viernes, 20 de febrero de 2026

Monoteísmo

 Nos hemos dado un sinfín de seres superiores para tener la sensación que no estamos solos.

Éstos -dioses, semi-dioses, espíritus, ángeles, ángeles caídos, etc.- son invisibles, y suelen adoptar una forma conocida para entrar en contacto con los humanos. En la Grecia arcaica, se revestían con la apariencia de un familiar o un conocido cercano.

Quizá fuere en la India y, seguramente en Persia, cuando la multiplicidad de inmortales se convirtieron en las distintas caras de un mismo ser superior. Los avatares eran manifestaciones de uno de varias divinidades asumiendo funciones que las revelaban como fuerzas muy particulares. En el Zoroastrismo persa, múltiples dioses fueron rebajados a figuras celestiales, a ángeles, mientras una divinidad suprema se escindía en un padre y un hijo, dioses ambos, un mismo dios y al mismo tiempo una dualidad. Los dioses revelan engrandecidas nuestras complejidades y contradicciones. Son lo que somos, volubles, complicados, imprevisibles, sin dejar de ser nosotros mismos. 

 En función de la tarea requerida, la divinidad exhibía una determinada cualidad y recibía un nombre distinto. Estas distintas manifestaciones han podido confundirse con distintos personajes -como ocurre en el teatro cuando un mismo intérprete asume distintos papeles, con distintas máscaras y nombres distintos. Un mismo actor se encarna en figuras diversas.

El cristianismo fue perfilando una concepción de un ser superior muy particular. Dicho ser solo actúa bajo una determinada personalidad, diríamos más bien adoptando el rol de un padre, de un hijo o de un soplo o espíritu. Tres figuras que presentan rasgos propios y que no se pueden confundir. Un padre no es un hijo y la forma bajo la cual se manifiesta también es distinta. Así el dios en tanto que hijo asume una forma humana, tan humana que se confunde con el resto de los humanos. Su humanidad se expresa sobre todo porque su forma, que se puede retratar, no es un disfraz, sino que forma parte de lo que es. Es y será un hijo, siempre alejado pero siempre dependiente de su padre.

En el judaísmo y el islam, la divinidad es irrepresentable plásticamente pero no es innombrable. La falta de figura se compensa con un sin número de nombres. En ambos casos, son seres sobrenaturales heteronómicos. Los heterónomos son distintos nombres con los que un artista firma sus obras. Los heteronomos no son seudónimos que esconden el verdadero nombre del autor, sino que son nombres verdaderos que se refieren a las múltiples personalidades de un creador. Éste es uno y múltiple. Y los distintos nombres no pueden confundirse. Tampoco denotan imágenes parciales de una figura. Cada nombre es la persona y cada persona es distinta. Sus heterónomos dibujan las distintas formas completas de un ser. Éste está en todas sus denominaciones.

El inmortal del antiguo testamento recibe varios nombres: el Verbo, Elohim, Yahvé…. Asimismo, la divinidad islámica posee múltiples nombres que exhiben sus distintas facetas, capacidades y funciones. Creador, Bondadoso, Pródigo, etc. Hasta noventa y nueve seres asume el ser supremo. Al igual que nosotros que somos múltiples personas con múltiples roles, los inmortales también son múltiples sin dejar de ser ellos mismos.

El monoteísmo no existe, porque rebate la superioridad del ser superior. Una figura monolítica, de una pieza, sin distintas facetas, incapaz de sorprender, es una figura muerta. Se convierte en una figura distante, inhumana, con la que es imposible dialogar porque la reacción y la respuesta será siempre la misma. Una figura robótica, mecánica, incapaz de entender que somos unos y múltiples y que confiamos que las figuras que nos hemos dado sean como nosotros y, por tanto, nos puedan sus irse la ilusión que nos guíen o nos acompañan. 

 




jueves, 19 de febrero de 2026

BARRY DOUPÉ (1982): RED HOUSE (2022)






 Música del compositor James Whitman (1976)


Véase la página web de Barry Doupé, dibujante y animador canadiense : 

GUIDO GUIDI (1940): ENTRE CIUDADES



























 

Formado con el arquitecto Carlo Scarpa -de cuya obra fue el fotógrafo más asiduo y certero-, el fotógrafo italiano Guido Guidi ha retratado, como indica el título de un libro suyo, los espacios entre ciudades. 
Lugares ya marcados por la intervención y la industria humanas, con una imagen nostálgica, pero consciente que la supuesta virginidad de la naturaleza es un ideal (o una pesadilla) a la que no se regresa, y que posiblemente nunca haya existido, puesto que el concepto de naturaleza y de paisaje son concepciones humanas utilizadas para designar el lugar donde interviene el ser humano y, al mismo tiempo, el lugar que escapa aún a dicha intervención.
Una casucha, unos cables, un cercado, casi siempre arruinados, abandonados, en desuso, en mal estado -las casas tienen los carcomidos postigos cerrados por cierres que se intuyen oxidados- son las huellas que los humanos hemos dejado y que alteran para siempre un entorno, a la espera de su progresiva urbanización.
 Lugares en apariencia dejados de lado, pero posiblemente pastos pronto de una mayor y más dolorosa intervención humana.

