Fotos: Tocho, Iraq, octubre 2026
Quizá debiera excusarme por el título, esforzadamente comercial, de este breve texto: nada tiene que ver con lo que trata, la relación que podemos establecer entre una investigación detectivesca o policiaca, la novela negra o de misterio, y la arqueología, sobre todo la que se practica en lo que fue Mesopotamia: terrenos de tierra polvorienta de la que apenas salen muñones terrosos bajo los cuales se esconden, en el mejor de los casos, algunos ladrillos cocidos o, habitualmente, de adobe, deshechos. Forman bloques en los que es difícil discernir lo que es la tierra natural, sin intervención humana -si esto es posible- de lo que es la tierra moldeada.
Un fragmento inesperado, por su forma, su material, su perfección técnica y artística, su emplazamiento, desata una serie de preguntas acerca de su existencia y de su ubicación, a las que se tiene que dar respuestas. Es una pista solitaria, que quizá se conjugue con otros testimonios también desperdigados, alejados los unos de los otros, no siempre a una misma altura, que puede que acabe armando una historia, una hipótesis acerca de lo que les ocurrió, de lo que aconteció, de lo que vivieron quienes moldearon estos objetos y los utilizaron. La vida de una comunidad en un cuenco cascado.
Y, de pronto, un ladrillo, o una sospecha de ladrillo, en función de cómo incide la luz en un talud -un ladrillo de adobe apenas se reconoce insertado en una pendiente de tierra-, ubicado donde no se esperaba y donde se suponía que no podía encontrarse, desbarata una previsión, una interpretación que parecía sólida, inevitable y unívoca (aunque interiormente sabemos que se halla siempre a merced de un torcimiento causado por un nuevo testigo o testimonio que quizá no hubiéramos querido hallar, pero que no podemos acallar) y suscita una nueva. Tiene que alentar una explicación. Lo que era una canalización deviene una escalera antes de convertirse en una tumba, hasta que, al siguiente, es…..O no es (nada). El azar y la voluntad juegan a los dados.
La posición de una tumba dentro o fuera de un recinto amurallado, una escalinata que no parece conducir a nada, pero que sin duda daba acceso a lo que no podemos aún imaginar, un torrente que quizá nunca existiera y fuere en verdad un acceso monumental a una ciudadela, aportan datos que parecen nimios, pero que esclarecen u oscurecen nuestra comprensión del pasado, de la vida, las creencias, las obligaciones, las esperanzas y desesperanzas de humanos que, como nosotros, buscaban que la vida, corta o larga, tuviera sentido o pareciera, al menos, tenerla: una vida que no fuera la vida solo marcada por las urgencias o las desconexiones del cuerpo.
Lo que tenemos son elementos sueltos que emergen. Enteros o fragmentados, gastados o indemnes, pero siempre fascinantes -supervivientes de milenios, cuando las manos que los alumbraron se extinguieron apenas los dejaron ir-, estos testigos que, venidos de un pasado que apenas imaginamos, interrumpen ante nosotros, mudos, callados, pero que intuimos podrían desvelarnos qué (les) ocurrió si fuéramos capaces de desentrañar su lenguaje-, estos huesos, fragmentos cerámicos y guijarros pulidos que pudieran haber formado parte de una talla, permiten recrear una historia, cierta o posible, creíble o convincente, deseada, anhelada, temida o repudiada, que dice tanto sobre el pasado como sobre nuestra mirada al pasado, sobre cómo lo concebimos, cómo fue y, sobre todo, cómo creemos que fue, cómo querríamos que hubiera sido.
Al igual que una novela de misterio, una expedición arqueológica es un espejo que el pasado nos tiende -y con el que nos tienta.
La tentación es irresistible. Los humanos gustamos de contarnos historias del pasado, y de escuchar cómo nos las cuentan.



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