lunes, 13 de enero de 2025

Vestidos, desvestidos, revestidos: Del corazón a la mano (Dolce & Gabbana, Paris, 2025)






































































 

Fotos: Tocho, enero de 2025


En el remozado Grand Palais de Paris -cerrado durante años para su entera rehabilitación-, con un presupuesto sin duda infinito, medios inalcanzables para cualquier otra institución, un tiempo casi eterno de montaje, y una libertad absoluta, aunando lo sublime, lo ridículo, lo kitsch, lo absurdo, lo grotesco, el sarcasmo, la religión, el ritual, lo desmesurado y la minuciosa atención al detalle, la exposición antológica del taller de alta costura italiano Dolce & Gabbana  conjuga moda, arquitectura, teatro, ópera, cine, música, literatura, alta y baja cultura, bellas artes y artesanía , por los que desfilan la historia del arte, escena de ópera y de cine neorrealista o de peplum, y ceremonias religiosas con la magnificencia, el boato y el exceso de una procesión.

 Quien desfila es el espectador entre cuadros casi vivientes que recrean escenas célebres de películas, óperas, teatro y ceremonias sagradas, tanto religiosas cuanto imperiales (Bizancio, el imperio austrohúngaro, el imperio romano, el Egipto faraónico), sin que el humor, el guiño, la hojalata y el manifiesto decorado de cartón piedra -magnifica mente pintado de purpurina- dejen de exhibirse. El continente -suelos de cerámica pintada a mano, marcos tallados barrocos, juegos de espejos, trampantojos, frescos y protecciones, plásticos y estucos, plásticos que imitan estucos (el como si es de rigor y lo proclama, sin que sepamos nunca si estamos ante la ficción o la realidad), cascadas de lámparas de araña- rivaliza con el contenido.

Suntuoso desfile en negro de altas y delgadas figuras femeninas enlutadas que emergen como emanaciones inquietantes en pasillos sombríos, apenas iluminados por los destellos apagados de marcos dorados, entrecortado con el reconocimiento del saber artesanal que semejantes vestidos y decorados requieren -saberes que se entremezclan con nuevas tecnologías.

Y como en toda exposición de alta costura, los rostros sin rasgos de los maniquíes -algo más altos que una persona, sobre pedestales desde los que dominan los visitantes que desfilan en silencio-, dotan de un aire inquietante a la exposición, acrecentado por los miembros de autómata del siglo dieciocho que a cada momento parecen a punto de animarse con la música sincopada de una caja de música.

Ala salida, el gusto entre acre y dulzón de lo que no debería ser, un sinsentido, pero que querríamos volver a ver -sin querer reconocerlo.

https://www.grandpalais.fr/fr/evenement/du-coeur-la-main-dolcegabbana

Templo





Una medalla, un collar, un pendiente, un “piercing”, un anillo en el pulgar, unos brazaletes de hilos de colores, unas fotos en el móvil, un llavero, o una determinada ropa interior. Pocas veces, consciente o inconscientemente, no portamos, no cargamos con algún objeto, adquirido o regalado, cuya pérdida nos afecta más que por su escaso o nulo valor material: por la sensación de”pérdida”, de quedar desprotegidos o desnudos, como si algo irreparable  hubiera ocurrido que afectaría nuestra vida desde entonces.
 Por el contrario, la pervivencia, la permanencia en nuestro cuerpo o nuestro entorno de un objeto o una imagen -desde una foto hasta un tatuaje- puede revelarse como particularmente dañina a partir de cierto incidente o accidente, lo que nos lleva a buscar frenéticamente su destrucción, como si este motivo nos recordara un pasado, no atara a un pasado que querríamos borrar, como si no hubiera ocurrido nunca.
Los objetos más pequeños o nimios, dotados de un singular poder simbólico, incluido en tiempos descreídos o profanos -quizá particularmente y con mayor intensidad en estos tiempos desacralizados-, nos afectan para bien o para mal, y pautan nuestra vida. No podríamos enfrentarnos a ésta sin su presencia o su ausencia, sin tenerlos presentes o voluntariamente olvidados. Sin amuletos de la buena o la mala suerte, que nos protegen o nos dañan, al mismo ritmo que nos identifican. Su pérdida o la imposibilidad de desprendernos de aquéllos nos destroza la vida.

