lunes, 6 de abril de 2026

El arquitecto en casa

 







Hace años, a principios del siglo XXI, el Colegio de Arquitectos de Barcelona organizó una exposición sobre la imagen de la arquitectura en la llamada prensa del corazón o prensa rosa: fotografías casi siempre de interiores, acompañadas de vistas del exterior,  en las que los propietarios, debidamente trajeados para la ocasión, exhibían, con todo lujo de detalles, sus moradas, desvelando orgullosamente sus gustos, y sus trofeos.

Este tipo de imágenes no se suelen dar entre músicos, pintores y escultores y escritores. Se suelen fotografíar estudios de artista, y se percibe el despacho de un escritor cuando, con motivo de una entrevista, se le retrata en su lugar de trabajo.  El hogar, por el contrario, el espacio doméstico no suele mostrarse -salvo en casos como el de Picasso para quien todo el espacio de la casa (la mansión) era un estudio. 

En la primera mitad del siglo XX, arquitectos como Le Corbusier, conocedores del poder de la prensa, y de los beneficios económicos que aportaba, abrieron las puertas de sus casas, y ya no solo de sus estudios. Las casas eran el vivo resultado de lo que tramaban en los talleres, la materialización de sus proyectos. 

Desde entonces, arquitectos gustan de desplegar imágenes de sus propias casas. Dichas imágenes constituyen casi un género fotográfico: la casa del arquitecto con el arquitecto en el centro. Arquitecto o arquitecta.

 La casa, el espacio privado, íntimo, deviene un escaparate, un espacio público; un escenario teatral donde el arquitecto se muestra rodeado de su creación. Todas las estancias son fotografiadas con todo detalle, y se enumeran cada uno de los bienes creados o adquiridos; denotan el buen gusto del autor -y su poder económico, lo que inspira confianza en el posible cliente . Cada cosa está en su sitio -incluso algunos complementos pueden haber sido dispuestos para la fotografía-, y la casa posa, junto a su artífice. Una imagen de perfección, sabiduría y buen gusto, una imagen modélica, tentadora a la vez que inalcanzable, que se ofrece como ejemplo, pero es a la vez exclusiva. Nada está dejado al azar. El interior tiene que sorprender -no puede ser vulgar, anodino, semejante a cualquier entorno casero-, pero a la vez tiene que ser previsible, es decir, contener todo lo que se espera escoja y posea un arquitecto, sobre todo si es una obra suya. Así los sillones, los sofás, las otomanas, los útiles de cocina, no son enseres anónimos. Tampoco requieren ningún pie de foto. Son reconocibles. Su elección y su disposición  no son casuales. Los objetos nos representan. Son los emblemas que nos identifican, que proclaman lo que somos y lo que podemos hacer. Son los blasones o escudos actuales. Somos lo que poseemos. Nos proyectamos en lo que construimos y adquirimos. La imagen ofrece así, “proyecta”, comunica, una cuidada visión armónica, transmite confianza en la capacidad y el poder del arquitecto. Revela buena mano. Gusto no adocenado, y enuncia que se puede tener confianza en sus ideas y sus logros. Escogiéndole, uno podrá entrar a formar parte de su círculo, exclusivo, sin cometer ninguna falta de gusto. 

El arquitecto cumple así dos funciones antagónicas. Se muestra no como un profesional, sino como un vecino cualquiera, retirado en su casa, descansado, apartado, en su espacio y en sus horas de ocio, y a la vez, como un arquitecto que proclama sus habilidades, su saber estar y hacer. Lo público y lo privado se conjugan en la imagen del arquitecto en su casa, que hace ver que no trabaja, relajado, absorto, tranquilo -sonriente, sentado o no, pero sin nada en manos que denote su actividad profesional. Tan exitoso es que puede dedicarse un tiempo al dolce farniente. La imagen de un arquitecto abrumado, desbordado por el trabajo  -lo que denota falta de previsión y una deficiente organización, cuando no la imposibilidad de disponer de ayudantes eficientes que solventan los trabajos ideados por el maestro-, no es “glamurosa” y no destila confianza, como si el arquitecto no tuviera los medios y los conocimientos suficientes para que los proyectos “anden” por sí mismos: el arquitecto tiene que excusar charme y nonchalance,  que no es lo mismo que desinterés o hastío. Savoir faire, savoir vivre. Mas, la imagen es, en verdad, la de un vendedor al acecho, vestido para la ocasión, a la espera de un cliente, con la confianza en el poder publicitario de la imagen. La mirada hacia la cámara así lo denota. Los ojos del arquitecto taladran a quien contempla la fotografía. Así serás si me contratas, aunque nunca llegarás a ser lo que soy..

Los arquitectos somos grandes actores. Desplegamos aura. Por eso, los dioses siempre han sido arquitectos. Requiescat in pace.





