jueves, 15 de noviembre de 2012

Las murallas de la ciudad mesopotámica: las murallas de Uruk

Hace siete mil años, ¿había suficientes guerreros, bien armados y adiestrados, para atacar a una ciudad como Uruk, la primera y más extensa del mundo?

La pregunta no es gratuita. Mesopotamia aún se hallaba a finales del periodo neolítico. Existían asentamientos permanentes (poblados, pueblos) desde hacia cuatro mil años), pero Uruk era la única ciudad.
Lo que sorprende son sus murallas. Altos muros defensivos, bien visibles desde lejos. Muros que no solo sorprenden hoy, sino que llamaban tan poderosamente la atención, que el mismo fundador de la ciudad, el legendario rey de Uruk, Gilgamesh, las destacaba como un elemento digno de admirarse.

¿Eran muros "defensivos"? ¿Contra qué o quienes defendían la ciudad? Tribus o clanes vecinos, ¿estaban preparados para tomar semejante ciudad? Si la función defensiva no justificara la construcción de la muralla,¿cuál podía ser su razón de ser?

Gilgamesh lo menciona: las murallas fueron construidas para ser vistas; los habitantes de Uruk se sentirían orgullosos de su ciudad, capaz de semejante proeza. Las murallas no eran útiles defensivos, sino que eran un poderoso símbolo. ¿De qué? Posiblemente de la existencia de la ciudad, y de la pertenencia a la misma.

 Las murallas tan anchas y extensas aparecían como una maravilla. Delimitaban un extenso territorio ocupado por la ciudad. Circundaban un lugar dónde se podía vivir. Las murallas creaban una sensación de comunidad. Los habitantes de Uruk se sabían miembros de un espacio singular. La ciudad existía gracias a las murallas; es decir, lo que se producía era la sensación de pertenencia a la ciudad. Los habitantes se reconocían como miembros de un ente único. Las murallas permitían que la ciudad se distinguiera a lo lejos, y que sus habitantes se sintieran distintos del resto de los pobladores del sur de Mesopotamia. Fortificaban el "alma" o el "espíritu" de los ciudadanos. Se diferenciaban, así, de ganaderos y agricultores, de moradores de pueblos vecinos.

Es por eso que las murallas de Uruk eran tan singulares. Su anchura y su altura eran absurdas desde el punto de vista funcional. Tenían que pasar quizá dos mil años para que se formara un ejército capaz de amenazar a esta ciudad. La razón de las murallas era establecer fuertes ligámenes entra la ciudad y sus ocupantes, convertirlos en "defensores" de la bondad de la ciudad, de la necesidad de su existencia.  Eran un emblema, o un signo heráldico. El corazón, o el espíritu de la ciudad.
Muralla se decía, en sumerio, izid. Un término -que comprende la palabra zid: rectitud, vida- que también significa fuego, hogar. La muralla, que constituye el perímetro, que define el alcance de la ciudad, era, a su vez, su centro. La ciudad se resumía a su muralla, puesto que ésta mantenía viva la esperanza, la vitalidad de la urbe, el ánimo de sus habitantes, no porque se sintieran seguros -de unos peligros posiblemente inexistentes o mínimos- sino porque se sentían vivir, sentían que se hallaban en el centro de la vida, que su vida tenía sentido, u otro sentido, puesto que eran miembros de la ciudad, estaban unidos por lazos invisibles con el fundamente de la urbe: la muralla. Ésta alumbraba a los ciudadanos, los convertía en ciudadanos: perdían su natural condición salvaje, para humanizarse, como bien le ocurrió a Enkidu, el escudero de Gilgamesh, un salvaje hirsuto, venido de las montañas, que se "hizo hombre" -se humanizó-, en cuanto hubo cruzado la puerta de acceso abierta en la muralla.
Como comenta brillantemente Joaquín Sanmartín, las "murallas de Uruk son un resumen y clímax de la civilización humana".


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