Las casas, los santuarios nos protegen. El cuidado que nos brindan es físico, cuidadoso . Son un techo protector, un cobijo, una defensa contra las inclemencias y los enemigos. Los espacios nos cubren, nos abrazan -y nos encierran.
Pero la atención que aportan es también -sobretodo- simbólica. No siempre estamos bajo cubierto. Nos alejamos de la casa o del templo, real o mentalmente. Los edificios pueden incluso desaparecer, o nos vemos obligados a desprendernos de ellos, quedando a la intemperie, a merced del hado funesto. 

El ancho brazalete antiguo, romano-egipcio, de oro, que forma parte de la colección permanente del nuevo museo de la biblioteca nacional de París, se orna con la fachada de un templo. Es una joya singular -con una iconografía inhabitual- que pertenece a una mujer que acaba de dar a luz. El brazalete es un amuleto protector. Protege su vida así como la del recién nacido. El templo portátil, en permanente contacto con el cuerpo, invoca y atrae la protección divina. La divinidad, desde el templo, vela sobre quien ha depositado su confianza y sus esperanzas en ella.
Una joya, en todos los sentidos de la palabra. Y un hermoso ejemplo de los temores y los anhelos humanos, vanos, sin duda, pero ineludibles y necesarios. Somos humanos precisamente por la fragilidad de nuestra condición. 


 

sábado, 11 de enero de 2025

Nave

 Pocas palabras del vocabulario arquitectónico son tan hermosas y tan complejas como: nave.

Nave, del latín y seguramente del indoeuropeo, es un barco: un medio de transporte y desplazamiento en un medio donde no es posible trazar ni abrir caminos: el mar, una imagen del mundo de los muertos en la Grecia antigua . 

Pero nave es también un recinto o un contenedor, así como una parte de un edificio que alberga y a la vez facilita el desplazamiento; un pasillo ancho, suficiente para acoger a una comida a la que conduce hacia un objetivo que da sentido a la vida.

La nave conjuga la acogida -la estancia- y la partida. Ofrece la promesa de un viaje seguro, el viaje de una vida. La nave es un arca: una caja de sorpresas. Acoge, ofrece un techo protector, y lleva a buen puerto. 

Una nave está anclada en la tierra: un refugio. Pero boga también.

La palabra nave evoca una construcción de gran tamaño. Ls nave es visible desde lejos. 

En ambos casos, como albergue y almacén, y como barco, la nave es una estructura pensada y construida, contrariamente a la casa particular, como un lugar para una colectividad. En una nave cabe una comunidad. Es la casa de todos, un lugar donde cada miembro puede sentirse como en casa.

En tanto que nave, se trata de un recinto que acompaña al viajante a lo largo de su vida. No es una casa a cuestas. No cuesta llevarla. Porque no se lleva, sino que la nave nos transporta. Y nos acompaña durante toda una vida. Como almacén, contiene todo lo necesario para la vida.

Una nave es un mundo. Es la imagen del cosmos. El arca, en textos mesopotámicos, se presentaba como una metáfora del mundo. Todas las especies, todos los bienes, podían sentirse seguros en la nave. Nada los iba a faltar. 

La nave envuelve. Abraza. Y alimenta. No encalla ni nos abandona. 

Ls nave solo tiene sentido si está plena de bienes, y si está siempre preparada para soltar amarres: solo si puede cuidar vidas, y ofrecerles un espacio donde tejer relaciones. Hasta los locos caben en una nave. No excluye a nadie, salvo a quienes quieren hundirla. 

