Pedro Nunes y Enric Fernandes: Curación milagrosa del rey de la Corona de Aragón, Martín I el Humano (en el centro, coronado) por San Severo, Retablo del hospital de Clergues de Sant Sever de Barcelona, 1541. Museo Diocesano, Barcelona
domingo, 8 de agosto de 2021
El retrato en el Renacimiento: Pedro Nunes, 1490-1554 & Enric Fernandes, Retablo del Hospital de Sant Sever, 1540, Museo Diocesano, Barcelona)
Pedro Nunes y Enric Fernandes: Curación milagrosa del rey de la Corona de Aragón, Martín I el Humano (en el centro, coronado) por San Severo, Retablo del hospital de Clergues de Sant Sever de Barcelona, 1541. Museo Diocesano, Barcelona
viernes, 6 de agosto de 2021
La imaginación
« On ne peut imaginer que ce qui est absent »
« No podemos imaginar más que lo que está ausente”
(Marcel Proust: Le temps retrouvé / El tíempo recobrado)
…lo que está ausente, o lo que “es” ausente, lo que no es, y sólo deviene gracias a la imagen plástica o poética, imaginativa, una imagen de lo imaginario, de lo que no es ni está.
La imaginación da fe de una ausencia; ni nada pasara, si todo estuviera al alcance de la mano, si no añoráramos lo que fue o deseáramos lo que no será, la imaginación no tendría sentido y el arte quedaría abolido.
ORSON WELLES (1915-1985): NELLA TERRA DI DON CHISCIOTTE, CAP. 9: ROMA E ORIENTE IN SPAGNA (1962)
jueves, 5 de agosto de 2021
El idiota y la ciudad
¿Qué o quién es un idiota?
No, no es un tonto, aunque sí un descerebrado. Y alguien que no tiene “vista”.
En efecto, en griego, idios significa “que pertenece a alguien o algo”. Idios es algo propio, particular, distinto, separado. No pertenece más que a una persona. No es algo que se comparta. No interviene en mediación, negociación alguna. Si se muestra, no se toca siquiera. En una pertenencia a la que no se deja a nadie acercar.
Idiotes, por tanto, es quien no se ocupa sino de sus posesiones. No se preocupa de los asuntos públicos. No mira alrededor suyo. Contrariamente a los ciudadanos que participan de la vida ciudadana y se dedican, por un tiempo, a los bienes públicos y la vida colectiva, el idiotes se desinteresa de lo que no es suyo. Al no vivir la vida de la ciudad para preservar sus riquezas, curiosamente se empobrece. De ahí que idiotes, en Platón , significara pobre de espíritu, ignorarte, vulgar incluso, por no querer saber nada de la colectividad. Para Jenofonte, un idiotes carecía de educación. Idiootikos es trivial, una visión simplista, limitada de la vida necesariamente rica y compleja que se da en la ciudad.
Así pues, la idiotez se opone a la urbanidad. Es cierto que idiotes también significa indígena, pero este término se refiere a quien está atado a la tierra y no participa de las relaciones sociales, no clánicas , de la ciudad.
En su origen, y hoy, salvo para Dostoïeski, un idiota no es un puro, un alma pura, cándida -aunque en tanto que desinteresado de lo público, y defensor a ultranza de lo privado, lo propio, lo personal, de sus creencias y de su modo de vida recluido, un idiotes puede ser un ermitaño, una persona retirada del mundo, incapaz de comprometerse, de venderse, como el protagonista de la novela de Dostoïeski-, sino alguien que se niega a colaborar para atender a las necesidades y responder a los anhelos colectivos.
Estatuas de culto en Mesopotamia
No solo los Padres de la Iglesia, sino también algunos autores paganos griegos se burlaron de -o incluso denunciaron a- los artesanos que fabricaban estatuas de culto -que debían ser adoradas como las propias divinidades. No solo destacaban irónicamente la vaciedad y mudez de las estatuas -las cuáles, en efecto, estaban huecas porque estaban fabricadas con una armadura de madera recubierta de placas de metal precioso o marfil, con incrustaciones de piedras preciosas o semi-preciosas, teniendo solo manos y rostro moldeados, como también hoy se construyen las imágenes de los pasos de Semana Santa: su cuerpo, literalmente, es un amasijo de vigas o tablas de madera, recubiertas con telas que simulan un cuerpo vestido-, sino que además insistían en la imposibilidad que una mano humana pudiera alumbrar a una efigie divina, a una divinidad incluso.