Una exposición en París recuerda hoy a este fotógrafo:


En este blog se mostró la obra de Guidi y Scarpa:




martes, 17 de febrero de 2026

FREDERICK WISEMAN (1930-2026): PUBLIC HOUSING (1997)



Frederick Wiseman (fallecido hoy) ha sido uno de los mejores, más minuciosos documentalistas -o retratistas-cinematograficos del siglo XX.

Esta filmación, de la que solo se ha encontrado una mitad, y aún así, es larga y detallada, documenta la dura vida en un barrio de viviendas públicas, misérrimo, maltratado por la administración, en el sur de Chicago, en edl que halla lo que no siempre se encuentra en barrios más afortunados.




HUSSEIN NASSEREDDINE (1993): YEARS OF THE SHINING FACE: TIME OBJECTS (CUANDO LAS CARAS RESPLANDECÍAN, 2026)





 Hubo un tiempo, ya lejano, en que los países del Próximo Oriente vivieron libres del peso del integrismo religioso, del terrorismo, de la violencia y, a veces, de la injerencia extranjera. 

Esta edad de oro concluyó con la guerra de los siete días en 1967, que la guerra en 1973, ambas entre Israel y una coalición de países árabes, unidos fugazmente en estados federados, remató. La guerra civil libanesa, y la guerra entre Irán e Iraq, y el manto negro que cayó sobre Irán tras la huida del emperador iraní (el shah), acentuaron una situación que cincuenta años más tarde, aún perdura.

Ésta es la edad, real o soñada, o la imagen que la televisión ofrecía, que la instalación del artista libanés Hussein Nassereddine recrea inocente o irónicamente : un plató televisivo -una tarima, unos cortinajes, un mobiliario estrambótico y kitsch, de colores chillones -, presidido por una evocación de la obra maestra mesopotámica más antigua y deslumbrante, la llamada máscara de Uruk (o de Warka), conservada en el Museo Nacional de Iraq, en Bagdad, convertida, deformada inteligentemente, en un rostro alienígena, una clara y lúcida señal que el pasado, con el que creemos entroncamos natural y directamente, nos es, en verdad, tan alejado de nosotros, tan enigmático o incomprensible, como un marciano. Nuestra comprensión del pasado, reciente o lejano, es un sueño o una construcción, una imagen que nos damos para soñar que existió un tiempo mejor, que nos evite enfrentarnos a la cara más sombría del presente.

Esta instalación, un encargo de una fundación privada de arte contemporáneo de Arabia Saudí,  se encuentra en este momento en la bienal de arte de Riyadh. 

lunes, 16 de febrero de 2026

TAYSIR BATNIJI (1966): REMNANTS (RUINAS, 2024-)





 


Remnants: una palabra citada en Isaías 17:3. Se traduce por resto o residuo; los restos de las ciudades que Yahvé destruye, o que son destruidas al perder la protección de Yahvé.
En la Septuaginta (en griego), la palabra hebrea  Ū·šə·’ār (lo que quedase traduce por  loipos, que significa resto, y por reliquia en la Vulgata (en latín). 

El título de la serie de pinturas del artista originario de Gaza, afincado en París, Taysir Batniji, se refiere a lo que la destrucción causa, y que adquiere valor de testimonio. No es un simple fragmento. Se trata de una reliquia que cuenta lo que se ha perdido y como se ha llegado a este horror . Lo que se destruye son ciudades: edificios, hogares, y los restos son la evidencia del daño intencionadamente infligido, de un acto criminal.

Cada día, día a día, Taysir Batniji ha recibido mensajes en su móvil, acompañados de imágenes. Éstas aparecen borrosas en la pantalla. Y se aclaran. No siempre quiere verlas con nitidez. El horror que revelan es insoportable, por lo que muestran y por lo que esconden. Lo que se imprime en la pantalla es lo que se puede ver. Fuera del marco, lo inenarrable, lo que debe permanecer oculto porque su contemplación es inhumana. 
Son fotos del entorno familiar. Y lo que la imaginación compone a partir de lo que se ve y no se ve no llega a dar la dimensión de lo que acontece. 

Lo borroso es una sarcástica manera de representar. Borramos y emborronamos para esconder imperfecciones y que se materialice la perfección. Borron y cuenta nueva, si bien el emborronar ensucia la memoria: destruye y convierte en mancha lo que antes se mostraba nítidamente . Lo borroso es un filtro para no ver lo que no cuadra, lo que escapa a la norma. Una manera de destruir una imagen, de evocar simbólicamente la destrucción que la imagen documenta. Refuerza la violencia de la destrucción.
También en este caso. Pero si la norma es la vida diaria, con sus problemas, y sus satisfacciones, lo que escapa a la norma es la muerte. Las figuras borrosas son el tránsito de la vida a la desaparición, una vida que se apaga, agredida borrada violentamente.  
Desde hace dos años, esta serie parece no tener fin. 

Una parte de la serie se expone en la bienal de arte de Riyadh (Arabia)