Sin nave, nadie sabe a dónde ir, donde tiene que ir. No se puede emprender el viaje. Solo cabe el encogimiento, el empobrecimiento, el viaje sin rumbo, a ninguna parte. La nave sabe cómo navegar sin perderse, sorteando o afrontando los envites. 

Las naves son comunidades guiadas, orientadas. Saben cuál es la meta, la finalidad del viaje. Sin ellas, el viaje no se concibe, la comunidad se queda sin ellas sustento. Ya nada la une a la vida.

El hundimiento de una nave es el fin de una comunidad. Pierde su lugar en la tierra. Ya no sabe a dónde ir ni dónde mirar. El desamparo, la pérdida atenaza al colectivo. Queda a merced de los elementos. Solo queda subir a la barca de los muertos. 


GEORGES FRANJU (1912-1987): LES YEUX SANS VISAGE (OJOS SIN ROSTRO, 1960)

"Les Yeux sans Visage"(Eyes without a Face) de Georges Franju-Film Complet by tokyvideo.com



Tratado visual sobre la importancia del rostro y, en especial , de los ojos, en la constitución de la persona. 
Obra maestra del cine de terror.

Los grandes almacenes - El hombre invisible (La Samaritaine, París, 1978)



 Cortometraje publicitario de los grandes almacenes de La Samaritaine en París, de 1978, inspirada por las películas de terror El hombre invisible, de 1933, y El hombre sin rostro, de 1961.

Cortometraje proyectado en la excelente exposición sobre la historia de la tipología y la institución de los grandes almacenes, entre los siglos XIX Y XXO, en La Cité de L’ Architecture en París:

viernes, 10 de enero de 2025

¿Surrealismo antes de hora? José de Ribera (1591-1652): murciélago y orejas (1620)


 

La exposición antológica del pintor tenebrista español, formado en Roma e instalado en Nápoles, José de Ribera, seguidor, quizá conocedor incluso de Caravaggio, en París, incluye un conocido insólito dibujo que, a la luz de las múltiples exposiciones sobre el surrealismo que París presenta en este inicio de 2025, adquiere un inquietante, y quizá actual, significado -enigmático y perturbador.

Un murciélago, visto de frente, extiende sus alas. Parece dirigirse al espectador. El murciélago es un emblema de la ciudad de Valencia, de donde Ribera era originario.
El murciélago sobrevuela dos grandes orejas, representadas a una escala mayor que el animal. Son dos orejas dispuestas debajo de éste, a lado y lado del mismo. Los tres elementos componen un triángulo. Las orejas son suficientemente distintas para pensar que no pertenecen a una misma persona.
 
La súbita fama de Ribera suscitaba envidias. Recibía encargos de los reyes de España, de los virreyes napolitanos, de nobles españoles e italianos, de la Iglesia. A los dieciocho años ya era uno de los artistas de más éxito en el virreinato.
Una interpretación del dibujo, considerado como una única composición y no como la suma casual de tres dibujos sueltos, sin relación entre sí, como en un carnet de notas, considera que la obra -pues sería una obra a parte entera, y no un boceto para un cuadro- aludiría al rumor que circulaba acerca de la fama del artista, noticias, bulos, mentiras, sobre su éxito. 
La envidia es literalmente el mal de ojo -implica mirar mal al otro-, y el murciélago es un animal de mal agüero. Ribera expondría o denunciaría de manera alusiva, pero quizá de fácil interpretación por parte de letrados, el daño que los infundios pretendían hacer al artista, que sobrevuela inmune a la maleficencia. Las noticias falsas, sin fundamento, buscando el desprestigio, rondaban, ayer como hoy. 

El dibujo, que parece anticiparse a Goya, podría mostrar la pequeñez, la estupidez y las orejeras, amén de la mediocridad y la maldad de los comentarios sibilinos o groseros de quienes a falta de talento, traten de atentar contra la reputación y el prestigio ajenos. Un ejercicio que seguimos practicando con fruición.