sábado, 12 de agosto de 2017
Historia de la arquitectura (o: arqueología y restauración)
Las trazas de un yacimiento arqueológico casi siempre se asemejan a una tela de araña: una red de fragmentos de muros -o de cimientos- discontinuos superpuestos. Son necesarios meses de prácticas antes de entender que un yacimiento no ofrece la planta de un edificio, extrañamente planificado a base de estancias inconexas, inalcanzables y de formas absurdas, sino que muestra, a poco que se haya excavado hasta cierta profundidad, las distintas tramas de los edificios que se han ido construyendo en un mismo lugar a lo largo de siglos o de milenios, o las sucesivas reformas -ampliaciones y recortes- de un mismo edificio, los sucesivos derribos seguidos de restauraciones. Yacimientos con un único nivel de ocupación son excepcionales: edificios construidos de golpe y abandonados tras unos pocos años que no hubieran sufrido alteraciones. Ni siquiera el denostado palacio que Nerón mandó construir entre varias colinas de Roma -la Domus Aurea-, inconcluso y enterrado a la muerte del emperador, en un intento de borrar su recuerdo, escapa a la casi inevitable superposición de estratos. Aunque fue construido en unos pocos años, y abandonado y sepultado a su muerte, sus gruesos muros sirvieron de cimientos para las termas que Trajano ordenó construir sobre el montículo de tierra bajo el cual quedó ocultado el odiado palacio neroriano. Hoy, partes de la planta, de los volúmenes del palacio se reconocen nítidamente, pero en otras zonas, los restos de las termas distorsionan la comprensión de las ruinas del palacio. El mismo Partenón, perfectamente visible, destacado en lo alto del acrópolis ateniense, se alza sobre restos de construcciones anteriores que si fueran excavadas dificultarían en gran medida la comprensión del templo -para quienes no somos arqueólogos.
Esta superposición, esta sucesión de construcciones y destrucciones, es particularmente visible en yacimientos mesopotámicos. Las construcciones eran de adobe. Necesitaban restauraciones y reconstrucciones constante: las ocasionales pero violentas lluvias socavaban las estructuras más gruesas. La ideología religiosa impedía construir en terrenos vírgenes: un edificio tenía que alzarse donde ya hubo una construcción anterior, pues los dioses solo autorizaban la construcción en determinados lugares señalados por ellos. La ausencia de máquinas -grúas, etc.- impedía derribar de raíz un edificio por lo que la nueva construcción o reconstrucción se levantaba sobre las trazas, los cimientos del edificio. Las excavaciones, milenios más tarde, exponen esta superposición de tramos de muros y de cimientos.
Dado que la construcción, en la antigüedad, era lenta, y que los cambios de reinado, las guerras y las inclemencias afectaban un edificio antes de que estuviera concluido, las restauraciones, las modificaciones, los replanteos se iniciaban casi al mismo tiempo que las obras originales. Un edificio estaba en permanente construcción. Se asemejaba a un organismo vivo, algunas de cuyas partes crecían y se modificaban al mismo tiempo que otras decaían. En Mesopotamia, las refecciones acontecían unos veinticinco años tras las primeras obras -si guerras e inclemencias imprevistas no afectaban antes de tiempo un edificio.
Un edificio en contante evolución no tiene historia. Su historia no está fechada. No se puede datar el inicio ni el final de las obras. Las célebres murallas de Babilonia, que aún se alzan en el sitio, se iniciaron mucho antes de la fecha con la que convencionalmente se data su origen -siglo VII aC- pues sucedieron a murallas, a construcciones cuyos primeros testimonios se remontan a principios del segundo milenio aC. La terminación de las murallas, por otra parte, aun no ha concluido. Ocurre lo mismo con el Partenón, cuyas obras (de restauración, reconstrucción o incluso de obra nueva) prosiguen hoy, y cuyo origen no se remonta a la época de Pericles sino a los orígenes míticos de la ciudad de Atenas que se pierden en la noche de los tiempos. El Partenón que hoy vemos en un eslabón en una sucesión interminable de templos dedicados a Atenea, cuyo origen se desconoce -ni se conocerá pues se hunde en el tiempo del mito.
La arquitectura no tiene historia; vive en un continuo presente. Todos los edificios que forman parte de un yacimiento arqueológico han sido rescatados, consolidados modernamente -obras de consolidación que no pueden cesar, como bien se demuestra en Pompeya, por ejemplo. Los únicos edificios que tienen una historia fechable, cuya historia pertenece al pasado, son aquellos que no han sido desenterrados o descubiertos aún. Pero, en este caso, nada pueden contarnos. La arquitectura no es tanto un palimpsesto -como se ha escrito a menudo- sino se asemeja más bien a la tela que Penélope tejía y deshacía diariamente: una obra en constante evolución, que nunca concluye, sin origen ni final.
