Un concepto fundamental en la estética occidental, la melancolía -o un estado de humor sombrío que influye en la creación y en la percepción, activado por el dios y el planeta Saturno y un exceso, desde el nacimiento, de bilis negra, uno de los cuatro humores que configuran el cuerpo humano, según una teoría que se remonta a la Grecia antigua. Este humor volvió a cobrar importancia, asociado a la facultad del genio, que lo activa, en el mundo del arte barroco, y se consideraba que solo los afectados por la melancolía ern capaces de componer obras que trascendieran las miserias humanas y elevaran el espíritu, sin dejar que constase que la elevación siempre era temporal y acababa en un hundimiento anímico, fuente de un nuevo deseo creativo para superar esta bajada de ánimo-, la melancolía, decíamos, puesta en música por el gran compositor y laudista británico John Dowland, afincado en Dinamarca -la patria de Hamlet.
Las célebres siete composiciones instrumentales de Dowland, únicas en su temática, describen los siete estados llorosos que la melancolía suscita, llanto que expresa hondo pesar y profundidad en el pensamiento angustiado ante el abismo desconocido ante el que se ve abocado el ser humano al que la divinidad deja libertad para darse cuenta de lo que desconoce y a lo que aspira vanamente.
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