Fotos: Tocho, Akre (Gobernación de Mosul, Kurdistán, Iraq), octubre de 2025
sábado, 18 de octubre de 2025
El origen de la lluvia ( Akre)
Fotos: Tocho, Akre (Gobernación de Mosul, Kurdistán, Iraq), octubre de 2025
viernes, 17 de octubre de 2025
Los sueños húmedos del emperador Sennaquerib
Relieves en el yacimiento de Khinnis con efigies del emperador Senaquerib en las fuentes que alimentaban las ciudades neo-asirias de Nínive y Arbales (Irbil)
Acueducto neo-asirio de Jewan para llevar el agua hacia Nínive y Arbales
Fotos: Tocho, octubre de 2025
El título puede parecer fácil, zalamero, barato o provocador.
No lo es. Aunque los sueños de poder imperiales suelen ser eróticos -se sueña con posee el mundo, como si el mundo se sometiera a nuestros caprichos-, el sueño -y su realización- del emperador neo-asirio Senaquerib, en el siglo VIII aC, era literalmente húmedo. Sueños y logros de descomunales trabajos hidráulicos, nunca emprendidos hasta entonces, y anteriores en cinco siglos a trabajos similares romanos, para llevar con éxito el agua de múltiples fuentes en las montañas del Tauro a trescientos cuarenta quilómetros de distancia, para el regadío de los “jardines colgantes” de Nínive -que no de Babilonia- y las necesidades en agua de la ciudad de Arbales (la actual Irbil). Trabajos con los que el emperador expresaba su dominio del mundo natural puesto al servicio de los humanos, dominio que los dioses concedían al soberano.
Múltiples fuentes fueron canalizadas y conducidas a una presa desde donde arrancaba un canal aún visible que cruzaba un río (hoy seco) por medio de un gigantesco acueducto de sillares de piedra antes de proseguir su camino por un canal exterior o un conducto interno que atravesaba montañas.
Las fuentes, que manaban de la roca bajo la atenta vigilancia de leones esculpidos, cuyas aguas se recogían en grandes receptáculos de piedra antes de verterse en un pantano, estaban bajo la protección de la efigie del emperador -el relieve neo-asirio más grande del mundo- en compañía de efigies divinas y de sus encarnaciones, símbolos o atributos animales en forma de León o de dragón.
Efigies divinas esculpidas en hornacinas en lo alto del acantilado controlan el lugar.
La inmensa pared rocosa esculpida presenta numerosos orificios. Son de época persa, cuando se extendió el culto monoteísta zoroástrico, a la caída del imperio neo-asirio, y numerosos anacoretas se recogieron cabe las fuentes de la vida, en un nuevo renacer.
Los relieves fueron muy dañados por bombardeos del ejército iraquí contra la población kurda en 1966. Entre los relieves prácticamente desaparecidos, uno singular, inesperado: un jinete a caballo -del que solo se conservan las patas: Alejandro, cuando visitó el yacimiento.
No lejos de las fuentes, un acueducto de sillares de piedra descomunal sortea el lecho de un río, hoy seco. Un canal surcaba la parte alta del acueducto , en perfecto estado. Multiples inscripciones perfectamente legibles, a ambos lados de la obra, proclaman el nombre del comanditario: el emperador neo-asirio de Senaquerib.
Las fuentes, el acueducto y los canales formaban parte de una obra hidráulica que recorría una parte del imperio para traer el agua a dos de las capitales neo-asirias.
Las fuentes siguen manando. El agua es limpia. En el primer milenio aC, sin embargo, el caudal de las fuentes y del rio en el que desembocan no se secaba ni siquiera en pleno verano. En octubre, hoy, el agua ha vuelto.
jueves, 16 de octubre de 2025
La obra del arqueólogo
Foto: Tocho, octubre de 2025
Para un arqueólogo, una excavación en un yacimiento arqueológico es su obra. Los hallazgos que emergen de la tierra son su creación. Libera las ruinas de la materia que las aprisiona, como el escultor extraía la figura de su prisión de piedra.
Una vez devueltos a la luz, los restos son tratados con todo el cuidado posible: elimina restos de arcilla, o pequeños guijarros, adheridos, desincrusta de los fragmentos materia tan compactada y endurecida que llega a dudar que no formen parte de algún ornamento barroco, los desempolva, los pule, los lava y los deposita con suma atención en cajitas que cierra y se apresta a llevar al museo, mientras teme -como así ocurre- que el adobe se desagregue en un charco granulado y terroso, y que los colores, en contacto con el aire y la luz, se desvanezcan para siempre. Luego, como un artista que practica el collage, tratará de encajar los fragmentos con infinita paciencia, buscando una y otra vez una unión quizá perdida desde hace milenios.
El arqueólogo busca dar forma a su intuición a la vista de una masa informe que apenas se distingue de la tierra circundante, y trata de hallar un sentido a lo que desentierra, de entender lo que despunta, y la relación que quizá mantenga o se establezca entre restos desparejados. Es así como el arqueólogo se aleja de su obra; se retira unos metros para poder observar -apreciar y captar el significado que los restos sin duda encierran pero que no siempre dejan ir. El punto de vista adoptado, la distancia correcta, permite, de pronto, percibir relaciones, conexiones entre diversos elementos que ha hallado y, porque no, en parte modelado.
La luz es reveladora y traidora también. Por un momento, un descubrimiento fulgurante; dos fragmentos entran en resonancia. Emiten una misma nota, justa. La disonancia inicial muta en armonía. Mas, apenas el rayo inevitablemente se desplaza la oscuridad, el misterio, el desaliento ante la opacidad de lo desenterrado vuelve a extenderse. Quizá la revelación no vuelva a producirse. Quizá nunca existió.
El arqueólogo trata de vincular lo que ve con lo que cree, lo que está ante él, con lo que fragua en su imaginación. Cuando la intuición coincide con la realidad, el yacimiento, necesariamente silencioso -son los restos de una cultura muerta, y las tumbas son casi más numerosas que las moradas-, diálogo con el arqueólogo y da fe de la verdad del sueño del arqueólogo, o le despierta un sueño que temía no iba a tener nunca
Entre la luz y la oscuridad, el enigma y la evidencia, el desconcierto y la visión, el trabajo del arqueólogo consiste en devolver a ls vida lo que el tiempo apaga, consciente que esta vida puede extinguirse para siempre, o abrir un mundo que permite entender no solo el pasado, sino sobre todo el presente. En verdad, el arqueólogo hurga en él y en nosotros, buscando respuestas a nuestra acostumbrada ceguera. Un yacimiento es un campo de ruinas, como las que componen nuestro paisaje exterior e interior más habitual.
Gracias al trabajo del arqueólogo juega, empero, la ruina deviene asumible y casi esperanzadora. Después de todo, no está todo perdido para siempre.
A todos los arqueólogos de la misión arqueológica de Qasr Shemamok en el norte de Iraq y, en particular a Mariagrazia, Olivier, Elisa, Rosa, Luis, Oriol, Paola e Ilaria.
Y los que les precedieron.


















































