viernes, 12 de septiembre de 2025

DO HO SUH (1962): LA CASA NOS HABITA








 “La casa nos habita” escribió el filósofo francés Gaston Bachelard, a principios de los años sesenta, invirtiendo la frase. La casa no nos envuelve, no nos pesa. No cargamos con ella, como una cáscara vacía. Pero la casa va con nosotros, pese -o porque- a que parece un emblema de inmovilidad. Y, como un órgano interno, determina quiénes somos y lo que emprendemos. La casa nos guía. Es la casa la que nos anima a salir de ella, porque, en el “fondo” sabemos que está íntimamente unida a nosotros.

El artista coreano Do Ho Suh ha construido toda su obra escultórica y dibujada a partir del anhelo de la casa ideal, siempre un sueño íntimo. Una casa que no se busca ni se persigue en el exterior, sino que solo se alcanza introspectivamente. Un refugio al que se accede cerrando los ojos. Una casa que se construye a medida de nuestra vida, nuestras acciones y nuestros desplazamientos; nunca concluida, y, sin embargo, siempre perenne. La casa es lo único estable, lo que nos ancla en el mundo, sea una realidad o un anhelo. 

Del mismo modo que Proust quien descubrió que su obra estaba en él, aunque no la hubiera aún escrito, Do Ho Suh sabe que para construir hay que ensimismarse hasta hallar, entera, completada pero abierta, la casa en la que habitamos en sueños, que puebla nuestros sueños.


Una exposición actual en Londres debería ser el punto de partida de cualquier curso de arquitectura, o quizá deba clausurarlo, ya que solo apreciamos lo que tenemos después del viaje de una vida a la búsqueda de lo que, sin saberlo, tenemos en nosotros.

https://www.tate.org.uk/whats-on/tate-modern/the-genesis-exhibition-do-ho-suh


miércoles, 10 de septiembre de 2025

Hogar maldito




 
Fotos: Tocho, téseras de maldición, Roma, Museo Arqueológico Nacional, Madrid 

Si creyéramos en la magia, cometeríamos menos atropellos y actos de violencia.

El repudio, la maldición, la proscripción, el rechazo, en Roma -y en Grecia- se llevaban a cabo mediante conjuros.

Se inscribía una maldición en una lámina de plomo que, a escondidas, y bien escondida, se clavaba en una casa denostada -de una familia a la que se le deseaba el mal-, particularmente en un espacio subterráneo, si no se lograba alcanzar los cimientos. 

Dichas láminas se denominaban tabellae defixionum.

Defixio, en latín, significa necromancia. El cumplimiento del mandato -de la maldición- incumbía a los dioses infernales a los que se conjuraba. 

El verbo latino defigo se traduce por hincar un clavo. Figo, entre otros significados, incluye el crucificar.

La maldición era una invocación a la tortura. Los miembros de uns casa quedarían inmovilizados, como si un objeto punzante los clavara. La inmovilidad evoca la rigidez de la muerte. El maldito queda encerrado en sí mismo. Ya no puede abrirse a los demás, acoger con los brazos abiertos. La casa deviene su tumba. 

Aún hoy, una de las penas impuestas a los condenados en el encierro en casa, la prohibición de salir. El hogar se vuelve siniestro. Las paredes ya no protegen, sino que encierran, ahogan. La víctima se petrifica. Su mundo se estrecha hasta encerrarlo y ahogarlo. No puede respirar -el aire exterior. La falta el aire. No puede vivir bajo la luz. Su mundo se ensombrece. Pierde el contacto con los demás. Los ligamentos que lo unían a la colectividad se rompen. Deviene un muerto en vida, una sombra de lo que fue.

Los conjuros eran eficaces porque permitían liberar el odio sin acometer una acción violenta física. La palabra escrita tenía la misión de llevar a cabo lo que no se cometería con las propias manos. Ya el ritual liberaba del deseo del mal.

Volvamos a creer en el poder de las palabras -y no de los hechos 







martes, 9 de septiembre de 2025

A poco del inicio de las clases

 El curso académico esta a punto de empezar. La semana que viene, las aulas estarán llenas. O no. Frente a los tres mil quinientos estudiantes de arquitectura, solo en una de las dos escuelas públicas del área de Barcelona, alguna carrera impartirá clase a uno o dos estudiantes.