Del mismo modo que hoy, en el catolicismo, las estatuas a las que se rinden culto, son figuras huecas, que mágicamente parecen vivas, mientras que las figuras devocionales suelen ser masivas -talladas en madera o moldeadas en terracota o fundidas, a veces, en metal-, las estatuas de culto en la antigüedad pagana estaban tan solo recubiertas con láminas moldeadas, mientras que las figuras votivas, que no eran dioses pero que se ofrendaban a éstos, eran objetos masivos, fácilmente transportables.
Este "problema" fue resuelto en el Cristianismo gracias a la consideración de las imágenes como mediadoras entre el hombre y la divinidad, siendo las imágenes entidades materiales que servían de acicate o de recordatorio pata invitar al fiel a recogerse y entablar una relación íntima, interior con la divinidad invisible.
Mas, en la antigüedad pagana, la incapacidad "ontológica" o esencial de un mortal (un hacedor) de alumbrar a un inmortal se resolvió de manera muy distinta -un modo que también ronda las imágenes cristianas: dicha incapacidad no era tal, porque el escultor no pretendía transfigurar una estatua divina en una divinidad, como por arte de magia, sino que la estatua era divina de por sí, antes de cualquier acción humana.
¿Cómo era posible?
Los escultores o tallistas trabajaban solo con determinadas maderas. No todas eran válidas. Y no lo eran porque eran los dioses los que convertían a ciertas maderas en sustancias divinas. En efecto, ciertos árboles, llamados árboles cósmicos, que, imaginariamente al menos, destacaban por su frondosidad y su altura que era tal que el árbol parecía tener raíces tan extensas y profundas que se adentraban, se diría, hasta el inframundo, y tocar el cielo, por encima de las nubes, con la copa, estando así, a la vez, en el mundo de los muertos, los mortales y los inmortales-, ciertos árboles, decíamos, eran seres divinos; eran incluso dioses.
Su "carne", por tanto, se trasfería a la estatua. Ésta era "sustancialmente" divina. Lo único que hacía el tallista era acotar la divinidad de la materia a una forma dada, sin que ninguna operación mágica transmutara la madera en carne divina y la estatua en una divinidad. Ya de antemano, el árbol era una divinidad que tan solo cambiaba de forma o de aspecto, como si se revistiera con otro ropaje, gracias al trabajo del tallista.
Las estatuas de culto moldeadas en terracota no gozaban de un material divino en origen. Esto no es óbice para que la materia -el barro- no pudiera transubstanciarse, esto es, cambiar de naturaleza sin modificar su apariencia, siendo un ente distinto sin que esta diferencia sustancial sea perceptible. En efecto, el ceramista llevaba a cabo un ritual, una "bendición" con las motas de barro que iba a utilizar. Gracias a los gestos y las palabras aceptadas por las divinidades, el barro se convertía en carne divina, que podía entonces ser moldeada, sin que la forma adoptada o inscrita afectara "sustancialmente" a la materia, al barro. La forma o apariencia era mudable, la materia era perdurable. La figura de terracota resultante, al igual que una estatua de culto hecha de madera y metales, ya era una divinidad, o parte de una divinidad, desde el origen mismo de la acción "artística". El barro utilizado ya no era barro, aunque lo parecía: era una sustancia, viva, inmortal, a partir de la cual se podía convertir en una divinidad o, mejor dicho, la divinidad del barro, sus propiedades divinas -que se manifestaban a través del brillo del barro húmedo, así de su lisura-, no quedaba afectada por -sino que aceptaba- cambiar de forma para mostrarse ante quienes, muy pocos, estaban autorizados a contemplar la estatua, es decir, la propia divinidad, sin quedar cegados por su magnificencia.
FRANCIS SCOTT FITZGERALD (1896-1940): BABYLON REVISITED (REGRESO A BABILONIA, 1930)
Original en inglés y traducción al castellano.
Babilonia sigue viva....
ORIGINAL EN INGLÉS
"And where's Mr. Campbell?"
Charlie asked.
"Gone to Switzerland. Mr. Campbell's a pretty sick man, Mr.
Wales."
"I'm sorry to hear that. And George Hardt?" Charlie inquired.
"Back in America, gone to work."
"And where is the Snow Bird?"
"He was in here last week. Anyway, his friend, Mr. Schaeffer, is in
Paris."
Two familiar names from the long list of a year and a half ago. Charlie
scribbled an address in his notebook and tore out the page.
