Así como escasos son los arquitectos de la antigüedad cuyos nombres han llegado hasta nosotros -nombres que no siempre son de arquitectos de carne y hueso, como los míticos primeros constructores del templo de Apolo en Delfos, o el también mítico arquitecto del inexistente templo de Salomón-, en el Egipto faraónico no escasean los nombres de arquitectos que existieron, cuyas tumbas y cuyas efigies se conocen.
jueves, 26 de marzo de 2026
MAY, PRÓSPERO ARQUITECTO FARAÓNICO (C. 1200 aC)
Así como escasos son los arquitectos de la antigüedad cuyos nombres han llegado hasta nosotros -nombres que no siempre son de arquitectos de carne y hueso, como los míticos primeros constructores del templo de Apolo en Delfos, o el también mítico arquitecto del inexistente templo de Salomón-, en el Egipto faraónico no escasean los nombres de arquitectos que existieron, cuyas tumbas y cuyas efigies se conocen.
miércoles, 25 de marzo de 2026
“Maquetas arquitectónicas” egipcias en los museos egipcios en El Cairo (Egipto)

“Maquetas” votivas de graneros depositadas en tumbas, quinto milenio
“Casas del alma”: bandejas funerarias, con un pitorro para verter libaciones, réplicas imperecederas de alimentos y “maquetas” de moradas o graneros en una parcela cercada, depositadas en la arena sobre tumbas muy modestas para alimentar y acoger el ka del difunto, 2100 aC
Maqueta de pirámide para un albañil, un constructor o un arquitecto, o “maqueta” votiva depositada en la tumba de un constructor, C.1500 aC
Lámpara en forma de casa, 300 aC
Fotos: Tocho & Carmen Cantarell, Gran Museo Egipcio (GEM) y Museo Egipcio, Giza y El Cairo, marzo de 2026
El egiptólogo William Flinders Petrie halló enterradas, a principios del siglo XX, unas ciento cincuenta modestas bandejas de terracota, sencillamente ejecutadas, en el desierto, cerca de Rizeh.
Al hallarlas cerca de tumbas muy sencillas -un enterramiento directamente en la arena- supuso que estos objetos habrían sido depositados encima de la tumba para indicar su emplazamiento -o sobre el difunto, o en la entrada del nicho-.
Datados de finales del tercer milenio, estas bandejas incluyen representaciones de alimentos, algunos recipientes, y un vierte aguas en una punta que se interpreta como una salida a libaciones vertidas en la bandeja para dar de beber al difunto. Algunas bandejas incorporan también una imagen de una construcción -una casa de una o dos plantas, con o sin pórtico de de entrada, cubierta plana, en algunas ocasiones con una pequeña construcción en la terraza, a la que se accede por una escalera exterior, un cobertizo o un granero- que debe de reproducir o imitar construcciones existentes o tipos de construcciones al uso.
Petrie nombró estos objetos “casas del alma”, porque supuso que servían para alimentar y acoger al ka (el doble incorpóreo) del difunto, aunque la tumba o la simple fosa excavada en la arena ya ofrecían un espacio donde el ka podía recogerse.
Estos objetos interesaron poco a los museos a los que Petrie ofreció, y se almacenaron en reservas en la mayoría de los casos. Algunas fueron vendidas a otros museos que tampoco prestaron demasiada atención a unos objetos muy distintos de los fastuosos tesoros funerarios de materiales valiosos de las clases superiores cercanas al faraón.
Sin embargo, puesto que se han encontrado escasas muestras de viviendas de clases sociales bajas, sobre todo del Imperio antiguo y del posterior primer periodo intermedio, antes de finales del tercer milenio, estos objetos, hoy, documentan, de manera más o menos alusiva, qué imagen o forma pudieran haber tenido estas viviendas de adobe que tan pocos testimonios han dejado.
La mejor y mayor colección de “casas del alma” -una expresión que dio título, hace treinta años, a una exposición sobre el imaginario arquitectónico antiguo en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona- sigue hallándose en Egipto, distribuida principalmente en los dos grandes museos arqueológicos de El Cairo.
A Carolina, Carlos y Mario, entusiastas de este tipo de objetos
martes, 24 de marzo de 2026
Desvestir a un santo : el antiguo museo egipcio de El Cairo
Fotos: Tocho, Museo Egipcio, plaza Tahir, El Cairo (Egipto), marzo 2026
Las preguntas son inevitables. La visita del GEM o Gran Museo Egipcio, en Giza (El Cairo), el mastodóntico nuevo museo de arte faraónico, a partir de las colecciones del Museo Egipcio ubicado en el centro de la capital egipcia, las suscita: ¿dónde está la célebre escultura de madera que representa a un alcalde empuñando -o apoyándose en- un bastón de mando ? ¿y la fantasmagórica efigie del faraón Djozer, cuya mirada negra y ciega, que mira sin mirar al infinito, taladra nuestra vista? ¿O la pareja de Rahotep y Nofret, ella vestida de una ceñida túnica escotada impoluta, blanca, y él, tan solo con un paño en la cintura, y un bigotito que le da un aire a Gary Cooper? ¿Y la enigmática sonrisa de la reina Hatshepsut, suspendida, en la alto de una base, por encima de nosotros, como la del gato de Cheshire ? ¿El célebre friso de patos cabe un estanque, que ornaba una tumba, conocido como las ocas de Meidum? ¿Y….?
Podríamos multiplicar las preguntas y las búsquedas. No las encontraremos en el nuevo museo. Las más célebres obras han resistido al traslado y la desubicación. Y hoy, en la planta baja, mínima y austeramente restaurada, las vitrinas decimonónicas con marcos de madera limpiadas, la iluminación revisada y dotadas de nuevas cartelas blancas, las mejores, las grandes obras del arte faraónico, grandes a menudo no por su tamaño, por fin se pueden contemplar y confrontar en silencio, libres del asedio y del ahogo de las innumerables obras que atestaban y desfiguraban las salas en las que ahora estas obras clave, todas antropomórficas, de mirada penetrante que no nos miran pero que saben que las miramos, reinan aisladas y deslumbran.
La planta primera sigue siendo un almacén polvoriento -cuyas vitrinas aguardan desde hace más de un siglo unos cuidados-, desvencijado y vagamente inquietante, cargado de una multitud de pequeñas piezas útiles o mágicas -como una extraordinaria colección de casas del alma, o de ojos tallados en piedras duras que no tuvieron tiempo de incrustarse en las estatuas de cuerpo entero y permitirles contemplar el más allá con serenidad-, entre las que en ocasiones cuesta desplazarse, y en las que no se nota que se hallan retirado obras para desplazarlas al nuevo museo.
El museo egipcio del Cairo, con su antiguo porte operístico pintado de rosa, se mantiene, a un extrema de la plaza Tahir, superado el incendio que sufrió cuando la revolución en enero de 2010, y los aires de grandeza y presunción del nuevo museo, ridículos en gran medida, y hoy puede visitarse tranquilamente, sin el agobio de los autocares que vomitaban tropeles de visitantes detrás de vociferantes guías en todos los idiomas, que empuñan paraguas como bastones de ordeño y mando y signos de reconocimiento, y hoy amenazan la interminable tierra quemada de los circundantes aparcamientos del nuevo museo.
Y se puede visitar calladamente y sin empujones. El silencio que parece imponer la altivez -y soterrada humanidad, a la vez alejada de nosotros y cercana- del arte faraónico ahora, por fin, se respeta. Si se visita el nuevo museo como quien acuda a un centro comercial o un casino, el viejo museo se recorre como un santuario. Dos tiempos muy distintos -y opuestos.










































































































