miércoles, 30 de marzo de 2016

Djemila (Cuicul, ciudad romana en Argelia), entre el comercio y el placer de los sentidos

























































































































Fotos: Tocho, marzo de 2016

¿Qué impulsó al emperador Nerva a fundar Cuicul (hoy Djemila -en árabe, Hermosa)? La ciudad, construida sobre un asentamiento beréber -de ahí su nombre antiguo- se hallaba alejada de cualquier vía de comunicación. Asentada en la montaña, en un paisaje nevado en invierno, y de difícil acceso, no se limitó a ser un puesto fronterizo. Disponía de los equipamientos propios de una ciudad romana. Un templo (en buen estado de conservación) dedicado al culto imperial, construido por los Severos, y unas termas casi tan grandes como las de Caracalla, en Roma, muestran que Cuicul no estaba dejada de la mano de los dioses. ¿Controlaba la frontera entre Numidia y Mauritania, o alguna vía comercial? No se sabe.
Quienes la construyeron sí supieron como adaptarla al entorno. La espina de toda ciudad romana, la cruz que forman el cardo y el decumano y que organiza un perímetro rectangular se convierte aquí en un eje longitudinal que recorre la ladera de la montaña hasta un alto abrupto, y bordea varias terrazas a las que da acceso  sobre las que se disponen barrios residenciales -con mosaicos excepcionales- y obras públicas -las letrinas colectivas, propias de las termas públicas, están muy bien conservadas.
La ciudad se inserta entre dos torrentes. Las terrazas y los edificios, todos vueltos hacia el valle, descienden como aquéllos. El crecimiento de urbe, más allá de las murallas, implicó el alargamiento de la vía principal hasta el borde mismo de un precipicio, y la suma de terrazas cada vez más estrechas.
Quizá debido a una orografía más adecuada, o a la turbación que el teatro suscita (repudiable probablemente en una ciudad dedicada al comercio), lo cierto es que el teatro, de empinada pendiente se ubica a un lado de la ciudad. Está girado noventa grados con respecto a la estructura urbana. Y no se descubre desde el centro urbano. Es necesario desplazarse y salir de la ciudad para descubrirlo, dando casi la espalda a aquella, ensimismado. La pendiente sobre la que descansa es tan abrupta que es necesario un amplio rodeo para llegar a él y para regresar al centro de Cuicul. Los teatros romanos solían insertarse en la trama urbana. No requerían pendientes naturales. No ocurre lo mismo en esta ciudad, en la que el teatro posee rasgos propios del teatro griego, lo que permite desmarcarlo aun más, no solo por su ubicación sino por su tipología, del comercio y el mercadeo a la que la ciudad estaba dedicados.
La situación excéntrica del teatro se equipara con la de otro equipamiento dedicado también al cuidado de uno mismo, lejos del duro negocio: las termas, ubicadas igualmente de tal modo que aparecen como una singularidad: no se trata de una nota discordante en la trama urbana sino de una excepción que paradójicamente pone de manifiesto y quizá en valor la lógica de los espacios dedicados a la compra-venta de bienes, que se suceden sobre las terrazas como los pasos ineludibles por los que es necesario posar en la vía comercial a que Cuicul estaba abocada -y a la que se entregó, gracias, posiblemente, al cambio mental y físico de los espacios tan distintos del teatro y las termas.
Como la mayoría de las colonias romanas en el norte de África, Cuicul se transformó con la llegada del cristianismo. Por su emplazamiento, elevado y apartado, casaba bien con el nuevo credo, alejado del césar, pero la llegada de los vándalos, en el siglo V puso definitivamente fin a la vida, al tipo de vida que Cuicul poseía y ejemplificaba, en la que las transacciones comerciales casaban con el teatro y los placeres del cuerpo y de la mente a los que las desmesuradas termas estaban dedicadas

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