Es por este motivo, que la congelación que se practica cuando se restaura un edificio primando un determinado aspecto, altera esencialmente lo que es un edificio: una obra viva, que no es inmortal, sino que como todo organismo vive, nace, muere y renace constantemente. La restauración es, en verdad, una momificación, y demuestra el temor a la vida, impidiendo que los edificios vivan, sufran, caigan y vuelvan a recuperar su prestancia, siempre cambiante.
Esta superposición, esta sucesión de construcciones y destrucciones, es particularmente visible en yacimientos mesopotámicos. Las construcciones eran de adobe. Necesitaban restauraciones y reconstrucciones constante: las ocasionales pero violentas lluvias socavaban las estructuras más gruesas. La ideología religiosa impedía construir en terrenos vírgenes: un edificio tenía que alzarse donde ya hubo una construcción anterior, pues los dioses solo autorizaban la construcción en determinados lugares señalados por ellos. La ausencia de máquinas -grúas, etc.- impedía derribar de raíz un edificio por lo que la nueva construcción o reconstrucción se levantaba sobre las trazas, los cimientos del edificio. Las excavaciones, milenios más tarde, exponen esta superposición de tramos de muros y de cimientos.
Dado que la construcción, en la antigüedad, era lenta, y que los cambios de reinado, las guerras y las inclemencias afectaban un edificio antes de que estuviera concluido, las restauraciones, las modificaciones, los replanteos se iniciaban casi al mismo tiempo que las obras originales. Un edificio estaba en permanente construcción. Se asemejaba a un organismo vivo, algunas de cuyas partes crecían y se modificaban al mismo tiempo que otras decaían. En Mesopotamia, las refecciones acontecían unos veinticinco años tras las primeras obras -si guerras e inclemencias imprevistas no afectaban antes de tiempo un edificio.
Un edificio en contante evolución no tiene historia. Su historia no está fechada. No se puede datar el inicio ni el final de las obras. Las célebres murallas de Babilonia, que aún se alzan en el sitio, se iniciaron mucho antes de la fecha con la que convencionalmente se data su origen -siglo VII aC- pues sucedieron a murallas, a construcciones cuyos primeros testimonios se remontan a principios del segundo milenio aC. La terminación de las murallas, por otra parte, aun no ha concluido. Ocurre lo mismo con el Partenón, cuyas obras (de restauración, reconstrucción o incluso de obra nueva) prosiguen hoy, y cuyo origen no se remonta a la época de Pericles sino a los orígenes míticos de la ciudad de Atenas que se pierden en la noche de los tiempos. El Partenón que hoy vemos en un eslabón en una sucesión interminable de templos dedicados a Atenea, cuyo origen se desconoce -ni se conocerá pues se hunde en el tiempo del mito.
La arquitectura no tiene historia; vive en un continuo presente. Todos los edificios que forman parte de un yacimiento arqueológico han sido rescatados, consolidados modernamente -obras de consolidación que no pueden cesar, como bien se demuestra en Pompeya, por ejemplo. Los únicos edificios que tienen una historia fechable, cuya historia pertenece al pasado, son aquellos que no han sido desenterrados o descubiertos aún. Pero, en este caso, nada pueden contarnos. La arquitectura no es tanto un palimpsesto -como se ha escrito a menudo- sino se asemeja más bien a la tela que Penélope tejía y deshacía diariamente: una obra en constante evolución, que nunca concluye, sin origen ni final.
Es por este motivo, que la congelación que se practica cuando se restaura un edificio primando un determinado aspecto, altera esencialmente lo que es un edificio: una obra viva, que no es inmortal, sino que como todo organismo vive, nace, muere y renace constantemente. La restauración es, en verdad, una momificación, y demuestra el temor a la vida, impidiendo que los edificios vivan, sufran, caigan y vuelvan a recuperar su prestancia, siempre cambiante.
viernes, 11 de agosto de 2017
JOAN BORRELL MAURI (1990): HIMNO A NIKKAL (C. 1400 AC)
Joan sings Hurrian hymn at St.Philips from rtfice on Vimeo.
El arquitecto y músico Joan Borrell, que trabaja con algunos miembros del Departamento de Teoría de la Escuela de Arquitectura de Barcelona y participa en la misión arqueológica internacional del yacimiento neo-asirio de Qasr Shamamok (Mosul, Iraq), es uno de los pocos intérpretes del Himno a Nikkal y sin duda el mejor.
El himno a Nikkal, ya presentado en este blog gracias a una interpretación anterior de Joan Borrell, es considerado la canción más antigua de la historia conocida. Se trata de un himno dedicado a la diosa Nikkal, escrito en una lengua desconocida -hurrita-, redactado con signos cuneiformes, a mitad del segundo milenio aC, sobre una tablilla de adobe hallada en Ugarit (capital de un reino cananeo, hoy en la costa siria). La partitura comprende unos signos cuneiformes que se han transcrito como notas que componen una melodía cuya escala y cuyo ritmo y tempo se desconocen.