¿Es deseable que los estudiantes puedan escoger unos estudios que probablemente no les permitirán ejercer lo que habrán aprendido, o qué universidades públicas imparten clases particulares? El dinero público ¿se puede dedicar a formar técnicos que no hallaran trabajo?

La pregunta o la duda responde a una determinada concepción de la universidad . Un centro donde se forman unos profesionales que quizá no sean necesarios. 

Pero la función de la universidad no es tanto enseñar a hacer, sino enseñar a pensar o, mejor dicho, enseñar que cabe pensar para obrar, pensar si cabe obrar.

 En este caso, el número de estudiantes siempre será insuficiente.

 Pensar, es decir, hacerse preguntas y tratar de hallar respuestas sobre lo que cabría hacer, como hacer, y qué consecuencias acarrea nuestro hacer, sea una obra o un experimento, no es irrelevante ni un lujo, sino una necesidad. 

Cabría plantearse si la universidad cumple esta función o si prefiere, quizá porque es lo que se le impone, adoctrinar técnicos, enseñándoles a hacer pero no a a preguntarse sobre lo que hacen, la función, la necesidad, los fines y la repercusión de lo que van a hacer. Pensar puede ser  -seguramente, deba ser- perturbador .  

La universidad es una escuela de pensamiento. Y es cierto que deberían tener las puertas abiertas quienes prefieren dudar a operar  (a ciegas o confiadamente). La ética y la estética, y no solo la técnica, deberían ser los los fundamentos de los estudios que acoge y promueve la universidad. 

Muy lejos de lo que enseñamos.

domingo, 7 de septiembre de 2025

LOUIS STETTNER (1922-2016): LA CIUDAD EN BLANCO Y NEGRO














































 

La fotografía urbano en blanco negro no solo constituye un género artístico en sí misma, sino que las ciudades fotografiadas no lo están en blanco y negro, sino que son blancas y negras. 
Son ciudades que solo se encuentran en un tipo de fotografía, como la danza de los átomos solo se halla en el microscopio y en fotografías que una cámara común no puede captar o crear.
Existen ciudades terrestres, celestiales, infernales, imaginarias, soñadas, irreales, del pasado y del futuro, invisibles a ojos humanos; ciudades en ruinas, y abandonadas. Ciudades literarias, prosaicas, industriales, sagradas. Existen, por fin, ciudades en blanco y negro, extendidas en la superficie brillante del papel fotográfico, o de una pantalla. Ciudades quietas, cercanas, aunque no idénticas, a las ciudades de las películas de serie negra de los años cuarenta.

Son ciudades nocturnas o que se muestran como si la noche las envolviera. Son las mismas calles que Brassaï, amigo suyo, compuso. Escasos son los viandantes. Se perfilan casi siempre de espaldas, encorvados, las manos en los bolsillos, en medio de un aire que se intuye invernal, negras siluetas solitarias y apresuradas, empequeñecidas por los rascacielos, peligrosamente inclinados, como gigantes asomándose sobre un encogido mortal, que los envuelven. 
La multitud es invisible; pero no es inexistente. Pero vive en las profundidades, en los veloces vagones de metro, vista y no vista, que el poeta Ezra Pound o Louis Stettner retrataron, una y otra vez, en el caso del fotógrafo. Tan solo haces y puntos de luz, difuminados, al mismo tiempo que cegadores, abriendo un espacio en blanco en el espacio de la ciudad, constituyen señales que indican que la ciudad no está muerta. 
Uno de los mejores “arquitectos” de este tipo de ciudades fue el fotógrafo norteamericano, formado en París, Louis Stettnet. No tuvo la suerte de otros fotógrafos urbanos. Apenas logró exponer en París. Su pasado de fotógrafo “social”, comprometido con la denuncia de la miseria norteamericana de los años treinta, le impidió recibir ayudas con las que hubiera sobrevivido al escaso éxito comercial de sus fotografías.
Recuperado recientemente, tanto en Madrid y Barcelona en 2024, como este año en los Encuentros Fotográficos de Arles (Francia), las ciudades de París y de Nueva York que definió constituyen seguramente uno de los más emblemas más destacados de la ciudad moderna. En blanco y negro, trenzada de luz y de sombras, descomunal, amenazante y, sin embargo, ensoñadora. Una ciudad que se asoma al plano brillante, casi espejeado del papel fotográfico.