viernes, 15 de febrero de 2013

Estatuas (o efigies) de orantes sumerias






Los llamados orantes sumerios son estatuas -efigies o dobles- de seres humanos (hombres y mujeres), de pie o sentados,  vestidos a menudo con largas faldas de piel de oveja (o de lana, en el caso de mujeres), con los ojos bien abiertos y las manos juntas. La pose y el gesto son hieráticos. Se han encontrado en gran número, y algunas están enteras.
Son estatuas de tamaño muy diverso, desde una decena de centímetros hasta casi altura humana (dos célebres estatuas, quizá de divinidades, del Museo de Bagdad, y, desde luego, una estatua fragmentada del rey Gudea, del Museo del Louvre).
Estas obras, de piedra (diorita, calcita, granito) actuaban como dobles de seres humanos;  se depositaban en templos; quizá en palacios, frente a estatuas de culto e efigies reales, a fin que la irradiación divina cubriera la estatua y se transmitiera al ser representado.
Los ojos están incrustados de concha, bitumen, lapislázuli, al igual que las cejas; debían de estar pintadas. Es posible que portaran coronas o pelucas, desaparecidas.
No son naturalistas; responden a esquemas compositivos similares. Los volúmenes son simples, geométricos. Pero es posible reconocer en ocasiones seres humanos concretos.
Constituyen un tipo de imágenes representativas del arte mesopotámico, sin paralelismos en otras culturas, de los cuarto y tercer milenios.

La posición característica de las manos juntas y retorcidas, a veces, ha sido interpretada ya sea como signo de adoración ante una divinidad, ya sea como signo de respeto ante el rey.

Las manos juntas impiden manejar armas; también impiden utilizar útiles. Por tanto, los trabajos mecánicos o manuales son imposibles. En este caso, lo que se destaca es la importancia de la vista y el oído (de la mente), en detrimento de la mano, incapacitada para actuar u obrar.
Estas efigies -estos dobles- estaban en contacto o en conexión mental, intelectiva, con la divinidad o el rey. Eran todo oídos; tenían los ojos bien abiertos -signo de gracia, de larga vida-.
El gesto de las figuras revela, así, la importancia del ser representado, capaz de comunicar "intelectualmente" con un ser superior, y la "bondad" de éste, dispuesto a entablar un diálogo mudo, de "conectar" con un ser inferior.
Así, el gesto de las manos no denotaría sumisión, sino la capacidad del ser humano de estar idealmente comunicado con la divinidad.

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