domingo, 23 de febrero de 2014

Pedro Azara & Gregorio Luri (eds.): Mediterráneo. Del mito a la razón, Editorial Tenov & Fundación "la Caixa", Barcelona, 2014



Catálogo de la muestra de arqueología mediterránea (griega, etrusca, levantina, romana, helenístico- y romano egipcia): Mediterráneo. Del mito a la razón, que se inaugura el jueves 27 de febrero de 2014, en Caixaforum (Barcelona).
El catálogo incluye fichas y fotografías de las piezas, y textos de Pedro Azara, Carlos García Gual, Maria Lagogianni-Georgakarakos, Gregorio Luri y Josep Montserrat Torrents.

En venta a partir del 27 de febrero.

sábado, 22 de febrero de 2014

SAM MEECH (1981): NOAH´S ARK (EL ARCA DE NOÉ -FRAGMENTOS-, 2010-2011)


Noah's Ark - Trailer from Sam Meech on Vimeo.

'Catching Snow' - song from Noah's Ark from Sam Meech on Vimeo.

Escenas de un largometraje del artista británico Sam Meech -El Arca de Noé- compuesto a partir de filmaciones de archivo, que cuentan la historia de un pueblo que, inspirados y asustados por un pastor protestante, llamado Noé, que alerta sobre la llegada del diluvio, dejan atrás sus recuerdos y parten fundar una nueva ciudad más allá del mar, llamada Fleetwood hasta que, tras las primeras decepciones, se anuncia un nuevo, y más destructivo, diluvio.
Los mitos no cesan de alimentar los sueños.



jueves, 20 de febrero de 2014

RUDIMENTAL: HOME (2013)

Ciencia (de tumbas y cuerpos)

Los griegos tenían un respeto absoluto por el cuerpo, tanto en vida como tras la muerte. El cuerpo del difunto tenía que ser preservado ya que permitía que la psique -el espíritu, la energía vital- se mantuviera. Dado que el cuerpo se descomponía, una estatua antropomórfica -llamada un kolossos- se erguía sobre la tumba, de manera que la psique tuviera un soporte, un lugar de anclaje en la tierra. La suerte de los desaparecidos en el mar, cuyos cuerpos no se encontraban, era considerada la pena más grave, pues su espíritu revoloteaba como un alma sin saber dónde caerse muerta. de ahí que en la épica, desde el Más Allá, los muertos cuyos cuerpos no habían sido hallados y debidamente enterrados suplicaban, en sueños, a los vivos que les erigieran un monumento funerario. La tumba actuaba como un espacio liminar entre lo visible y lo invisible, y anclaba la psique en el más allá, permitiéndole, no obstante, manifestarse, ocasionalmente, entre los seres vivos, ya que existía un puente de regreso, la estatuaria funeraria -el kolossos-, hacia el mundo de las sombras.
 Los egipcios también sentían un respecto absoluto por el cuerpo. La necesidad de preservarlo, sin embargo, llevaba a su manipulación. El cuerpo se evisceraba antes de momificarlo. Los egipcios, pues, conocían a la perfección la existencia de los órganos, pero nunca se preocuparon por conocer su función. Creían, por ejemplo, que el corazón era la sede del pensamiento.
La conquista alejandrina de Egipto permitió la unión de dos maneras de abordar el estudio del cuerpo.
Los griegos, desde el siglo VI aC se interrogaron sobre la estructura y la composición del mundo y del cuerpo, del mundo exterior e interior, del cuerpo y del alma, de los astros y de los espíritus. Mas el tabú que existía acerca de la manipulación del cuerpo, les impedía estudiarlo en profundidad.
Los macedonios heredaron la curiosidad griega. La conquista de Egipto levantó el tabú.
Ptolomeo I el primer faraón helenístico, tras la muerte de Alejandro, fue quien  decidió por primera vez, una práctica que se convirtió en habitual desde entonces, entregar a condenas a muerte a los científicos de la escuela de Alejandría. El progreso de la ciencia fue sorprendente. El conocimiento del cuerpo humano dio un salto adelante. Se descubrió la función del corazón y del cerebro, se descubrió cómo funcionaba el órgano de la vista. La vivisección fue determinante. Prefiero no pensar cómo se lograron tales descubrimientos.

miércoles, 19 de febrero de 2014

PHOENIX: OBLIQUE CITY (2013)

Puerta (El imaginario de la puerta)

La fundación de una ciudad, en el mundo romano, exigía un rito fundacional. Éste repetía el rito de la fundación de Roma, a cargo de Rómulo y Remo. Consistía en el transporte de ofrendas -tierra procedente de todo el mundo,  de las tierras de dónde provenían quienes iban a habitar la ciudad, depositadas en el mundus, un pozo profundo y estrecho, un conducto que se hundía en la tierra y ponía a los vivos en contacto con los muertos, de modo que éstos pudieran, en tanto que antepasados, inspirar y proteger a los ciudadanos- hasta las puertas de la ciudad, y en el trazado del límite de la misma. Ésta línea se marcaba con un arado tirado por dos bueyes, uno blanco y otro negro. El surco abierto dibujaba una mágica frontera, inviolable, entre el mundo de la selva y el del orden urbano. La reja del arado, que entraba en contacto con la tierra, sin embargo, se alzaba, en las zonas donde se instalaban las puertas. De este modo, éstas no estaban físicamente inscritas en el suelo, por lo que se podía cruzar por aquéllas.
Las puertas de la ciudad concluían el rito del transporte de ofrendas, y exigen el porte del arado de modo que no abriera surco alguno. El transporte concluía en la inscripción espacial de la puerta.
Una puerta era un linde peligroso. La puerta era el único lugar por donde enemigos reales o imaginarios, procedentes de la tierra o del mundo invisible, podían penetrar en el espacio cerrado y defendido de la ciudad. a través de la puerta, mundos que tenían que estar separados (los mundos de los civilizados y los bárbaros, de los humanos y los animales, de los mortales y los inmortales) entraban en contacto. La seguridad de los vivos estaba a merced de la protección de las puertas. Al mismo tiempo, atravesar el umbral de una puerta era un experiencia. Se necesitaba fortaleza y confianza. Tras el umbral se penetraba en otro mundo. Nada se sabía de éste, salvo que las condiciones que regían en el mundo dejado detrás no regían. La puerta abría a lo desconocido. El cruce constituía un rito de paso.  Era un experimento. Abocaba a una nueva experiencia. El tránsito abría puertas tras las cuáles no se sabía qué se escondía.

La puerta era el centro de una experiencia durante la cual uno era transportado a otro mundo. Puerta, transportar, experiencia: palabras creadas a partir de un mismo radical indoeuropeo (per-t), que señala la necesidad del conocimiento ante la apertura a lo desconocido. La puerta invita al viaje, al transporte, no solo físico sino mental. Invita a vivir una nueva experiencia, a abandonar hábitos y a enfrentarse a nuevas situaciones, de las que se sale renovado, fortalecido. La puerta marca el inicio de un viaje, o el final, viaje que marca de por vida. La vida se trastoca, para bien o para mal, de manera imprevisible, desde luego, tras el transporte al que la puerta alienta.
La puerta permite, así, conjugar el tránsito y la permanencia, articula seguridad y aventura, experiencia e ignorancia, visión (de un nuevo mundo) y ceguera (ante lo desconocido): una puerta, en fin, marca la vida, de la selva a la ciudad, la animalidad a la humanidad. Aunque también puede señalar una cárcel, obligando así a cruzarla de nuevo. Una puerta no es muralla. siempre está abierta -a nuevos experimentos. La puerta es un puerto al que acostar y del que partir, iniciando una travesía.