jueves, 18 de febrero de 2016

El ornamento ¿es delito?

El ensayo del arquitecto austriaco de finales del siglo XIX y principios del siglo XX Adolf Loos, Ornamento y delito, es el catecismo de los estudios de arquitectura. Constituye además la piedra angular de la arquitectura moderna.Ha vuelto a ser editado nuevamente en español.
Es, al mismo tiempo, uno de los mayores errores o equivocaciones teóricos escritos.
Inevitable, sin embargo, dada la mediocridad de una parte de la abarrocada ornamentación decimonónica.
El texto se equivoca completamente sobre el sentido de la ornamentación, posiblemente porque éste se había perdido.

El ornamento es un motivo gráfico, o la yuxtaposición de motivos entrelazados, naturalistas, abstractos o una mezcla de formas naturalismos y geométricas. Cubre superficies. Pintado, grabado, esculpido, insertado, se extiende sobre planos y pieles. La ornamentación es expansiva. La superficie es su campo de actuación; es también el lugar donde adquiere sentido. Un ornamento solo es expresivo si se expone visiblemente.
Las formas no son decorativas sino simbólicas. Cada elemento decorativo posee un significado, mas la suma de los elementos posee un significado que no resulta de la suma de éstos. Cada elemento constituye un capítulo que adquiere pleno sentido dentro de la trama de motivos.
Cada tribu o comunidad, cada cultura posee sus propios motivos. El sentido de los motivos es independiente de las superficies sobre las que se inscribe, pero solo adquiere sentido y es comprensible si se representa. Según donde se inscribe será "leído" como un planta o un alzado, un detalle o un todo.
Un mismo motivo cubre cuerpos, objetos (vasijas, escudos, muebles) y espacios. Es un elemento protector: defiende de las fuerzas dañinas, y es un signo de la alianza. Comunidades y culturas se  forman y se reconocen a través de estos motivos. Así la planta de una comunidad, un asentamiento -la manera como se inserta y se orienta en el territorio, y como se estructura internamente-, los tatuajes de los guerreros, los estampados de las telas, los grabados de los útiles, la disposición de los objetos y de las personas, los símbolos sagrados tienen la misma trama y los mismos motivos. Son un elemento defensivo, un signo de reconocimiento, y en bien propio.
La decoración no es superflua. Es, por el contrario, necesaria. Constituye un poderoso elemento de unión y de diferenciación. Compone un todo. Todos los elementos que forman parte de una comunidad vienen marcados por este sello. Sello que, al mismo tiempo, anima los enseres y manifiesta la vitalidad de los cuerpos. Son signos de reconocimiento y claves que definen grupos y maneras de ver y relacionarse con el mundo.
La decoración no es gratuita. Cada motivo responde a una necesidad. Se puede descubrir la imagen del mundo de un grupo a través de los ornamentos que cubren las cosas y las personas que lo conforman. Un elemento se comparte. Otorga un color propio. Y se defiende. Sin los motivos ornamentales, las comunidades y cada miembro que la conforman no podría estar en el mundo, bajo el cielo y sobre el espacio de los muertos. La ornamentación lo ubica, lo emplaza.
A menudo, los ornamentos combinan formas o disposiciones cuadradas, con figuras o disposiciones circulares. Así ocurre, por ejemplo, en la ornamentación islámica. Estas formas conjugan el cielo y la tierra. Aseguran la vida terrena y ultraterrena. Armonizan ambos espacios y ambas estancias aquí abajo y en el o los otros mundos. Las formas que adquieren los motivos son casi infinitos como infinitas son las maneras de relacionarse con el mundo. Pero escasas son las funciones que cumplen los ornamentos, quizá incluso sea uno solo: asegurar y preservar la vida, lo que implica tanto el bienestar (el bien-estar) como el ahuyentar el mal.
El final del ornamento ha conllevado el final, sin duda para siempre, de estar en el mundo.

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