





Fotos: Tocho, mayo de 2025






Éste responde a “un ecosistema urbano plurifuncional”, signifique lo que signifique esta expresión. Su descripción o evocación pasa por una enumeración: una interminable lista de espacios acotados y objetos, más o menos circulares, dispuestos, como en un cajón de sastre sobre un plano horizontal. Un conjunto de objetos y espacios inconexos: toboganes, áreas de juegos infantiles, espacios “para mascotas” (que no sean niños), umbráculos, “parques de agua” (chorros que emanan del suelo), quioscos, zonas deportivas, viveros, etc. La lista recuerda la célebre serie numeración de los animales del emperador chino, según el escritor Jose Luis Borges, que comprendía animales embalsamados, fabulosos, sirenas, incluidos en esta lista, dibujados por un pincel compuesto por un fino pelo de camello, y etcétera, entre otros.
Parque grandes decimonónicos, como el parque de la Ciudadela de Barcelona, El Retiro en Madrid, el Bosque de Boulogne en París, o el Central Park de Nueva York, apenas dan pie a enumeración alguna. Un umbraculo, un quiosco de música, quizá un estanque…. Desde luego, la corta enumeración no da cuenta de lo que el parque es. Éste no resulta de una suma de cosas disparatadas y desparejadas.
En los parques decimonónicos uno se puede perder -sin sentir preocupación-, pero no se desorienta. Encuentra senderos, que siguen rectos, se bifurcan, ascienden y descienden, giran y prosiguen. El visitante se adentra en un mundo distinto del espacio urbano; logra olvidarse de éste. Tan solo llega un rumor de fondo. El parque recuerda un país de las maravillas, que invita a la exploración.
En el parque de las Glorias es imposible perderse. Pero no se sabe dónde ir. No existen caminos, sino tan solo espacios entre áreas. Es lo que queda si se abstraen aquéllos. No llevan a nada. El espacio, el paseo no existen. Solo cuentas bultos. El espacio se llena, se anula. El parque se asemeja a una ciudad sin calles ni pasos. Se asemeja más a un atestado trastero (verde).
Del parque antiguo no se quiere salir. Se buscan los caminos más secretos, evitando las salidas. Una y otra vez, uno vuelve a adentrarse en el parque, obviando la ciudad. El parque constituye un alto o un paréntesis que se quisiera durara tiempo, como si de un espacio sagrado se tratara. Y, a la salida, el recuerdo permite proseguir el camino mentalmente. El parque constituye el espacio en el que uno se abandona, libre de imposiciones.
El parque de las Glorias, en cambio, obliga a dar un rodeo, intentando no poner el pie en él. Si el recorrido es inevitable, la búsqueda de la salida deviene una necesidad, acentuada por los obstáculos encontrados. Un nuevo obstáculo. Hasta el próximo proyecto.
Precario: un adjetivo habitualmente asociado a las palabras trabajo y vida. Hoy más que nunca el adjetivo califica negativamente al sustantivo. Precario es sinónimo de inestable, temporal, mal retribuido, inseguro. Dibuja un perfil de una actividad o una persona con escaso futuro y pocas probabilidades de éxito, futuro, supervivencia incluso. Y evoca un porvenir siempre a merced de un tropiezo, una caída, un despido.
Quien se ve marcado por la precariedad -quien tiene sus actos calificados de precarios- tiene poco de esperar y está a merced de la decisión, el humor o el capricho de otra persona. Los temporeros pasan. Son figuras a los que se presta poca atención. Literalmente, mano de obra, sin que sus vidas cuenten, sin que prestemos atención a lo que cuentan.
Precario viene del latín. La familia de verbo, sustantivo y adjetivo dibuja un mundo aún más oscuro. Precarius designa lo que se obtiene tras rogar, suplicar. Se trata de una gracia que se concede, y que puede revocarse en cualquier momento. El verbo precor se traduce precisamente por rogar.
Rogamos cuando ya no podemos hacer nada. Las puertas se cierran, y no se tiene a donde ir. Se ruega cuendo no se puede hacer nada más. Se implora a lo alto, a poderes invisibles, o a superiores difícilmente alcanzables. Nuestra vida queda en sus manos. Pueden concedernos lo que imploramos, lo que sea, mas este bien, favor o gracia se otorga para hacernos callar.
Quien logra lo que suplica queda en deuda -una deuda moral de la que no podrá deshacerse. Lo precario no es justo. No es lo que califica un gesto o una decisión justos, sino condescendientes. Atan para siempre el suplicante al suplicado. Deberá callarse, inclinarse, o reír las gracias. Su existencia depende del humor -necesariamente mudable- de quien lo ha agraciado. Lo precario rebaja, hunde, humilla. Impide cualquier atisbo de independencia. No se puede pensar en libertad. Solo cabe la adulación y la genuflexión. Es el tipo de trato que se tiene con los poderes ultramundanos.
Las gracias se conceden sin mirar, sin saber quiénes nosotros, porque a ojos del duplicado, quien suplica es una presencia molesta que se acalla con la venia. La gracia es la calificación del trato injusto, entre seres socialmente desiguales. Lo precario es una manifestación de falta de reconocimiento, de inhumanidad, en suma.
Agradezco las consideraciones del artista Gabriel Llinás.
Y la lectura de la espléndida novela Misericordia, de Benito Pérez Galdós.