¿Qué es un alumno? ¿Qué significa ser un alumno, o más bien qué se requiere, qué se necesita para ser un alumno, para ser considerado un alumno?
Dos palabras definen bien la condición, o el estatuto, de quien se halla en una clase, y la relación que se teje con el profesor, enseñante o maestro.
En catalán o castellano, alumne o alumno, son palabras que deriven del verbo latino levare: alimentar. Un alumno es una persona que debe ser cuidada. Que merece ser cuidada. Los gritos, las expulsiones, la disciplencia, las imposiciones, los desprecios, el ninguneo o el rechazo del profesor (como aún hoy acontecen en el aula), no son de recibo. Alumno es la condición de quien se está formando, cuya formación exige atenciones.
Es cierto que, en latín, la palabra alumnus designa a un crío, y más aún a un bebé, incapaz de alimentarse por sí mismo. Pero, por esta misma razón, el alumno requiere una atención particular para que se desarrolle: una combinación de guía y de libertad para que crezca, descubriendo y alimentándose del mundo que descubre y se le descubre. El maestro abre puertas que el alumno no puede aún abrir, y le revela lo que hay más allá de las apariencias: los fundamentos de las cosas, las bases que sustentan el mundo y el conocimiento del mundo.
En francés y en italiano élève y allievo derivan también del latín. Pero, en estos casos, el verbo del que proceden es el verbo levare, que encontramos en el verbo moderno levantar.
Un élève es una persona que se alza o se está alzando. Este movimiento, fruto de un crecimiento, está causado por lo que levare, en latín, significa: aligerar, aliviar. Al alumno se le libera de un peso: el peso de la materia bruta, de la ignorancia, que le impide levantar el vuelo, alzarse y poder disfrutar de unas vistas, de una perspectiva sobre el mundo que no se tiene a ras del suelo. Las ataduras se deshacen, y el alumno empieza a explorar el mundo y ganar altura de miras. Ve más y mejor y con suficiente perspectiva.
Este proceso no lo realiza solo. Levare también significa reconfortar. Y reanimar. El profesor le invita a abrir los ojos. Y le acompaña en su aventura, retirándose poco a poco a medida que el alumno se siente más seguro y gana en confianza. El maestro anima, le libera de lo que ata al alumno, y es éste quien debe entonces tomar las riendas sin el peso del miedo, y de la ceguera.
El crecimiento, que se logra derribando los obstáculos que impiden el alzamiento y el avance -obstáculos que se resuelven, se desmontan, a medida del aprendizaje- se realiza en dos direcciones: un movimiento vertical que permite ampliar la visión, y horizontal, cuando la vista se extiende por el mundo. El conocimiento que se adquiere a medida que se es un alumno -una persona que crece y se crece, gracias a la creciente libertad de movimientos que se consigue, o que le es otorgada- permite este alzamiento, el levantamiento que permite descubrir, intuir lo que acontecerá, prever lo que va ser, desprendiéndose de las orejeras, y ganando en acuidad, en un proceso de crecimiento personal a medida que el profesor suelta el lastre, hasta lograr, en un proceso fascinante y enriquecedor para el alumno y el profesor, que el alumno vuele por sí solo, confiadamente, sin miedos, sin miedo a caer, con conocimiento de causa. Y desde las alturas, quien ya no es un alumno cobrará lo que percibe y como lo percibe. Todos aprenderemos de una nueva visión.
Un alumno es un ojo que se va ajustando para ver lo que otros aún no vemos o no hemos visto, ajustes que realiza a medida que su mirada se limpia y gana en acuidad, alzándose sobre las miserias del mundo para entenderlas y solventarlas, para echar luz. El alumno es es futuro del mundo.
Agradecimientos a R. Ll por sus observaciones
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