Una primera interpretación (con acompañamiento de arpa antigua) de Joan Borrell se incluyó en la exposición From Ancient to Modern. Archaeology and Aesthetics en el Institute for the Study of Ancient World (ISAW) de Nueva York, en 2015, y una segunda a capella en la posterior instalación itinerante que los artistas conceptuales norteamericanos Lenka Clayton y Jon Rubin han creado este año para el Museo Guggenheim de Nueva York.
La presente interpretación que el vídeo documenta tuvo lugar en la iglesia episcopal de Saint Philips en Manhattan (Nueva York) con motivo de esta instalación en el mes de abril.
Una segunda versión se presentará en la próxima muestra sobre la música en la antigüedad occidental que el Museo del Louvre está a punto de inaugurar en su nueva sede en la ciudad de Lens (Francia), antes de ser trasladada a Caixaforum en Madrid y Barcelona en 2018, y al ISAW de Nueva York en 2019:
"Le parcours de l'exposition intègre également des dispositifs sonores inédits, permettant d'écouter des reconstitutions de sons d'instruments antiques ainsi que le plus ancien chant connu à ce jour dans le monde." (del anuncio de la exposición)
Joan Borrell podría preparar un disco con las primeras canciones conservadas de la historia. Su interpretación del Epitafo a Sekilos helenístico -la canción griega más antigua- ya se incluyó en la exposición Mediterráneo. Entre el mito y la razón, en Caixaforum, en Madrid y Barcelona, en 2014.
Joan Borrell es en este momento uno de los mejores intérpretes (barítono) del mundo en música de la antigüedad.
Una segunda versión se presentará en la próxima muestra sobre la música en la antigüedad occidental que el Museo del Louvre está a punto de inaugurar en su nueva sede en la ciudad de Lens (Francia), antes de ser trasladada a Caixaforum en Madrid y Barcelona en 2018, y al ISAW de Nueva York en 2019:
"Le parcours de l'exposition intègre également des dispositifs sonores inédits, permettant d'écouter des reconstitutions de sons d'instruments antiques ainsi que le plus ancien chant connu à ce jour dans le monde." (del anuncio de la exposición)
Joan Borrell podría preparar un disco con las primeras canciones conservadas de la historia. Su interpretación del Epitafo a Sekilos helenístico -la canción griega más antigua- ya se incluyó en la exposición Mediterráneo. Entre el mito y la razón, en Caixaforum, en Madrid y Barcelona, en 2014.
Joan Borrell es en este momento uno de los mejores intérpretes (barítono) del mundo en música de la antigüedad.
jueves, 10 de agosto de 2017
El buen arquitecto
"Yo puse los cimientos como lo hace un buen arquitecto, y otro edifica encima"
"ὡς σοφὸς ἀρχιτέκτων θεμέλιον τέθεικα, ἄλλος δὲ ἐποικοδομεῖ."
(Pablo: Primera epístola a los Corintios, 3:10)
Aunque en la Grecia antigua existía cierta confusión entre un arquitecto y un carpintero -o, mejor dicho, aunque ambos técnicos se confundieran a veces, toda vez que las estructuras eran, seguramente, de madera-, lo cierto es que Pablo, que debe de estar influido por una tradición greco-latina, marca una nítida distinción entre el arquitecto y el que viene detrás, el que actúa tras la intervención del arquitecto, es decir el que construye.
La labor del arquitecto, según Pablo, consiste en instalar los cimientos del edificio. El término que Pablo emplea para designarlos es themela. Un themelion es un fundamento. Se trata de un término técnico. Pero éste se construye a partir del sustantivo themis, que también es el nombre de una diosa, la diosa de la themis, la themis personificada.
Themis (o Temis) era la Justicia, la Ley Divina. Fue esposa de Japeto, hermano de Zeus, con quien tuvo a Prometeo, el dios justo que ayudó a los hombres y les transmitió todos los saberes, entre éstos, los saberes técnicos, para ordenar y habilitar la tierra, antes de esposarse con el propio Zeus. El mundo estaba regulado por Themis quien, balanza en mano, sopesaba cualquier decisión que afectaba la vida.
Los cimientos -los themela- son, entonces, los elementos que sustentan, física y moralmente un edificio. Éste tiene sentido gracias a los cimientos. Éstos dan la razón de su existencia, justifican su construcción. La obra se fundamenta en los cimientos. Sin éstos, ninguna obra se aguanta. No perdura, no tiene sentido. Es un peligro instalarse en su interior. La obra no puede dar cobijo. No cumple la función para la que ha sido levantada. Se tambalea, se derrumba apenas se ha alzado. Unos cimientos son una promesa de una obra duradera.
