jueves, 12 de septiembre de 2013

J. S. BACH (1685-1750): Cantata no. 213, Herkules auf dem Scheidewege ("Lasst uns sorgen, Lasst uns wachen") (La elección de Hércules), BWV 213 (BC G18): aria "Schlafe mein Liebster" & "Treues Echo dieser Orten", 1733





Ante la encrucijada, Hércules supo escuchar; escogió el recto camino, sin prestar atención a loscantos de sirenas.
Hace tiempo que Hércules nos dejó.

EL ÚLTIMO VIAJE DE ULISES / EL ´´ULTIMO VIAJE DE HÉRCULES: HÉRCULES ANTE LA ENCRUCIJADA (II)


“También es posible elegir fácilmente la legión de los vicios.
Es llano el camino y muy cerca habitan.
Delante de la virtud los doses inmortales han puesto el sudor.
Y el camino que a ella conduce es largo, empinado y áspero, al comienzo. Mas, cuando llegas a la cima,
Te resulta ya fácil, a pesar de ser duro.” (Hesíodo, Los trabajos y los días, s. VII aC)

“A las claras Homero mostró en la Odisea que considera al hombre no otra cosa sino alma, cuando dice:
Y llegó el alma del tebano Tiresias,
Con su áureo cetro,
Pues intencionadamente cambió el género del alma, sustantivo femenino, a masculino, con el fin de indicar que el alma era Tiresias (…)
Ni siquiera la creencia de Pitágoras en la trasmigración de las almas de los muertos a otras formas corpóreas estuvo fuera del alcance de la mente de Homero.” (Pseudo Plutarco: Sobre la vida y la poesía de Homero, 123)

Algunos pensadores, ya hacia el siglo V aC, sostenían que los relatos de Homero y Hesíodo acerca de las correría de los dioses y sus devaneos con los humanos –Zeus sedujo, raptó y violó a hombres, mujeres y niños, por ejemplo- eran aceptables si no se las consideraba literalmente, sino como alegorías de los envites del alma en su tránsito por la tierra. Así, los doce trabajos de Hércules, luchando contra monstruos sanguinarios –yeguas que devoraban carne humana, hidras, cancerberos, toros descomunales, etc.- o el zaherimiento que Poseidón, el dios de los mares, infligió a Ulises, a fin de hacerle pagar durante una eternidad el derribo de los muros de Troya  que la divinidad había levantado, fueron considerados como poderosas y eficaces imágenes de las pruebas a la que el alma humana se veía sometida en vida.
Los viajes de Ulises, como las pruebas de Heracles acontecieron en otra era, antes que el tiempo de los humanos. Sin embargo, a finales de la antigüedad, el viaje o la lucha se convirtió en una metáfora de las incertidumbres del alma y, en concreto, del alma de cada uno. Ulises o Heracles ya no fueron héroes lejanos sino que se identificaron con cada persona. El mito dejó de narrar lo que ocurría a quienes no eran humanos –dioses y héroes, cuyas acciones eran inimitables aunque destiñeron sobre las de los hombres-, para contar lo que le ocurría al ser humano, lo que nos ocurre. El mito explicó la vida interior: la vida verdadera.
Del cuerpo (sôma, en griego) que era una cárcel (sema), el alma solo lograba escapar tras duros enfrentamientos durante su vida terrenal. El viaje, así, reemprendía. Mas ya no se trataba de un viaje físico, sino espiritual y, por tanto, más difícil y peligroso. Hasta el mismo Hércules, ya a principios del siglo IV aC, como contaba Pródico de Cos, que personificaba la fortaleza del espíritu humano ante hercúleas dificultades, se halló, ya a principios del siglo IV aC, según contaba Pródico de Cos,  ante una encrucijada sin poder retroceder, y fue tentado: a la izquierda, un camino áspero y ascendente en medio de penurias, o, a su vera, una florida y serpenteante senda, entre seductores cantos  de sirena. Su elección determinaría la suerte de la humanidad. Y su posible liberación de los peligros físicos y anímicos.
Ante la historia de Europa cabe la duda sobre la pertinencia de su elección.