"If you see Mr. Schaeffer, give him this," he said. "It's
my brother-in-law's address. I haven't settled on a hotel yet."
He was not really disappointed to find Paris was so empty. But the
stillness in the Ritz bar was strange and portentous. It was not an American
bar any more--he felt polite in it, and not as if he owned it. It had gone back
into France. He felt the stillness from the moment he got out of the taxi and
saw the doorman, usually in a frenzy of activity at this hour, gossiping with
a chasseur by the servants' entrance.
Passing through the corridor, he heard only a single, bored voice in the once-clamorous women's room. When he turned into the bar he travelled the twenty feet of green carpet with his eyes fixed straight ahead by old habit; and then, with his foot firmly on the rail, he turned and surveyed the room, encountering only a single pair of eyes that fluttered up from a newspaper in the corner. Charlie asked for the head barman, Paul, who in the latter days of the bull market had come to work in his own custom-built car--disembarking, however, with due nicety at the nearest corner. But Paul was at his country house today and Alix giving him information.
miércoles, 4 de agosto de 2021
El genio (la obra y el autor)
Hasta el siglo VI aC, en la Grecia antigua, ningún poeta se hubiera atrevido a considerarse un creador; seguramente, ni siquiera podían imaginarse que eran los autores de un poema. Tanto Homero como Hesíodo, para poder iniciar una composición, invocaban a las Musas. Estas diosas, hijas de Mnemosyne, la diosa de la Memoria, era quienes dictaban a los poetas lo que tenían qué contar y cómo tenían que narrar. El poeta era un transmisor de lo que se le dictaba, y actuaba de portavoz humano de las diosas. En ningún caso, se atribuía la responsabilidad de lo enunciado.
Homero y Hesíodo son los únicos poetas cuyas poesías se han conservado íntegramente, al menos un cierto número de aquéllas. Hayan existido o no -su existencia sigue suscitando debates-, estos poetas nunca escribieron -e insiste en el verbo escribir- los textos que se les atribuyen. Se trataba de versiones o interpretaciones de mitos, engarzados de tal manera que componían un relato articulado y bien compuesto. Las historias no habían sido imaginadas por ellos, sino tomadas de un conjunto de relatos del pasado transmitidos oralmente, y las mismas obras de Homero y Hesíodo fueron composiciones orales a partir de historias ya existentes. Dichas interpretaciones no eran creaciones personales sino que eran consideradas por los oyentes y los poetas como enunciados divinos verbalizados por vates humanos. Es posible incluso que Homero hubiera sido un miembro de una corte a la que contaba lo que ésta quería oír, historias de un pasado memorable, legendario.
Sin embargo, este consideración del poeta y de su obra cambió en la Edad arcaica griega. Así como en épocas precedentes, se creía que el talento, la personalidad, las habilidades compositivas del poeta en nada incidían en la composición del poema, cuya responsabilidad recaía enteramente en poderes sobrenaturales, en las ciudades, lejos del tiempo de las cortes reales, la poesía empezó a ser considerada como una creación humana, para la cual, en este caso, el saber y el talento eran imprescindibles, so pena de dar a luz a una composición olvidable o risible.
Fue la primera vez que, en Grecia, el ser humano empezó a sentirse como un autor a parte entera. Era el responsable de lo que ya no solo contaba sino que escribía. Fue también en esta época, hacia el siglo VI aC, cuando las obras de Homero y Hesíodo, hasta entonces transmitidas oralmente, fueron fijadas por escrito, dando lugar a una versión canónica, que debía respetarse al pie de la letra. Las interpretaciones libres de los poetas y los rapsodas, que atendían a los deseos de los oyentes, dejaron de ser de recibo. El texto se volvió canónico, y las versiones que se alejaban de él, inadmisibles. En tanto que creaciones humanas, los poemas se convirtieron en obras que se transmitían previo pago. El poema estaba a la venta. Solo se conocía tras una transacción comercial debidamente satisfecha -que aún impera hoy.
Mas, ¿qué ocurría con las Musas? ¿Se dejó de creer en ellas o, cuanto menos, en su capacidad creativa?
Entre la autoría divina, en la que el poeta o el rapsoda no intervenía, y la autoría humana que permitía que el poeta se sintiera plenamente responsable de lo que escribía -y podía, por tanto, ser alabado o penalizado en función de lo que narraba-, fue Aristóteles, en el siglo IV aC, que halló una mediación.
Platón se burlaba de la ignorancia o del cinismo de los poetas que afirmaban que no responsables de lo que componían, sino que las Musas eran quienes les obligaban a escribir ciertas cosas, como si los poetas fueran unos irresponsables.
