martes, 19 de septiembre de 2017
MARIANNA BALDUCCI (1985): DOMINIC MILLER (1960) CATALAN (2012)
La Sagrada Familia (Barcelona), "de" Antonio Gaudí, sorprendentemente, aún puede inspirar hermosas versiones.
Sobre la ilustradora italiana Balducci, véase su página web. Para el músico argentino Miller, véase también su página web.
(Para E.R.)
lunes, 18 de septiembre de 2017
ANGUS (1986) & JULIA (1984) STONE: CHATEAU (CASTILLO, 2017) / GET HOME (REGRESA A CASA, 2014)
Angus and Julia Stone - Get home from Andres Orbezo on Vimeo.
Sobre este grupo australiano formado por dos hermanos, véase su página web
Labels:
Modern Art,
música y arquitectura
RENZO PIANO (1937): CENTRO BOTÍN (SANTANDER, 2017)
Fotos: Tocho, Dominique Léga & Dolors Magallón, Septiembre de 2017
Los innumerables ensayos hasta dar con el tono adecuado –un blanco
nacarado brillante- de los centenares de miles de piezas cerámicas circulares,
ligeramente abombadas, que recubren las fachadas y las cubiertas, los problemas
de sujeción de las mismas a las planchas metálicas curvas que conforman la
primera “piel” del edificio, los inesperados fallos de construcción causados
por la imprevisión –o una deficiente solución técnica- ante las dilataciones de
las planchas antes citadas una vez colocadas -lo que podía hacer saltar por los
aires el recubrimiento cerámico-, las relaciones entre los distintos estudios y
talleres implicados en la obra, la forma y el emplazamiento del edificio,
criticado por una parte de la ciudad, las gastadas metáforas sobre las nubes,
los reflejos y las naves que parecían justificar un caro capricho sin
justificación, y la decepción que la reciente nueva sede del Museo Whitney en
Nueva York, ha causado –un edificio aparatoso pero escasamente funcional-, del
mismo arquitecto, que parecía apuntar a su declive, hacían presagiar un centro
raro e inútil.
El resultado es deslumbrante.
El centro no solo acoge obras de arte, sino que las crea. La
naturaleza circundante –el mar, las mareas, las montañas y las escasas
construcciones a lo lejos, el cielo bajo- se convierte en paisaje gracias a los
encuadres que el edificio, elevado con respecto al suelo, y parcialmente
suspendido sobre las aguas, compone. La naturaleza se infiltra en los quiebros, los cortes del edificio, a través de los peldaños, los paneles de rejilla, los muros de vidrio.
Las pasarelas a distinta altura que avanzan sobre el mar,
los juegos de terrazas unidas por escaleras ligeras convierten el edificio en
un teatro que engendra su propio escenario: una naturaleza ordenada, compuesta,
fragmentada y articulada gracias a los vacíos que los volúmenes liberan y los
puntos de vista seleccionados que las pasarelas facilitan.
El edificio, sin embargo, no es solo un mirador, sino que
principalmente es un centro de exposiciones. Pero las salas, bien organizadas
también desembocan en amplios ventanales cuyas vistas luminosas no anulan las
obras expuestas sino que permiten juegos –sugerentes en ocasiones- entre
aquéllas y el paisaje encuadrado. Como ya lograra en la fundación Beyeler, el Centro Botín del mismo Piano permite establecer relaciones entre imágenes y motivos
–convertidos por la capacidad del edificio de ordenar y seleccionar la
naturaleza también en imágenes.
domingo, 17 de septiembre de 2017
Por haber nacido en otra parte (Goya, 1810-1811)
Un hombre huye -forzado-, dando la espalda, señalado por un gorro de locos. Se le intuye horrorizado, marcado por el dedo ajeno. Como si el réprobo de los demás lo forzara al exilio y la exclusión.
El nuevo Centro Botín de Santander expone una gran colección de dibujos de Francisco Goya, de principios del siglo XIX, de la colección del Museo del Prado de Madrid, después de que hubiera financiado su restauración.
Los títulos (palabras, frases hechas o populares, acertijos), a menudo escritos a lápiz por Goya, dan pistas sobre las escenas en ocasiones enigmáticas.
Dibujos de pequeño tamaño, procedentes de varios cuadernos, realizados con técnicas diversas -tintas, aguadas; manchas, finas ralladuras-, monocromos (negros, sepias) , con fuertes contrastes de luces y sombras, que sirvieron a menudo de bocetos para grabados.
Ilustran no sólo sobre la corrupción política, sino sobre la ceguera, la estupidez de los ciudadanos, aferrados a mitos inventados -o aferrados a ellos-, excluyendo a quienes no piensan como ellos, rechazándolos, desdeñosos, denigrantes, creyendo en falsedades comportándose como animales obtusos, siempre con la violencia a flor de piel, no siempre explícita pero siempre latente. Muestran la división, las falsas promesas, las historias fantásticas que llevan a engaño, la creencia en la superioridad de unos sobre otros, la manipulación religiosa y política, las mentiras intencionadas para obtener beneficios, y la beatería de quienes comulgan con ruedas de molino. El enfrentamiento intencionado.