“El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; su sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su fortuna, algo difícil de conjeturar; su fama, indescifrable. En pocas palabras: todo lo que pertenece al cuerpo, un río; sueño y vapor, lo que es propio del alma; la vida, guerra y estancia en tierra extraña; la fama póstuma, olvido. ¿Qué, pues, puede darnos compañía? Única y exclusivamente la filosofía. Y ésta consiste en preservar el guía interior, exento de ultrajes y de daño, dueño de placeres y penas, si hacer nada al azar, sin valerse de la mentira ni de la hipocresía, al margen de lo que otro haga o deje de hacer; más aún, aceptando lo que acontece y se le asigna como procediendo de aquel lugar de donde él mismo ha venido. Y sobre todo, aguardando la muerte con pensamiento favorable, en la convicción de que ésta no es otra cosa que disolución de elementos de que está compuesto cada ser vivo.” (Marco Aurelio: Meditaciones, II, 17)    

Véase también la entrada Hércules ante la encrucijada, 21 de junio de 2013: http://tochoocho.blogspot.com.es/2013/06/hercules-ante-la-encrucijada.html 

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Otros

Otra de las opiniones más escuchadas en los últimos tiempos sostiene que mientras los míos son buenos, los otros son malos. En este caso, ante tan abrupta calificación, que divide a un grupo de personas en dos bandos, la comunicación o mediación es imposible. No podemos entendernos porque somos, ontológicamente, distintos.
¿Qué es lo que nos hace distintos? Nuestra diferencia no depende de nuestro aspecto. Esta observación sería obviamente racista.
Lo que nos distingue -a los buenos de los malos, los demócratas de los autócratas- es la pertenencia a un territorio. Puesto que vivo a un lado u otro de una frontera que he trazado, soy blanco o negro. La tierra me "hace", decide lo que soy.
Se podría pensar que esta clasificación es simplista, y que entre "unos" y "otros" no existen tales diferencias "morales"; que entre los "otros" pueden haber seres semejantes a "nosotros". Pero no es cierto. La tierra nos moldea tanto que, el simple hecho de pertenecer a una nos convierte en un ser que no puede dialogar con el otro, como no podemos dialogar con los monos o con los dioses. es una tarea cansina. Los puentes están rotos, o, mejor dicho, nunca ha habido puentes. Para que se pueda levantar un puente, dos orillas, de condición o estructura similar, son necesarias. Pero esto no se da. Los otros son otros. Nada tienen que ver con los nuestros. No hablamos el mismo idioma. Somos radicalmente distintos.
Esta opinión tampoco es nueva. En la Grecia antigua, existían dos concepciones acerca de la condición humana. por un lado estaban los autóctonos, es decir, los nacidos de la tierra, los arraigados desde tiempo inmemorial, cuya bondad venía dada por su adscripción a un territorio, y, por otro, estaban los que no pertenecían a mi tierra, ni a mi gente: eran los que vivían allende la frontera. Se trataba de los bárbaros, los extranjeros, los foráneos. No tenían ningún derecho ni merecían crédito alguno. Podían ser expulsados, condenados. Es cierto que los bárbaros a su vez podían considerarse autóctonos -enraizados en su tierra- y juzgar a los autóctonos antes citados como bárbaros, desterrados.
Se podría pensar que entre un autóctono y un nómada se podían establecer relaciones. Pero era imposible. La pertenencia a una tierra dotada a los nativos de unas cualidades tales, y de un estatuto tal, que cualquier relación con el otro era quizá posible, pero inútil. Y desaconsejable.

