¿A o B? A no puede ser, por tengo B sí lo es.
El llamado silogismo disyuntivo consiste en la exclusión, rechazo, o abandono de un término en favor de otro con el que se compara, a fin de hallar una respuesta a un problema que plantea la existencia de posibles múltiples soluciones.
La base del razonamiento es la progresiva exclusión de término hasta que solo quede uno que no pueda dejarse de lado porque parece responder a la pregunta o duda.
De la lógica, el concepto de exclusión ha pasado a la política: la relación entre miembros de una comunidad. De las palabras a los hechos, podríamos decir.
Como todas las palabras de origen latino que empiezan con el prefiero ex-, que significa fuera, la exclusión echa balones fuera. La exclusión implica la existencia de un claustro del que un miembro queda apartado, fuera del espacio y de la toma de decisiones. Su voz ya no cuenta. Ya no se le tiene en cuenta. Lo que cuenta no es de recibo. Se hacen oídos sordos a sus palabras. Se le silencia, ningunea. Se le destierra. Abandona en tierra de nadie.
La exclusión es, por tanto, un acto de agravio. Implica el rechazo y el cierre de puertas, dejando a alguien a la intemperie , a merced de lo que pueda ocurrir, sin que se pueda contar con la ayuda de los que, por el contrario, estén incluidos en un claustro. La exclusión requiere el trazado de fronteras, la partición y la división de un colectivo en dos bandos, uno celebrado, enclaustrado, a buen recaudo, y otro reprobado.
Los premios, hoy, consisten en “experiencias inclusivas”. La experiencia es una palabra propia del lenguaje artístico y científico. Significa prueba. Designa la práctica y se opone a la teoría. Conlleva poner las manos en la masa a fin de tener un contacto directo con la realidad.
El saber no se consigue quedándose fuera. La cercanía es necesaria, cercanía que significa que la realidad ya no tiene secretos para nosotros, y que, por tanto, no inquieta. La realidad entra a formar parte de nuestra vida, y nos enriquece. Nos hace sabios. Entendemos el mundo y a los demás. Ya no nos son extraños. Son nuestros semejantes. Nos reconocemos en ellos, reconocemos que formamos parte de una misma comunidad o colectividad.
Tener una experiencia implica saber de qué se habla. No se habla de oídas, sino que se cuenta (con) lo que se ha vivido “ en carne propia”, en “primera persona”. El sujeto, el yo, se expone, y narra su relación con el mundo, su ser en el mundo que ha estudiado “desde dentro”.
Es cierto que la distancia permite paradójicamente un mayor acercamiento a un problema, pero las vivencias, necesariamente subjetivas, dan cuenta de lo que algo es -para una persona, y esta voz no puede ser desestimada si refleja lo que uno vivió y consiguió entender y exponer.
Una “experiencia exclusiva” es una reiteración. Toda experiencia es exclusiva, porque implica un contexto íntimo con un tema o una situación, un contacto inevitablemente personal, intransferible, aunque se pueda contar. El cuento, sin embargo, traduce pero no sustituye a la experiencia. Queda la duda de si esta es necesaria, si un cuento evocador no recrea una realidad paralela a la que se accede mediante la interpretación del cuento, una realidad más enriquecedora que la propia realidad profana.
Los premios hoy tienen que ser exclusivos. El placer que proporcionan depende de ls exclusividad. Es decir se aprecia la singularidad del bien, pero también se disfruta no solo de éste sino del hecho que otros no lo disfrutan. Se disfruta de la falta del disfrute ajeno. Se disfruta de un mal, de una carencia ajena. Lo exclusivo no se comparte. Es un bien que se posee egoístamente. Su gracia viene de la desgracia de los demás. Se levantan barreras y se dispone el bien fuera del alcance del resto de la comunidad. Se impide su contacto. Se le roba para que nadie más lo perciba y lo conozca. Lo exclusivo da lugar a un placer solitario. Un placer triste, en suma, porque, debido a la falta de “experiencia” ajena, no se puede comentar lo bien que se está cuando se está en contacto con el bien.
Lo exclusivo acalla. No da pie a narración alguna. El silencio se extiende. Y la falta de diálogo suscita suspicacias, recelos, envidias y confrontaciones. El silencio solo se ve perturbado por el rumor y la maleficencia. Y estalla entonces la violencia. Lo que no se comparte es deseado de todas todas. Y si no se consigue, se destruye. La exclusividad es el fin de la civilización que se basa necesariamente en acuerdos, renuncias y colaboraciones, en la aceptación y defensa el bien común.
La exclusividad que hoy tengo se promociona es inhumana, y causa rechazo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario