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sábado, 30 de agosto de 2025

La última barraca






Fotos: Tocho, agosto de 2025


Bajo la sobria y funcional pasarela peatonal de Mühlberg, de estructura de hierro y un suelo de listones de madera, suspendida en el vacío, sorteando una brecha en un vertiginoso precipicio -la pared de una cantera- del monte Carmelo en Barcelona, se hallan todavía los restos de una construcción a la que se accede por un abrupto y estrecho camino que zigzaguea por la pared vertical rocosa, no apto para personas que sufren de vértigo.

Este último testimonio del barrio de chabolas del padre Alegre, entre los años 50 y 70 del siglo pasado, da fe de las condiciones de implantación del barrio, relegado a un lugar de casi imposible acceso, colgado de la nada, y carente de cualquier servicio, aferrado a la roca, las barracas apoyándose las unas sobre las otras. El acceso, aun hoy, es incierto, inseguro y dificultoso.

Chabolas siguen existiendo en Barcelona, bajo puentes y terrenos baldíos, a veces centrales, como, hasta hace mucho, a un lado de la plaza de las Glorias -un nombre que suena casi cínicamente. Pero el número de barrios de chabolas y su extensión disminuyó mucho desde principios de los años noventa .



Agradezco Xavier Justes haberme señalado los restos de esta barraca de obra, convertida hoy en un mirador ocupado por turistas inconscientes, y a David Capellas, quien vivió en el barrio actual 





 

jueves, 28 de agosto de 2025

JULIO MARÍA FOSSAS (1868-1945): CIUDAD DE LOS PERIODISTAS (BARCELONA, 1917-1921)













Fotos: Tocho, agosto de 2025


La Ciudad de los Periodistas fue -y es- el anverso, la cara lavada del barrio de chabolas de Can Baró, comentado en la “entrada” anterior.
Ambas, cara y cruz, reflejan bien cómo se urbanizó la parte alta de la ciudad de Barcelona, ubicada en las siete colinas que pautan las estribaciones de la Sierra de Collserola y, en este caso, el monte Carmelo.

Mientras las mansiones de la Ciudad de los Periodistas, rodeadas de jardines, en amplias parcelas bien defendidas por altos muros, se ubicaron en la parte baja de las laderas del monte Carmelo, fácilmente accesibles, constituyendo una ciudad-jardín, dispuesta en demi-círculo rodeando la base del monte, el barrio de chabolas del padre Alegre se emplazaró en la parte superior del monte, inaccesible, con fuertes pendientes y ninguna planificación: la ciudad-descampado.

La construcción de la ciudad de los periodistas, a cargo del arquitecto del gremio, sucedió a numerosas irregularidades. El proyecto logró acogerse a la reciente ley de las casas baratas que promovía construcciones económicas, con ayudas del estado, para las clases más desfavorecidas. Gracias a la complicidad del político millonario de derechas Cambó y del populista Lerroux, se levantaron mansiones de varias plantas a precios económicos, algunas ocupadas por directores de periódicos, y otras por personas ajenas a la profesión, en solares adquiridos al alcalde de la ciudad, de la familia del banquero Manuel Girona. 

Se ha mantenido una parte de estas villas, cerca de la plaza Sanllehy, donde la carretera del Carmelo inicia el laborioso ascenso que conduce al parque Güell, ubicado en una de las laderas del monte Carmelo, que la familia Güell adquirió a la familia Turull, una de las más ricas de España en el siglo XIX. 
Constituyen uno de los mejores ejemplos de ciudad-jardín en España, surcada por calles que culebrean por la ladera del monte, bien mantenidas, con sus luces y sombras originarias.

Agradecimientos a Xavier Justes, que nos comunicó la existencia y la historia de este conjunto, y a Joan Roig, por las numerosas indicaciones y reflexiones. Los errores son solo imputables al blog.




miércoles, 27 de agosto de 2025

Cristo en el monte Carmelo: FRANCESC FONOLLÁ JOVER (1948-2017): CASAS VERDES (Barcelona, 1976)



Barrio del padre Alegre o de Can Baró




















Fotos: Tocho, agosto de 2025: el barrio de Can Baró, hoy


Las devastadoras inundaciones de 1962 anegaron el barrio de chabolas del Somorrostro, en la playa de la Barceloneta (Barcelona).

Los supervivientes huyeron a la colina del monte Carmelo y se instalaron en el barrio de barracas del padre Alegre (un sacerdote que fundó el cercano hospicio religioso del Cottolengo para huérfanos). Se le conocía también como el barrio de las chabolas de Can Baró (un nombre nobiliario, de una familia aristocrática, que se remonta a la alta Edad Media, quizá hasta finales del imperio romano, en el siglo V, muy alejado de lo que se convirtió la propiedad). 

El barrio se extendía por las laderas más empinadas y rocosas del monte por el que zigzagueaba el camino -hoy carretera- del Carmelo, bajo una curva en horquilla, seguramente la más cerrada de todas las calles de pronunciada pendiente, vetadas al tráfico, de la ciudad. Este barrio, sin ningún servicio, ni calles accesibles, atravesadas por alcantarillas a cielo abierto, se extendía, en zonas por laderas imposibles, hasta el vertiginoso precipicio de una cantera -hoy un aparcamiento, cerca del cual se extiende  una pasarela colgante -el puente de madera, peatonal, de Muhlberg, no apto para personas con vértigo-, que sortea una abrupta falla en la ladera, un corte vertical intransitable. Las barracas, colgadas del vacío, con cubiertas de Uralita, se apoyaban unas sobre otras, como en unas terrazas inexistentes. 

El barrio fue sustituido en la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado por un conjunto de altos bloques, construidos en lo alto de una pendiente tal que calle alguna ha podido trazarse, y que solo se recorre por escaleras de vértigo y rampas en zigzag. Los bloques de protección oficial, con pisos duplex, se dispusieron alrededor de dos plazas de irregular perfil, unidas por rampas y escaleras. 

La plaza más recoleta, a un lado, está presidida, a petición de los habitantes, por una talla de un Pantocrator, de pie, con una mano apuntando al cielo en un gesto de bendición. La talla, hoy en una urna, se dispuso sobre una peana apoyada en un promontorio rocoso que sobresale del enlosado: un eco de lo que fue el barrio, y un recuerdo del bíblico monte Carmelo, donde acontecerá el final de los tiempos. 

Las casas, que los vecinos quisieron que se pintaran de verde, y las plazas, maltrechas y descuidadas, se están rehabilitando al fin. Las obras no han concluido. 

Son un singular ejemplo de encuentro entre un pueblo -alrededor de una plazoleta presidida por una figura sagrada- del que el tráfico está excluido -la orografía, por otra parte, imposibilita su paso- y una urbe, ejemplificada por torres de pisos.


Agradecimientos a Xavier Justes, vecino cercano, por la información sobre este conjunto y su historia. Los errores o imprecisiones son solo importables al blog.