Esto no es una vespasiana




Foto: CA, Barcelona, abril de 2026, a quien agradecemos el envío de esta ilustrativa fotografía sobre la amplia gama de actividades en el espacio urbano 


Dada la prohibición de orinar en calles y plazas de París, el municipio decidió, a mitad del siglo XIX, instalar unos urinarios públicos metálicos, disimulados tras una placa metálica, llamados vespasianas en honor al emperador romano Vespasiano quien creó  un impuesto sobre la recogida de orina en las calles, un líquido muy útil, por su contenido en amoniaco, para desengrasar la lana, antes de tejerla. 

Las vespasianas fueron populares en algunas ciudades europeas, en Barcelona, por ejemplo, hasta su sustitución por cabinas cerradas. Obviamente solo eran útiles para varones, y no permitían evacuar aguas mayores.

En el presente caso, no se trata, sin embargo, de una “performance ”, una pose para foto publicitaria de la ciudad recurriendo a la popular figura de belén -un “caganer”2, un anuncio, un hombre estatua, ni es una imagen creada por IA.

En Barcelona, Paseo de Gracia, sábado 4 de abril, 19 horas 

domingo, 5 de abril de 2026

El fantasma del autor











 

Fotos: Tocho, Abril de 2026


La teoría del arte (necesariamente) moderna occidental sustenta en la noción de autor. El foco se centra en la figura del creador, una concepción de raíz monoteísta, judeo-cristiana, en este caso, alejada de concepciones politeístas como la greco-latina, para las cuales los dioses eran creadores artesanos, sin duda, pero lo maravilloso no era la potencia creadora del autor, capaz de lograr la aparición de seres y enseres tan solo invocándolos, sino la obra, cuya presencia lograba hacer olvidar su origen y a quien le había dado vida. Apenas creada, la obra tenía vida propia,, y su autor retornaba al olvido.  El creador era un agente, no un fin. Los papeles se intercambiaban, en verdad. El creador no hacía la obra, sino que ésta hacía al creador, quien por unos momentos se reconocía en su obra, muy pronto libre, y desaparecía. ¿Quién recuerda que el resplandeciente  templo de Apolo en Delfos fue obra del propio dios? La obra, por un lado creaba a su creador, lo convertía en creador, y, al mismo tiempo, no le cedía la palabra. Lo oscurecía apenas lo había expuesto a la vista de todos. La obra era imperiosa.

Por el contrario, en occidente, la obra anónima, es decir la obra de cuyo autor nada sabemos, es un contrasentido. No puede existir. La primacía recae en el artista. Sin él, la obra es huérfana, y no existe, no puede existir. Es un error, una ilusión, no cabe en la historia. El autor tiene que existir y se le tiene que hallar. La interpretación de la obra su sustituye por la búsqueda detectivesca de quien la ha creado.

La historia del arte occidental está llena de El pintor de…., el Maestro de…., el Seguidor de …., figuras que creamos para dar sentido a unas obras que consideramos desnudas, desvalidas.

La propia exposición -excelente- así lo reconoce: el Maestro de Cabestany es una invención del primer tercio del siglo XX: un nombre adscrito a una serie de obras y de fragmentos de obras, adscritas a una misma mano. El subtítulo de la muestra lo recalca: la creación de un mito, siendo el mito no un relato, sino una figura; la figura de un “genio” capaz de recrear y revivir, en pleno siglo XI, el arte greco-latino, elevándose así sobre los torpes artesanos ciegos ante la gracia clásica o desconocedores de ésta. ¿Quién fue este “enigmático” escultor -sobre cuyos conocimientos, mirada y técnica se especula para convertirlo en un rara avis, un nuevo Fidias y un precedente de los grandes escultores renacentistas (no podemos escapar al culto de los artistas). ¿Existió? No se sabe, pero no importa , porque ya existe: lo hemos inventado, y con su invención legitimamos uns obras que ahora aparecen como la creación de un creador, necesariamente único.

¿Existió el Maestro de Cabestany?  Lo que existen son los restos de esculturas y relieves que ornaron el monasterio de San Pedro de Rodas, talladas en el siglo XI, probablemente, en algunas de las cuales se intuyen influencias clásicas -o así nos parece-, unos fragmentos espléndidos de unas obras capaces de subyugarnos, y, obviamente, de evocarnos el destructor paso del tiempo. Estas obras son espléndidas a nuestros ojos, en nuestra mirada, es decir, nos hacen mejores.

