viernes, 12 de febrero de 2016

Magia y arquitectura: la protección del hogar en Mesopotamia (Lahmu y Papsukkal)



 Lahmu



Papsukkal


La piedra y el adobe han dado lugar a un imaginario arquitectónico muy distinto. La piedra es duradera, también es fría: es adecuada para templos de dioses desdeñosos y para tumbas para la eternidad. La piedra se asocia a los héroes. En Grecia, Deucalión repobló la tierra tras el diluvio plantando piedras que se convirtieron en héroes armados.
Por el contrario, el adobe es frágil. Las formas de arcilla se desmoronan rápidamente. Las construcciones deben ser restauradas, o incluso reconstruidas constantemente. Duran lo que una vida humana dura. Después de todo, casas y humanos han sido fabricados con el mismo material. Mitos mesopotámicos y griegos nos lo recuerdan. Pero la arcilla es la carne de la diosa madre de los inicios. Los edificios vibran: viven -y se desintegran.

Los mesopotámicos sabían que pese al grosor de los muros -que podían alcanzar varios metros de espesor- las casas estaban a la merced de los elementos. El adobe retornaba a las aguas, a la diosa-madre.
A fin de prolongar la vida de las construcciones y de implorar la protección o la piedad divina, insertaban, en los cimientos, debajo del suelo, los umbrales y los muros amuletos mágicos. Solían ser plaquitas en relieve o estatuillas de adobe.
Las imágenes más comunes mostraban a Lahmu y Papsukkal.

Lahmu era un ser antropomórfico, de pie, blandiendo una lanza. Se trataba de una divinidad primordial. Su nombre significaba Barro. Estaba asociado con las materias originarias, la tierra y el agua. En efecto, Lahmu era hijo de Abzu, la diosa -o el dios, en Babilonia- de las aguas primordiales, y de Tiamat, una dragona que vivía en aquéllas. Abzu eran las aguas dulces; Tiamat, saladas. De la mezcla o convivencia de ambos surgió la vida en la tierra.  Lahmu era el padre de An, el Cielo, y de la Tierra. Como todas las divinidades protectoras del hogar, estaba al cuidado del dios Enki, dios de las habilidades y técnicas constructoras, que pertenecían más a la magia que a la artesanía, ya que lograban prodigios inexplicables como el alzamiento de torres hasta el cielo como eran los zigurats. El templo de Enki, hijo también de Abzu, la diosa-madre de las aguas, estaba suspendido sobre las mismas. Era el prototipo de toda construcción, la primera construcción. Lahmu velaba sobre sobre ésta.

Papsukkal (cuyo nombre significa Gran Hermano, o Hermano-Visir) era un dios que atendía a los dioses. se le consideraba el mensajero divino. Rápido, no permanecía nunca en un mismo sitio, por lo que se desplazaba constantemente entre los hombres y los dioses, permitiendo el permanente contacto entre ambos mundos.
Papsukkal se asociaba o se confundía con Ninshubur (su nombre, en sumerio, significaba Vigilante de las Puertas): era un dios o una diosa. Actuaba como mensajero(a), protector y consejero de Inanna, la diosa de la creación (el deseo) y la destrucción, que se mostraba bajo la forma del planeta Venus, que despuntaba al alba y el atardecer bajos las formas de las estrellas matutina y vespertina antes de desaparecer bajo el horizonte. las cuales regulaban el ciclo de la luz, de la vida. Dada la cercanía entre Venus y Mercurio, astros fugaces, Papsukkal manifestaba bajo la forma del planeta Mercurio, un cuerpo casi invisible debido a su cercanía con el sol, que apenas  despunta sobre el horizonte. Aparece y desaparece, como todo buen mensajero, siempre próximo al astro rey. En ausencia de Mercurio, los humanos no sabrían nada sobre el cielo. Mercurio encerraba el saber, siempre difícilmente  alcanzable, sobre los asuntos extra-mundanos que regían o condicionaban la vida en la tierra,
Papsukkal apuntaba hacia la constelación Orión, cuyas virtudes eran las opuestas a Mercurio. El conjunto de cuerpos siderales que la componen son siempre visibles. Brillan permanentemente en el cielo. Constituyen un motivo que ilumina acerca de las decisiones celestiales y manifiesta que el Cielo no ha cerrado los ojos ante la suerte de los humanos.  
Orion ayudaba a ordenar el espacio. Numerosas construcciones apuntan hacia esta constelación, particularmente en Mesopotamia. Existía una poderosa razón. Orion, en Grecia, era un cazador cósmico que perseguía a las Pléyades (muchachas convertidas en estrellas) de las que estaba enamorado. Pero Orion se halla cerca de la constelación de Tauro. Por esta razón, los mesopotámicos veían en Orion (llamado Luz del Cielo) a un cazador luminoso perseguía al violento y destructivo Toro Celeste con la que la diosa Inanna amenazaba a quien no le rendía el debido culto. De este modo, los peligros del cielo quedaban acotados, y las construcciones ya no estaban bajo la permanente amenaza del cielo. En Roma, el papel de guardián celestial estaría a cargo de Hércules, vencedor de monstruos en su vida terrenal, controlador de Tauro, equiparado a Orión.
Gracias a la protección de los vigilantes Lahmu y Papsukkal, creadores y mediadores, las construcciones mesopotámicas, perecederas, sin duda, podían aspirar a una vida algo más duradera, libres en parte de las inclemencias del cielo.

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