Dos mapas sobre tablilla de arcilla, segundo milenio aC: mapa de canales en la periferia de Nippur, y plano -fundamental- del centro religioso de la ciudad. De Google Image

Fotos: Tocho, Nippur, noviembre de 2025
El panteón sumerio-acadio estaba encabezado por una triada -que quizá postergara a la figura de la diosa madre Ninhursag, o Nammu-, compuesta por el Cielo, las Aguas del Cielo, y las Aguas terrenales, o An, Enlil y Enki.
An era inalcanzable. Lejano y distante; Enlil era colérico, y su cólera podía llevarle, para castigar a los humanos, a abrir las compuertas del cielo, dando lugar al diluvio. Por el contrario, Enki era un dios cercano que transmitió sus saberes a los humanos y velaba por su supervivencia: el agua dulce , necesaria para la vida, estaba bajo su protección. El agua del Éufrates que purificaba a la ciudad a través de un canal.
Enlil tuvo su santuario principal, el Ekur (o E-kur; Casa-de-la-Montaña -de la montaña y de las profundidades, que tales son los significados de kur), en lo alto de un zigurat en la ciudad santa -no era un centro político- de Nippur, a la que los reyes acudían para coronarse.
Fue una ciudad habitada durante cinco mil años, desde el cuarto milenio hasta finales del primer milenio dC, ya bajo dominio islámico. Cayó en el olvido entonces.
Explorada a mediados del siglo XIX, sigue siendo uno de los principales yacimientos arqueológicos en el que aún se excava.
A finales del siglo XIX, con ladrillos originales enteros, hallados desperdigados, los arqueólogos reconstruyeron el Ekur en lo alto del zigurat.
Hoy, se asciende, con cierta dificultad debido a la pendiente y a la inestabilidad de las caras del zigurat, hasta el templo de Enlil.
Desde allí, a través de diminutas ventanas, la luz cegadora, animada por la arena, y el desierto hasta el horizonte, ni siquiera rasgado por una carretera. Tan solo una pista casi invisible conduce a los pies del alto zigurat, y a otras construcciones que parecen esconderse bajo el amplio y ondulado manto del desierto.
Lejos de los hombres….
























La sublime belleza de la desolación.
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