Ten solo por eso su contemplación suspende el tiempo y merece ser afrontada, como se puede comprobar hoy en una muestra, sobriamente presentada, y bien explicada, en Barcelona.

https://www.museunacional.cat/es/sant-pere-de-rodes-y-el-maestro-de-cabestany-la-creacion-de-un-mito

sábado, 4 de abril de 2026

El regreso de las procesiones de Semana Santa en Barcelona (Abril de 2026)



 






Imágenes: Tocho, Procesión de Nuestro Padre

Jesús del Gran Poder y María Santísima Esperanza

Macarena & Procesión de Nuestra Señora de las Angustias, Casco antiguo de Barcelona, viernes santo, abril de 2026

 

Durante años, las procesiones de Semana Santa parecían haber pasado de largo en Barcelona, aunque las ciudades de Hospitalet de Llobregat (con una procesión seguida por cien mil personas) y Badalona (con la procesión del Silencio), en el área metropolitana, podían competir con Tarragona, y su célebre impresionante procesión de los Navegantes, que arrastra a ciento veinte mil seguidores en una ciudad de cien mil habitantes.

En verdad, Barcelona nunca dejó de tener procesiones por la ciudad antigua. Minoritarias, sin duda, pero acongojantes, también, portando imágenes realistas lacerantes, de noche, por las angostas callejuelas a oscuras de la ciudad vieja, al ritmo sobrecogedor de los tambores mortuorios.

Desde hace algunos años, las procesiones ganaban terreno. La pascua de 2026 hebra visto como cuatro procesiones y un viacrucis han colapsado el casco antiguo, seguidas por decenas de miles de personas, en un espectacular oratorio fúnebre y marcial que ha convertido a la ciudad vieja en un escenario doloso, un retablo de otro tiempo que deja en pañales a las esforzadas acciones performativas contemporáneas. 
Nazarenos con capirote de terciopelo negro o verde oscuro, taladrados por los ocultos que engrandecen la mirada extática, cirio prendido en mano, devotas con mantilla y estricto vestido corto negro, nubes de incienso, emanadas de turíbulos de plata, que cortan el hálito, pasos cubiertos de densos ramos desbordantes de flores blancas llevados por una multitud de jornaleros, efigies marianas con mantos bordados dignos de capas bordadas con hilo de oro suntuarias de imperiosas soberanas, trágica música marcial sacudida por solos de trompeta agónica, regios portadores de estándares, penitentes doblados por el peso de negras cruces, han compuesto, con la llegada de la noche, bajo un manto cada vez más sombrío, espléndidos, trasnochados e hipnóticos auto sacramentales entre imágenes pías y crueles, que arrastran como un río que no se debería cruzar, pero que avanza irresistiblemente en medio del cual los brazos se rinden. 
El retorno del barroco en toda su gloria
Que nos coja confesados. La entrega es inevitable.




 
 

viernes, 3 de abril de 2026

LOLITA (1958): SAETA (1975)

 


Letra: poema de Antonio Machado

Música: Juan Manuel Serrat (compuesta en 1969)


Saeta (flecha, en latín): dardo doliente cantado al paso del paso de Semana Santa, con la efigie de Cristo agonizante  en la cruz 



(Agradecimientos a CP por la comunicación de la canción original, con la corroboración de LF, camino de la procesión del Silencio en Badalona) 

ANTONIO MACHADO (1875-1939): SAETA (CAMPOS DE CASTILLA, 1917)

 ¡Oh, la saeta, el cantar 

al Cristo de los gitanos, 
siempre con sangre en las manos, 
siempre por desenclavar! 
¡Cantar del pueblo andaluz, 
que todas las primaveras 
anda pidiendo escaleras 
para subir a la cruz! 
¡Cantar de la tierra mía, 
que echa flores 
al Jesús de la agonía, 
y es la fe de mis mayores! 
¡Oh, no eres tú mi cantar! 
¡No puedo cantar, ni quiero 
a ese Jesús del madero, 
sino al que anduvo en el mar

Judas (viernes santo

 

Judas, mostrando un poco de impaciencia, vuelve y replica: "Yo estoy haciendo lo que

Usted me enseña, ¿indica esto que ya soy UNO con Usted?".

Contesta el Maestro:

"Nosotros somos UNO, como mi Padre es UNO conmigo, pero tú no puedes todavía hacer lo que Yo hago... Porque el Sol alumbra a todos sus Planetas, pero los Planetas, ni aún todos reunidos, podrían dar ni una décima parte de Luz hacia el Sol; por eso es necesario que vosotros os convirtáis en vuestro propio Sol, en vuestra propia Luz, y así alumbrándose y alumbrando a otros, le corresponderíamos con nuestra Obra a mi Padre que me ha enviado"


“Judas guardó silencio. El Maestro volvió a interrogar: "Judas Iscariote, ¿cuál es nuestro propósito?".

Judas, levantando la mirada, le dijo: "Señor,... pienso que nuestro propósito es enseñar a la gente a hacer la Voluntad de quien le envió".”


“Dice Judas: "Maestro, si eso es así, entonces nosotros que somos UNO con Usted y estamos en el mundo, ¿cargamos las mismas culpas y somos hechos de pecado?"

