viernes, 9 de noviembre de 2012

Le Corbusier y la Torre de Babel: el Mundaneum (1929) de Paul Otlet y Henri La Fontaine










El recinto sagrado de Ur, dedicado al dios luna Nanna, estaba ya enteramente despejado a principios de los años treinta. La misión arqueológica británico-norteamericana que Charles Leonard Woolley dirigía tocaba a su fin. Se había despejado bien el zigurat, de finales del tercer milenio -una estructura que siempre se había destacado en el horizonte pese a la erosión- así como templos y palacios de finales del tercer milenio y principios del segundo, junto con el Cementerio Real y muros de delimitaban el juego de terrazas sobre las que se asentaba el recinto, que dominaba el resto de la ciudad. Rampas conducían de una terraza a otra, y una pronunciada escalinata ascendía por los tres -de siete- niveles del zigurat.

El recinto sagrado de Ur era mucho más visible que el de Babilonia. Éste, sin embargo, tenía mil quinientos años menos. Pero había sido saqueado por Alejandro. Nada quedaba del zigurat. Solo las trazas, que permitía reconocer la ubicación de los distintos edificios del gran recinto sagrado dedicado al dios Marduk.

Era habitual establecer paralelismos, casuales aunque llamativos, entre los recintos sagrados mesopotámicos y mayas, que se estaban explorando por la misma época. El recinto funerario de Saqqara, en Egipto, también acudía a la mente. Los recintos sagrados consistían en amplias terrazas en las que sobresalían pirámides escalonadas. Una, el zigurat, en Mesopotamia, y la pirámide, en Egipto -aunque el zigurat fuera la base de un templo, y la pirámide egipcia una tumba o un cenotafio-,  y varias, en el mundo maya y en Tecnoctilán. Unas de piedra, y otras de arcilla (zigurats). La conjunción de planos horizontales y verticales, la articulación de la tierra con un eje cósmico, la impresión que se trataba de una imagen del cosmos y de todos los saberes del mundo encapsulados en simples o complejas orientaciones, alineaciones y proporciones, era irresistible en los tres casos.

Es por aquellos años que preceden la Segunda Guerra Mundial cuando los abogados belgas Paul Otlet (1868-1944) y Henri La Fontaine (1854-1943, Premio Nobel de la Paz en 1913), encargaron a Le Corbusier un singular proyecto en Ginebra en 1928. La construcción de un depósito para el Mundaneum: un archivo de doce millones de fichas (llegaría a tener catorce millones) -parcialmente destruido por los nazis y conservado hoy en la ciudad belga de Mons, donde está abierto desde 1998-, todas idénticas, en las que se recogían todos los datos bibliográficos conocidos sobre todos los saberes, los temas del mundo, junto con toda clase de documentos, revistas, cartas, y una inabarcable colección de imágenes fotográficas e impresas. Las fichas habían sido concebidas y ordenadas según un nuevo sistema, vigente aun hoy,. que permitía encontrar fácilmente cualquier dato. Otlet y La Fontaine soñaban en que muy pronto, gracias a pantallas y el teléfono, cualquiera podrá tener acceso a este cúmulo de datos almacenados en un lugar seguro. Hoy, se reconoce a Otlet y La Fontaine como unos visionarios que se anticiparon a, que anunciaron internet.

Otlet ya había trazado bocetos para el nuevo archivo. Se requería un o unos edificios gigantescos. Hasta entonces, el Mundaneum se hallaba en Bruselas, pero la falta de fondos y de espacio, obligaba a llevarlo a otro lugar.

El nuevo Mundaneum no iba a construirse aisladamente. Se ubicaría en el centro de un gran recinto del saber, en medio de una nueva ciudad: La Ciudad Mundial (proyectada en 1929). El centro comprendería, amén del Archivo, un Museo Mundial, una Biblioteca Mundial, una Universidad, Galerías de Exposiciones, Sedes para Organismos Internacionales, junto con alojamientos para trabajadores fijos y para visitantes: residencias y hoteles.
El Museo Mundial que Le Corbusier proyectó combinó el volumen de una pirámide escalonda y la planta de un laberinto. Le Corbusier -de quien siempre se ha hablado de la influencia de su viaje a "Oriente", es decir a Grecia- reconocía  lo que debía a Babilonia, a Asiria, a Egito y a los Mayas. La planta y la disposición de los edificios, las rampas y las terrazas,  se inspiraba en el palacio neo-asirio de Dur Sharrunkin (Khorsabad), del recinto sagrado de Ur, y de las reconstrucciones fantasiosas del corazón de Babilonia. La pirámide escalonada había sido tomada de la Torre de Babel -el lugar donde confluían, aunque de manera conflictiva, todas las lenguas, los saberes y los pueblos, según el Antiguo Testamento-, una construcción mítica basada en el zigurat de Babilonia, levantado a imagen de los primeros zigurats -de Ur, el primero de la historia-. Algún historiador ha sostenido que Le Corbusier también se inspiró en la planta de El Escorial, recientemente visitado, lo que cuadraría con el simbolismo que Le Corbusier quería dotar al Mundaneum y la Ciudad Mundial. El Escorial quería ser una reconstrucción fidedigna del Templo de Jerusalén, es decir del Templo de los Templos, el Templo del conocimiento Universal, al albergar a la fuente de todo saber, a la divinidad suprema.

El Mundaneum que Le Corbusier proyectó, muy posiblemente no hubiera funcionada nunca. Demasiado voluminoso y demasiado oscuro. La oscuridad, empero era voluntaria. Era contra lo que tenían que luchar los estudiosos gracias a los conocimientos que el archivo mundial aportaba. La ubicación del Mundaneum, alejado de todo, también ayudaba a la revelación sagrada que el contacto con el archivo brindaba.
La asociación con Mesopotamia se acrecentaba por el hecho que Sumeria aparecía como el origen de la cultura mundial, fuente de todos los saberes y origen de todos los descubrimientos. Una cultura, por otra parte, eminentemente libresca. Las decenas de miles de tablillas cuneiformes que se estaban descubriendo desde finales del siglo XIX, el hallazgo de los grandes archivos o blibliotecas reales asirias, como los de Nínive y Khorsabad -en las que se recogía todo el saber mesopotámico desde los orígenes sumerios- también influyó en la elección de la forma y la planimetría del corazón de la Ciudad Mundial.

La Ciudad Mundial tendría que haberse convertido en un lugar donde el saber habría irradiado. Instituciones dedicadas a promover la paz, a regular y solucionar conflictos entre países, habrían estado junto al archivo donde todas las aportaciones humanas, todas las soluciones a problemas, conflictos y enigmas, habría estado a disposición de políticos, investigadores para esclarecer problemas, y como fuente de inspiración para nuevas aportaciones. Mesopotamia se erigía así en un modelo de saber y de ordenación del espacio, gracias al cual, el mundo quedaba ordenado.

El mundo aún no estaba preparado para una ciudad donde las principales instituciones internacionales y todos los saberes del mundo estuvieran en un mismo sitio, no solo para recogerlos sino para poder divulgarlos.
Los nazis pusieron fin a este sueño o, mejor dicho, lo transladaron a Berlín. El saber se ponía al servicio de un objetivo distinto, la sumisión y no el desvelamiento, la liberación, del mundo.

Queda por saber a qué función habría servido mejor el Mundaneum.
Poco tiempo después, Le Corbusier ponía sus conocimientos al servicio del gobierno nazi de Vichy, en Francia

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