Determinar, como si una regla inmutable se tratara, qué temas interesan a los estudiantes de arquitectura a punto de graduarse, es vano, presuntuoso, y, sin duda, erróneo.
Mas, en algunos casos, más numerosos de lo que podríamos pensar, ciertas propuestas aparecen cada año, sobre todo estos últimos años. Propuestas que, según lo que explican las memorias escritas, quieren estudiar la arquitectura más allá de las cuatro paredes: una concepción de la arquitectura que remonta a lo que la obra significa, a la razón no práctica que la sustenta. Trabajos que no rehúyen la realidad, sino que quieren traspasar la simple materialidad o existencia de una construcción y tratar de saber porque se construyó, a qué aspira la obra.
Dos líneas se dibujan. Ambas se apartan de la funcionalidad y de la rentabilidad. Las pasarelas de moda y los cementerios son recurrentes.
La pasarela es un espacio prescindible; una instalación temporal. Dibuja un circuito que recorre el espacio, interior o exterior, de manera no convencional. El desfile, una procesión profana, pautada, hipnótica, a la que se asiste calladamente, permite poner en evidencia aspectos insospechados de un lugar: una manera imprevista de engarzar espacios, y de recorrer éstos de manera nueva, de recorrerlos o de explorarlos que escapan a la convención. La música, el movimiento corporal, los gestos, el ondear de los tejidos apegados y despegados del cuerpo, se conjugan para que el espacio descubra aspectos que se desconocían. La manera habitual de utilizar el espacio, día tras día, impedía que se sintiera que los espacios no están condicionados ni nos sujetan, sino que, por pequeños, angostos u oscuros que sean, pueden dar rienda a nuestra imaginación y pueden ser percibidos e interpretados libres de convenciones.
Podemos pensar, con razón, que los cementerios son construcciones de muy distinta finalidad y de muy diverso alcance. Espacios en los que la superficialidad muta en trascendencia. Sin embargo, ambos componen recorridos. En un caso, apunta a un sueño; en otro, a un mundo distinto. En ambos casos, son recorridos que van más allá de las evidencias y de las convenciones. Son espacios que trascienden las limitaciones, vitales incluso. Lugares en los que la memoria se desenvuelve, evocando procesiones -movimientos ordenados, no regulados por la necesidad, desfiles cuya razón de ser reside en su desfilar, sin motivo aparente, movimientos que acontecer para azuzar la imaginación de los asistentes y hacerles olvidar donde se encuentran y la vida que llevan fuera , antes y después del desfile, que revela el potencial oculto e inexplorado de un lugar-, y el tránsito de los espíritus, señalando que la vida plena no está condicionada por la necesidad, sino por el deseo y el sueño, incluso bajo las condiciones más duras. Queda un resquicio, una ventana entreabierta a un mundo mejor o distinto, inmaterial, hacia el que apuntan las pasarelas y los cementerios -no constituyen ni un alto ni un final, sino un tránsito-, hacia un mundo de ensueño, la ciudad esmeralda del cuento, exista o no, aunque solo exista en nuestros sueños, que es donde debe existir, de verdad.
Y esto solo se descubre antes de los veinticinco años, cuando la necesidad nos sustituye y que compone lo que se pide y no a lo que se aspira.
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