Aristóteles, en cambio, reconocía que la idea de un poema era sobrenatural. Las Musas inspiraban en el poeta el deseo de componer. Mas era éste quien ponía voz a estas imágenes mentales. Sin su intervención, las imágenes comunicadas por las Musas enmudecían. No llegaban a los oídos o los ojos de los oyentes y los lectores. Se requería el esfuerzo, la dedicación y el buen hacer del poeta para para dar cuerpo, para verbalizar y poner por escrito, para comunicar las calladas sugerencias divinas.
La capacidad de versificación se adquiría. Exigía adiestramiento. Se trataba de una técnica que con esfuerzo y constancia estaba al alcance de cualquiera, si bien existían personas más entregadas o esforzadas. La inspiración divina, por el contrario, necesitaba de unas aptitudes innatas, que no requerían cultivarse.
El don resultaba de la presencia destacada de uno de los cuatro humores cuya mezcla constituía la naturaleza humana. Este humor, el humor melancólico o la Melancolía, predisponía a la tristeza, pero también a la salida de uno mismo, a la evasión, al contacto con lo que se hallaba más allá de las limitaciones humanas. Un planeta, lento, pesado, Saturno, influía en el ánimo, y permitía que el poeta se ensimismara y estuviera predispuesto a cerrar los ojos a la realidad terrenal para abrir los ojos del alma a influjos sobrenaturales.
Las Musas, por tanto, se dirigían a quienes estaban capacitados para escucharlas, a quienes hacían oídos sordos a la palabrería habitual, a la cháchara humana. Los consejos, las visiones, los secretos, las revelaciones comunicadas por las Musas a las almas sensibles necesitaban entonces de una mana diestra, adiestrada para verter en las palabras adecuadas, acompasadas, los fulgores de la intuición o de la inspiración sobrenatural.
El dilema entre la autoría divina y la humana se resolvió, de modo sorprendente dos mil años más tarde. Un teólogo italiano barroco (condenado a la hoguera por su exaltación de la capacidad humana por transcender sus límites, lo que igualaba a los hombres con los dioses), Giordano Bruno, enunció que solo las obras divinamente inspiradas tenían sentido y razón de ser. Las que, por el contrario, resultaban del esfuerzo humano tenían interés pero no eran ejemplares. Sin embargo, la inspiración de los poetas ya no provenía de lo más alto, sino de lo más recóndito: del alma humana, de la morada interior, en palabras de Teresa de Jesús. Mas no todas las almas eran capaces de generar ideas brillantes. Solo las almas de las personas predestinadas cumplían esta función.
Una facultad anímica, el genio -que solo los melancólicos poseían-, producía iluminaciones que deslumbraban. El genio era innato. Y no se cultivaba. Se trataba de un faro que permitía al poeta, y al artista en general, ver mucho más lejos que el común de los mortales, y tener intuiciones de lo que vendría. Pero, a diferencia de lo que Aristóteles sostuvo, el genio no requería la colaboración de una mano diestra. No necesitaba del esfuerzo por aclarar una intuición y plasmarla en un papel. La intuición, cazada al vuelo, ya era un poema. Su enunciación podía ser confusa, y escasamente desarrollada; irregular, imprecisa, incompleta, desequilibrada, pero luminosa y sorprendente.
Una mano humana que hubiera querido limar asperezas, interviniendo en la composición de los versos, hubiera echado a perder la singularidad de la obra, homogeneizada, reducida a patrones conocidos y previsibles. Como creían Homero y Hesíodo, los poemas solo podían ser obras sobrenaturales, pues su carácter celestial ya no venía del cielo sino del alma, el alma de un creador que le impelía a componer como las Musas, unas obras que no parecían obras de este mundo, y que causaban admiración y estupefacción porque no respondía a nada conocido.
Con la aparición de la noción de genio -una noción moderna, trabajada a partir de nociones de la antigüedad-, el poeta se equiparaba con la divinidad, y sus obras resplandecientes, enigmáticas, incomprendidas incluso, respondían por él. El esfuerzo daba frutos muy pobres. Pero era lo único que tenían los que carecían de genio, que, por el contrario, permitía que los "genios" compusieran como quien respira, obras que parecían surgir de la nada, como si fueran regalos del alma.
Esta concepción de la autoría ha llevado a muchos excesos. Genios han habido y hay muy pocos. Endiosados, muchos.









