La Universidad Politécnica de Cataluña no renueva el contrato a unos doscientos cincuenta profesores y echa a unos ochenta trabajadores que no son enseñantes. La deuda de la universidad es inasumible.
El escándalo es mayúsculo. Pero, ¿qué se puede hacer?
¡No se van a dejar sin tarjeta de crédito a los cargos medios y de confianza de la universidad, o limitar su uso!
Si, es un suponer, un alto cargo necesita contratar a unas meretrices, ¡no va a pagar el servicio de su bolsillo!. Además, ¿dónde se ha visto que viajes de vacaciones a Egipto por navidad -¿cuándo, sino? fuera de este período, hay riesgo de achicharramiento-, fines de semana en hoteles de lujo, almuerzos en restaurantes con estrellas también en fines de semana -lo que demuestra el grado de compromiso de esas personas con la universidad: trabajan incluso en días no laborables-, peajes de autopista durante, como no, fines de semana, etc., se tengan que abonar con el sueldo misérrimo que dichos cargos reciben?
¿No queremos que la universidad se abra a la sociedad? Toda apertura tiene un precio, escaso en este caso: unos ochocientos mil euros anuales a siete personas ajenas a la Universidad, miembros de la "sociedad civil", para promover los valores universitarios: si es que sale casi regalado.
¿Los profesores asociados cobran quinientos euros brutos? El personal administrativo va a la calle? ¿La universidad tiene una deuda de ciento once millones de euros? Es que todo no se puede tener.
Nos quejamos de vicio.
Y no protestemos, que se trata de una universidad pública.
Véase el delicioso informe en: http://www.upic.cat/?p=2428
martes, 11 de junio de 2013
lunes, 10 de junio de 2013
La ciudad y los rechazados (en la Grecia antigua)
Deficientes y mendigos, arte helenístico y romano, Museo de Kassel (Alemania)
Prostituta anciana, arte griego, Museo Británico, Londres
Fotos: Tocho, 2013
La ciudad siempre se definió en relación a unos rechazados
llamados los “pharmakoi” o chivos expiatorios, unos verdaderos apestados (como
Edipo, el rey de Tebas, por ejemplo) a quienes se culpaba, justamente o no, de males
físicos y morales desconocidos que se abatían sobre una ciudad. Solían ser
criminales, extraños, y quienes no creían en las bondades de la vida urbana. Una
vez descubiertos, se les culpaba, se les condenaba al destierro para siempre y se
les expulsaba, a fin de que cargaran sobre sus espaldas con el mal, y lo
extrajeran de la comunidad. No podrían asentarse y reposar nunca en ningún pueblo
ni en ciudad alguna. La selva era el único espacio que les aguardaba.
Del mismo modo, Platón –cuando el esplendor de Atenas era ya
solo un recuerdo- consideraba que los artistas (actores, poetas, bailarines) no
tenían cabida en la ciudad, porque sus acciones, a las que se acudía en masa, distraían
y hacían soñar en realidades y valores distintos de los urbanos, ajenos a
éstos, y tenían que sufrir la misma inmisericorde condena que los causantes de graves
desórdenes públicos.
Sin embargo, personas como extranjeros y antiguos esclavos,
ambos asentados en Grecia, y miembros de sectas religiosas, fueron aceptados
como ciudadanos con plenos derechos en la ciudad griega del siglo VI aC, a fin
de poner coto, quizá, a los aristócratas –ya que el número de miembros de las
clases populares aumentó-, pero la ciudadanía, que permitía participar
activamente en la vida pública de la ciudad y en la toma de decisiones
concernientes el buen gobierno, no fue nunca otorgada a tres tipos de excluidos
sociales: mujeres, niños y esclavos no liberados –amén de los extranjeros de
paso.
Su exclusión se evidenciaba por su reclusión. No tenían
cabida en el ágora. Las mujeres, incluso casadas, vivían en el gineceo –el
espacio doméstico más alejado de la entrada de la vivienda-, en compañía de los
hijos, antes de que cumplieran siete años, dedicadas a tareas textiles y
domésticas. El huso y el espejo eran su símbolo. Representaban su quehacer pero
también el que no estuvieran autorizadas a mirar a la cara a nadie más que a sí
mismas. El espejo –un útil propiamente femenino y de los afeminados- evocaba
bien el espacio cerrado –frente a la apertura física y de ideas que el ágora
traía y ejemplificaba- en el que los no-ciudadanos se hallaban permanentemente.
Solo una vez las mujeres pudieron reunirse en el ágora. Esto
no ocurrió en la realidad, sino en la comedia La asamblea de las mujeres de Aristófanes, en la que éstas
decidieron suplantar a los hombres debido al permanente estado de guerra en el
que se había hundido la ciudad. No queda claro si el comediógrafo quiso
burlarse de una situación considerada absurda o imposible, denunciar el mal
gobierno de los ciudadanos que había obligado a que cayera en manos de las
mujeres –incapaces de tomar decisiones juiciosas, pese a la igualdad que
reivindicaban-, o si defendió un nuevo y necesario papel de las mujeres en el gobierno de la ciudad.
El imaginario griego
era, sin embargo, más rico y complejo de lo que se desprende de esas notas.
Así, por un lado las divinidades protectoras de la ciudad eran diosas (incluso
Atenas “pertenecía” a la diosa Atenea, representada como una figura guerrera),
así como las que mediaban con el mundo indómito (como Ártemis), cuando, en
verdad, éstas, como Hestia, hubieran tenido que velar, sin salir nunca al
exterior, por los espacios recoletos o domésticos.
El “otro” incluía también a toda clase de deficientes
físicos y mentales. Se han encontrado numerosas estatuillas de terracota con
rasgos “anormales” o caricaturescos. No se sabe bien si retratan actores
enmascarados, deficiencias reales, expresan burla o, al menos desde una óptica
contemporánea, desprenden cierta conmiseración ante personas excluidas
(menesterosos, mutilados, enfermos, locos).
La ciudad no se concebía sin la existencia de excluidos: los
que rechazaban el orden urbano y los que la ciudad no aceptaba, porque eran
injustos o porque turbaban el orden con su presencia retuerta.
(Texto: Tocho, revisado por Gregorio Luri -www.elcafedeocata.blogspot.com)
viernes, 7 de junio de 2013
En construcción: oportunidad bancaria
Los Colegios de arquitectos en España se han levantado en armas para defender el derecho exclusivo de los arquitectos para construir.
Eso está muy bien. Así se asegura la calidad de la arquitectura, no fuera un ingeniero, o incluso un aparejador, a estropear la cuidad urbanización del territorio.
Suerte que el gremio dejó hacer cuando se llevaron a cabo estas coquetos conjuntos, no fuera que hubiéramos perdido una oportunidad.
Una de esas urbanizaciones se llama Churra (Murcia). Lo dicho.
Son proyectos muy prácticos. Haces uno, y multiplicas los honorarios por el número de viviendas idénticas.
Recuerdo a un amigo, arquitecto municipal, que tenía en el comedor un plano de una región española todo claveteado, como en un exorcismo, de alfileres coronados por bolitas de distintos colores: chalés privados en marcha. Había unos treinta y cinco. En un espacio reducido.
¡Al, los buenos tiempos!
El casco antigua de Barcelona (El Raval) en venta: ocasión, ocasión
Los inversores a quienes se ofrece tantas oportunidades pueden instalarse en cualquiera de las torres que se muestran en la fila superior:
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