Dice el Maestro:

"Cada uno de vosotros habéis sido hechos de pecado y por el pecado, por lo tanto, es que ni los huesos, ni las carnes, ni la sangre heredarán a mi Padre, sólo lo incorruptible que es el Espíritu. Después de purificados, seréis UNO, con EL que me envió".

"Así vosotros, también, seréis UNO conmigo y así como YO me he vestido con una carne, con unos huesos y con una sangre incorruptible para continuar con vosotros, así también vosotros deberéis vestiros con unas carnes, unos huesos y una sangre

incorruptible para poder llegar donde YO he llegado.””

(Evangelio de Judas)


Viernes: el dia en que no se hizo de dia. Las sombras no se descorrieron, o mejor dicho, se corrieron de nuevo para que no se hiciera de día. El gallo ya cantó por última vez el jueves al alba. 

Viernes, el día en que se cumplía la profecía: el dios encarnado asumía su condición hasta la extenuación y moría crucificado. Ya podía ser considerado como un mortal a parte entera. Un mortal ejecutado por sus semejantes que, con la ejecución, se comportaron como lo que eran y así lo demostraron: cometiendo una ejecución, ofreciendo la imagen más descarnada y baja de lo que es ser mortal, una imagen en la que el dios hecho hombre se miró y asumió. Aceptó su condena. Si no lo hubiera hecho, si se hubiera rebelado y la hubiera impedido, hubiera denunciado a los hombres y se hubiera apartado de ellos. No hubiera podido salvarlos de ellos mismos. La salvación pasaba por asumir la maldad y morir, extrayendo así la maldad que nos caracteriza.

La condena a muerte tuvo un causante. El apóstol Judas, cuyo nombre significa en hebreo Alabanza a Dios, fue quien señaló a Jesús para que fuera arrestado, juzgado, condenado y ejecutado. 

¿Qué hubiera ocurrido si Judas no hubiera actuado a tiempo? El tiempo que el hijo de dios se había otorgado para librar a los hombres de la muerte, es decir, lavarlos de la culpa original, el sentimiento de culpa por el crimen con el que la humanidad hizo su entrada en el escenario del cosmos, y se mostró como lo que era, humana y, por tengo, capaz de todo, de ascender y de rebajarse hasta el crimen, este tiempo llegaba a su fin, y el hijo de Dios aún no había logrado que la luz prendiera. Debía lograr extraer de los humanos su mancha, y asumirlas. Cargar con ella afín de liberar a los hombres del peso de la culpa. Por tanto, debía comportarse como un humano, ser un humano más que humano, marcado por una culpa infinita que ya no recaería en ningún otro humano: debía morir humillado, ultrajado, torturado, y sobre todo, traicionado y negado. Tenía que vivir la humana condición hasta el final, hasta el ultraje.

Pero el hijo de Dios acababa de hacer una entrada triunfal en Jerusalén. Se le consideraba un rey como su ascendente, el rey David. Se le estaba divinizando. Sus palabras eran asumidas como oráculos. Aparecía como una luz en la noche. Sabio, admirado, lentamente se estaba apartando de lo que un humano es: una víctima de los demás, y un ejecutor de sus víctimas. Su misión estaba condenada al fracaso. Pronto retornaría a lo alto sin saber logrado vivir hasta el final la condición humana, sin haber padecido la suerte de los humanos: la negación de sus semejantes.

Fue entonces cuando Dios se encarnó por segunda vez. Se hizo Judas: un humano a parte entera, que no dudaría hasta la delación y la bajeza moral. Ls traición que cometió era necesaria. Sin ésta, el hijo de Dios no habría pasado por la muerte más infame, no habría revelado que asumía la condición humana hasta la abyección: la muerte sin sentido, solo por el oprobio, el rechazo y la delación ajena.

Judas fue al rescate del hijo de Dios,  incapaz por si mismo de asumir la condición humana hasta el final. El hijo de Dios necesitó que Judas interviniera, para vivir en carne propia el oprobio que es ser un humano. Sin Judas, el plan divino habría fracasado, y la humanidad no habría sido rescatada de la muerte. La salvación no tendría sentido. La esperanza sería vana. El futuro sería un agujero negro. La humanidad se iría  extinguiendo abrumada por la culpa, ciega y destructiva. Ser humano no tendría sentido. Humano, entendido como la antesala previa a la redención.

Mas, cabe plantearse si Judas logró acometer su misión redentora, si la muerte del hijo de Dios tuvo sentido, y si la humanidad se liberó del mal que la corroía. 

Cabe plantearse, en fin, si la divinidad no tenía otros planes, o cambió de planes a lo largo de los siglos. 

Y decidió abandonarnos. 

A menos que la divinidad se haya encarnado en algunos políticos, hoy, para librarnos de la infamia, de caer en su tentación.