Un arquitecto, entonces, es quien legitima una obra. Ésta no es gratuita, ni un capricho, sino que se instituye como una obra necesaria para la vida. Ésta -sus cimientos- actualiza las leyes que regulan el mundo.
Un constructor solo puede actuar si antes ha intervenido un arquitecto. Su intervención puede ser de palabra (del mismo modo que la palabra, según Pablo, edifica). Da fe de la bondad de la obra. Actúa, como Pablo, en nombre de la divinidad. Divulga sus palabras, y las explica, como si las hubiera enunciado él mismo. Representa a la divinidad en la tierra, la sustituye. Es su portavoz. Del mismo modo, el arquitecto es la personificación de la divinidad que edificó el mundo, que puso las bases de éste (en Grecia, el dios Apolo), y actúa inspirado por ésta. Gracias a la palabra el mundo se transforma en un espacio habitable. La palabra -que la piedra simboliza, palabras que se componen y hallan el sentido como los sillares levantan muros que organizan el espacio- funda la comunidad que habita en el espacio que las palabras abren o describen, visualizan.
"ὡς σοφὸς ἀρχιτέκτων θεμέλιον τέθεικα, ἄλλος δὲ ἐποικοδομεῖ."
(Pablo: Primera epístola a los Corintios, 3:10)
Aunque en la Grecia antigua existía cierta confusión entre un arquitecto y un carpintero -o, mejor dicho, aunque ambos técnicos se confundieran a veces, toda vez que las estructuras eran, seguramente, de madera-, lo cierto es que Pablo, que debe de estar influido por una tradición greco-latina, marca una nítida distinción entre el arquitecto y el que viene detrás, el que actúa tras la intervención del arquitecto, es decir el que construye.
La labor del arquitecto, según Pablo, consiste en instalar los cimientos del edificio. El término que Pablo emplea para designarlos es themela. Un themelion es un fundamento. Se trata de un término técnico. Pero éste se construye a partir del sustantivo themis, que también es el nombre de una diosa, la diosa de la themis, la themis personificada.
Themis (o Temis) era la Justicia, la Ley Divina. Fue esposa de Japeto, hermano de Zeus, con quien tuvo a Prometeo, el dios justo que ayudó a los hombres y les transmitió todos los saberes, entre éstos, los saberes técnicos, para ordenar y habilitar la tierra, antes de esposarse con el propio Zeus. El mundo estaba regulado por Themis quien, balanza en mano, sopesaba cualquier decisión que afectaba la vida.
Los cimientos -los themela- son, entonces, los elementos que sustentan, física y moralmente un edificio. Éste tiene sentido gracias a los cimientos. Éstos dan la razón de su existencia, justifican su construcción. La obra se fundamenta en los cimientos. Sin éstos, ninguna obra se aguanta. No perdura, no tiene sentido. Es un peligro instalarse en su interior. La obra no puede dar cobijo. No cumple la función para la que ha sido levantada. Se tambalea, se derrumba apenas se ha alzado. Unos cimientos son una promesa de una obra duradera.
Un arquitecto, entonces, es quien legitima una obra. Ésta no es gratuita, ni un capricho, sino que se instituye como una obra necesaria para la vida. Ésta -sus cimientos- actualiza las leyes que regulan el mundo.
Un constructor solo puede actuar si antes ha intervenido un arquitecto. Su intervención puede ser de palabra (del mismo modo que la palabra, según Pablo, edifica). Da fe de la bondad de la obra. Actúa, como Pablo, en nombre de la divinidad. Divulga sus palabras, y las explica, como si las hubiera enunciado él mismo. Representa a la divinidad en la tierra, la sustituye. Es su portavoz. Del mismo modo, el arquitecto es la personificación de la divinidad que edificó el mundo, que puso las bases de éste (en Grecia, el dios Apolo), y actúa inspirado por ésta. Gracias a la palabra el mundo se transforma en un espacio habitable. La palabra -que la piedra simboliza, palabras que se componen y hallan el sentido como los sillares levantan muros que organizan el espacio- funda la comunidad que habita en el espacio que las palabras abren o describen, visualizan.
miércoles, 9 de agosto de 2017
Diseño
"Todo objeto de diseño nos tiende una trampa ya que presenta un problema bajo la forma de una solución."
(Tim Ingold: Making: Anthropology, Archaeology, Art and Architecture, Routledge, 2013)
martes, 8 de agosto de 2017
GEORGE MÉLIÈS (1861-1938): LA ISLA DE CALIPSO: ULISES Y EL GIGANTE POLIFEMO (1905)
El verano es propicio para evocar los viajes marinos de Ulises....
Georges Méliès: L'ile de Calypso ou Le Géant... por iconauta
Georges Méliès: L'ile de Calypso ou Le Géant... por iconauta
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