domingo, 22 de marzo de 2026

El diluvio cesó en El Cairo

 





























Fotos: Tocho, mezquita de Ibn Tulun, El Cairo (Egipto), marzo de 2026.



Después de cuarenta días y cuarenta noches, el arca de Noé, zarandeada por las aguas embravecidas y la lluvia que batía, se detuvo de pronto. Las aguas se aquietaron. Noé abrió con cuidado la trampilla y observo que una roca apenas sobresalía sobre las aguas que cubrían el orbe enteros. Esta roca se llamaba Jabal Yashkur.

El destino que le aguardaba era casi milagroso. El dios de los hebreos puso a prueba al mítico profeta Abraham. Le ordenó, para validar su confianza en la divinidad, sin explicación ni justificación algunas, que sacrificara a su hijo Isaac, solo porque se lo mandaba. Y Abraham inclinó la cabeza. Cogió a su hijo de la mano, ascendió al Jabal Yashkur, y se aprestaba a degollarlo cuando la divinidad le retuvo la mano. Abraham no dudaba ante las órdenes divinas.

Eras más tarde, el pueblo de Israel regresaba a la tierra prometida tras el exilio en Egipto. Tras vagar perdido en el desierto durante cuarenta años -o cuarenta días y cuarenta noches que equivalían a cuarenta años, una eternidad, la duda se infiltraba. La divinidad parecía haber abandonado a sus fieles. Fue entonces cuando el abanderado, el mítico Moisés, ascendió por el Jebel Yashkur para implorar la ayuda divina.

Tres veces la cumbre del Jebel Yashkur fue llamada en ayuda de los dejados de la mano del dios. Y tres veces rescató a quienes habían perdido la fe o podrían perderla.

Es sobre esta roca, entonces, milenios más tarde, en tiempos ya humanos, en el siglo IX, que el gobernador abassida Ibn Tulun -de origen turco, nacido en Bagdad-mandó que se erigiera una mezquita perfecta: un patio cuadrado, en cuyo centro se ubica una construcción perfecta -como si la piedra no hubiera lastrado el dibujo geométrico- que las aguas purificadores, con las que el fiel renace; un cuadrado tangible y sin embargo hecho con la cálida luz de la piedra que el sol aureola,  rodeado de arcadas, cuya fila, en un lado, se multiplicaba para componer la sala de oraciones, teniendo en frente el minarete, concebido a imagen de la Torre de Babel -para que nadie olvidara lo que aconteció cuando los humanos decidieron ascender a los cielos como si de dioses se tratara-, en verdad, a imagen del minarete en espiral de la mezquita de Samarra, no lejos de donde se alzó la torre de Babel.

Abandonada y restaurada hace un cuarto de siglo, la mezquita Ibn Tulun es una de las cuatro más hermosas del islam. En el patio y bajo las bóvedas de la sala, impera el silencio absoluto. El tiempo se ha detenido. La perfección de la geometría acalla cualquier rumor. 

sábado, 21 de marzo de 2026

Obras maestras del Gran Museo Egipcio (El Cairo, 2026)







             Vajilla funeraria de alabastro, tercer milenio 









Plomada de constructor

    Tres amuletos protectores del faraón Tutankhamon




                       Insólito dibujo de cara, 1500 ac





















 Fotos: Tocho, El Cairo, marzo de 2026


La fotografía, como toda representación, puede no atender a los tamaños de las obras y exponerlas como si todas ocuparan un mismo espacio. 

Estas imágenes, en cambio, muestras algunas cabezas de estatuas de gran tamaño -las primeras mostradas-, la mayoría escogida de tamaño natural, y una terracotas últimas, romanas, de unos pocos centímetros.

La selección de obras cubre un arco temporal desde mitad del cuarto milenio hasta la primera mitad del primer milenio de nuestra era: cuatro mil años, durante los que se detectan mínimas variaciones,  aunque los modelos canónicos egipcios ceden poco a poco ante el empuje del arte greco-latino. 

De todos modos, el culto a los muertos etrusco-romano no desentona en los rituales funerarios egipcios y el culto a los dobles corporales en piedra de los cuerpos momificados, de manera que uno de los espíritus del difunto, el ka, siempre pueda encontrarse con  un soporte material indestructible, la estatua, entendida como doble del embalsamado, en el que insertarse, una concepción de la estatuaria antropomórfica que los griegos tomaron en sus representaciones de kuroi y kores (imágenes funerarias de jóvenes de pie colocadas sobre las tumbas para evitar el desamparo de las almas o psiques, tras la descomposición del cuerpo enterrado).