Fotos: Tocho, Los Ángeles, Noviembre de 2014
¿Se puede construir una catedral en tiempos profanos, descreídos? No faltan templos construidos desde los años cincuenta hasta hoy, y la mayoría revelan, independientemente de la capacidad de aquietar el alma (o elevarla, como la capilla del Monasterio de la Tourette, quizá el mejor proyecto de Le Corbusier -o el único que resiste el paso del tiempo), pero todos manifiestan cierta incomodidad con las imágenes de culto, suplidas por vagas formas antropomórficas -a veces tan involuntariamente grotescas como las recientes que, bien adaptadas al fondo, decoran las fachadas del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, del taller de arquitectura que la construye a partir de las escasas indicaciones conservadas de Antonio Gaudí-, o por juegos de luces blancas que, en ocasiones dibujan cruces.
La Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles, de Rafael Moneo, en el casco antiguo de la ciudad californiana, no escapa a esta tirantez.
Se trata de un templo católico. La comunidad a quien va dedicado es seguidora de la virgen de Guadalupe. Las iconografía mariana debería estar muy presente en la catedral. Lo está, mas en contra de la voluntad del arquitecto.
Si no fuera por el color terroso de los bloques de hormigón con el que ha sido levantada, y del pavimento interior ocre, el templo se asemejaría a un templo protestante. La forma del templo revisa la concepción del hijo de Dios y de su sentido.
El interior se organiza entre dos polos: un baptisterio con agua bendita, que se asemeja a los primeros baptisterios cuando el bautizo se realizaba por inmersión de los adultos en una piscina -y que concede una decisiva importancia a la purificación, y al renacimiento, en contra de la condena de la carne y de la muerte siempre presente en la teología católica-, y un baldaquino que soporta una inmensa ventana cuyos montante y travesaño dibujan una cruz que flota en lo alto del espacio. La cruz, así, no se muestra como una carga, sino como un signo luminoso de victoria, semejante al que alentó a Constantino. La forma de la cruz que, habitualmente, estructura la planta de una iglesia católica - y no protestante-, y que insiste en el largo camino de la cruz por el que debe transitar el fiel en vida antes de la resurrección tras la muerte, se desdibuja: la nave de la catedral está levemente girada con respecto al altar y el deambulatorio, por lo que la nave, cuyo techo de madera evoca la quilla de un barco -el arca redentora-, se convierte no en un espacio de tránsito (término que evoca el camino hacia la muerte) sino en un lugar de recogimiento -similar, una vez más, al que constituye el templo protestante. Este giro, por otra parte, quiebra la centralidad del púlpito. De este modo, la catedral deja de ser el espacio donde resuena la voz del sacerdote -mediado entre el cielo y los fieles sumisos- y se transforma en una imagen del mundo interior en el que el fiel se adentra para mantener un diálogo íntimo y en silencio, un diálogo personal con la divinidad. La mediación que la iglesia católica brinda se desvanece. El fiel comulga directamente con el hijo de dios. El templo lleva del agua a la luz, prescindiendo de la gravedad del barro y la piedra que lastra el alma.
La catedral de Nuestra Señora de los Ángeles ofrece, en este sentido, una visión nueva sobre las relaciones entre el cielo y la tierra, gracias al juego con las formas canónicas de una catedral. Ésta es así, un ejercicio más brillante o sugerente desde el punto de vista teológico que verdaderamente arquitectónico.
