viernes, 1 de mayo de 2026

Natura naturans v. Natura naturata

 Naturalizar es el nuevo credo arquitectónico y urbanístico. Se tiene que naturalizar la ciudad porque ésta no es natural, proyectando parques, calles arboladas, terrazas cubiertas de vegetaciones, “jardines verticales “ (es decir muros cubiertos de plantas trepadoras), y matojos -plantas de crecimiento espontáneo y descontrolado.

Que la ciudad no sea natural forma parte de su “naturaleza”: es una creación humana, al igual que jardines, parques, terrazas y cubiertas “vegetales”: la ciudad es una de las expresiones de la intervención humana en la naturaleza. Hace ya tiempo que el paraíso dejó de existir: un espacio paradójico. Recibió el calificativo de paraíso en cuanto el ser humano fue transplantado en él -antes era tan solo naturaleza-, mas apenas aquél aterrizó, las cualidades paradisiacas, percibidas u otorgados por los hombres, se desvanecieron. Y, a partir de entonces, lo que se daba ya no se dio “natural” o espontáneamente.

Si no queremos que la ciudad se ahogue y desaparezca, como las ciudades abandonadas y perdidas invadidas por una vegetación selvática, como ocurre con tantos asentamientos precolombinos y en el Sudeste Asiático, tenemos que intervenir en la crecimiento sin cortapisas de las plantas: es decir, tenemos que hacer “cultura”. La cultura es el conjunto de reglas que nos damos para que la vida en comunidad sea soportable. Edificios y “zonas verdes” son creaciones humanas: intervenciones felices o desafortunadas en la naturaleza. Todo gesto humano -animal y racional- afecta a la naturaleza. Desbroza, cultiva, transplanta; nombra las plantas; determina cuáles son benéficas y, por tanto, pueden cultivarse y crecer. El crecimiento espontáneo no es tal, sin embargo. Ocurre porque un ser humano lo autoriza y lo controla. Impide un crecimiento desbordante que pondría en peligro la vida en sociedad.

Podemos pensar que naturalizar se opone a construir. En vez de intervenir, dejamos que la vegetación se desarrolle libremente. Se trata sin embargo de una creencia bienintencionada, pero errónea. El crecimiento espontáneo ocurre porque lo permitimos. La improvisación forma parte de las reglas del arte: se trata de una manera de actuar que está contemplada y permitida -dentro de un determinado marco. 

Consideramos que la naturaleza es una fuerza creativa, una natura naturans: y es cierto, si no estuviéramos en la tierra. La naturaleza que dejamos crecer en la ciudad es la naturaleza naturata, ya domesticada, que puede crecer porque se lo autorizamos, y siempre que no afecte nuestra vida, nuestra seguridad. Naturalizar no se distingue de construir. Son dos maneras complementarias de incidir en el mundo, felizmente o no, pero inevitablemente. Solo las estatuas y los muertos no condicionan la naturaleza. A veces, podríamos pensar que ciertos postulados urbanísticos querrían, en verdad, obviar la presencia humana, molesta, dañina o carente de cualidades estéticas y éticas. Pero somos humanos, es decir, seres limitados que a menudo yerran. Nuestra fragilidad nos define. Nuestros errores, nuestra falta de perspicacia, son una prueba de nuestra humanidad. Naturalizar es el credo actual. Hasta que descubramos que, una vez más, hemos optado, libre o forzadamente, para aminorar el qué dirán, el camino equivocado. Es suma, nos comportemos como aprendices de brujo: somos humanos.


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