jueves, 24 de agosto de 2023

GEORGES BRAQUE (1882-1963): HESÍODO, TEOGONIA (1932-1955)





























El arte moderno occidental y la Grecia arcaica se han llevado bien. Las ilustraciones de textos clásicos, durante la vuelta al orden de los años treinta, con grabados, en ediciones limitadas, se multiplicaron.

No se han expuesto nunca juntos los veinte grabados, dieciocho en blanco y negro y dos en color, que el artista francés Georges Braque realizó para ilustrar la Teogonía de Hesiodo (un texto con el que Braque estaba familiarizado), entre 1932 y 1935, si bien la impresión de las imágenes no se completó hasta 1955 debido al fallecimiento del grabador. 
Los grabados, algunos de los cuales no fueron finalmente incluidos en la edición, fueron realizados con una línea continua siguiendo una técnica que practicaron artistas surrealistas, lo que impedía los retoques y permitía dibujar siguiendo el ritmo de la inspiración, o de los movimientos libres, “inconscientes “ de la mano.

Un pequeño museo local en el sur de Francia expone la serie completa de los grabados en una muestra sobre la obra grabada de Braque.


 

martes, 22 de agosto de 2023

El teatro en la antigüedad

 Las obras de teatro se estructuran mediante actos (entre tres y cinco),  y éstos mediante escenas. Esta organización o división del texto, en los libretos, existe, supuestamente, desde los orígenes mismos del teatro en la Grecia antigua. Los libretos, por otra parte, no contienen sólo el texto que se interpreta, sino que también se añaden los nombres de los personajes, que preceden los que éstos enuncian, y se incorporan didascalias, es decir acotaciones o anotaciones sobre los movimientos -entradas, salidas, pero también gestos, tonos de voz, etc.- de los personajes, a fin de facilitar la comprensión o visualización de la obra por parte del lector y del intérprete, cuando se lee o se representa. 

Sin embargo, todo este complejo y tabulado sistema compositivo es una invención renacentista. Las obras griegas y romanas carecían de  esta partición así como de las llamadas didascalias. Tampoco se incluían referencias escenográficas sobre los lugares donde acontecía la acción. De hecho, las representaciones en la antigüedad carecían de decorados. El escenario estaba desnudo y eran los intérpretes los que aportaban dichas precisiones espaciales, casi siempre en un monólogo inicial en la primera “escena”.

La palabra escena se ha escrito entre comillas porque no existían escenas ni actos. Esta organización del texto, como ya hemos indicado, es moderna, fruto de la preparación de los libretos que se imprimían. La imprenta exigió estas acotaciones dado que el texto se  publicaba para ser leído.

Esto no significa que el texto de la obra de teatro fuera continuo, libre de particiones. Éstas existían, pero respondían a criterios muy distintos a los que imperan desde el Renacimiento. Las escenas se componen a partir de las entradas y salidas de los personajes principales, y los actos vienen determinados por las salidas de todos los personajes, quedando el escenario vacío. Por el contrario, en Grecia y Roma, donde el teatro era cantado parcialmente - se asemejaba más al teatro musical o a la ópera (un género artístico aparecido en el siglo XVII, que pretendía recuperar el espíritu del teatro clásico)-, el texto se componía de partes en prosa y partes en verso, y éstas eran cantadas. Es así cómo se estructuraba el texto de una obra. Ésta, que, recordemos, no estaba pensada o compuesta para ser leída, no incluía el nombre de los personajes, e incluía tantas partes distintas cuantas partes cantadas tanto por el coro como por los protagonistas.

Esta división tan distinta de que que se maneja desde el Renacimiento ha implicado la reescritura de las obras y, en ocasiones, en la eliminación, al menos parcial, de la participación del coro, que hoy tiene un papel secundario en el texto, y que no se representa en el escenario. Por otra parte, el canto era lo que pautaba el texto, partes que hoy ya no se cantan. 

Las obras de teatro antiguas formaban parte de ceremonias religiosas o sagradas, en honor del dios Dionisios. No eran espectáculos, sino obras “sacras”, como los autosacraméntales medievales y barrocos, y, por tanto, nuestra percepción y valoración de una obra clásica es muy distinta de la que se tenia antiguamente. De hecho, nunca sabremos a fe cierta, cómo se interpretaban ni cómo se juzgaban. La recreación renacentista del mundo clásico, en verdad, supuso el cierre de dicho mundo y la apertura de otro nuevo, en el que aún nos encontramos, que paradójicamente quería revitalizar un mundo antiguo cuando lo cierto es que le puso un cierre. Sin éste, involuntario, sin duda, el mundo moderno no habría despuntado, un mundo para el que la antigüedad pasaba a ser un universo  ya sin capacidad de incidencia en el presente, relegado al pasado, que se podría así estudiar, como quien disecciona un cuerpo muerto.

lunes, 21 de agosto de 2023

NEO RAUCH (1960): EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE MONSTRUOS (O LA TRASTIENDA ARQUITECTÓNICA, 2023)








































 

Los cuadros suelen ser de gran tamaño. La pintura, al óleo, impecablemente ejecutada. De lejos, si no fuera por la estridencia de algún color (verde chillón), el tono pardo de los cuadros los acerca a la pintura barroca o quizá mejor manierista. Referencias evidentes a la iconografía cristiana refuerzan este acercamiento a ls pintura de altar. La inclusión de monstruos demoniacos no desentona con una posible referencia a las tentaciones de Cristo o de algún santo. El titulo de la exposición, en el centro de arte contemporáneo de Montpellier (Francia) , MO. CO, muy bien montada,  que remite al célebre grabado de Goya, es adecuado: los monstruos proliferan en los cuadros, entre figuras que parecen dormitar o estar ensimismadas.
La interpretación de la escena es desconcertante. Los distintos elementos, reconocibles por separado, parecen no encajar. Los títulos de las obras no ayudan a su "lectura", salvo en contadas ocasiones en qur se revelan cono claves prometedoras. 
 Pero la comprensión de la pintura manierista, para quien no esté familiarizado con los misterios de la teología, tampoco es evidente. Sin embargo, la rareza de los temas de la pintura y los dibujos del artista alemán, originario de la antigua República Democrática, Neo Rauch, parecen tan forzados como los de  pintores como Arroyo, Polke o Monory, artistas de la Nueva Figuración. Causan más extrañeza o, mejor dicho, cierto cansancio, como un trabalenguas inescrutable, que las obras surrealistas - aunque el desconcierto de muchos cuadros de Magritte también parece excesivamente buscado. Se diría que la complejidad de la imagen no resulta del tema tratado, como si fuera un misterio trinitario, sino de la manera de tratarlo, recordando el conceptismo gorgorino, buscando siempre el desconcierto, juntando de manera abrupta motivos discordantes, queriendo dar la impresión de hondura, cuando solo se produce una imagen caprichosa o gratuita, en la que la único que parece tener sentido son los tan visibles elementos arquitectónicos que reflejan la oposición o contraste entre el mundo rural añejo, y el industrial -una industria pesada. Las referencias a un pasado pre-industrial, sumadas al tono pardo de las composiciones y a figuras sacadas de cuadros decimonónicos acaba por asemejarse a un recurso reiterado y artificioso -que no aparece en las primeras grandes composiciones de Rauch, libres de afectación, intrigantes, pero sin rebuscada oscuridad temática, como revelan tos textos de las cartelas, incapaces de ofrecer cierto esclarecimiento, y revelando impotencia ante las “oscuridades”.
Quizá sea ésta, la oposición entre ruralidad e industrialización, más que entre vigilia y sueño, una clave para apreciar estos sombríos cuadros..