Goya ilustraba sobre la sociedad española de principios del siglo XIX.
jueves, 14 de septiembre de 2017
Quehacer
Una obra de arte es, precisamente, una obra; un producto obrado u operado. El artista y el artesano obran para conformar un producto bien hecho.
La creación ¿es un hacer? Hacer, en griego, se decía poieo. La poiesis es, literalmente, el resultado de un hacer; es un hecho, o una obra. La poesía es una creación. Toda creación artística y arquitectónica, es tanto que es el resultado de un obrar, es una creación poética.
Pero la obra de arte no es un hacer, sino un quehacer.
Un hacer es un trabajo. Éste se lleva a cabo para subsistir: se trabaja para vivir o malvivir. De entrada, no se querría trabajar. Los mitos suelen presentar al trabajo como un castigo divino. El trabajo no redime sino que obliga. Se trata de una imposición externa. El trabajo es propio del hombre, pero señala su caída. Los dioses no trabajan.
Un quehacer, por el contrario, no es un trabajo forzado (por las circunstancias: la necesidad de un sueldo, el hambre, etc.). Se trata de una obligación, ciertamente, una obligación que nos damos. Nos obligamos a llevar a cabo una tarea, cuya gratificación no es un bien ajeno, sino la propia realización consecuente y a buen puerto del trabajo. Prestamos atención a una "voz interior", que nos dice que tenemos quehaceres, qué tenemos que hacer. El obrar persigue no solo o no tanto una obra hermosa, sino una buena obra. El quehacer es un acto ético. Tiene sentido. Cumplimos con nuestro deber. No debemos nada a nadie sino a nosotros mismos. Fijamos los objetivos, los fines; escogemos los materiales; decidimos las operaciones. Somos dueños de nosotros mismos. Somos libres cuando tenemos un quehacer. No tenemos la libertad para hacer cualquier cosa, sino lo que queremos llevar a cabo. El quehacer opera siguiendo unas pautas que nos damos, pautas que nos pautan, nos organizan, nos edifican. El quehacer es un hacer sin imposiciones. La necesidad es interior. El quehacer no persigue una obra sino el ir haciendo, un operar sin metas, sin "objetivos", sino que el objetivo perseguido es el propio quehacer.
No se trata, bien es cierto, de hacer por hacer; un hacer sin sentido, mecánico, casi espasmódico, como si no se pudiera estar quieto, sin control, sino un hacer porque se tiene que hacer, cuyo fin es el obrar mismo, plenamente consciente.
Y, por eso, porque no obedecemos a nadie más que a nosotros mismo, el quehacer nos hace humanos. El trabajo, el hacer puede degradar, rebajar; el quehacer eleva. Nos alza por encima de la animalidad -que asumimos y superamos. El quehacer da sentido a la vida: es una vida plena, que nos orienta. Nos libra de perdernos, de la perdición.
Pero la obra de arte no es un hacer, sino un quehacer.
Un hacer es un trabajo. Éste se lleva a cabo para subsistir: se trabaja para vivir o malvivir. De entrada, no se querría trabajar. Los mitos suelen presentar al trabajo como un castigo divino. El trabajo no redime sino que obliga. Se trata de una imposición externa. El trabajo es propio del hombre, pero señala su caída. Los dioses no trabajan.
Un quehacer, por el contrario, no es un trabajo forzado (por las circunstancias: la necesidad de un sueldo, el hambre, etc.). Se trata de una obligación, ciertamente, una obligación que nos damos. Nos obligamos a llevar a cabo una tarea, cuya gratificación no es un bien ajeno, sino la propia realización consecuente y a buen puerto del trabajo. Prestamos atención a una "voz interior", que nos dice que tenemos quehaceres, qué tenemos que hacer. El obrar persigue no solo o no tanto una obra hermosa, sino una buena obra. El quehacer es un acto ético. Tiene sentido. Cumplimos con nuestro deber. No debemos nada a nadie sino a nosotros mismos. Fijamos los objetivos, los fines; escogemos los materiales; decidimos las operaciones. Somos dueños de nosotros mismos. Somos libres cuando tenemos un quehacer. No tenemos la libertad para hacer cualquier cosa, sino lo que queremos llevar a cabo. El quehacer opera siguiendo unas pautas que nos damos, pautas que nos pautan, nos organizan, nos edifican. El quehacer es un hacer sin imposiciones. La necesidad es interior. El quehacer no persigue una obra sino el ir haciendo, un operar sin metas, sin "objetivos", sino que el objetivo perseguido es el propio quehacer.
No se trata, bien es cierto, de hacer por hacer; un hacer sin sentido, mecánico, casi espasmódico, como si no se pudiera estar quieto, sin control, sino un hacer porque se tiene que hacer, cuyo fin es el obrar mismo, plenamente consciente.
Y, por eso, porque no obedecemos a nadie más que a nosotros mismo, el quehacer nos hace humanos. El trabajo, el hacer puede degradar, rebajar; el quehacer eleva. Nos alza por encima de la animalidad -que asumimos y superamos. El quehacer da sentido a la vida: es una vida plena, que nos orienta. Nos libra de perdernos, de la perdición.
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