris y el Eúfrates.
La guerra entre Irán e Irak, en los años ochenta, cortó de raíz las expediciones aqueológicas: el mortífero frente de guerra, en el que murieron un millón de soldados, se hallaba a pocos quilómetros. Tan solo algún arqueólogo, como el francés Huot, siguió, al menos en Bagdad.
Las misiones arqueológicas no tuvieron más remedio que retroceder hasta tierras más seguras pero que hasta entonces habían sido desdeñadas por ser consideradas tierras periféricas, marginales, lejos de los grandes centros del sur de Irak y, por tanto, sin duda menores, provinciales. Los arqueólogos, primero en Siria y luego en Turquia, descubrieron tales ciudades que alguno, hoy, se plantean si la cultura urbana no se originó en el norte de Mesopotamia, descendiendo entonces hacia el sur, siendo entonces, las grandes ciudades sumero-acadias (Ur, Uruk, etc...) ¡meras colonias del norte! Es muy posible que esta afirmación provocativa sea exagerada, mas el hallazgo de Ebla, una ciudad palaciega, con el mayor, mejor y más antiguo archivo real del Próximo Oriente, situada lejos de cualquier centro conocido, en medio del desierto (al sur de Alepo, en Siria), fue una revelación. Parte del conocimiento de la cultura mesopotámica, que hasta entonces se localizaba en el sur de Irak, se ha producido gracias al descubrimiento de la biblioteca real de Ebla, situada a miles de quilómetros del delta del Tigris y el Eúfrates (parte de las riquezas de Ebla se hallan en el reciente pero desasistido, desvalido aunque monumental museo de Idlib, una ciudad conflictiva, hoy)

Entre los documentos hallados, uno ha dado pie a un replanteo de la concepción divina mesopotámica, y una relectura de las relaciones entre Sumer y la Biblia. Está escrito en eblaíta, una lengua semítica (emparentada con el acadio, el hebreo, el árabe, el egipcio faraónico). Menciona a una divinidad: I-li-lu, que se interpreta como un nombre en plural pero que se refiere a una sola divinidad. Se traduce algo así por "Dios de dioses", es decir, Supremo dios, Padre de los dioses. Algunos filólogos asociaron este nombre con el del dios sumerio Enlil. Sería la versión eblaíta del dios sumerio.
Unos pocos años más tarde, estudiosos como Michalowski invirtieron la relación. Era el dios sumerio, Enlil, que provendría de la divinidad eblaíta. Enlil, por tanto no sería un dios sumerio sino semita, al menos su nombre tendría un nombre semita. ¿Por qué este cambio?

El nombre de Enlil se suele descomponer en En-lil, dos términos sumerios que significan Señor-Viento, auque lil no es solo viento sino también espectro (que están hechos de aire, ciertamente). Dado que Enlil, en algunos mitos, era hijo del Dios del Cielo, An; que, una vez que su padre se retiró, tomó el mando del cielo; y que más que el dueño del céfiro y lo etéreo, era un dios huraño, que desencadenaba violentas tormentas, acompañadas de rayos, truenos e intensas lluvias -el diluvio es obra suya, y las compuertas del cielo, por las que se colaban los chuzos (que en Irak son violentos, destructivos) estaban en sus manos-, la etimología de Enlil era aceptada de mala gana. ¿Un dios de algo tan impalpable como el aire? ¡tan liviano como un soplo? La presencia de Enlil, por el contrario, era pesante. La brisa que acariciaba no era suya, sino que suyos eran los vendavales que preceden las tormentas. Se suponía por tanto, que Enlil no podía ser un dios del elemento etéreo. Considerar que Enlil es la traducción de I-li-lu, teniendo en cuenta que este término significa Dios Supremo, parecía lógico.

Si eso fuera cierto, Enlil, entonces, sería la misma divinidad que El (el padre supremo del panteón cananeo o fenicia, padre del tormentoso Baal, tan denostado por la Biblia), que Elohim (que significa Dios de Dioses, y es otro nombre de Yavhé, el dios bíblico, originariamente, un dios de las tormentas del monte Sinai, tan colérico como Enlil, manteniendo una relación conflictiva con la humanidad, y responsable del diluvio... bíblico), y que Alá. Una misma divinidad suprema que controlaría las aguas venidas del cielo, opuestas a las quietas aguas lacustres (en Mesopotanmia, asociadas al dios Enki).
Aunque algunos filólogos emitieron la hipótesis que Ea (el nombre acadio del dios Enki) era la misma divinidad que Yavhé (gracias a un posible radical ayy´, que significa vida, pero que rechazan algunos estudiosos), el dios bíblico Yavhé estaría más emparentado con Enlil, o sería Enlil en Palestina, aunque para los mesopotámicos fuera Enki, y no Enlil, el modelador de la raza humana.

Sin embargo, el viento en Mesopotamia (hoy, Irak y el sur de Siria) no es una brisa ligera. O no sopla nada, o se alzan remolinos que desencadenan tormentas no tanto de agua cuanto de arena o de tierra. El viento es temible. Es una fuerza que todo lo aniquila, haciendo que las cosas desaparezcan para siempre, engullidas por el polvo, sepultadas por él. Tras una violenta tormenta de arena o polvo, el paisaje cambia. Las formas parecen barridas, borradas. La divinidad que soltaba los vientos no podía ser un grácil doncel, sino una fuerza hercúlea. Ser el dios de los soplos no significaba que Enlil fuera un dios tan étereo como inconsistente. Las lluvias, por otra parte, venían siempre precedidas de fuertes vendavales. Aire y agua (el agua caída del cielo) estaban íntimamente asociados. El que Enlil gobernara los vientos necesariamente implicaba que estaba al mando de los elementos.

¿I-li-lu es Enlil, o Enlil, I-li-lu? ¿Acaso los mesopotámicos hicieron juegos de palabras? Nada se sabe a fe cierta que significa entonces Enlil; pero sí se sabe que se trataba de una divinidad todopoderosa. De ahí que su posible asociación con Elohim o Yavhé no sea descartable, dando así más sentido a esa divinidad bíblica, que no habría caído del cielo, sino que estaría arraigada a una tierra y bien entroncada con la o las culturas mesopotámicas. ¿Divinidad única? Sin duda, como únicos son los dioses capaces de barrer el mundo con aire y agua.

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