Son tiempos apasionantes. Son visiones claras y contantes. Nos apoyamos en certezas. Sabemos lo que somos. Desde los tiempos antiguos, desde finales de la antigüedad, sobre todo, especialmente desde Montaigne, y los ilustrados del siglo XVIII, el mundo de la fe en valores trascendentales o inframundanos se tambaleaba. Eran eso y aquello;  nos cuestionábamos; dudábamos de todo. Las palabras se habían vuuelto palabras. Ya no eran edictos oraculares o sagrados. Se podía debatir precisamente porque se podía jugar con las palabras, de complejos, múltiples, contradictorios significados.
Eso se ha terminado. Volvemos a las certezas. O eres de los míos, y eres blanco, o eres de los otros -y yo no soy otro, como afirmaba el débil Rimbaud-, y mejor que te apartes. Tampoco hace falta, en verdad. Nunca te miraré. No existes para mí. No eres nada. Ni te necesito.
Qué bien este regreso a las visiones claras y cortantes.
O eres de los míos. o estás contra mí.
¿Quien dijo que la religión había fenecido?

Míos

Se escucha a menudo, estos días, la frase: "prefiero que roben los míos". Incluso la pronuncian conocidos.

La frase es interesante. Significa que existen dos tipos de robos: los que ejercen los míos, y los otros. Entre ambos robos, el robo de los míos es preferible. Es aceptable, o aceptado.

Lo importante, por tanto, no es el robo, sino quien lo ejerce. La calificación de la acción, su moralidad, en suma, viene determinada, no por el acto "en sí", sino por quien lo lleva a cabo. Ni siquiera la intención tiñe la categoría del acto. Tampoco la posesión o el conocimiento de determinado saber o de ciertas reglas, o la adscripción a un determinado grupo justifica el acto. Lo único que cuenta es, ciertamente, la inclusión a un grupo: el mío, el nuestro. Nuestro clan.

Existen así buenos y malos robos. El robo no siempre es condenable. Su calificación depende del agente.

Los míos -y yo- podemos robar, sin duda, pero se trata de un robo de algún modo perdonable. Lo que otorga cierta virtud a la finalidad del acto es la condición del ejecutante: es de los míos, o soy yo.

Robar, así, es posible, siempre que el robo se realice entre nosotros. ¿A quién se roba? ¿A nosotros, o a ellos? No parece importar. Lo que cuenta es la causa eficiente. Ésta desactiva cualquier juicio negativo.

Por tanto, los nuestros están por encima del bien y del mal. Obren bien u roben, siempre actúan bien o de manera aceptable.

Del mismo modo que los filósofos, según Platón, podían mentir -puesto que eran filósofos, los nuestros pueden robar porque son "de los nuestros".

Este tipo de calificación no es nueva. Existe en las cofradías, las sectas, las iglesias, las fratrias; y las mafias. La legitimidad viene del grupo. Una curiosa vuelta a la ley clánica, pre-urbana -en la ciudad se tiene que compartir, la única manera de vivir cerca, de cohabitar, sin enfrentamientos; en la ciudad rige la ley humana-. El retorno a la selva.

La razón no es muy "católica", tampoco. Pese a que el Hijo de dios se encarnó para redimirnos, y que existe el perdón de los pecados, la duda sobre la bondad de los actos no deja de embargar al católico. ¿Es justo actuar? ¿Qué consecuencias acarreará mi gesto?
Pero no al protestante. ¿Por qué? Por la noción de gracia. El protestante está en gracia de dios. Por tanto, está legitimado para emprender cualquier acción. La gracia le redime; santifica al agraciado. La gracia justifica todo lo que se haga.  Posiblemente, el robo, incluso. Se piensa, si se roba, que el robo debe de formar parte de la economía de dios. No caben dudas ni golpes de pecho. Antes bien, se puede, se tiene que ir a pecho descubierto, con la cabeza bien alta; la gracia divina ilumina las acciones más oscuras.

La legitimidad del acto pertenece, así, al orden de lo sagrado. No se puede cuestionar. Es dios quien ha decidido sobre la conveniencia del acto.
Obviamente, la gracia solo incumbe a los que son como nosotros, son nuestros.

martes, 10 de septiembre de 2013

¡Improvise!

El arte contemporáneo da lugar a situaciones fascinantes.
Se imparte en un centro de arte de Barcelona un curso en el que se enseña a improvisar.
Teniendo en cuenta que la improvisación se basa en prescindir de reglas y pautas conocidas, y que la enseñanza, por el contrario, tiene como fin aportar una serie de reglas, pautas y métodos con las que enfrentarse a lo desconocido (lo que aún no está regulado o reglado), enseñar a improvisar es un oximoron: como investigar durmiendo, o cocinar con una nevera. Claro que porqué no...

No debe ser nada fácil o claro aprender a improvisar, ya que, escriben los maestros en improvisación, "mediante el aprendizaje de un sistema de signos gestuales se pretende que los participantes potencien su expresión musical espontánea de forma recíproca con la actividad y el resto de los participantes".  Glubs.
¿Cómo se come?

Para interesados: http://hangar.org/es/hangar-sonor/taller-dimprovisacio-conduida-impartit-per-pau-rodriguez-de-za/



Нина ШОРИНА / NINA SHORINA (1943): Дверь (DVER / LA PUERTA, 1986)

El ser humano en la Grecia antigua

“El ser humano es una unidad”
(Hipócrates, Sobre la naturaleza humana)

“Muchas cosas hay portentosas, pero ninguna tan portentosa como el hombre; él, que ayudado por el noto tempestuoso llega hasta el otro extremo de la espumosa mar, atravesándola a pesar de las olas que rugen, descomunales; él que fatiga la sublimísima divina tierra, inconsumible, inagotable, con el ir y venir del arado, año tras año, recorriéndola con sus mulas. Con sus trampas captura a la tribu de los pájaros incapaces de pensar y al pueblo de los animales salvajes y a los peces que viven en el mar, en las mallas de sus trenzadas redes, el ingenioso hombre que con su ingenio domina al salvaje animal montaraz; capaz de uncir con un yugo que su cuello por ambos lados sujete al caballo de poblada crin y al toro también infatigable de la sierra; y la palabra por si mismo ha aprendido y el pensamiento, rápido como el viento, y el carácter que regula la vida en sociedad, y a huir de la intemperie desapacible bajo los dardos de la nieve y de la lluvia: recursos tiene para todo, y, sin recursos, en nada se aventura hacia el futuro; solo la muerte no ha conseguido evitar, pero si se ha agenciado formas de eludir las enfermedades inevitables. Referente a la sabia inventiva, ha logrado conocimientos técnicos más allá de lo esperable y a veces los encamina hacia el mal, otras veces hacia el bien. Si cumple los usos locales y la justicia por divinos juramentos confirmada, a la cima llega de la ciudadanía; si, atrevido, del crimen hace su compañía, sin ciudad queda: ni se siente en mi mesa ni tenga pensamientos iguales a los míos, quien tal haga”.
 (Sófocles: Antígona, vv. 332-361)

No hay ningún hombre feliz, sino que miserables
Son todos los mortales que el sol desde lo alto contempla” (Solón, 12 -15D-)

De todas las cosas la mejor es no haber nacido
Ni ver como humano los rayos fugaces del sol,
Y una vez nacido cruzar cuanto antes las puertas del Hades,
Y yacer bajo una espesa capa de tierra tumbado.” (Teognis de Mégara, Elegías)

De los humanos pequeño es el poder,
E inútiles los propósitos y cuitas.
En la breve vida hay pena tras pena.
Y la muerte ineluctable siempre espera.
Porque igual porción de ella reciben
Los valerosos y quien es cobarde.” (Simónides de Ceos 2 -9D-)


Es cuando ya no soy nada que soy verdaderamente un hombre” (Sófocles, Edipo en Colona, 393)